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jueves, 2 de febrero de 2012

EN EL HOTEL AMERICAN DE ÁMSTERDAM



«A partir de 1933, Klaus Mann, el hijo mayor de Thomas Mann, ha creado en Amsterdam Die Sammlung, una revista de la emigración. El hotel American, que es hoy un monumento art déco, se convierte en su puerto de atraque. Pasa en él más de cinco meses al año. En Das Wendepunkt, evoca a todos aquellos con quienes, en la terraza del hotel, bebía oude genever, y con quienes “saboreaba apetitosos taquitos de queso holandés o un arenque fresco”: Spender, Isherwood y Wystan Auden, que, al casarse con Erika Mann, su hermana, su cómplice, su paredros, acaba de ofrecerle la nacionalidad inglesa.

Observa que a la mayoría de ellos los han matado, o se han suicidado: Ernst Taller en Nueva York en 1939; Joseph Roth, matándose «poco a poco a fuerza de beber, en medio de sus colegas y admiradores; Odon von Horwath, “guillotinado en París por un pacífico árbol” un día de temporal en 1938, en los Campos Elíseos, poco después de haberle dicho: “No les tengo mucho miedo a los nazis [...], tengo miedo a la calle. Las calles pueden hacerte daño, las calles pueden destruirte. Las calles me dan miedo”. 

Y Kurt Tucholsky, quien puso fin a sus días en 1933, en Suecia, “no sin antes haber expresado su desesperación de otras formas”... y René Crevel, a quien Klaus Mann amó, y que se reunía con él en Ámsterdam, sólo "o en compañía de una elegante suramericana que se permitía por esa época". "La llama de su mirada amplia, abierta, violenta, no conocía ni compromiso, ni compasión". Crevel se suicidó en 1935. Klaus Mann en 1949.»

Natalie de Saint Phalle, Hoteles literarios. Viajes alrededor de la Tierra, Alfaguara, Madrid, 1994, pág. 34.



Leyendo la crónica de Saint Phalle a propósito de crónicas literarias relacionadas con el hotel American en Ámsterdam (Holanda), da la impresión de que a este albergue le acompaña un halo de fatalidad y de muerte. Me he hospedado dos veces en el American, los años 1992 y 2005. Y he salido vivo de la experiencia, aunque de milagro. En verdad, no es el lugar apropiado para ponerse uno enfermo y que los servicios del hotel te atiendan como es debido. No entraré en más detalles, porque uno es un tanto hipocondríaco y aprensivo, y, sobre todo, porque es éste un blog de viajes y no sobre temas de salud.

El edificio art decó que acoge al American es imponente, magnífico. Al menos en el aspecto exterior. El interior, las habitaciones y el servicio... dejan bastante que desear.






Capítulo aparte es el American Café, en la planta baja del hotel. Un espacio evocador, hermosamente decorado y, en este caso sí, con un personal que te atiende de modo muy competente. 






En la sección 4 de la entrada de Los viajes de Genovés dedicada a Ámsterdam, escribo sobre los buenos momentos que he pasado en el American Café. Allí remito al lector.

Te recomiendo, viajero, no perderte una visita a este bar sin par. No dejes de probar el strudel de manzana que sirve la casa. En cuanto a hospedarse en el hotel, pues, francamente, hay otros mejores en Ámsterdam, de los que hablaré más adelante en este sitio.



jueves, 19 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). Y 3

«DEPREDADORES  Y CLEPTÓMANOS
Como en todos los hoteles del mundo, el Metropole debía hacer frente al cliente depredador. Se habían habituado, más o menos, a la desaparición de los albornoces, de los ceniceros, cucharillas, mandos a distancia de la tele, perchas, tiradores de puertas, secadores de pelo y hasta lámparas, y de algunos otros objetos. Que se lleven los ceniceros representa poca pérdida. En cierto modo, es una forma de publicidad indirec­ta. La desaparición de los albornoces es más gravosa. Los di­rectores de hotel se reúnen de vez en cuando para hablar de estas cosas. En una de ellas se decidió retirar el logotipo del hotel de los albornoces, lo que devalúa el producto al desapa­recer el símbolo. El resultado fue que descendió el número de los albornoces, toallas o sábanas robadas o hurtadas. Los al­bornoces resultan tentadores para el cliente. Nunca los he to­cado porque al llegar a la habitación se lee la advertencia. Di­cho con más o menos eufemismos: no se lo lleven, y si se lo llevan paguen. Me llevé un par de ceniceros del Inter de Te­herán porque estaba seguro de que cambiarían el nombre del hotel en cuanto llegara Jomeini. 


