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martes, 25 de enero de 2011

PARIS, ENCORE! (y 3)


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Ciudad burguesa y conservadora donde las haya, por más que la alboroten revoluciones y revueltas, París, para seguir manteniendo el aura, ha aprendido a demarcar con gran habilidad el campo de los vicios privados y el de las virtudes públicas. Lo ha aprendido desde hace siglos. París podrá ser ciudad loca y frenética, mas no desvergonzada. Todo ello a pesar de las apariencias, y no tanto por ser recatada como por ser decorosa. Se sabe tan bella y seductora que le repugna la afectación y el amaneramiento. No tiene el descaro de Berlín, el exhibicionismo de Venecia, tampoco la audacia desinhibida y renovadora de Nueva York.
En París, durante el siglo XVIII, el libertinaje y el atrevimiento quedaban reservados al dominio de las alcobas y los salones. Al teatro y a la ópera las damas y los caballeros acudían para ser vistos, no para provocar. Posteriormente, a partir del siglo XIX, el rostro frívolo de la ciudad se paseó por las calles y bulevares, abriéndose el camino a la fama. La frivolidad brillaba en los cafés, los clubes y los ateliers, donde empezaron a concentrarse las vanguardias que soñaban con épater le bourgeois mientras encendían una pipa.
Hoy, comoquiera que el descoque de las coquettes ya no es lo que era, el área de Pigalle o de la Rue St. Denis resultan tan escandalosos y excitantes como lo pueda ser el Times Square neoyorquino, edificio Disney incluido. Tan tenebroso y canalla como el Soho londinense de la posmodernidad, por hacer sólo dos comparaciones no odiosas, sino dos pequeñas odiseas en la gran ciudad. El parisiense ya no se asombra de nada. En realidad, cartesiano de vieja escuela, es poco impresionable. ¡Cómo pretender escandalizar al parisiense medio con destapes de medio pelo, con mensajes surrealistas, cubistas o dadaístas, con proclamas sesentayochistas, si para él ver caminar por la calle a un señor de traje gris, cartera de cocodrilo agarrada en la mano y una baguette de metro de largo bajo el sobaco, mordisqueada la punta, se le antoja la estampa típica de París, del París de toda la vida, algo de lo más natural!
No hay aquí flema de británico sino genuino savoir vivre francés, contención y rigidez. No son éstas poses ni posturas, sino unas costuras a punto de estallar a la menor presión que reciban, repitiendo, si es menester, otra toma de la Bastilla. En la actualidad, y ya que estamos en la zona, tal vez estaría justificado el asalto a la construcción que ocupa el lugar de la Bastilla, ese edificio de espanto de acoge la nueva Ópera, espacio idóneo para fantasmadas, inaugurado significativamente el año 1989 en la plaza levantisca, doscientos años después de ser azotada por un terrible vendaval que despeinó miles de cabezas.
Ya a nadie fascina, por lo demás, la bohemia ni la intelectualidad de verbo agitado y punzante. Y muy pocos encontrarán rastros fidedignos de ese heroico pasado de boina, bufanda y caballete al hombro en Montmartre o incluso en Montparnasse. En estas zonas de París, quien hoy en día lleve boina es señalado de inmediato como rústico visitante de provincias, un paysan despistado y bastante perdido en la cité. Quien arrastre un grueso volumen bajo el brazo, apuesto que no será un discípulo de Sartre, sino muy probablemente un opositor a notarías. Y, en fin, la colina coronada por la pálida iglesia del Sacré-Coeur está ocupada desde hace años por grupos de jóvenes turistas escolares tendidos sobre las escalinatas y tentados a posar para una caricatura. Ha pasado a convertirse en uno más de los miles de puntos turísticos del planeta. En una imagen de postal con mucho postín.
Quien desee visitar las nuevas tendencias artísticas debe acudir a otros lugares. Por ejemplo, a la zona de las galerías de arte que circundan la rue St. André des Arts, extendiéndose hasta el Quai Malaquais. En este punto, puede encontrarse a artistas que no beben café para la ocasión. Con mucho stilo presiden inauguraciones con una copa de borgoña en una mano y un canapé de foie en la otra.

