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martes, 18 de octubre de 2011

ITALIA EN BANCARROTA, VISTA POR MARK TWAIN




«Hay muchas cosas en esta Italia que no consigo entender... y de un modo especial no entiendo cómo un gobierno en bancarrota puede tener estaciones ferroviarias cual palacios y pasos a nivel maravillosos: duros como diamantes, rectos como una regla, lisos como el suelo, blancos como la nieve. Cuando es tan oscuro que no se ve nada, todavía pueden vislumbrarse las vallas de los pasos a nivel de Italia. Y están lo bastante limpias como para comer en ellas, sin mantel, con tal de ponerlas planas. Lo más curioso es que no cobran peaje.

En cuanto a los ferrocarriles... no tenemos ninguno igual. Los vagones se deslizan por las vías tan suavemente como si patinaran. Las estaciones son vastos palacios de mármol con majestuosas columnas de la misma piedra real, con grandes muros sólidos y techos decorados con frescos. Las altas puertas están adornadas con graciosas estatuas y los suelos son todos de brillante mármol.

Estas cosas me han interesado más que los centenares de museos llenos de tesoros de arte, pues puedo entenderlas, mientras que soy incompetente en cuadros. En los pasos a nivel, los trenes, las estaciones y las nuevas avenidas de casas uniformes vistas desde Florencia y otras ciudades, veo la marca de Luis Napoleón o, mejor dicho, de sus imitadores. Pero Louis se ha preocupado de que en Francia esas mejoras tuvieran una base: dinero. El dinero respalda sus proyectos y éstos fortalecen el país en vez de debilitarlo. La prosperidad material de Francia es auténtica.

Pero aquí el caso se presenta de distinto modo. El país se halla en bancarrota. No hay fundamentos reales para esas grandes obras.

La prosperidad indicada por ellas es una ficción. El Tesoro está vacío, y por esto, en vez de robustecer al país, lo debilitan. Italia ha llevado a cabo el más querido deseo de su corazón: es un Estado independiente, y al hacer eso ha sacado un elefante en la lotería política. Pero no tienen con qué alimentarlo. Inexperta en el gobierno, se lanzó a toda clase de gastos y malgastó su tesoro casi en un día. Derrochó millones en una escuadra innecesaria y cuando quiso jugar con el nuevo juguete, obtuvo un buen sopapo.»



No, no estamos refiriendo en esta crónica el estado presente de Italia, junto a otros países aledaños que comparten hoy similar fortuna, entre ellos España. El fragmento citado pertenece al libro de viajes Inocentes en el extranjero (Innocents Abroad) escrito por el genial y bienhumorado escritor norteamericano Mark Twain, y publicado en el año 1869. 

Los paralelismos de estas páginas viajeras de Twain con el día de hoy van tan rectos como los mismos raíles del tren.

He aquí el milagro de Italia, constatable desde su fundación en la antigua Roma: vivir en el caos y en el esplendor, todo ello al mismo tiempo. Peccato que una nación como España no pueda permitírselo. Tal vez por ser menos afortunada que la bellísima Italia.




martes, 19 de abril de 2011

BOLONIA: DOCTA, TORREADA Y PORTICADA

Sea resultado de una razón profunda, sea producto del todavía más insondable inconsciente, sea cosa de la mera casualidad, el caso es que este año viajero (2001) podría calificarse como el «año Carlos V», un soberano homenaje, bien es verdad, aunque celebrado con algo de retraso. Hablo de una vicisitud —el retraso/delay— que, en referencia a los viajes, resulta casi lamentablemente necesaria. Sea como fuere, recibí la primavera de camino a Gante, y la consagración tuvo lugar en Bruselas. Parte del verano lo paso en el norte de Italia: Verona, Mantua, Ferrara y, finalmente, Bolonia. Del nacimiento del emperador en la ciudad de Flandes a su coronación en la basílica de San Petronio, en pleno centro de la capital de Emilia-Romaña. Un itinerario muy emblemático, no se me negará.
Mas ¿hay que tener alguna razón especial, o siquiera vaga, para estar en Italia? ¿La hay para emprender cualquier viaje a lugares maravillosos?
La feliz circunstancia es que heme aquí en Bolonia, en razón del dichoso centenario del emperador Carlos o acaso por una irrefrenable pasión por la mortadela. ¡Qué más dará la causa final, si después de todo ni he llegado a entrar en San Petronio (la fachada sí la vi) ni probé el embutido típico boloñés (o quizá sí, quién sabe lo que era aquello que me dieron a comer en el avión de regreso a España)! Estar en Bolonia es lo que cuenta. ¿Por dónde empezar?
Los cuentos suelen contarse empezando por el principio y las visitas a las ciudades suelen arrancar tomando el centro como punto de partida. Una sabia costumbre que no iba a cambiar yo esta vez, sobre todo, al tener la fortuna (me refiero a la fortuna/suerte de encontrar habitación, pues yo debo atenerme a presupuestos moderados) de hospedarme en el hotel Orologio, situado en una calle adyacente a la Piazza Maggiore, corazón palpitante de la ciudad y prodigio de plaza, glorieta gloriosa por los cuatro costados. En este punto milagroso están los edificios más célebres de Bolonia; pero, ojo, ni se reduce aquí la nómina ni ello significa que sean los más sublimes. 