En el Metropole de Bruselas un cliente mexicano se llevó no el albornoz sino el espejo del baño. Se encaprichó con él y a la maleta. Era una situación delicada: el mexicano se había pasado toda la noche desatornillando el espejo, que no era fá­cil de arrancar. La dirección parecía dispuesta, una vez descu­bierto el hurto, a evitar el escándalo pero también a recuperar el valioso espejo. Cuando la doncella informó a recepción que se había producido el robo el encargado de guardar las maletas hasta la salida del taxi que le trasladaría al aeropuerto estu­vo atento a la faena. En cuanto el cliente depositó sus maletas, el empleado cerró la puerta con llave, las revisó una por una y dio con el espejo. Lo retiró con cuidado y dejó el resto tal co­mo estaba. Al abrir las maletas en su casa en México el espabilado cliente descubrió que habían sido más listos que él. Hay fórmulas en los hoteles para evitar el embarazoso momento en que se le comunica al huésped que debe devolver algo que se ha llevado, después de pagar altos precios por los servicios recibidos. Se usan "frases acomodaticias": "Se ha mezclado el albornoz con su ropa", "no tenía ninguna intención de llevár­selo, ya lo comprendemos, no había usted caído en la cuenta", etcétera. 
 
Einstein se portó bien, no se llevó nada del Metropole, lo mismo que madame Curie. En cambio, Chaliapine, el bajo ru­so, bebía mucho y su mujer le prohibió que tocara el alcohol. Pero el héroe de óperas como Borís Godunov o Iván el Terrible se las arreglaba para movilizar a su favor, y al de su vicio, a porteros, botones, conserjes, camareros, de modo que sin sa­berlo su esposa-comisaria tenía a su alcance lo necesario para no caer en el síndrome de abstinencia alcohólica. En cambio, Pau Casals ensayaba con su violonchelo en el Metropole, sin copas ni otras ayudas. Tan sólo necesitaba inspiración y ésa le llegaba a raudales al músico catalán, que se negó a tocar en la Alemania de Hitler y en la España de Franco


En la obra de Vicki Baum Gran Hotel no podía faltar el ladrón de joyas. Los clientes de posibles prefieren la seguri­dad de un hotel a otras concesiones, a la botella de champaña o el ramo de flores en el cuarto. Los' hoteles nos abruman con sus advertencias: "No nos hacemos responsables del dinero o de las joyas que no hayan depositado en la caja de seguridad, en nuestra caja fuerte". Ni así está el cliente a salvo de los ro­bos.»


Manuel Leguineche, Hotel Nirvana. La vuelta a Europa por los hoteles míticos y sus historias 

Muchos de los más antiguos y venerables hoteles del mundo, de los hoteles con historias que contar, que todavía hoy siguen abiertos, han sufrido una severa mengua en el tamaño de las habitaciones, un deterioro en las instalaciones básicas y un servicio menos… ceremonioso. Sin embargo, en la mayor parte de ellos nos queda el café, el bar del hotel. Un lugar de estancia placentera, un refugio para la ensoñación de los tiempos pasados y viejo esplendor. En estos espacios da la impresión de que el tiempo se ha detenido. El café del hotel Metropole en Bruselas es una de esas reservas de la memoria, que hay que tener muy presente...

martes, 17 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 2


«TELEFONISTAS 

 Uno de los periodos más electrizantes que vivió el Metropole coincidió con las negociaciones para la entrada del Reino Unido en el Mercado Común. La masiva llegada de los fun­cionarios británicos puso a prueba la estructura del albergue en un aspecto que muchas veces se olvida, el de las comunica­ciones. La batería de telefonistas del Metropole debía mostrar rapidez en su trabajo, dominio perfecto del inglés y una pa­ciencia ejemplar. Las primeras reuniones del día de un direc­tor de hotel incluían a los ayudantes, con los que discutía los aspectos administrativos, la relación con los empleados, las quejas internas y externas. Por el despacho pasaban los fonta­neros, los carpinteros, los técnicos, la brigada de manteni­miento del hotel, el jefe de la bodega, los valets de chambre, la jefa de las gobernantas, el encargado de las relaciones públi­cas, el jefe de cocina con el menú y los precios. 