Montparnasse, por su parte, por el camino de la rive gauche, ha experimentado en las últimas décadas severas transformaciones, urbanísticas y poblacionales, que le han arrebatado el título de barrio de moda. Ayer, barrio frecuentado por artistas e intelectuales, que laboraban alternativamente en los ateliers y en los cafés, ofrece hoy el aspecto de una gris y recoleta zona residencial, donde sólo el boulevard de Montparnasse sigue marcando el ritmo y el tráfago de una gran ciudad, con sus afamados restaurantes, cafeterías y algunas resistentes salas de cine. El célebre restaurant La Coupole no ha visto disminuida la clientela, ni su elegancia ni su elaborada cocina. Pero, desde que perdió como comensales habituales a Sartre y a Simone de Beauvoir, su valor actual ha pasado a ser más que nada, ay, nostálgico.
En las mesas de mármol del café Flore y de Les Deux Magots en St. Germain-des-Prés ya no acuden escritores a pergeñar novelas, ni filósofos a ensayar estudios sobre fenomenología, ni músicos para componer óperas con ballet. Tan sólo hay turistas cumplimentando postales turísticas y sorbiendo un té con menta. Ni la literatura ni el pensamiento ni la ópera deben lamentarse de ello. Los poetas escriben en casa, los filósofos dan clase a alumnos desmotivados y los músicos rasgan la guitarra en el metro.
En la ciudad de la moda, donde antes pasaba de todo, ahora, todo tiene que pasar. La ciudad de la pasarela ha hecho gala, últimamente, en Francia de estar dispuesta al prêt-à-porter, al rompe y rasga. Dando un gran paso desde la Monarquía a la República, la ciudad de la Corte se ha especializado, con el tiempo, en la confección de bienes tangibles y perecederos. Todo, menos ese bien absolutista, imperecedero, que es París.