Palazzo Comunale

En el lado occidental de esta plaza mayor, se alza poderoso el Palazzo Comunale, también llamado Palazzo d´Accursio, que hoy alberga diversos museos y oficinas municipales. Este mes de agosto ha sido habilitado uno de sus patios de acceso como cineteca de la villa. ¡Bona fortuna, una altra volta! Durante los días que pasé en Bolonia tuve el inmenso placer de compartir con los boloñeses del post-ferragosto una refrescante reposición de películas de Federico Fellini, un siempre apetecible memoriale de uno de mis directores de cine favoritos.
A la izquierda de la plaza siguen todavía adosados —unidos por la espalda— el Palazzo di Re Enzo, mirando a la Via Rizzoli, y el Palazzo di Podestà, o Palacio del Alcalde, con un ojo puesto en la basílica de San Petronio y el otro en dirección al edificio más antiguo de esta gran explanada urbana, el Palazzo dei Notai, o Palacio de los Notarios, de 1278. Frente al Ayuntamiento, un edificio más moderno, el Palazzo dei Banchi, construido en 1565, buen año, aunque cualquiera lo es para albergar a los señores cambistas, venidos a la ciudad a hacer negocios, agitar las bolsas y hacer sonar el dulce sonido de las monedas de plata. Tilín, tilín. Y, por fin, entre el palacio comunal y el del rey Enzo, comparte gloria y localización nuclear la Piazza Neptuno, así denominada por acoger la fontana del dios de los océanos, valiosa en sí misma, pero muy necesaria en una ciudad que no rebosa de fuentes.
En Bolonia, la carencia de fontanas es compensada con una profusión de torres y un derroche de pórticos, dos auténticas enseñas de la ciudad, símbolos, respectivamente, de la masculinidad y la feminidad presentes. Que la ciudad de Pisa sea mundialmente proclamada por poseer una torre inclinada es cosa sorprendente, si comparamos ese hecho singular con la realidad plural de Bolonia en la materia, por haber llegado a contar más de 200 torres en la Edad Media, según afirma la tradición. Probablemente fueran algunas menos, pero ello no le quita importancia al hecho de que Bolonia merezca ser conocida y reconocida como ciudad torreada, selva de atalayas y plétora de faros que dejan también a Alejandría en precario.
De las 200 torres, o las que hubiese, la mayoría cayeron para no volver a levantarse, y las que quedan, unas 60, se tienen en pie como pueden, unas decapitadas y otras inclinadísimas. De cualquier modo, siguen imponiendo mucho respeto, permitiéndonos imaginar el esplendor en la piedra de los tiempos en que las torres en Bolonia crecían poderosas cual jardines colgantes de Babilonia.
Allí donde arranca la artería principal de la villa, la Via Rizzoli, que en dirección a la Porta de San Felice se bifurca en Via Ugo Bassi y en Via San Felice, allí, justamente, montan guardia todavía hoy la torre Garisenda, que es la más pequeña (48,16 metros) y la torre Asinelli, la mayor (97,60 metros); en suma, I Torri Pendenti, o bien, simplemente Due Torri. Que no siempre lo más grande tiene que ser por fuerza más poético que lo menos grande lo demuestra que el Dante dedicó uno de sus versos a la «pequeña» Garisenda y no a la hermana mayor Asinelli, en:

Qual pare a riguardar la Carisenda
sotto 'l chinato, quando un nuvol vada
sovr'essa si`, ched ella incontro penda;
Divina Comedia (Inferno, XXI)

Via Marsala

Si acaso merezca este cronista una cariñosa amonestación por el empleo de la expresión «Bolonia torreada» —por exagerada y cacofónica—, no está dispuesto, en cambio, a aceptarla al afirmar que Bolonia debería conocerse mundialmente como «Bolonia porticada». Bolonia es la ciudad con más pórticos del mundo, como mínimo… Unidos en cordón formarían una gigantesca galería de 35 kilómetros de largo. No satisfecha con enlazar calles con plazas y calles entre sí en el casco urbano, la pasión boloñesa por esta cubierta arquitectónica le llevó a construir una lombriz porticada de 4 kilómetros de largo, que conecta, sin apenas discontinuidad, un extremo de la ciudad, la iglesia de los Alemanes, junto a la Piazza di Porta Maggiore, con la Chiesa di Madonna di san Luca, ya en la periferia.
Kilómetro arriba, kilómetro abajo, los pórticos constituyen una realidad presente y perceptible que marca el ritmo de las andanzas por Bolonia, una ciudad, que a diferencia de otras monumentales urbes italianas, apenas disfruta de calles peatonales, pues no las necesita, o bien todas lo son, según se mire el asunto. Con todo, el resultado urbanístico, independientemente de la belleza de la mayoría de los pórticos, ofrece efectos desiguales.
Por un lado, los pórticos permiten pasear tranquilamente por toda la ciudad, estar a cubierto del sol en verano y de la lluvia y la nieve en invierno. Pero, por otro lado, las bóvedas extendidas limitan grandemente la perspectiva visual del entorno, exigiendo, además, tener que familiarizarse mucho con estos pasadizos para no confundir las calles. Porque no es extraordinario llegar a confundir calle y pórtico. Y, finalmente, los pórticos componen unas inmensas cajas de resonancia, de tal (mala) suerte que el ruido del tráfico rodado se amplifica, resultando en ocasiones bastante molesto. Lo cierto es que Bolonia sin pórticos sería menos gloriosa; quiero decir: que no sería lo que es.
Torre Asinelli
Pero volvamos a las torres, los mojones de Bolonia, y a su estratégica ubicación en la villa. Como haces de luz lanzados desde un faro, de las dos inmensas columnas parten cinco ejes radiales que iluminan el área este de la ciudad.
La Via Zamboni nos traslada hasta el Teatro Comunale, la Pinacoteca Nacional y la Università; la Via San Vitale, con la Chiesa di Santi Vitale e Agricola en su primera parte del recorrido.
La Strada Maggiore, desde la que contemplamos Santa Maria dei Servi, una de las más hermosas iglesias de Bolonia, con una admirable galería porticada rematada en patio muy equilibrado, y enfrente el Palazzo Davia Bargellini, conocido también como «Palacio de los gigantes» por la presencia imponente de dos telamones o atlantes con fuerza suficiente para sostener el edificio y lo que haga falta.
La Via Santo Stefano, calle de ensueño, nos transporta a la recreación del Santo Sepulcro de Jerusalén, un conjunto glorioso, un auténtico arcano, que ensambla cuatro iglesias a través de pórticos, capillas, pasajes y claustros, que diríanse surgidos de la noche de los tiempos. Algunas de estas piedras preciosas, las más antiguas, se remontan al siglo V. Hablan de fervor piadoso y cruzado, según atestiguan las placas que adornan el claustro benedictino, rindiendo tributo a los caballeros caídos en las Cruzadas y las guerras contra el moro, allá en los Santos Lugares.
En este punto, ante esta visión, me venía a la mente otro distintivo de esta ciudad de tanta memoria, el Sagrario a los partisanos caídos, homenaje epigráfico y fotográfico de la víctimas locales del nazismo y del terrorismo, instalado en la fachada del Ayuntamiento que da a la Piazza Neptuno. Y es que sea en lugar santo o paisano, Bolonia rinde tributo a sus muertos con todo boato.
Y, finalmente, en el quinto brazo de la estrella boloñesa, la Via Castiglione que conduce a la Porta Castiglione en el límite de la ciudad monumental.
No es mi deseo volver al principio, pero sí detenerme en una referencia citada antes, que no puedo dejar sin comentario. Me refiero a la Universidad, y por extensión, a la faceta intelectual de la villa. Bolonia, llamada Bologna la dotta, es una ciudad moderna y de gran vitalidad, pero además, o precisamente por ello, un núcleo de efervescencia cultural e intelectual. Para tratarse de una ciudad de casi medio millón de habitantes (que, ciertamente, residen en su inmensa mayoría allende las lindes de la ciudad antigua, en la «gran Bolonia»), más de una cuarta parte está directamente vinculada a su vida universitaria y cultural. Bolonia cuenta con más de 200 bibliotecas, más de 40 museos, 50 cines y 24 teatros, decenas de librerías, de las que casi 40 están especializadas en libros y grabados antiguos, muchas de ellas abiertas hasta las doce de la noche (circunstancia que también pude advertir en Ferrara ¡en el mes de agosto!).