Pero con la llegada de la delegación británica las comunicaciones entre el Metropole y las islas pasaron a un primer plano. Necesitarían 150 habitaciones, 70 de ellas para oficinas. Monsieur Goffin debía alojar a los funcionarios, pero lograr al mismo tiempo que su contacto con Londres fuera veloz. Llegaron para unas semanas y algunos de ellos se quedaron dieciocho meses. El jefe de la delegación era el futuro primer ministro, el músico Edward Heath, obligado a pastorear a los empleados de di­versos ministerios, no sólo de Exteriores, sino del Tesoro, del Comercio, de Agricultura, de la Commonwealth. 

Los cuatro telefonistas del hotel se convirtieron de la no­che a la mañana en la clave del arco de las negociaciones. El diario Daily Telegraph recogió sus nombres. "Sin ellos", aña­dió, "esto hubiera sido un caos". De las cinco líneas telefóni­cas que Richard de Ro había conocido, cuando llegó al hotel en 1918 a los catorce años, pasaron a treinta líneas. Richard recibía ahora unas 12.000 llamadas diarias desde el exterior tan sólo para las negociaciones. Richard de Ro era el maestro de la clavija: sin su arte y técnica la OTAN, por ejemplo, hubie­ra tardado un poco más en llegar. Richard, que trató en su tra­bajo con el general Eisenhower, Rockefeller, Henry Ford o con el ex rey Humberto de Italia, entre otros, había hablado ya con todas las capitales del mundo, excepto con Pekín. 



Du­rante aquellos afanosos días los telefonistas recibían todo tipo de llamadas, un turista norteamericano que pedía un autógra­fo del señor Heath, una agobiada secretaria que rogaba por caridad, visto que comunicaba el servicio de habitaciones, que le pidieran para su jefe unos bocadillos y una cerveza, una fe­liz esposa y madre que deseaba comunicar a su marido, fun­cionario de Whitehall, el Ministerio de Exteriores británico, el nacimiento de su hijo. 

Dos virtudes que cabe esperar de los telefonistas de hotel son la paciencia y el tacto. Cuántas horas perdidas a la espera del enlace telefónico con Madrid para enviar la crónica, la en­vidia que te producía el hecho de que los colegas franceses, ingleses o norteamericanos lograran comunicar siempre antes que tú. Me he pasado días enteros de mi vida a la vera de los/las telefonistas. Cuando la visita del papa Juan Pablo II a Estambul pedí una conferencia con Madrid un lunes. Era miércoles y moría el sol sobre el Cuerno de Oro cuando la te­lefonista llamó a mi habitación. "Su conferencia con Madrid, señor". 

Hemos tenido que camelar a las telefonistas, regalar­les ramos de flores, tratadas como reinas (en general se lo me­recen) para que nuestros papeles pudieran llegar a tiempo a la redacción. Es una relación tan intensa que durante la revolu­ción contra el sah de Irán uno de nuestros compañeros, italia­no y enviado especial de una revista terminó por casarse con la telefonista del hotel. Era una joven muy hermosa y nuestro colega se sentía solo. De las habitaciones de los hoteles llega­ba la cacofonía de voces dictando. "Teherán, de nuestro en­viado especial. El ayatolá Jomeini, jota de jamón, o de Oviedo, m de mamón, e de España, i de idiota, n de nariz, i de Italia ... " El final de la crónica transmitida en tan proteicas condiciones provocaba en nosotros un efecto catártico. Te enamorabas de la telefonista, te dabas al vino y la cerveza (siempre que no im­perara la ley seca, claro está). Puedes cambiar de religión, pe­ro no de hotel, de taberna, y el vino y la cerveza siguen siendo los mismos. 