6
Todo pasa en la pasarela de París, cierto. Menos la gastronomía. El arte de las cazuelas, las sartenes y las salsas, siempre quedará. Si  no, París ya no sería una fiesta ni un festín. Comer en París (en Francia) es todavía un objetivo esencial, un propósito sin enmienda. Los parisienses, gracias a Dios, siguen fieles al ritual de la buena mesa y de la reposada sobremesa.
Si sabe uno precaverse y evitar los establecimientos de restauración destinados a grupos organizados, así como los ubicados en las grandes avenidas y puntos turísticos, con algo de intuición y mucho olfato, no resulta difícil localizar en París un buen restaurante y comer bien. Sólo así podrá decir que se ha estado, de verdad, en París. Existen en la ciudad del Sena muy buenas y fiables casas de comidas y cenas. Las mejores no suelen encontrarse en las guías turísticas, ni compiten necesariamente por las estrellas Michelin. ¿Dónde encontrarlas? Pequeña o mediana calle adyacente a un bulevar con pequeños restaurantes alineados en ambas aceras (por ejemplo, rue de Cherche Midi, cruce con boulevard Raspail), carta a la vista y escrita a mano, luces concentradas en las mesas, el comedor a la vista del viandante y la cocina, a la de los comensales. Et voilà! Elija, tiene usted grandes posibilidades de escoger acertadamente y de quedar plenamente satisfecho.
Los parisienses, amantes del paseo y la pasarela, conservan la tradición de sentarse en las terrazas de los cafés desde donde ven la vida pasar. Haga frío o calor, por el día o la noche, ocupan las aceras frente a una taza de café, una copa de vino o un pernaud. Y allí, bajo los toldos o refugiados en las peceras/escaparates del interior/exterior que suplen en invierno las terrazas abiertas, buscan el tiempo perdido. Atrapados en la nostalgia, no abandonan la plaza, por más que el camarero les urja a dejar el sitio libre. En este final del invierno e inicio de la primavera del año 2000, las temperaturas y el viento gélido correspondían más a la primera estación citada que a la segunda. Pocas terrazas/peceras presentaban, sin embargo, sillas vacías, aunque la noche se hubiese adueñado de la ciudad, aunque estuviésemos a cero grados. La eternidad se ha instalado en estas pacíficas trincheras de París, para quedarse.
Bajo potentes estufas, los defensores de la plaza de París se arrebujan en la primera línea del frente ciudadano. Muy bien avenidos, por la cercanía de las mesillas minúsculas circulares de los locales, en promiscuidad, los usuarios de cafés, bares y restaurantes en París, en toda Francia, conocen la fraternidad de primera mano.
Sólo puede uno tomar asiento y ocupar una mesa después de que el camarero, con habilidad fortalecida por la repetición, la haya desplazado hacia delante, pasar y volver a ponerla en su lugar. Acomodarse en el asiento corrido de espaldas a la pared —asiento conocido como «asiento a la francesa»— no es, pues, tarea fácil ni cómoda. Quien le toca en suerte situarse frente a la bancada —un caballero si va acompañado de una señora—, sentado sobre una ligera silla de madera, no se pierde nada del espectáculo circundante, pues grandes espejos fijados a las paredes le permiten ver reflejado los trajines del local sin tener que girar la cabeza, actitud que, además de poco elegante, pude producir dolorosas contracturas de cuello. Similar maniobra estratégica de mesas y sillas deberá hacerse cuando el comensal —o dama que come en la sala— pretenda salir del agujero, con cuidado de no derribar en la operación la circunscripción vecina ni desbaratar las piezas que milagrosamente conviven en las circunferencias circunscritas que en París tienen por mesas. Mejor sería decir «mesillas».
Apretujados y constreñidos, acodados en la barra o con un pie dentro y el otro en la calzada, comoquiera que sea, los parisienses adoran los templos de la restauración. Ofician allí el culto de ver y beber, de ser vistos y de comerse con los ojos a los/las transeúntes, en el interior o en el exterior, la ceremonia de conversar a viva voz, de citarse en estas demarcaciones, de decirse ¡hola! y ¡adiós! (salut!, au revoir!), de pasar el tiempo en compañía, codo con codo con la ciudadanía, en la república de las musas y las mesas. No  me pregunte el lector por qué razón. Razón, alguna habrá, de eso estoy seguro, aunque se me escapa. Una razón será, creo, no muy distinta a aquella que explique por qué el parisino adora mojar el pan untado con mantequilla en el café con leche.
7
La línea 1 del metro de París tiene su última parada en la estación Chateau de Vincennes, fuera ya de la delimitación de la urbe, a pocos kilómetros de distancia, a escasos diez minutos del centre ville. No pude resistirme a llevar a cabo mi particular «ruta de Vincennes», como la que realizó Jean-Jacques Rousseau hace dos siglos y medio en la visita que hizo a Denis Diderot a esta fortaleza. Por entonces, Diderot estaba preso en la torre. De camino a Vincennes, Rousseau sintió, de pronto, la iluminación que le convirtió en otro hombre, según propia confesión, en un hombre para las letras y para la posteridad, malgrè lui. A Rousseau le llevó media jornada cubrir el recorrido caminando, mientras yo lo completaba ahora, montado en el metro, en un santiamén.
No creo que el autor de El contrato social apreciara esta diferencia de tiempo como un «progreso de las ciencias y las artes», del que tanto sospechaba. Tal vez tuviera razón, después de todo: él tuvo tiempo para madurar un soberbio proyecto de transformación de la humanidad, al tiempo que iba leyendo en el camino el Mercure de France, mientras que yo no tuve ocasión ni de completar una línea del crucigrama del periódico. Es ésta una afición que los parisienses practican con una constancia y equilibrio envidiables, sorteando con habilidad el tumulto de empellones, sustantivos, pisotones y adjetivos que acompaña este deporte de las palabras.
El castillo de Vincennes se encontraba en obras de restauración, de modo que me fue imposible acceder a la torre (donjon). Me conformé contemplando aquel entorno sereno que había servido en el pasado de palacio real, presidio y arsenal militar (no al mismo tiempo, creo), dejándome llenar de ensoñaciones de paseante solitario, como mi célebre predecesor.
París, ciudad de caminantes y paseantes. Ciertamente, a todos impresionan sus monumentos; a la mayoría les apasiona su cocina y sus vinos; a algunos, incluso les fascina su historia. A mí, sin menospreciar estos grandes atractivos, lo que me atrae de París, por encima de todo, son sus paseos. Los caminos de París reciben tantos nombres como posibilidades existen, que aquí, claro está, habría que denominar, en rigor, «viabilidades». El viandante tiene ante sí una amplia y atractiva gama: rue, avenue, boulevard, faubourg, place, square, route, quai, impasse, passage o jardin.
Solo o en un pas a deux, cada vía y cada recorrido tienen su encanto, asegurando un particular recuerdo, una viva experiencia. No importa demasiado el itinerario a elegir. En todos los rincones de París puede uno reconocerse a sí mismo; incluso —¡ciudad cosmopolita!— reconocer a gente famosa y hasta a algún conocido.