Palazzo dei Mercanti

Miles de estudiantes nacionales y extranjeros pululan por la universidad más antigua de Europa (su fecha de nacimiento data del año 1088). Hasta el presente ha continuado la misma  tradición que la fundó y la hizo célebre: el ser lugar de acogida de estudiantes de todas las partes de Europa y del orbe. Muchos españoles la escogieron como lugar de estudio e investigación, según lo prueban actas y archivos, así como el flamante Colegio de España situado en la calle de mismo nombre (si bien, en italiano), construido por iniciativa del cardenal Gil de Albornoz en 1364. Esta institución —que  todavía conserva privilegios de embajada cultural, al seguir manteniendo el estatuto diplomático y jurídico de territorio español— impulsó la cultura española desde antes incluso de que existiese formalmente como nación. Aquí se alojó Antonio de Nebrija, donde comenzó a redactar una gramática de la lengua española que unificase los usos y formas de la antigua lengua romance. Era preciso, pensaba el sabio gramático, unificar las normas lingüísticas, así como el entendimiento entre los hablantes, por entonces bastante incongruente, como pudo comprobar oyendo hablar a sus vecinos de residencia.
La sede actual de la universidad boloñesa está situada en el Palazzo Boggi, asiento del rectorado y de varios museos universitarios, que han debido extender sus espacios en edificios adyacentes. Aquí fueron trasladadas las aulas y las oficinas universitarias a comienzos del siglo XIX desde su ubicación clásica, el incomparable Palazzo del Archiginnasio, construido en 1562 y situado en un magno edificio frente a un costado de San Petronio. De una sola planta, luce un primoroso y elegante (¿lo adivinan?)  soportal, el Portico del Paviglione, corredor donde encontrar la entrada al edificio.
Chiesa St. Francesco, Campanile
El palacio fue construido con el fin de hospedar en un solo lugar las enseñanzas de los Legistas (derecho canónico y civil) y de los Artistas (filosofía, medicina, matemática), que hasta entonces habían desarrollado su actividad en lugares diferentes de la ciudad. Los estudiantes recibían las primeras disciplinas en la Sala dello Stabat Mater, extraordinaria aula magna tachonada en sus muros por cientos de escudos heráldicos de los estudiantes más nobles que pasaron por el lugar (y son miles los blasones, si sumamos a éstos los que decoran el patio interior y las escaleras de acceso a las aulas).
Las lecciones para los «Artistas» eran impartidas en la sala de lectura de la biblioteca, en la actualidad la Biblioteca dell´Archiginnasio, uno de los fondos bibliográficos más importantes del mundo. Las enseñanzas relacionadas con la anatomía humana tenían como imponente escenario el Teatro Anatòmico, impresionante sala revestida hasta el techo de maderas nobles. En la tribuna de la cátedra, dos escuálidas figuras sostienen la capota; son los «desollados». En la sala, de libre acceso, pude contemplar una serie de fotografías que mostraban los efectos de los bombardeos que, durante la XX Guerra Mundial, hicieron añicos este venerable ámbito de saber. La voluntad y la paciencia boloñesas lograron que fuese reconstruida tal como estaba originalmente.
Visité este extraordinario palacio el mismo día de mi partida. A la salida, volví a pasear por la próxima Piazza Maggiore hasta alcanzar la Via Rizzoli, desde donde pude comprobar que la Asinelli y la Garisenda permanecían todavía más o menos enhiestas. ¡Qué milagro! Finalmente, eché un último vistazo, el de la despedida, a los pórticos de Bolonia. Gloriosos pórticos.