 
En el Metropole, el hotel de los cerveceros Vielemans, se vivieron meses de tensión: el esquema económico del mun­do dependía en cierta medida de la entrada o no de Gran Bre­taña en el Mercado Común. Europa era demasiado grande para, estar unida pero demasiado pequeña para seguir dividi­da. Ese era su doble destino. Los belgas, que tienen el apetito de los alemanes, la seriedad de los ingleses y el espíritu de los franceses, se debaten hoy en una crisis de identidad que tiene que ver con el acentuado cisma entre valones y flamencos y los escándalos de pedofilia, de corruptelas, entre otros sínto­mas. Los belgas trabajaron duro para que la GB entrara en el Mercado Común, pero las conversaciones se interrumpieron con el portazo francés. "El Metropole", escribe Fischauer, "parecía el cuartel general de un ejército en retirada. Pero Edward Heath se negaba, animoso, a reconocer la derrota. 
Para enero todo el circo británico había desaparecido del Me­tropole. Lo hizo con nostalgia y agradecimiento". "Espero que vuelvan", dijo con humor Richard de Ro, el jefe de los te­lefonistas, "y espero también que elijan otro sitio". 
En sus orígenes, el hotel fue un banco que los "Wiele­mans ampliaron poco a poco hasta convertido en un granítico edificio que en 1930, cuando monsieur Goffin trabajaba co­mo chef de reception, era ya el tercer establecimiento de Bruse­las después del Astoria y el Palace. Al llegar la guerra, los ejér­citos nazis requisaron y ocuparon el Metropole. Esta película ya la habíamos visto. El obeso y exhibicionista mariscal Goe­ring hizo que durante sus estancias cerraran el Metropole a la clientela civil. La liberación llegó el 3 de septiembre de 1944, domingo. Entraban las tropas inglesas. Esa misma tarde Gof­fin hablaba con el último oficial nazi que abandonaba el hotel. "Me voy", se despidió, "los ingleses estarán aquí dentro de un cuarto de hora". Calculó bien. Tardaron veinte minutos. Los primeros en entrar fueron los periodistas británicos, que acompañaban a las columnas motorizadas. En el libro de fir­mas aparece la última de un jerarca nazi y después el saludo al Metropole de un corresponsal británico. 

El rey Leopoldo de los belgas se había negado a unirse al gobierno en el exilio en Londres. Se declaró "prisionero de los alemanes" en su palacio de Laeken. Después se instaló en el sur de Francia con su esposa morganática (dícese de la boda de una persona de estirpe real con otra de rango inferior). En 1950 volvió a su país. No era nada popular, al contrario. Se esperaban manifestaciones y quién sabe si la agitación popu­lar. Pero desde el punto de vista oficial había que dade la bienvenida. El Metropole, con monsieur Goffin a la cabeza, fue el encargado de organizar la recepción, que incluyó truite au bleu y jambon en croute. Después, el ex rey visitó con fre­cuencia el hotel. 
El Metropole era, como el resto, un hotel de tránsito, uno de esos hoteles que se parecen a los aeropuertos. Mientras que en Viena, París o Londres el tiempo de ocupación de un cuarto era de cuatro, cinco o seis días, en Bruselas era de día y medio. Un visita de médico. Llegar, negociar, comprar o vender ya casita otra vez.» 

Continuará... 

Manuel Leguineche, Hotel Nirvana. La vuelta a Europa por los hoteles míticos y sus historias.


En la próxima entrada, y última, dedicada al Metropole de Bruselas, nos detendremos en el café del hotel. Un establecimiento de encantamientos al que ya dediqué un espacio en la crónica Bruselas, sola e isola.


sábado, 7 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 1




Me alojé en el hotel Metropole durante mi primer viaje a Bruselas, año 1995. En las posteriores visitas realizadas a la capital belga (y de Europa), opté por otros albergues de la ciudad que, asimismo, merecen ser reseñados; aunque sin comparación con el Metropole. Pero eso será para otra ocasión.

Siguiendo con la crónica de la presente sección destinada a glosar establecimientos hoteleros con historias que contar y en los que he tenido el gusto de haberme hospedado, cedo hoy también la palabra a escritores que han dejado interesantes testimonios sobre los mismos. 

