martes, 19 de abril de 2011

BOLONIA: DOCTA, TORREADA Y PORTICADA

Sea resultado de una razón profunda, sea producto del todavía más insondable inconsciente, sea cosa de la mera casualidad, el caso es que este año viajero (2001) podría calificarse como el «año Carlos V», un soberano homenaje, bien es verdad, aunque celebrado con algo de retraso. Hablo de una vicisitud —el retraso/delay— que, en referencia a los viajes, resulta casi lamentablemente necesaria. Sea como fuere, recibí la primavera de camino a Gante, y la consagración tuvo lugar en Bruselas. Parte del verano lo paso en el norte de Italia: Verona, Mantua, Ferrara y, finalmente, Bolonia. Del nacimiento del emperador en la ciudad de Flandes a su coronación en la basílica de San Petronio, en pleno centro de la capital de Emilia-Romaña. Un itinerario muy emblemático, no se me negará.
Mas ¿hay que tener alguna razón especial, o siquiera vaga, para estar en Italia? ¿La hay para emprender cualquier viaje a lugares maravillosos?
La feliz circunstancia es que heme aquí en Bolonia, en razón del dichoso centenario del emperador Carlos o acaso por una irrefrenable pasión por la mortadela. ¡Qué más dará la causa final, si después de todo ni he llegado a entrar en San Petronio (la fachada sí la vi) ni probé el embutido típico boloñés (o quizá sí, quién sabe lo que era aquello que me dieron a comer en el avión de regreso a España)! Estar en Bolonia es lo que cuenta. ¿Por dónde empezar?
Los cuentos suelen contarse empezando por el principio y las visitas a las ciudades suelen arrancar tomando el centro como punto de partida. Una sabia costumbre que no iba a cambiar yo esta vez, sobre todo, al tener la fortuna (me refiero a la fortuna/suerte de encontrar habitación, pues yo debo atenerme a presupuestos moderados) de hospedarme en el hotel Orologio, situado en una calle adyacente a la Piazza Maggiore, corazón palpitante de la ciudad y prodigio de plaza, glorieta gloriosa por los cuatro costados. En este punto milagroso están los edificios más célebres de Bolonia; pero, ojo, ni se reduce aquí la nómina ni ello significa que sean los más sublimes. 

Palazzo Comunale

En el lado occidental de esta plaza mayor, se alza poderoso el Palazzo Comunale, también llamado Palazzo d´Accursio, que hoy alberga diversos museos y oficinas municipales. Este mes de agosto ha sido habilitado uno de sus patios de acceso como cineteca de la villa. ¡Bona fortuna, una altra volta! Durante los días que pasé en Bolonia tuve el inmenso placer de compartir con los boloñeses del post-ferragosto una refrescante reposición de películas de Federico Fellini, un siempre apetecible memoriale de uno de mis directores de cine favoritos.
A la izquierda de la plaza siguen todavía adosados —unidos por la espalda— el Palazzo di Re Enzo, mirando a la Via Rizzoli, y el Palazzo di Podestà, o Palacio del Alcalde, con un ojo puesto en la basílica de San Petronio y el otro en dirección al edificio más antiguo de esta gran explanada urbana, el Palazzo dei Notai, o Palacio de los Notarios, de 1278. Frente al Ayuntamiento, un edificio más moderno, el Palazzo dei Banchi, construido en 1565, buen año, aunque cualquiera lo es para albergar a los señores cambistas, venidos a la ciudad a hacer negocios, agitar las bolsas y hacer sonar el dulce sonido de las monedas de plata. Tilín, tilín. Y, por fin, entre el palacio comunal y el del rey Enzo, comparte gloria y localización nuclear la Piazza Neptuno, así denominada por acoger la fontana del dios de los océanos, valiosa en sí misma, pero muy necesaria en una ciudad que no rebosa de fuentes.
En Bolonia, la carencia de fontanas es compensada con una profusión de torres y un derroche de pórticos, dos auténticas enseñas de la ciudad, símbolos, respectivamente, de la masculinidad y la feminidad presentes. Que la ciudad de Pisa sea mundialmente proclamada por poseer una torre inclinada es cosa sorprendente, si comparamos ese hecho singular con la realidad plural de Bolonia en la materia, por haber llegado a contar más de 200 torres en la Edad Media, según afirma la tradición. Probablemente fueran algunas menos, pero ello no le quita importancia al hecho de que Bolonia merezca ser conocida y reconocida como ciudad torreada, selva de atalayas y plétora de faros que dejan también a Alejandría en precario.
De las 200 torres, o las que hubiese, la mayoría cayeron para no volver a levantarse, y las que quedan, unas 60, se tienen en pie como pueden, unas decapitadas y otras inclinadísimas. De cualquier modo, siguen imponiendo mucho respeto, permitiéndonos imaginar el esplendor en la piedra de los tiempos en que las torres en Bolonia crecían poderosas cual jardines colgantes de Babilonia.
Allí donde arranca la artería principal de la villa, la Via Rizzoli, que en dirección a la Porta de San Felice se bifurca en Via Ugo Bassi y en Via San Felice, allí, justamente, montan guardia todavía hoy la torre Garisenda, que es la más pequeña (48,16 metros) y la torre Asinelli, la mayor (97,60 metros); en suma, I Torri Pendenti, o bien, simplemente Due Torri. Que no siempre lo más grande tiene que ser por fuerza más poético que lo menos grande lo demuestra que el Dante dedicó uno de sus versos a la «pequeña» Garisenda y no a la hermana mayor Asinelli, en:

Qual pare a riguardar la Carisenda
sotto 'l chinato, quando un nuvol vada
sovr'essa si`, ched ella incontro penda;
Divina Comedia (Inferno, XXI)

Via Marsala

Si acaso merezca este cronista una cariñosa amonestación por el empleo de la expresión «Bolonia torreada» —por exagerada y cacofónica—, no está dispuesto, en cambio, a aceptarla al afirmar que Bolonia debería conocerse mundialmente como «Bolonia porticada». Bolonia es la ciudad con más pórticos del mundo, como mínimo… Unidos en cordón formarían una gigantesca galería de 35 kilómetros de largo. No satisfecha con enlazar calles con plazas y calles entre sí en el casco urbano, la pasión boloñesa por esta cubierta arquitectónica le llevó a construir una lombriz porticada de 4 kilómetros de largo, que conecta, sin apenas discontinuidad, un extremo de la ciudad, la iglesia de los Alemanes, junto a la Piazza di Porta Maggiore, con la Chiesa di Madonna di san Luca, ya en la periferia.
Kilómetro arriba, kilómetro abajo, los pórticos constituyen una realidad presente y perceptible que marca el ritmo de las andanzas por Bolonia, una ciudad, que a diferencia de otras monumentales urbes italianas, apenas disfruta de calles peatonales, pues no las necesita, o bien todas lo son, según se mire el asunto. Con todo, el resultado urbanístico, independientemente de la belleza de la mayoría de los pórticos, ofrece efectos desiguales.
Por un lado, los pórticos permiten pasear tranquilamente por toda la ciudad, estar a cubierto del sol en verano y de la lluvia y la nieve en invierno. Pero, por otro lado, las bóvedas extendidas limitan grandemente la perspectiva visual del entorno, exigiendo, además, tener que familiarizarse mucho con estos pasadizos para no confundir las calles. Porque no es extraordinario llegar a confundir calle y pórtico. Y, finalmente, los pórticos componen unas inmensas cajas de resonancia, de tal (mala) suerte que el ruido del tráfico rodado se amplifica, resultando en ocasiones bastante molesto. Lo cierto es que Bolonia sin pórticos sería menos gloriosa; quiero decir: que no sería lo que es.
Torre Asinelli
Pero volvamos a las torres, los mojones de Bolonia, y a su estratégica ubicación en la villa. Como haces de luz lanzados desde un faro, de las dos inmensas columnas parten cinco ejes radiales que iluminan el área este de la ciudad.
La Via Zamboni nos traslada hasta el Teatro Comunale, la Pinacoteca Nacional y la Università; la Via San Vitale, con la Chiesa di Santi Vitale e Agricola en su primera parte del recorrido.
La Strada Maggiore, desde la que contemplamos Santa Maria dei Servi, una de las más hermosas iglesias de Bolonia, con una admirable galería porticada rematada en patio muy equilibrado, y enfrente el Palazzo Davia Bargellini, conocido también como «Palacio de los gigantes» por la presencia imponente de dos telamones o atlantes con fuerza suficiente para sostener el edificio y lo que haga falta.
La Via Santo Stefano, calle de ensueño, nos transporta a la recreación del Santo Sepulcro de Jerusalén, un conjunto glorioso, un auténtico arcano, que ensambla cuatro iglesias a través de pórticos, capillas, pasajes y claustros, que diríanse surgidos de la noche de los tiempos. Algunas de estas piedras preciosas, las más antiguas, se remontan al siglo V. Hablan de fervor piadoso y cruzado, según atestiguan las placas que adornan el claustro benedictino, rindiendo tributo a los caballeros caídos en las Cruzadas y las guerras contra el moro, allá en los Santos Lugares.
En este punto, ante esta visión, me venía a la mente otro distintivo de esta ciudad de tanta memoria, el Sagrario a los partisanos caídos, homenaje epigráfico y fotográfico de la víctimas locales del nazismo y del terrorismo, instalado en la fachada del Ayuntamiento que da a la Piazza Neptuno. Y es que sea en lugar santo o paisano, Bolonia rinde tributo a sus muertos con todo boato.
Y, finalmente, en el quinto brazo de la estrella boloñesa, la Via Castiglione que conduce a la Porta Castiglione en el límite de la ciudad monumental.
No es mi deseo volver al principio, pero sí detenerme en una referencia citada antes, que no puedo dejar sin comentario. Me refiero a la Universidad, y por extensión, a la faceta intelectual de la villa. Bolonia, llamada Bologna la dotta, es una ciudad moderna y de gran vitalidad, pero además, o precisamente por ello, un núcleo de efervescencia cultural e intelectual. Para tratarse de una ciudad de casi medio millón de habitantes (que, ciertamente, residen en su inmensa mayoría allende las lindes de la ciudad antigua, en la «gran Bolonia»), más de una cuarta parte está directamente vinculada a su vida universitaria y cultural. Bolonia cuenta con más de 200 bibliotecas, más de 40 museos, 50 cines y 24 teatros, decenas de librerías, de las que casi 40 están especializadas en libros y grabados antiguos, muchas de ellas abiertas hasta las doce de la noche (circunstancia que también pude advertir en Ferrara ¡en el mes de agosto!).