Casa Seracchioli

Verano 2001

miércoles, 13 de abril de 2011

A MANTUA LE QUEDA MANTEGNA


 A Mantua le queda Mantegna. También le queda Virgilio, nacido en un villorio muy próximo. Esta segunda vicisitud, sin embargo, le queda a la ciudad un poco más lejos. Porque, francamente, en Mantua, del pasado romano, se conserva bastante poco.
En Mantua se mantiene, más que nada, la memoria del Renacimiento, de la mano de la poderosa familia Gonzaga. Proveniente de haciendas agrícolas, afirmó su poder en la villa a comienzos del siglo XIV, y ya no lo soltó durante tres siglos. Sobre este suelo organiza la corte, y a fin de protegerse y darse a sí misma esplendor, levantan una ciudad a su medida. Al frente de la misma, cual dignos generales, el Palazzo Ducale —en realidad, un conjunto de edificios— y el Castello San Giorgio, fortaleza unida al gran palacio, concebida como refugio y vía de fuga, con salida a los lagos que circundan la ciudad.
Mantua, villa y corte, tuvo un gran pasado, noble y vistoso. Los Gonzaga llamaron al afamado arquitecto Alberti, para que construyera la basílica de Santa Andrea, y a un pintor exquisito, Andrea Mantegna, con la orden de decorar los muros de la ducal residencia. En la actualidad, Mantua es una apacible ciudad de provincias, que mantiene muy productiva la actividad agrícola y no poco contaminante, la industrial.
En verano, la villa lombarda queda vacía de residentes, especialmente a la hora del pranzo (de 12.30 a 17.00 p.m.). Sólo se ve vagar a unos pocos turistas y rodar algunas bicicletas. Pero, al atardecer, se llena de mosquitos, propagados por la combinación letal de calor ambiental y proximidad de los lagos, buscando succionar alimento, insaciablemente.
Mantua luce una estatua de Virgilio en la amplia Piazza Virgiliana. Hijo célebre del condado, adorado por sus coetáneos, lo contemplo estos días, solitario, desleído, casi derritiéndose al sol del mediodía. Pero, el hijo predilecto, aunque adoptivo de la ciudad, es Mantegna. Llegado de Padua, aquí se quedó y triunfó, un hecho que se lo quita nadie. A Mantua, por si llegan inviernos duros y tiempos aciagos, le sigue quedando Mantegna.
El centro de la ciudad constituye un pequeño islote limitado por las tres secciones del lago (Superiore, di Mezzo e Inferiore). En realidad, se trata del  río Mincio, afluente del Po, abierto a sus costados y al norte, más un canal del mismo río que, emergiendo a la superficie para desembocar en el Porto Catena, culebrea en un corto abrazo por el sur. Nos encontramos en una llanura baja, en el pasado, casi un entorno pantanoso. Más allá de esta franja, va ensanchando el espacio que anuncia la urbe. Atrás queda la antigua Mantova, tan sólo reconocible en el Palazzo del Te, grandiosa residencia campestre edificada por Giulio Romano con el objeto de dar abrigo y garantizar la necesaria reserva para los encuentros de Federico Gonzaga y la cortesana Isabella Boschetta. En sus tiempos, esta isla de amor material era materialmente una isla, unida a tierra por un puente, acaso también, como aquél de Venecia, el de los suspiros, aquí los del amante, tras el jadeo y jaleo del amor, de vuelta a palacio con la legítima esposa.
Los núcleos de mayor interés de lo que queda de Mantua están situados alrededor de tres plazas. En la Piazza Mantegna, la basílica de Sant’Andrea, construida por el gran arquitecto renacentista León Bautista Alberti, tiene un innegable valor artístico y no poco simbolismo religioso. Su interior atesora, desde el siglo XV, la sagrada reliquia de la sangre de Cristo, de la que no puedo dar fe ni mucha más información. Lindante a la plaza, otra más, la Erbe, con edificios renacentistas de valor. Destaca el Palazzo de la Ragione por su macizo fundamento, su nombre ilustrado avant la lettre y la torre del reloj. 

Y, por fin, llegamos a la gran plaza, la Piazza Sordello, lugar de concentración de piedras valiosas: el Duomo, al fondo de la misma, y el Palazzo Ducale en su extremo norte. El Duomo es un templo de estilo ecléctico y que no concita mucho interés. Esto no es la cercana Verona. Ni la más lejana Florencia… El magno palacio de los antiguos dueños de la ciudad delata un apreciable deterioro, en un estado de precaria conservación. La misma fachada, sobria y coronada de almenas, no augura grandes lujos ni maravillas en el interior. Atravesando varios patios interiores, bastante desangelados, llegamos a las puertas del castillo, cuyos salones y galerías semejan una continuación del palacio. 

Para encontrar el gran tesoro que acoge el entorno, como quien busca una veta de oro en la mina, hay que penetrar hasta las entrañas del cuerpo arquitectónico de  piedra, hasta los frescos pintados por Andrea Mantegna en la Camera degli Sposi. Unas pinturas de gran belleza, en las que el maestro renacentista logró combinar con gracia e inspiración, con intimismo lírico y exaltación épica, escenas de la vida privada de la corte y encuentros de carácter político y diplomáticos. Todo ello en dos paredes contiguas de la sala. Pero, ay, sólo dos paredes de las cuatro que componen la cámara nupcial.
Las imágenes de las reproducciones de los frescos que traía en la retina y la memoria, y habían estimulado mi interés por conocer el original, contenían el soberbio lado del lugar como si fuese un todo. Pero, ahora, en el lugar de los hechos, el todo quedaba ante mis ojos sólo en parte. Los otros dos muros de la habitación señorial, los orientados al este y sur, han quedado «en blanco», con restos de cal y algunos colgantes como que sirven de decoración.

Bien está, de todas formas. Nada puede tener todo. Mantua fue grande, y el que tuvo, retuvo. Aquí, Giuseppe Verdi ambientó, además, y para mayor gloria de la ciudad, la ópera Rigoletto. No está nada mal.
Después de todo, Mantua, la muy pícara,  se ha quedado con el arte de amar de Virgilio y con la habitación amatoria de Mantegna. Obras son amores en Mantua. Además de buenas razones para visitarla.