En esta ocasión, el turno es para el viajero y escritor Manuel Leguineche, cuyo relato continuará en próximas entradas de Los viajes de Genovés


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Bruselas. Un decorado de ópera


«Al novelista Joseph Conrad, Bruselas le recordaba un sepulcro blanqueado. No sé, conocí la ciudad años antes de las delicias del Mercado Común, o de la OTAN, de la eurocracia y el euro, y tenía ese aire provinciano, de novela de Simenon, neblinosa y chorreando agua. Desde su habitación del Hotel Palace, Jo­sep Pla observó durante toda la noche a gente que pisaba por el barro. Al escritor ampurdanés Bruselas le parece una ciu­dad dominada "por un punto de tristeza bovina y espesa, pero a mí", añade, "esto me gusta". Le atraen también las brasseries, las cervecerías, que estuvieron de moda en París, "hace treinta años, hasta que desaparecieron poco a poco, no se sabe bien por qué". Pla se queda extasiado viendo a las camareras ru­bias, figuras de Memling y de Rubens, sirviendo "dobles de cerveza dorada y humeante, butifarras y jamones con coles rojas". Hasta ahí lo que era la Bruselas de la juventud de Pla, la ciudad menestral con olor agrio a cerveza. La Bruselas de la eurocracia es otra cultura.

El Hotel Metropole se constituyó por derecho propio en el corazón de los asuntos europeos. Sus dueños han realizado un esfuerzo continuo para adecuarlo a los tiempos. En un lugar así la oficina de negocios, o como rayos se pueda traducir el business centre, es esencial, lo mismo que un personal que hable idiomas. Una vez que estuve allí escuché cómo un mismo con­serje respondía en alemán, inglés, italiano, holandés y español. La bodega del restaurante tiene fama bien ganada, lo mismo que la comida, pero eso en Bruselas es algo ecuménico y, si me permiten el juego de palabras, muy poco económico.

En el Pa­lace, Josep Pla escuchaba el latido de la ciudad, la plaza aburrida. "Los cafés de delante del hotel estaban llenos y sudaban un aire espeso de color calabaza". Era el centro de la ciudad, caotizada después por la especulación inmobiliaria y la necesidad de ha­cer sitio a los funcionarios de altos sueldos, los grupos de pre­sión que llegan para trabajar en la capital belga y europea. Gambrinus, que vivió en tiempo de Carlomagno e inventó el braceado de la cerveza, y el arcángel san Miguel, el de la flamígera espada, son almas tutelares de la ciudad.

En los años en que visitaba a una querida amiga, Patricia, que era de Bruselas, íbamos a escuchar a David Brubeck, el jazzista, y a beber cerveza triple Westmaelle o marca "La muerte súbita" en el Hotel Amigo, situado detrás del ayunta­miento en la Grande Place. En 1552 era una cárcel. Los espa­ñoles que ocupaban Bélgica tradujeron la palabra flamenca vrunte (encarcelamiento) por vrivend (amigo). El hotel, cons­truido en 1905, se quedó con el nombre. Era el único que no aceptaba grupos de viajeros, de viajes organizados. A las fami­lias numerosas se les invitaba a inscribirse con nombres dis­tintos. El rechazo de las masas. Pero si hemos de pensar en un hotel que represente a Bruselas deberemos quedamos con el Metropole. Salió indemne de los bombardeos pero no de los planes de los urbanistas, que han desfibrado, desfigurado la ciudad. Lo que se construye son imitaciones del siglo XVIII. Pero el Metropole se ha salvado, lo mismo que algunos ba­rrios y cervecerías. Estaba predestinado para ser construido por un cervecero y lo fue. 