Palazzo dei Mercanti

Miles de estudiantes nacionales y extranjeros pululan por la universidad más antigua de Europa (su fecha de nacimiento data del año 1088). Hasta el presente ha continuado la misma  tradición que la fundó y la hizo célebre: el ser lugar de acogida de estudiantes de todas las partes de Europa y del orbe. Muchos españoles la escogieron como lugar de estudio e investigación, según lo prueban actas y archivos, así como el flamante Colegio de España situado en la calle de mismo nombre (si bien, en italiano), construido por iniciativa del cardenal Gil de Albornoz en 1364. Esta institución —que  todavía conserva privilegios de embajada cultural, al seguir manteniendo el estatuto diplomático y jurídico de territorio español— impulsó la cultura española desde antes incluso de que existiese formalmente como nación. Aquí se alojó Antonio de Nebrija, donde comenzó a redactar una gramática de la lengua española que unificase los usos y formas de la antigua lengua romance. Era preciso, pensaba el sabio gramático, unificar las normas lingüísticas, así como el entendimiento entre los hablantes, por entonces bastante incongruente, como pudo comprobar oyendo hablar a sus vecinos de residencia.
La sede actual de la universidad boloñesa está situada en el Palazzo Boggi, asiento del rectorado y de varios museos universitarios, que han debido extender sus espacios en edificios adyacentes. Aquí fueron trasladadas las aulas y las oficinas universitarias a comienzos del siglo XIX desde su ubicación clásica, el incomparable Palazzo del Archiginnasio, construido en 1562 y situado en un magno edificio frente a un costado de San Petronio. De una sola planta, luce un primoroso y elegante (¿lo adivinan?)  soportal, el Portico del Paviglione, corredor donde encontrar la entrada al edificio.
Chiesa St. Francesco, Campanile
El palacio fue construido con el fin de hospedar en un solo lugar las enseñanzas de los Legistas (derecho canónico y civil) y de los Artistas (filosofía, medicina, matemática), que hasta entonces habían desarrollado su actividad en lugares diferentes de la ciudad. Los estudiantes recibían las primeras disciplinas en la Sala dello Stabat Mater, extraordinaria aula magna tachonada en sus muros por cientos de escudos heráldicos de los estudiantes más nobles que pasaron por el lugar (y son miles los blasones, si sumamos a éstos los que decoran el patio interior y las escaleras de acceso a las aulas).
Las lecciones para los «Artistas» eran impartidas en la sala de lectura de la biblioteca, en la actualidad la Biblioteca dell´Archiginnasio, uno de los fondos bibliográficos más importantes del mundo. Las enseñanzas relacionadas con la anatomía humana tenían como imponente escenario el Teatro Anatòmico, impresionante sala revestida hasta el techo de maderas nobles. En la tribuna de la cátedra, dos escuálidas figuras sostienen la capota; son los «desollados». En la sala, de libre acceso, pude contemplar una serie de fotografías que mostraban los efectos de los bombardeos que, durante la XX Guerra Mundial, hicieron añicos este venerable ámbito de saber. La voluntad y la paciencia boloñesas lograron que fuese reconstruida tal como estaba originalmente.
Visité este extraordinario palacio el mismo día de mi partida. A la salida, volví a pasear por la próxima Piazza Maggiore hasta alcanzar la Via Rizzoli, desde donde pude comprobar que la Asinelli y la Garisenda permanecían todavía más o menos enhiestas. ¡Qué milagro! Finalmente, eché un último vistazo, el de la despedida, a los pórticos de Bolonia. Gloriosos pórticos.

Casa Seracchioli

Verano 2001

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