Si vas a París, lector, no es imposible que nos tropecemos en algunos de sus muchos museos, cafés o restaurantes. Pero, si sabes con seguridad que estoy allí y deseas encontrarte conmigo, lo mejor que puedes hacer es acercarte al atardecer a las orillas del Sena, cerca de Île de la Cité, entre el Pont Neuf y el Quai de l´Archevêché, preferentemente a espaldas de Notre Dame, allí donde el tiempo se instala en el alma y permanece. Allí donde París es aún París. Allí me encontrarás.

Invierno-primavera de 2000

martes, 18 de enero de 2011

PARIS, ENCORE! (2)

 3
París está dividido, administrativamente hablando, en distritos ordenados numéricamente, según una clasificación que pocos reconocen y a casi todos confunde, sobre todo al visitante. Sin embargo, los barrios tradicionales de la villa se reconocen por sí mismos. Todos tienen una personalidad urbana propia: Île de la Cité, Trocadero, Saint-Germain-des-Prés, L´Opera, Montparnasse, le Marais, Montmartre, el Barrio Latino...
Situarse en cada una de estas áreas parisienses significa visitar ciudades distintas, aunque estén fundidas en idéntico crisol. Poseer un vestigio común les proporciona un aire de familia inconfundible. Son las caras de París. Las distancias entre los barrios parisinos (dejamos a un lado el banlieue) son, en ocasiones, muy considerables. No importa; y no estoy pensando ahora en el veloz y muy eficiente gran metropolitano de la villa. Esta ciudad, más que en distritos o en barrios, la distingo por paseos. Así son las ciudades acogedoras (y las ágiles botas): hechas para caminar. Con nuestros pasos bombeamos sus fluidas arterias y, de paso, avivamos nuestro corazón.
El verdadero soberano de París es el flâneur. Su descubridor, el paseante. Ánimo y en marcha. Hay guías y revistas muy útiles sobre París donde hallar sitios y direcciones de interés. Le informan a uno acerca de datos que desconocía, ahorrándole así algunas caminatas. No obstante, los restaurantes donde mejor he comido, las tiendas que más me han seducido y los parajes, rincones, callejuelas, pasajes, de los que guardo mejor recuerdo han sido aquellos que han venido a mí, súbitamente, en vez de ir yo a ellos, premeditadamente. Se deja uno guiar por el instinto o la inercia, por sus propios pies, y acaba comprendiendo que en el viaje las piernas son más importantes (y sabias) que la cabeza. En ruta, fíate, pues, de tus piernas, porque sobre esta materia saben más de lo que uno piensa o cree.
No sé cómo ni por qué, pero esté donde esté, ocupado en lo que me retenga o me contenga, cuando estoy en París, principalmente al atardecer, mis pasos me trasladan inevitablemente a las orillas del Sena. En particular, al brazo que rodea Île de la Cité, desde el Pont Neuf  hasta le Quai de l´Archevêché, quedando a un lado St. Michel, y, al otro, la Place de l´Hôtel de la Ville y la Place du Châtelet, entre la orilla izquierda y la orilla derecha de la ciudad. En este espacio milagroso no me veo en el centro del mundo, poque bien sé que está más al oeste, al otro lado del océano Atlántico. Pero esto no es relevante ahora. Ahora, París es lo que cuenta.
En esta época del año —París en primavera —, los árboles que circundan los muelles del Sena no han echado aún las hojas. Sus ramas despojadas parecen encenderse en un fuego gris plateado que los hace elevarse y levitar, con la ayuda de las brumas que emergen de las aguas del río. Estas imágenes no cambian y permanecen en mi mente, lejos o cerca de París. Tanto cuando las percibo como cuando las evoco en la memoria, sé que París aún existe. Sé que París persiste.