 También este hotel tiene para Bercoff las hechuras de un decorado de ópera con sus grandes espejos, sus arcadas con pilastras de mármol de Namibia, sus vitrales, sus bronces pompeyanos, sus monumentales chimeneas, sus fuentes y sus paneles ornamentales. Un escenario ideal para un cliente agradecido y famoso, Giacomo Puccini, que se sentía en el Metropole como en su casa. Fue el más importante composi­tor de ópera desde Verdi. Sus historias de amor son trágicas. La tempestuosa relación de Puccini con su esposa estalló en 1908 tras el suicidio de una sirvienta a la que Elvira, la esposa del autor de La Boheme, Madame Butterfly, Manon Lescaut o Turandot, acusó de haberse ido al catre con Giacomo. Cuando se restableció la buena fama de la suicida sus parientes lleva­ron a los Puccini a los tribunales. La publicidad que levantó el caso afectó de forma muy seria el ánimo y la capacidad de tra­bajo del compositor. Puccini murió en Bruselas



El Metropole era el hotel de los tenores como Enrico Caruso y de las primas donnas. A Bruselas venían a cantar los profesionales del bel canto, pero sobre todo los hombres de negocios. Monsieur Goffin, que allá por los años sesenta fue el director general, solía decir: "Vienen pocos turistas. ¿Qué pintan los turistas en Bruselas?". En 1957, un distinguido cliente se acercó al des­pacho de Goffin para saludarle. Se había inscrito en el hotel como profesor Walter Hallstein. Era un político alemán, uno de los padres de la Comunidad Económica Europea. Esa visi­ta hizo la fortuna del Metropole. 


"Caí en la cuenta de que iban a hacer de Bruselas", recor­dó monsieur Goffin, "la capital de la CEE [Comunidad Eco­nómica Europea], de cuya comisión el señor Hallstein sería el primer presidente. Empecé a ver el hotel lleno de delegacio­nes que venían y se iban, de secretarias atareadas, de familias de los funcionarios, de diplomáticos ... ". Hallstein les abrió a los representantes de los seis primeros países que formaban el embrión de la CEE -Italia, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Alemania- las puertas del Metro­pole de par en par. 
 Después llegaron los hombres de negocios interesados en saber de qué iba la organización paneuropea.

Los primeros en aparecer fueron los cerveceros para fundar, a la sombra del hotel, la Asociación de Cerveceros del Mercado Común. El Metropole fue al principio su centro de operacio­nes. Bruselas se convirtió en ciudad de congresos. El Metro­pole se poblaba de delegados y congresistas y monsieur Gof­fin hubo de poner el cartel de "No hay habitaciones". "House fuil", que dicen en Estados Unidos. La capitalidad del MCE atrajo a congresistas de Estados Unidos, enviados de la indus­tria, de la banca, de los negocios agrícolas, deseosos estos últi­mos de conocer el rumbo de la política agraria europea. A partir de 1962 desembarcaron los nipones. 

Desde entonces no han dejado de viajar a Bruselas. El se­ñor Goffin se vio obligado a 
contratar camareros japoneses.

Continuará...

Albert Eisntein, entre otros colegas, en el Metropole, 1927


domingo, 27 de noviembre de 2011

¡HARPO HABLA…! DEL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«El Algonquin era un lugar excéntrico. Yo no podía entenderlo del todo.
Obviamente, no era un hotel de cómicos, porque nadie en el vestíbulo es­taba jugando pinacle a dos manos ni leyendo Billboard. No tenía el olor de los hoteles de viajantes, y no tenía los decorados cursis de una trampa para turistas. Si no era nada de esto, tenía que ser una fachada, una puesta en es­cena para ocultar algo. Pero qué ocultaba el Algonquin tras su fachada, tam­poco podía adivinarlo.
Cuando pregunté por la habitación del señor Woollcott, el hombre de la recepción me miró con curiosidad. Yo pensé: Ay, Dios, me va a pedir la contraseña. Pero seguramente decidió que yo era de fiar. Me dio el número de una suite del segundo piso.
Cuando llegué al apartamento me sentí mucho mejor. Sólo había ocho tipos jugando a las cartas en una habitación llena de humo y sembrada de ceniceros, tazas de café, chaquetas y corbatas abandonadas y montones de fichas de póker.
Woollcott, ahora en mangas de camisa como los demás, dejó sus cartas, se levantó de un salto y me tomó por el brazo.
—Harpo —dijo—, te presento al Club Literario y Escalera Incompleta Ta­natopsis. Harpo, Tanatopsis. Tanatopsis, Harpo.
¿Tanatopsis? ¿Qué era eso? ¿Un grupo de conspiradores griegos? Los tipos de la mesa parecían bastante simpáticos. Sonrieron y dijeron cosas corteses. Yo dije:
—Terminen la mano, por favor —y se pusieron todavía más simpáticos. Cuando acabaron la mano, Woollcott me los presentó uno por uno.
Sólo un nombre me sonaba de algo: Frank Adams, «F.P.A.», el famoso co­lumnista de La torre de mando. Groucho y yo habíamos enviado colabora­ciones a La torre de mando desde hacía años y habíamos logrado que se pu­blicaran algunas. Nunca me imaginé que le estrecharía la mano al Guardián de la Torre en persona. En cuanto al resto de los jugadores, sólo recordarlos como un montón de tipos llamados «Benson», que era a lo que sonaba uno de los nombres. Tengo una memoria desastrosa para los nombres. […]