miércoles, 6 de abril de 2011

VERANO EN VERONA




Hay una Verona real y una Verona de fábula. Cierto es que no refiero una característica singular, por tratarse de una circunstancia que concierne a prácticamente todas las ciudades del mundo, urbi et orbi. Aun así, tal vez en Verona esta distinción sea más apreciable que en otras. La Verona davvero hay que descubrirla por partes, por capas arqueológicas, según ha ido creciendo la historia y la hierba sobre el estrato fundacional. La Verona de leyenda aquí la llaman Julieta, dicen que hija natural de un noble Capuleto, aunque, en realidad, lo fue de la hidalga imaginación de William Shakespeare.
Los veroneses no son todos pintores, pero están encantados con la ciudad en que viven, un sentimiento que no juzgo, de ninguna manera, una exageración. Al atardecer, el canto se torna bel canto durante los meses estivales, cuando da comienzo la temporada operística. El magno festival musical tiene lugar en  el privilegiado anfiteatro de la Arena, otro tótem de la villa, que solapa en muchos otros encantos urbanos, un árbol que a menudo no deja ver el bosque. Aunque, nada hay que temer. Verona, en verano, se torna un bosque muy animado.
Los afortunados que han conseguido entradas para el circo reconvertido en teatro, vestidos con sus mejores galas, hacen el paseo triunfal por la Piazza Bra hasta alcanzar la Arena, donde tendrá lugar, a la luz de la luna, la velada operística. Il Trovatore, Rigoletto o I Puritani suenan triunfales cada verano en el coso de Verona. Este año toca Aida de Verdi. Los menos afortunados, pero no por ello gente amargada, sentados en las terrazas que alegran la plaza mayor, se consuelan contemplando el cortejo, mientras paladean un helado de tutti fruti. Unos y otros —y todos los demás— mantienen vívidas conversaciones, sean soto voce (alabando, en la grada de la Arena, un do de pecho del barítono o un trino de la soprano) o viva voce (en la playa empedrada, a través del telefonino o desde un extremo al otro de la explanada). 



La obertura de la ópera eleva al cielo estrellado sus primeros compases imponiendo el silencio en el teatro al aire libre. Pero lo que es en la plaza pública, el verdadero festival no ha esperado la señal del director de orquesta para comenzar la actuación. Allegro, ma troppo, davvero. Hace horas que el público ha tomado el escenario de la Piazza Bra. En un ángulo, al norte, los coros de la parroquia compiten con las arias populares. En el centro, mezzo espontáneas suenan como contraltos. En el sur, no hay conversaciones a dos, hay duetos, aunque, en realidad, en este espacio libre todo el mundo participa. En las dos áreas rumorosas, teatro y foro, se escenifican funciones en paralelo: en una, el auditorio escucha y no habla; en la otra, la concurrencia habla y no escucha. Pero, todos cantan.


Los visitantes, en su mayoría, limitan su agenda a recorrer el perímetro urbano al trote: visita a la casa de Julieta, la cual no existe ni existió davvero, y dos vueltas matutinas al ruedo, en el circo romano-veronés, que si es real, aunque ya no es lo que era. Si hay tiempo, antes de volver al autobús, atraviesan el centro urbano al galope, como queriendo batir un récord. En la Piazza delle Erbe, a escasos metros de la casa-museo de cerámica de Julieta, al comprobar que no acude Romeo, se impacientan mucho, mostrándose dispuestos para lo siguiente: «¿Y ahora qué?». Falta rastrear algún mercadillo. Pocos turistas reparan, sin embargo, en las muchas y preciosas gemas que acoge la ciudad y que como mínimo exige pararse unos minutos ante ellas.
De Verona sorprende su situación geográfica: una lengua de tierra circundada por el río Adige, que le hace recogerse, serpenteando, en un doble meandro. La Portoni di Bra, un conjunto de arcos almenados, constituye un perfecto atrio o portal desde donde penetrar en la ciudad, tomando, luego, la Piazza Bra como gran zaguán de la ciudad antigua. Para conseguir una perspectiva más amplia —que en las dimensiones ciudadanas en las que nos situamos no puede esperarse que resulte enorme—, la Porta Nuova nos da paso a tomar la medida de la villa siguiendo el lindero que rodea las murallas medievales.
A vista de pájaro, Verona se me antoja un corazón, o una gran V: la V de Verona. Esta disposición urbanística proviene del primer asentamiento romano. La ciudad «romana» de Verona duerme su larga noche de la historia cubierta por pavimentos yuxtapuestos, manteniéndose prácticamente íntegra. El trazado urbano posterior, el que hoy contemplamos, no se desvía mucho de aquél.


En algunos lugares, los restos romanos saltan a la vista. Es el caso del grandioso circo de la Arena, construcción del siglo I a. C. de imponentes proporciones y muy bien conservado, a pesar de haber sido zarandeado por terremotos y golpeado de mil formas por el paso de los hunos y de los otros. Sus cuarenta y cuatro gradas pueden acoger a más de veinte mil espectadores. Atravesando el Ponte Romano, también llamado Ponte Pietra, completamente reconstruido, se accede al Teatro Romano erigido junto al río, en la falda de la colina que preside el Castel San Pietro, hoy vecino del Museo Arqueológico. Otro brote de la ciudad romana que sigue en pie es la Porta dei Borsari. En la actualidad, enlaza el Corso dei Borsari y el Corso Cavour.
En buen estado continúa, igualmente, junto al Castelvecchio, el arco de los Gavi, de la época de Augusto. La mayor parte de la antigua ciudad romana sigue allá abajo, oculta o entrevista. En no pocas calles y plazas podemos asomarnos al pasado a través de observatorios en el suelo que permiten divisar el vientre materno, el sedimento y el vestigio de Verona. En algunos puntos de la via Leoni y de la Piazza dei Signori, las antiguas calzadas romanas se perciben muy vivamente.
El pasado medieval goza, como no podía ser menos, de notable lozanía. En dirección al Ponte Pietra, antes de alcanzar la Piazza San Anastasia, destaca, cual cuerpo incorrupto que debe reverenciarse, la via Sottoriva, una estrecha callejuela que transcurre paralela al río y al Lungadige Donatelli, o paseo y mirador que sube desde el Ponte Nuovo hasta el Ponte Pietra. Muchos viandantes, atraídos por el Ponte se saltan la via. Error. La via Sottoriva luce una belleza de muchacha galana y tímida, habla poco, guardando grandes encantos que hay que descubrir. Como esta calle tan femenina, de beldad, hay muchas otras en Verona, davvero.