4
Aunque lucha por resistir, París, en verdad, ya no es lo que era. Sin haber sufrido grandes transformaciones o renovaciones en las últimas décadas —como sí ha ocurrido, verbigracia, en Berlín—, París camina en busca del tiempo perdido, pero acaso su tiempo ya ha pasado, el tiempo de la bohemia, del esplendor y la grandiosidad. No deduzcamos de ello el ocaso de una ciudad, sino tan sólo una transición, aunque resulte muy dolorosa para la estimación nativa y la vanagloria nacional.
La ciudad que ha sido la primera urbe del orbe no se resigna al papel de villa, aunque viva y siga viviendo. Quien ha sido rey no se conforma fácilmente al rol de villano. Quienes han guillotinado a su propia reina, erigiendo en su lugar a Marianne —ciudadana agitadora a pecho abierto y a grito pelado— en emblema nacional republicano, tienen por fuerza que sufrir una crisis de identidad.
Napoleón llevó a Francia de la Revolución al Imperio, sin dejar de renunciar —al menos, en principio— a los objetivos de la Ilustración. Dos siglos más tarde, un presidente socialista de la República, con mucha voluntad de poder, y no menos carisma y caudillismo que De Gaulle, François Mitterrand, llega a constituirse en un novísimo faraón de corte posmoderna. A su manera, pretende actualizar la idea de lo que significa la grandiosidad, más allá de la grandeur perdida y siempre añorada. A continuación —rolando, rolando—, vendrán otros altos dignatarios con el mandato cívico de continuar la gesta. Mas, no será lo mismo. Porque en Francia, ciertamente, la grandeza imperial tampoco es lo que era.
Hoy la nostalgia ha asumido la dura tarea de hacer renacer la majestuosidad perdida a base de toneladas de megalomanía. Hogaño, los poetas no cantan al cementerio marino sino al cemento edificante. El encanto de París consistirá, a partir de ahora, en que no cambie demasiado ni venda el alma a los modernísimos constructores y promotores. En la villa per excellence, el todo le puede a la parte. Por tanto, arquitectónicamente hablando, competir aquí en alturas y larguras tiene escasas posibilidades de prosperar. París no es Nueva York.
Ahí está la Torre Eiffel, símbolo y tótem de la ciudad, para recordar a los parisienses hasta dónde se puede llegar... Sin embargo, a su sombra han crecido vanidosas aspiraciones. La Torre Montparnasse es un caso… De 209 metros sobre el suelo, el gigante de la rive gauche terminó de construirse en 1974, plantando cara al baluarte de Trocadero, en el otro extremo de la cité. Hiriendo de muerte, como una estocada fatal, a todo un barrio, encabezó una carrera de obstáculos arquitectónicos que ha sembrado París de extrañas especies, creciendo como setas, algunas, francamente, bastante venenosas.
Si es esto expresión del tiempo posmoderno, patrocinado en La Sorbona y los cafés de Saint-Michelle, digo yo que se le ha hecho a París un flaco favor, tanto en lo que toca al panorama urbanístico como al filosófico y cultural, en general. El amplio complejo alrededor del Arco de la Défense, otra expresión fastuosa de las llamadas «grandes obras», tiene al menos la virtud de haber sido erigido a las afueras de la ville, a distancia del Arco del Triunfo. Está en París, pero es como si no fuera París. Una especie de EuroDisney que en vez de centro de atracciones se extiende en una amplia explanada como centro de negocios, cual si fuese otra ciudad. De igual forma que ocurre con los dominios europeos de Mickey Mouse, defender hoy París exige inyectar flujo monetario a las arterias de París, a fin de que su corazón no cese de palpitar.
Ahí están, pues, los vellocinos de oro de la era deconstruccionista. Sí, pero a distancia, como quien no quiere la cosa, pero, ay, la necesita. Al norte de París florece, a su vez, el complejo futurista de la Villette, una magna combinación de parque de atracciones y metrópolis de las ciencias, que sirve de un solaz entretenimiento para todos los públicos. Bien está también, allá a lo lejos, completando la ciudad, pero sin perturbarla.
