«El Algonquin era un lugar excéntrico. Yo no podía
entenderlo del todo.
Obviamente, no era un hotel de cómicos, porque nadie en el
vestíbulo estaba jugando pinacle a dos manos ni leyendo Billboard. No
tenía el olor de los hoteles de viajantes, y no tenía los decorados cursis de
una trampa para turistas. Si no era nada de esto, tenía que ser una fachada,
una puesta en escena para ocultar algo. Pero qué ocultaba el Algonquin tras su fachada, tampoco podía adivinarlo.
Cuando pregunté por la habitación del señor Woollcott, el
hombre de la recepción me miró con curiosidad. Yo pensé: Ay, Dios, me va a
pedir la contraseña.
Pero seguramente decidió que yo era de fiar. Me dio el número
de una suite del segundo piso.
Cuando llegué al apartamento me sentí mucho mejor. Sólo
había ocho tipos jugando a las cartas en una habitación llena de humo y
sembrada de ceniceros, tazas de café, chaquetas y corbatas abandonadas y
montones de fichas de póker.
Woollcott, ahora en mangas de camisa como los demás, dejó
sus cartas, se levantó de un salto y me tomó por el brazo.
—Harpo —dijo—, te presento al Club Literario y Escalera
Incompleta Tanatopsis. Harpo, Tanatopsis. Tanatopsis, Harpo.
¿Tanatopsis? ¿Qué era eso? ¿Un grupo de
conspiradores griegos? Los tipos de la mesa parecían bastante simpáticos.
Sonrieron y dijeron cosas corteses. Yo dije:
—Terminen la mano, por favor —y se pusieron todavía más
simpáticos. Cuando acabaron la mano, Woollcott me los presentó uno por uno.
Sólo un nombre me sonaba de algo: Frank Adams, «F.P.A.»,
el famoso columnista de La torre de mando.
Groucho y yo habíamos
enviado colaboraciones a La torre de mando
desde hacía años y habíamos logrado que se publicaran algunas.
Nunca me imaginé que le estrecharía la mano al Guardián de la Torre en persona.
En cuanto al resto de los jugadores, sólo recordarlos como un montón de tipos
llamados «Benson», que era a lo que sonaba uno de los nombres. Tengo una
memoria desastrosa para los nombres. […]
La tertulia del Algonquin se
desarrollaba en el primer piso con frecuencia en una mesa redonda situada en un
rincón del comedor.
Años más tarde, cuando todo el mundo se puso nostálgico por los años veinte,
esa mesa llegó a ser conocida como la Mesa Redonda, y se escribía sobre la gente
diciendo que habían sido «Miembros» de la Mesa Redonda del
Algonquin.
El Club Tanatopsis tenía en efecto miembros oficiales,
pero no así lo reunión del primer piso. No era más que una larga perorata, con
gente que entraba y salía, comía, discutía, cotilleaba, contaba chistes,
hablaba de negocios y sufría inspiraciones geniales. Junto al resto de los
jugadores del segundo piso —Woollcott, Adams, Benckley, Broun, Swope, Kaufman,
Connelly y Ross—, me pasé muchas horas en la Mesa Redonda. No
se podía saber quién más aparecería: había asiduos, como Deems Taylor, Donald Ogden
Stewart, Peggy Woods, Jane Grant y Dorothy Parker, y descarriados como Helen
Hayes, Charlie MacArthur, Edna Ferber, Bernard Baruch, Ring Lardner, Otto H.
Kahn y Will Rogers.
Woollcott almorzaba en el Algonquin todos los días. A
través de él conocí a cuatro mujeres extraordinarias, que estarían muy cerca de
mí durante el resto de la década: la actriz Ruth Gordon,
Neysa McMein, pintora e ilustradora, Alice Duer Miller, la novelista, y la
brillante esposa de George S. Kaufman, Beatrice. […]
El Algonquin era refugio de los
más brillantes autores, editores, críticos, columnistas, artistas, financieros,
compositores y actores del momento. Aquél rincón del comedor era un semillero de narradores
y conversadores. Pero, hasta que yo aparecí, no había ningún oyente de tiempo
completo en toda aquella población. No me habrían acogido más cálidamente si
hubiera estado en mi mano levantar la Prohibición.»
Harpo Marx, ¡Harpo
habla!, Montesinos, Barcelona, 1988 (edición original 1961), págs, 139-142.
Por
alusiones y menciones, añadiré algo sobre el célebre Woollcott, citado por Harpo en su
autobiografía, y, como podemos leer, fue la persona que le introdujo en el Club
Tomo de Wikipedia la siguiente referencia del
personaje:
«Alexander Humphreys Woollcott (19 de enero de
1887-23 de enero de 1943) era un crítico teatral y comentarista estadounidense
de la revista The New Yorker, y miembro de la Mesa Redonda del Algonquin.
Woollcott sirvió de inspiración para Sheridan
Whiteside, personaje principal del obra El hombre que vino a cenar, de George
S. Kaufman y Moss Hart1 , y para el no menos desagradable personaje Waldo
Lydecker en la clásica película Laura. Woollcott afirmaba también que Rex Stout
se inspiró en él para crear a su brillante detective Nero Wolfe, pero Stout lo
negó.
Woollcott escribió la crítica del debut de Los
Hermanos Marx en Broadway, I’ll Say She
Is, y se convirtió en pieza fundamental en el renacimiento de la carrera
del grupo cómico. Comenzó una larga y estrecha amistad con uno de sus
componentes, Harpo Marx. Uno de los hijos adoptados de Harpo se llamó Alexander
en homenaje al crítico.
Personaje polémico y demoledor crítico teatral,
fue una de las personas más influyentes del panorama artístico en la primera
mitad del siglo XX.»
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| Harpo rodeado de Art Samuels, Charlie MacArthur, Dorothy Parker y Aleck Woollcott |
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Harpo, haciendo honor a su papel en los Hermanos
Marx, participaba poco en la tertulia y solía tener la boca cerrada. Lo que
realmente adoraba era jugar a las cartas. Lo mismo que su hermano Chico, lo
cual les acarreó sobrellevar severas deudas económicas durante muchos años. Groucho tuvo más de una vez que sacarles del apuro. Y eso que Groucho era muy
mirado (vulgo, tacaño) en todo lo referente a los temas pecuniarios. Alguna película de la
hermandad tuvo que hacerse, a toda prisa, para cubrir las deudas de los hermanos aficionados a
los juegos de manos. Pero esa... es otra historia.