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sábado, 14 de septiembre de 2013

VALLE Y MONASTERIO DE SANTO ESPÍRITU

Foto del valle de Santo Espíritu tomada por mi padre en el año 1972

Mis padres tenían una casa en el valle de Santo Espíritu del Monte. El valle de Toliu se encuentra muy próximo a la población valenciana de Gilet, en las estribaciones de la Sierra Calderona, a diez kilómetros de Sagunto y poco menos de treinta de Valencia. Allí he pasado, durante mis años mozos, muchas vacaciones de verano y de Pascua, y no pocas estancias de fin de semana.

Tan a mano del cap i casal, el entorno, que todavía conserva el aroma y el sabor mediterráneos, anuncia ya el vigor y el verdor de la serranía. Esta circunstancia resulta especialmente atractiva a la hora de encontrar fresco alivio y darse un buen respiro durante los meses calurosos y húmedos del verano costero. Extensas pinadas y amplias zonas de vegetación proporcionan unas temperaturas muy templadas en el periodo del estío, esas que permiten jactarse, ante quienes han quedado en la ardiente ciudad, de dormir en los meses de julio y agosto con cubierta o “una mantita”.

Rodeado este dominio augusto por “siete colinas” — la Montaña de la Cruz, la Cueva de Braulio, las Peñas de Cok, el Xocainet, el Pico del Águila, la Montaña del Tocino y las Montañas de Félix— resulta ideal para pasear, practicar el senderismo o hacer ciclismo. Por las calzadas y veredas que recorren el valle aprendí yo a montar en bicicleta, a dar los primeros pedaleos, subido a lo que todavía no era para mí, joven prudente o acaso temeroso principiante, un genuino velocípedo. 

Aquí también tomé el hábito de salir a caminar por los senderos y los collados locales con un libro en el bolsillo o la bolsa, junto a la merienda y la cantimplora. Sobre una roca o bajo un pino, arrullado por el trino de los pájaros y el sereno rumor del viento que mecían las ramas de los árboles y los arbustos, le tomé gusto, simultáneamente, a la andanza, la lectura y la meditación, aprendiendo de esta forma a tomarme la vida con filosofía.


Una de mis rutas más frecuentes, carretera arriba, por entonces con poco tráfico, es la que lleva al Real Monasterio de Santo Espíritu del Monte. Monumento histórico al tiempo que área recoleta, el monasterio mantiene desde sus orígenes la más pura atmósfera franciscana. A dicha orden religiosa la reina Doña María de Luna La Grande, esposa del rey Don Martín I El Humano, donó en el año 1404 la propiedad de una masía y los aledaños, legados a su vez a la corona por Doña Jaumeta de Poblet, señora feudal de Gilet. Sobre las bases del caserón original fueron edificados el convento, la iglesia, el patio, el huerto y los edificios colindantes, formando un conjunto arquitectónico —según manda la Orden— muy austero, pero, asimismo, imponente, en el cual hasta el menos entendido en la materia reconocerá raíces artísticas de inspiración valenciana.

Desde su mismo germen, nobles nombres valencianos han acompañado la historia del monasterio. La reina María de Luna obtuvo la autorización eclesiástica, que refrendaba la donación de la propiedad a los franciscanos, directamente del Papa Benedicto XIII, el Papa Luna, a la sazón pariente de la soberana. El cardenal-obispo de Valencia, Don Rodrigo de Borja, futuro Papa Alejandro VI, intercedió más tarde para que el monasterio fuese cedido a Sor Isabel de Villena, de la orden de las clarisas, aunque, finalmente, se mantuvo bajo la custodia y la observancia franciscanas. 

San Francisco de Borja, asiduo visitante del recinto, organizaba aquí reuniones dos veces al año con otros notables santos valencianos, San Luis Beltrán y San Juan de Ribera, sin olvidar al Beato Nicolás Factor, a quien se atribuye el portento de haber descubierto milagrosamente la fuente que recibe su nombre y todavía hoy es lugar de peregrinación para todos los sedientos de la zona.

Por lo que a mí respecta, no presumo de pertenecer a una estirpe linajuda ni me considero tampoco personaje eminente, y menos aún un santo. Pero, eso sí, me complazco en afirmar que mi familia y yo mismo formamos ya parte de la materia y el alma del valle de Santo Espíritu, donde hemos pasado momentos muy gratos.



DÓNDE COMER
Próximo al Monasterio hay una amplia explanada muy adecentada y bien dispuesta, con juegos para niños, baños, mesas con bancos y barbacoas de uso público. Es aconsejable ir bien aprovisionado para hacer picnic.