Otro proyecto más cuestionable, desde el punto de vista de las grandes edificaciones, es la nueva Biblioteca Nacional de Francia. Levantada a orillas del Sena, cerca de la estación de Austerlitz, alberga la ambición de ampliar el centro que acoja la rica colección de libros, grabados y publicaciones que hasta ahora estaba concentrada en la sede de la Rue de Richelieu. No he tenido oportunidad de consultar sus fondos editoriales ni de comprobar la presumible utilidad de los servicios que ofrece. La visita que hice al complejo se limitó a recorrer la explanada central y las instalaciones de la planta baja. La publicitada particularidad —y supuesta originalidad— de sus cuatro torres de acero y cristal en forma de libros abiertos, cubriendo los ángulos de un imaginario rectángulo enciclopédico, dejó en mi mente una impresión de decepción.
Los edificios que componen el complejo son francamente vulgares, debilitados por tanto minimalismo que se queda en tan poco. Los ventanales transparentes permiten contemplar un conjunto desordenado de presuntos anaqueles, unos al descubierto, otros cegados por pantallas o estores de color crema. Como biblioteca personal, podría estar bien, al gusto privativo de uno, al gusto de cada cual. Pero en su calidad de institución pública (¡nacional!) debería ajustarse a un criterio más popular y admitido, en lugar de alardear de producto colosal con la apariencia de ente menesteroso, todo ello muy costoso para el contribuyente. El perímetro del centro bibliotecario de París resulta a todas luces excesivo. La distancia entre las torres, sobrada, lo que aumenta la sensación de abandono y parquedad del entorno, de desolación. Los interiores son, por su parte, sombríos y fríos; los pasillos, luctuosos; los muros y las pasarelas revestidos de un metal grisáceo, tan lóbrego, que aquel que se aventura a atravesarlos revive con facilidad las sensaciones del atribulado personaje del Castillo de Kafka.
 La televisión, los vídeos, los CD-Rom y, sobre todo, internet permiten en la actualidad acceder con rapidez y comodidad a los fondos y archivos de las bibliotecas. ¿Para qué, entonces, tanto relieve, tanta grandiosidad, tanto gasto en la era digital, y, para mayor abundamiento, tan cerca del centre ville?
El conocimiento de una ciudad, su lectura, sus recorridos y paseos, la percepción de las edificaciones que la visten, precisan, ciertamente, de la cercanía, del contacto físico, de la estancia. El resto, es simulación de realidad, imposible de sustituir o suplantar. Las apariencias engañan, ¡vaya que sí! 
Antes de trasladarme a París contemplé la Biblioteca Nacional de Francia en fotos de periódicos y revistas: ¡qué interesante parecía en las publicaciones que la reproducían! Luego, que desilusión. Un caso contrario ocurre con la Pirámide de acceso al Museo del Louvre diseñada por el arquitecto I.M. Pei.
Cuando tuve noticia de la construcción del artefacto arquitectónico en el patio de Napoleón, frente al pabellón del Reloj, no pude evitar un gesto de espanto, de consternación. No podía creerme de qué insolente manera le había colocado un grano cristalino con punta de acero a las narices de este palacio renacentista que ha padecido toda clase de vicisitudes durante su turbulenta existencia, al menos hasta convertirse en museo nacional/internacional, y ha variado su faz con añadidos circunstanciales no siempre muy inspirados. Pero, fue situarme físicamente ante el apéndice y se obró el milagro.
Si París vale una misa, váyase usted a ese portento que es Notre Dame, más hermosa y seductora en su extremo posterior, es decir, vista de nalgas, aunque semeje un insecto, o su esqueleto, que de frente. Pero, con seguridad, París bien vale una visita, tan sólo sea para comprobar la maravilla del «nuevo Louvre». Para admirar cómo el talento, la ciencia y el arte se han reunido en ese combinado milagroso de pasado y futuro, funcionalidad y exquisitez, clasicismo y modernidad, que es la Pirámide del Louvre. ¿Qué puedo añadir que reemplace su contemplación? Nada más.Hay que verlo para creerlo, pero verlo en el mismo París. La belleza en la arquitectura no se reconoce a distancia.
Continuará...

