La reciente lectura de la pieza teatral El juicio del doctor Johnson, escrita por G. K. Chesterton, me ha
hecho regresar mentalmente al Londres del siglo XVIII. En particular, he
rememorado la muy física visita que realicé, en época más cercana, a la casa-museo del escritor Samuel Johnson
en la capital del Támesis, sin olvidar las tabernas
vecinas que frecuentaba el autor del Diccionario
de la lengua inglesa que recibe su nombre, y que todavía hoy están abiertas
al público. Amante de los buenos libros y las buenas conversaciones, tenía
asimismo un hueco en su corazón —y su estómago— para las ricas viandas y las
alegres bebidas.
Ubicado en un chaflán estrecho, protegido por un
dédalo de callejuelas recoletas, uno encuentra la casa-museo del Dr. Johnson,
si se empeña en ello. Porque no salta a la vista ni se encuentra a la primera. A pocos metros de la bulliciosa Fleet
Street, los aledaños de la vivienda de este hombre sabio, se me antojan aún
en nuestros días un remanso de paz en plena jungla del asfalto londinense, una isla dentro de otra isla que alberga
más de un tesoro, una burbuja de silencio sin la pompa y la bambolla
reinantes en las travesías circundantes.
17 de
Gough Square. En el interior de este recinto calmoso, el
docto doctor leía, escribía y meditaba. Para el tumulto y el compadreo, para
yantar y echar un trago, hay que dejar atrás las plazuelas mansas que lo
envuelven y sentar cátedra ante la mesa de los figones, al calor de los fogones,
a pocos pasos de aquí, donde tenía plaza en propiedad el gran Johnson. Y silla.
Todavía podemos admirar la pieza en la casa; un asiento sólido, en realidad,
una banqueta, que debía resistir todo el peso de la humanidad de nuestro
personaje.
El día
que visité la vivienda-museo diríase ser yo el señor de la casa. La
recepcionista que me abrió la puerta podía pasar por el ama de llaves, servicial
y afable, silenciosa y discreta. Pocos segundos después de ingresar en aquel
templo, ya actuaba yo de sumo sacerdote. Entraba y salía de las estancias
cuidadosamente ordenadas sin interrupciones; subía y bajaba los tres pisos del
edificio, por unas escaleras angostas, sin tropezar con nadie, fantaseando
sobre los esfuerzos que tuvo que pasar el buen doctor para completar la
escalada; miraba este candelabro de almacén de antigüedades del salón y reparaba
en aquel mueble noble de anticuario de la biblioteca, sin distracción alguna.
Eché así —y allí— la mañana casi sin apercibirme del paso del tiempo. Tras
despedirme de los fantasmas propios del lugar, mis únicos acompañantes durante
la visita, salí a tomar el fresco.
El apetito que de pronto sentí puso el reloj en hora. Comprendí
entonces que debía completar el recorrido y la pista del doctor Johnson pasando
consulta en las tabernas que solía frecuentar para mantenerse entero, para dar de
qué hablar a los parroquianos y de qué escribir al fiel amigo James Boswell.
«A very fine cat
indeed!»
Entrada Ye Olde Cheshire Cheese Pub (hoy)
Ye Olde Cock Tavern
Ye Old Cock Tavern (desde el interior)
El doctor Genovés brinda en honor del Dr. Johnson