Antigua Roma, Medioevo y Renacimiento se abrazan, como tres gracias, en Verona, compitiendo en nobleza y preciosidad. Esta síntesis la vemos representada en la Madonna Verona, soberbia dama encaramada sobre una fuente del siglo XIV que ocupa el centro de la Piazza delle Erbe, que es lo mismo que decir la entraña de la ciudad. Al torso de la graciosa estatua romana le fueron añadidos posteriormente los brazos y la cabeza, según el gusto de las épocas correspondientes. Radiante y húmeda, la Madonna, alegoría de Verona, presencia presidencial de la villa, exhibe el secreto de la juventud rodeada de bellos frescos pintados sobre las fachadas de los edificios regios que la circundan. Y ahí está ella, tan fresca: cuerpo romano con extremidades y testa ortopédicas, pagana y cristiana, manteniendo el tipo y el ritmo de la villa veronesa en plaza medieval, montada, a su vez, sobre el antiguo foro, rodeado éste de edificios y palacios construidos en los siglos XI y XII y remodelados en el XV y el XVI. Que las épocas y los estilos pueden convivir armoniosamente lo demuestra Verona sobremanera, unos montando sobre los otros
En un extremo de la Piazza delle Erbe sigue en tensión el arco de la Costilla de Ballena, invitándonos a entrar a la Piazza dei Signori. Pasamos entonces a un mercado bullicioso, antes de coles y hoy de baratijas, a una señora plaza, por tanto, con todas las de la ley. Un espacio luminoso donde compiten, en elegancia y bravura, palacios civiles, tan ilustres como el Palazzo del Comune, actual tribunal de justicia, y el Palazzo del Capitano, o de los Tribunales.
No lejos de donde nos encontramos está domiciliado el Palazzo degli Scaligeri, vivienda de la familia más importante de la villa, que la gobernó durante más de un siglo, dejando grabadas en esta piel de piedra sobre piedra sus huellas más reconocibles y memorables. Entre estas distinguidas paredes vivieron y murieron señores muy principales, quienes al objeto de dejar recuerdo en el mundo y en el más allá de sus pasos no se conformaron con cualquier cosa. Para darse a la gloria de Dios ordenaron recibir sepultura bajo las Arche Scaligeri, conjunto funerario monumental situado entre la plaza  y la iglesia de Santa Maria la Antica.
Sobre una de las entradas de la iglesia hay una copia de la estatua ecuestre de Cangrande I, este gran patricio de perpetua sonrisa, entre bobalicona y estúpida. La pieza original puede verse en el Castelvecchio, castillo que mandó construir el Gran Can en la ribera del río, para vivir a resguardo de sus súbditos. ¿De qué se reía este caballero? Sin duda, de ellos, de sus vasallos, quienes debieron mostrarle serios gestos de hostilidad a juzgar por el hecho de que buscase  refugio en semejante fortaleza, a prueba de motines y sublevaciones. Que allí se sentía seguro, lo delata la sonrisa de tunante que ofrece la imagen de piedra. El castillo es majestuoso, no tanto como pueda serlo el de los Sforza en Milán, pero sí bastante imponente. De su interior arranca el Ponte Scaligero— llamado así porque por estos pagos prácticamente todo pertenecía a la poderosa familia—, el cual servía de vía de escape para sus moradores, cuando eran amenazados, no por las fuerzas extranjeras, sino las locales. 


Pasando a la otra orilla del río, el paisaje se torna más calmado y recoleto. Volviendo a cruzar el puente, en dirección al noroeste por el Ponte Risorgimento, llegamos a la bellísima basílica románica de San Zeno Maggiore, edificada en honor al patrón de la ciudad, San Zenón. He aquí, de nuevo, davvero, el milagro sincrético de Verona, la reunión amistosa de estilos y edades, bizantino, otomano y románico, como si no pasaran los siglos en esta villa intemporal. En el interior de la basílica, sobre el altar mayor, hay que quitarse el sombrero: el tríptico de Mantegna, Virgen con niño.


Grande artista fue, en verdad, Mantegna, aunque para confirmar la apreciación justo será ver su obra en la ciudad en que plasmó las mejores obras, y donde murió, en Mantova, o sea, Mantua. Hacia allá nos dirigimos.

domingo, 15 de agosto de 2010

FERRAGOSTO EN FERRARA



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 Ferrara es una de las ciudades mejor diseñadas del mundo y con una exquisita sabiduría urbana como no he visto muchas otras en mi experiencia viajera. Aquí hay historia, cultura y civilización, y, lo que es más importante, gusto por conservarlas. Ciudad delineada con suma inteligencia, en Ferrara, Medioevo, Renacimiento y Modernismo coexisten y armonizan con primor, no como ocurre, por ejemplo, en Verona* donde dichos estilos están mezclados en estratificado y yuxtapuesto acoplamiento. Ferrara es hoy una importante ciudad de extensión y población mediana con estimables servicios y altísima calidad de vida, creciendo con decisión, pero también con mesura. Una ciudad a escala humana, con un centro histórico ordenado y rigurosamente conservado que se recorre muy bien a pie, gracias a que gran parte de sus calles y plazas están restringidas al tráfico motorizado, aunque no a las bicicletas que son, no cabe duda, las dueñas de Ferrara, como lo son también en Ámsterdam.

Las travesías en Ferrara, delicia de los flâneurs, ideales para caminar mirando aquí y allá y mirándose en los demás transeúntes, cohabitan sin hostilidad con las grandes avenidas y arterias principales de la ciudad, las cuales permiten el tráfico rodado y rápido, algo esencial en toda ciudad moderna. Y es que no sólo de sandalias y pedales vive el hombre actual.