lunes, 10 de enero de 2011

PARIS, ENCORE! (1)

1
Rick Blaine, propietario de Rick’s Café, el personaje de la inolvidable película Casablanca (1942) interpretado por Humphrey Bogart, legó a la historia una rica declaración de amor en tiempos de guerra: «Siempre nos quedará París». He aquí un de esos asertos que hacen bella época, una hermosa declaración de amor abierta a la melancolía, más que a la esperanza, como acaban siendo, después de todo, casi todas las declaraciones de amor. Menos las pertenecientes al amor eterno, si es que existe tal cosa. Para aquellos, pues, que aman, y ansían todavía dar guerra o recibirla, París en el corazón. Paris, encore!
Junto a un vago sentimiento de nostalgia, uno percibe en el célebre testimonio de Rick —perteneciente ya al patrimonio de la comunidad de amigos de lo mítico— una franca invitación a regresar a esta ciudad. Así de claro y distinto habla el corazón de la Francia racionalista. Así de nítida es la llamada de la ciudad lanzada a los hijos de la Tierra incitándoles a peregrinar una y otra vez a París, y, una vez allí,  postrarse a los pies de Notre Dame, le Sacre Coeur o la Tour Eiffel. Dondequiera que habites, donde quiera que vayas, los polos de atracción y las afinidades electivas que animan el espíritu reciben la llamada de París. Allô, ici Paris!
De la misma manera que Nueva York, París es una ciudad hecha para volver. Hablo de las ciudades vocacionales, abiertas de par en par a las personas con tendencia urbanita. Siempre hay un motivo para reencontrarse con las ciudades especialmente acogedoras, respecto a las cuales no hay que buscar ninguna excusa para hacerles una visita. Sólo hay dejarse llevar por la fuerza del deseo. Hace un siglo, Nueva York le ganó la partida a París en poder de convocatoria y en fuerza de atracción. La balanza que medía el rango de ser la capital del mundo se inclinaba a favor de América. Tremendo golpe para el orgullo francés. Carga de profunda humillación la que tienen que sobrellevar desde entonces los franceses patriotas y de honor, que son legión. Todavía no han perdonado a los americanos tamaña afrenta.