La tertulia del Algonquin se desarrollaba en el primer piso con frecuencia en una mesa redonda situada en un rincón del comedor. Años más tarde, cuando todo el mundo se puso nostálgico por los años veinte, esa mesa llegó a ser conocida como la Mesa Redonda, y se escribía sobre la gente diciendo que habían sido «Miembros» de la Mesa Redonda del Algonquin.
El Club Tanatopsis tenía en efecto miembros oficiales, pero no así lo reunión del primer piso. No era más que una larga perorata, con gente que entraba y salía, comía, discutía, cotilleaba, contaba chistes, hablaba de negocios y sufría inspiraciones geniales. Junto al resto de los jugadores del se­gundo piso —Woollcott, Adams, Benckley, Broun, Swope, Kaufman, Connelly y Ross—, me pasé muchas horas en la Mesa Redonda. No se podía sa­ber quién más aparecería: había asiduos, como Deems Taylor, Donald Ogden Stewart, Peggy Woods, Jane Grant y Dorothy Parker, y descarriados como Helen Hayes, Charlie MacArthur, Edna Ferber, Bernard Baruch, Ring Lardner, Otto H. Kahn y Will Rogers.
Woollcott almorzaba en el Algonquin todos los días. A través de él conocí a cuatro mujeres extraordinarias, que estarían muy cerca de mí durante el resto de la década: la actriz Ruth Gordon, Neysa McMein, pintora e ilus­tradora, Alice Duer Miller, la novelista, y la brillante esposa de George S. Kaufman, Beatrice. […]
El Algonquin era refugio de los más brillantes autores, editores, críticos, columnistas, artistas, financieros, compositores y actores del momento. Aquél rincón del comedor era un semillero de narradores y conversadores. Pero, hasta que yo aparecí, no había ningún oyente de tiempo completo en toda aquella población. No me habrían acogido más cálidamente si hubiera estado en mi mano levantar la Prohibición.»
Harpo Marx, ¡Harpo habla!, Montesinos, Barcelona, 1988 (edición original 1961), págs, 139-142.




Por alusiones y menciones, añadiré algo sobre el célebre Woollcott, citado por Harpo en su autobiografía, y, como podemos leer, fue la persona que le introdujo en el Club

Tomo de Wikipedia la siguiente referencia del personaje:
«Alexander Humphreys Woollcott (19 de enero de 1887-23 de enero de 1943) era un crítico teatral y comentarista estadounidense de la revista The New Yorker, y miembro de la Mesa Redonda del Algonquin.
Woollcott sirvió de inspiración para Sheridan Whiteside, personaje principal del obra El hombre que vino a cenar, de George S. Kaufman y Moss Hart1 , y para el no menos desagradable personaje Waldo Lydecker en la clásica película Laura. Woollcott afirmaba también que Rex Stout se inspiró en él para crear a su brillante detective Nero Wolfe, pero Stout lo negó.
Woollcott escribió la crítica del debut de Los Hermanos Marx en Broadway, I’ll Say She Is, y se convirtió en pieza fundamental en el renacimiento de la carrera del grupo cómico. Comenzó una larga y estrecha amistad con uno de sus componentes, Harpo Marx. Uno de los hijos adoptados de Harpo se llamó Alexander en homenaje al crítico.
Personaje polémico y demoledor crítico teatral, fue una de las personas más influyentes del panorama artístico en la primera mitad del siglo XX.»