DÓNDE DORMIR
El Monasterio dispone, en una zona anexa, de una Hospedería donde alquilar habitaciones. No hay lugar más tranquilo y sereno para el reposo del viajero.

Enlace de interés: Monasterio de Santo Espíritu




El presente texto sirvió de base para confeccionar la crónica de la Ruta de Autor, realizada por Bel Carrasco en el Suplemento de Valencia DE FINDE del diario EL MUNDO, publicada el día 14 de septiembre de 2013.




sábado, 24 de septiembre de 2011

AQUEL PASEO DE VALENCIA AL MAR


Foto: grandesvias.blogspot.com
Lo recuerdo muy bien. Corrían los años sesenta del pasado siglo. Algunas mañanas primaverales, soleadas como las que iluminan la ciudad de Valencia en la estación previa al verano, algunos domingos matutinos, con un cielo blanco de harina y brisas de azul marino, mi padre me llevaba a caminar por el Paseo al Mar 
 
En aquellos años todavía nadie hablaba del «Passeig de València al Mar». Tampoco del «Camino-Paseo de Valencia al Mar», proyectado por el arquitecto Casimiro Meseguer a finales del siglo XIX con el fin de trazar el eje Este del plan general de Ensanches de la ciudad: tres kilómetros de gran vía urbana que uniría sin obstáculos el jardín de Viveros con los poblados marítimos. Valencia de cara al mar. Ese era el plan.
Nadie empleaba entonces el rótulo «Avenida de Blasco Ibáñez» para referirse a un Paseo que ha quedado inacabado, como el cuerpo de Ricardo III según William Shakespeare, igual que una calle mayor sin salida, sin finalizar, cual cul de sac. Fatal ironía, o acaso malvada argucia, la de quienes promovieron el uso del nombre de don Vicente en vano, a modo de suplantación que hiciese olvidar la idea y el nombre originales. Semejante trampa nominalista trataba de desfigurar el verdadero propósito, a saber, que la gran calzada llevase directamente hasta el templete neoclásico, con vistas al mar, del autor de Arroz y tartana. Por entonces, apenas nadie escribía «El Cabanyal» para referirse a El Cabañal.
En la primera sección de la arteria, que debía verter el flujo urbano de una Valencia renovada al Mediterráneo, estaba construyéndose aquellos días la Ciudad Universitaria. Daba gusto deambular por las anchas aceras y recoletas avenidas que tanto necesitaba la ciudad, encerrada todavía en la ronda de Tránsitos, viviendo de espaldas al mar. Las nuevas Facultades de Medicina, Derecho y Filosofía y Letras, entre otras, pronto acogerían a estudiantes y profesores, preparando así las primeras promociones de licenciados.
Paseo Valencia al Mar, años 50

Mi padre, austero y sobrio, como los nacidos en las altas tierras de Albarracín, señalando hacia el Este, no me prometía aquello de «algún día, hijo mío, todo esto será tuyo». Su anhelo era más modesto: que algunos de esos centros de estudios superiores le dieran hijos universitarios. Como así ocurrió, en efecto. Yo no soñaba entonces ni en grandes posesiones ni en títulos académicos. Sólo miraba hacia el mar sabiendo que estaba allí a lo lejos, aunque tan cerca. También alargaba el brazo, deseando tener la mar a mano.
Hoy mi sueño, y el de una ciudad que no tenga cegada la magna puerta al mar, sigue sin hacerse realidad. El Paseo ha avanzado bastante desde aquellas fechas y ya casi lame la playa, pero, ay, continúa frenado en el barrio de El Cabañal. Un barrio marítimo convertido en barricada por políticas obstruccionistas y, según dicen, conservacionistas del patrimonio cultural de la zona.


Las calles de El Cabañal declaradas así «de valor histórico y cultural», a causa de la paralización del proyecto, van a conservarse, sí, pero como un poblado de chabolas, viviendas abandonadas, solares y basureros. Aún hoy, al término de la Avenida de Blasco Ibáñez, en Valencia hay un escenario de cañas y barro, una Habana Vieja como la Cuba de los Castro.

Todavía mantengo el sueño, que el Paseo que va dar al mar, no sea el morir de un proyecto vital para la ciudad de Valencia.

Avenida Blasco Ibáñez desde el Jardín de Viveros hacia el mar

El Cabañal interponiéndose en el trazado del Paseo de Valencia al Mar
Ilustraciones tomadas de despuntes, el blog de saez+vigueras_arquitectos