Ahora es verano, ya se sabe, la estación propicia para las bicicletas. Los ferrarenses las adoran. Se dejan llevar por ellas con porte cadencioso y digno, sin prisas. Ahora cruzan la calle sin indicar la maniobra, ahora detienen la marcha para organizar una tertulia en corro en la Piazza Catedrale o en la Trento Trieste. Ferrara, siendo tan hermosa y rica, no sufre, para su fortuna, la agresión masiva del turismo. Las visitas guiadas que pude advertir durante mi estancia en la villa se limitaban a grupos movilizados en bicicletas, especialmente al anochecer, cuando el sol de agosto declina y el frescor de la noche invita a un paseo sobre ruedas bajo el claro de luna.

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 El núcleo monumental de Ferrara está perfectamente establecido. Un gran corte formado por el Viale Cavour y, a continuación, el Corso Giovecca segmentan la villa en sus dos impecables secciones: la ciudad medieval al sur y la renacentista y modernista al norte. Este segundo anillo urbano, muy notable en riqueza arquitectónica, está a su vez seccionado en dos mitades por el amplio Corso Ercole I D´Este, que muere en la Porta degli Angeli. En su primera parte, dominan el espacio importantes edificios, como el Palazzo dei Diamanti, sede de la Pinacoteca Nacional, y el Palazzo Turchi di Bagno, hoy Museo Geopaleontológico. Pero esta cuidada y distinguida área urbana, queda eclipsada en comparación con su hermana mayor, por edad y nobleza, la ciudad medieval, inmenso museo ciudadano, grandioso y sorprendente a cada paso, andando, claro, o en bicicleta.

El punto de unión de ambos sectores converge en ese corazón de piedra que es el Castello Estense, construido en el siglo XIV con la función urbanística (luego veremos que también tuvo otras más) de servir de apertura a la ampliación de la ciudad, aquí denominada Addizione Erculea, eje alrededor del cual creció la ciudad renacentista. Ciertamente, no resulta cosa habitual encontrar en pleno centro de una ciudad moderna fortaleza tan monumental y tan perfectamente conservada. Podía citarse, ciertamente, Milán con el Castello Sforzesco como otro ejemplo, pero la fortaleza milanesa queda en verdad un poco excéntrico, y ya me contará el lector que otros casos hay que se puedan comparar con el de Ferrara, que yo ahora no los recuerdo. En Bolonia descubrimos, asimismo, el soberbio Palazzo Comunale en similar lugar privilegiado, pero es éste un edificio civil y no un reducto defensivo o ciudadela fortificada en el centro de la ciudad, de hecho una auténtica guarnición, como el castillo de Ferrara. El Castello Estense fue mandado edificar, como su propio nombre sugiere, por la casa de Este, responsable del gobierno de la ciudad durante los tiempos de máximo esplendor, desde el siglo XIV al XVI.

Curiosa familia ésta, como acaso todas lo sean, especialmente las detentadoras de mucho poder. Representa una característica casa renacentista, que alcanzó el mando en la plaza con relativa facilidad, lo conservó con furia y crueldad, combinadas ambas, elegantemente, con los oficios de mecenas de las artes y las letras, y declinó. Uno de los primeros miembros de la estirpe de los Este fue Niccolò III, tan célebre por bienhechor de artes como por díscolo en aventuras amorosas, de quien cuentan que engendró 27 criaturas, por citar sólo las reconocidas legalmente. Uno de estos vástagos, Ugo, tuvo la desgracia de enamorarse de la segunda esposa de su padre, la jovencísima Parisina Malatesta, ambos fueron descubiertos, con tan mala fortuna que sufrieron tormento y mazmorra hasta perder materialmente la cabeza ambos, hecho que en el caso particular de la muchacha puede interpretarse como una singular premonición patronímica.

Otra persona reputada que pasó por la corte fue Lucrecia Borgia, y empleo el adjetivo sin segundas intenciones, pues es sabido que aquí en Ferrara se la tiene en gran consideración y en buen recuerdo hasta la fecha. Mas, por ironías de la historia y de la alcoba, la familia Este, que tantos equilibrios tuvo que hacer para contener las presiones de vecinos poderosos y súbditos revoltosos, perdió el poder, tan derrochado, al secarse la fuente de la descendencia y así sin sucesión fueron asimilados y empapados por el agua bendita del Estado Pontificio en 1598.


Unido al castillo a través de pasadizos secretos está el Palazzo Comunale, residencia oficial de la casa de Este. Su fachada almenada contiene en un extremo el Arco del Caballo, puerta de acceso a palacio que conduce inmediatamente al patio central, donde sobresale una coqueta escalera cubierta y delicadamente engalanada, la «escalinata de honor». Entre ambos edificios encontramos la Piazza Savonarola, en la que domina la estatua imponente del fraile del mismo nombre, en actitud exaltadamente catequista. A pesar de la espiritualidad ardiente que desprende el foro bajo semejante presencia, encontramos aquí uno de los lugares más adecuados para satisfacer las exigencias del estómago, la Hostaria Savonarola, figón típico muy frecuentado por sus especialidades culinarias ferrarenses, sin olvidar los espléndidos vini regionali.


Frente al palacio comunal se alza espléndida la Catedral o Duomo, iniciada en el siglo XII y que contiene una suma de adiciones que va del románico al gótico. En su lado derecho, que mira hacia la oblonga Piazza Trento Trieste, el edificio avanza en una serie de galerías compuesta por veinte arcos que descansan sobre pequeñas columnas muy refinadamente esculpidas y con variados motivos. En el siglo XV, fueron adjuntadas a esta pared pequeñas tiendas elevadas sobre un corredor porticado que conducen hasta el vigoroso campanario de mármol blanco, el Campanille. Este lugar constituye uno de los espacios de encuentro y apuntamento más populares de la villa. Un punto perfecto de partida para iniciar la incursión en la ciudad medieval, tomando el Corso Porta Reno como vía de penetración.