Harpo rodeado de Art Samuels, Charlie MacArthur, Dorothy Parker y Aleck Woollcott








Harpo, haciendo honor a su papel en los Hermanos Marx, participaba poco en la tertulia y solía tener la boca cerrada. Lo que realmente adoraba era jugar a las cartas. Lo mismo que su hermano Chico, lo cual les acarreó sobrellevar severas deudas económicas durante muchos años. Groucho tuvo más de una vez que sacarles del apuro. Y eso que Groucho era muy mirado (vulgo, tacaño) en todo lo referente a los temas pecuniarios. Alguna película de la hermandad tuvo que hacerse, a toda prisa, para cubrir las deudas de los hermanos aficionados a los juegos de manos. Pero esa... es otra historia.


jueves, 17 de noviembre de 2011

EN EL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«Entre 1907 y 1946, Frank Case, que amaba a los escritores, los acogió en su hotel concediendo y prorrogando créditos a quienes le agradaban. La iniciativa de "la Mesa Redonda del Algonquin" se debe a él. Desde 1920, y durante veinte años, unas treinta personas se reunieron a comer en la Pergola Room (convertida en la Oak Room) y después en la Rose Room, para intercambiar opiniones y convicciones literarias. Los miembros fundadores, todos ellos críticos, periodistas y editores, influyeron en el estilo de la literatura americana contemporánea: Aleck Woollcott, Heywood Bron, Frankn Asams, John Pter Tooley, Robert Benchley, George Kaufmann, Marc Connely, Robert Sherwood, Harold Ross y Dorothy Parker.







Pronto establecieron lazos con el mundo del cine, con la presencia, entre otros, de Preston Sturges, muerto en el hotel en 1959, de Herman Mankiewicz o de Harpo Marx. Todos tenían en común fuertes personalidades (humor, acidez, malignidad, fobias, hipocondría, frustraciones), y se mostraban especialmente tolerantes con este conjunto de patologías. Cabría hablar de una terapia de grupo oficiosa. Edmund Wilson, alcoholizado entre dos hospitalizaciones por depresión, reinaba en un sillón del vestíbulo, pidiendo un martini doble, y manteniendo, a pesar de todo, brillantes y muy coherentes conversaciones hasta el momento en que notaba que era hora de irse. Harold Ross, el legendario editor del The New Yorker, reconoció haber creado virtualmente la revista en el hotel, y por eso en cada habitación hay un ejemplar. 


El “Gonk” es una institución. Una institución que albergó durante mucho tiempo a un huésped convertido a su vez en verdadera institución: un gato llamado Hamlet, que recorría día y noche el hotel, durmiendo preferentemente en los almacenes del quiosco. Se convirtió en protagonista de un libro de Val Schaffner: El gato algonquino

Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios


Cuando voy a Nueva York, menos veces de las que desearía, me hospedo en el hotel Algonquin (59 West, 44th Street). Me gustan los «hoteles literarios». Frente a los hoteles «con encanto», yo prefiero los hoteles con historia, en los que el paso del tiempo, y de personajes relevantes de la literatura y el pensamiento, el cine y el espectáculo, han dejado huella. No creo materialmente en los fantasmas, ni les temo. Pero adoro las historias de fantasmas y los espacios fantasmagóricos. Reconozco que he sentido la presencia de algunos de esos espectros durante mis estancias en algunos hoteles (cafés y bares) del mundo.



La última vez que estuve en el hotel Algonquin (año 2005), aprecié algo de deterioro en sus instalaciones y las habitaciones algo pequeñas (tuvieron que enseñarme varias antes de decidirme por una: ¡no podía pagarme una suite!). Representa un gran placer desayunar todas las mañanas en el mítico Oak Room, leer los periódicos en el vestíbulo. Tomarse un cocktail en el bar del hotel, antes de asistir a un buen musical (los teatros de Broadway y el Radio City Music Hall están a dos pasos del Algonquin). Oler el perfume del barniz que despiden sus maderas nobles.



Como se ha mencionado, Harpo Marx frecuentó mucho el Algonquin. Pero esa es historia para otro día…



Continuará...