Muchas ciudades actuales que albergan el tesoro de un pasado medieval sólo cuentan con una alambicada red de callejuelas y pasajes donde es fácil perderse, experimentando con ello el paseante gran contento por la experiencia de la aventura, y a veces algo de zozobra por lo que le pueda esperar... Ferrara no es una excepción. Aquí hay una auténtica retícula de calles y corredores que nos envuelven y transportan hacia otra dimensión, travesías custodiadas por elegantes y suntuosas mansiones, recatadas iglesias, modestos albergues y discretos jardines. Pero, lo realmente sorprendente es descubrir largas y perfectamente definidas calles originales que parecen no tener fin. Siguiendo la marcha por el Corso Porta Reno llegamos a la Via delle Volte, el ejemplo más preclaro de lo que digo. Esta callejuela nace en la Porta Luchéis, y llamándose Via Capo delle Volte, cumple con gran lógica un regular trazado que desemboca en la Via Buonporto, calle con denominación también muy acertada.

En Ferrara, las cosas se llaman sencillamente por su nombre. Así, recorrer la «calle de las bóvedas» significa atravesar una estrecha e interminable calzada empedrada flanqueada de casonas que hablan de un pasado no menos profundo, a las que se accede por largos pasajes porticados con sucesión de continuidad. Muy próxima al final de este túnel de la historia, despunta otra serpiente urbana, ejemplo de diseño medieval, la Via XX Septembre, y entre las dos, la también longitudinal Via Carlo Mayr. Llegados hasta aquí, podríamos afirmar, sin exageración, que nos encontramos en un genuino museo arquitectónico al aire libre, y, si se me apura, hasta en un museo arqueológico a tenor de tanta piedra fosilizada como nos rodea.

Tomando como referencia la mencionada Piazza Trento Trieste disponemos de otra ruta para ingresar en la ciudad medieval, que a esta altura recibe el nombre de «Ciudad lineal». Consiste en tomar la Via Mazzini, peatonal como casi todas en el centro de Ferrara, por donde a través de un meandro de calles alcanzamos el Palazzo Schifanoia en la Via Scandiana. ¿A qué alude el nombre el edificio? A schivar la noia, o sea, a «evitar el aburrimiento». Federico I de Prusia mandó construir Sans Souci en Postdam, cerca de Berlín, para escapar de los agobios diarios de la vida mandarina de la capital. Aquí, en Ferrara, Alberto V de Este ordenó que fuese construida una «delizia», como la denominaba, o sea, un espacio ideado para el solaz descanso y divertimento. Su fachada es muy sobria, casi conventual, como si deseara ocultarse y hurtarse a los problemas, y a las vistas ajenas. Pero los jardines son magníficos y los salones henchidos de galanura. En su interior destacan, de manera excepcional, los frescos que iluminan el salón de los Meses (Sala dei Mesi), obra colectiva de pintores de la escuela de Ferrara de la segunda mitad del siglo XV. Hoy se encuentran en proceso de recuperación y restauración, después de que, tras siglos de haber dormido tras capas de yeso, fueran desenmascaradas y dadas a la luz a mediados del siglo XIX. Dicen ser sólo rescatables sólo las secciones mensuales alegóricas que trascurren desde marzo a septiembre, y por lo que se ve y lo que adivinamos, nos hallamos ante una de los frescos más valiosos del renacimiento italiano.

En los alrededores del palacio-museo despuntan algunos edificios muy notorios, como el Palazzo Bevilacqua-Costabili en la Via Voltarello, con una fastuosa fachada adornada con armas y corazas romanas y bustos de filósofos griegos, y la Casa Romei en la Via Savonarola, residencia de un rico banquero de la época. Ahora bien, lo realmente excitante de estos recorridos por rutas angostas no es tanto admirar lo que uno ya espera cuanto descubrir lo que irrumpe de modo imprevisto hasta el punto de conmovernos.


En la Via Madama me topé de pronto con la huella de un viejo amigo que se me adelantó unos cuantos siglos en la visita a Ferrara. Una placa a la entrada de una residencia de jesuitas daba fe de que allí en noviembre de 1580 se hospedó durante su visita a la ciudad Monsieur Michel de Montaigne. Penetré en los amplios jardines y el silencio y las rosas perfumaban el ambiente. A la vuelta de mi viaje por el norte de Italia, consulté el diario del filósofo de la torre y comprobé, en efecto, que daba cuenta del suyo. En él hacía constar el goce que experimentó al contemplar «en los jesuatos [sic], una planta de rosal que da flores todos los meses del año». Acaso hablaba de rosas muy semejantes ante las que ahora yo ahora me inclinaba, para olerlas mejor.

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Por completa casualidad, uno de los días de mi estancia en Ferrara coincidió con el ferragosto, el día sacropagano del verano italiano, festividad celebrada desde los tiempos de la antigua Roma, esto es, la Feriae Augusti. Fiesta imperial y soberana, impacta en los corazones italianos hoy con ingual fuerza que ayer, desplomándose sobre la población como el sol de agosto en el meridiano de su recorrido. El dueño del pequeño hotel en el que me hospedé en Ferrara (Hotel de Prati), en una tranquila callejuela a dos pasos del Castello, me informaba de este hecho extraordinario que hace huir de las ciudades a miles de agobiados habitantes urbanos en busca de playa, pasta, pescados, mariscos y reunión familiar. Recordamos juntos la película de Dino Risi, Il sorpasso (1962), interpretada por Vittorio Gassman. 
Ambientada en este día vacante, fue titulada en España con el significativo título de La escapada. (Tras esta estancia en Ferrara, tengo la costumbre de revisitar la película cada 15 de agosto, como doble homenaje a un bravo attore y como recuerdo de una brava città).

Gassman y Trintignant escapan de Roma en un coche descapotable con dirección a la ciudad costera de Civitavecchia. ¿Pero dónde van los ferrarenses en esta jornada? Según me informa Antonio, mi interlocutor en el hotel, especialmente, a Comacchio, puerto y playa localizados a veinte kilómetros de Ferrara, «una pequeñaVenecia», me dice Antonio, orgulloso, sin duda, dil suo paese. Aquí rodó, en fin, Antonioni unas bellas secuencias en el primer episodio de su última película, Más allá de las nubes. Sí, sí, lo recuerdo..., pero el viaje debe continuar.

Agosto 2001


*Esta crónica está incluida en un texto más amplio, «Viaje al norte de Italia».