Pero París siempre nos quedará, porque el embrujo que produce en nuestro corazón jamás desaparece. Si no en la constancia del presente, sí en el poder del recuerdo y la añoranza, en la fuerza de la costumbre. Amamos París, como amamos un bello rostro. Amamos París por lo mismo que amamos a my fair Lady, la prima lejana de Londres: nos acostumbramos a su cara. ¿Será amor el hechizo de París? ¿Será acaso el spleen de París?
Una parisiense ilustre, la actriz Simone Signoret, tituló hermosamente sus memorias La nostalgia ya no es lo que era. Hoy, tampoco París es lo que era, o lo que fue, allá en los comienzos del siglo XX, cuando a los bellos tiempos los llamaban belle époque; a las frivolidades, estar à la mode; y a las exquisiteces variadas, fine arts, como, por ejemplo, el paté a las finas hierbas. La edad de oro pronto quedó agotada, lo mismo que una mina se agota a fuerza de extracciones sin freno. En los trepidantes años sesenta, París, soñando con descubrir el Mediterráneo bajo el suelo adoquinado, vio un amanecer rojo en el horizonte, anunciante de fuertes vientos y agitadas ventiscas. En aquellos años, la historia era contada a partir de categorías rotundas. Una secuencia de diez años desconcertantes, era calificada alegremente por los muy contemporáneos de la «década prodigiosa», cuando, en el fondo, querían fijar en el espacio y en el tiempo nada menos que la utopía.
Si, con plenipotenciarios motivos, a Roma le es concedida católicamente la medalla que la identifica como ciudad eterna, justo es que consideremos a París —con más razón incluso que a Atenas— la villa del eterno retorno, la ciudad que resiste, entera y atractiva, cautivadora, firme y revoltosa, urbe que se tiene en pie a pesar de las conquistas romanas, el asalto de los bárbaros, aunque la soliviante la Revolución y la sacuda la Comuna, la mancille la bota acharolada del III Reich o la alboroten los turistas en tránsito a EuroDisney. París más que ciudad es ville. Vive la ville!


2
Mediados de marzo. La primavera principia en París, si bien la metereología parece empeñada en retener el invierno, como si deseara así conservarla en mejor estado y más tiempo. Hace un frío húmedo que penetra hasta la médula ósea. Contemplo los escaparates elegantes de las tiendas de moda de la Rue Faubourg St. Honoré. En este espacio privilegiado luce el sol y la esplendorosa moda. Sopla la suave brisa primaveral haciendo ondean linos primorosos y vaporosas sedas que se me antojan banderas de liberación. Al otro lado del espejo, un viento recio del norte hace que me arrebuje dentro de mi abrigo, el cuello subido y las orejas tiesas, impidiendo que quede plenamente seducido por los paisajes ligeros. París en primavera...
Siete años hace de mi última estancia en la ciudad del Sena. Demasiado tiempo. Era, pues, momento de volver y así comprobar el estado de conservación de mi señora de París. Hace pocos meses, Francia y su capital habían sufrido uno de los mayores temporales que podían recordar los más ancianos del lugar. Una congregación intempestiva de aires huracanados, lluvias torrenciales y ríos rebosantes, había concitado todas las energías destructivas disponibles a fin de golpear Francia sin piedad.
Los medios de comunicación —y algunos amigos residentes me lo confirmaron — enumeraban los muchos estragos que sobre París se dejaban ver todavía, a la manera de huellas fangosas del reciente diluvio descargado sobre la villa. Los franceses vieron confirmarse de este modo uno de sus temores más ancestrales: que el cielo caiga sobre sus cabezas. Todavía no se han repuesto del pasmo.
Miles de árboles centenarios arrancados de cuajo. El Bois de Boulogne, cercenado, decapitado, deshojado como una margarita, mostraba una tristeza de arboleda perdida, de inconsolable orfandad. Mas los tejados y las buhardillas de París resistían. Los tocados y los ojos de París seguían vigilantes, siempre despiertos.
¿Arde París? ¿Se ahoga París? A esta ciudad que todo lo aguanta, a la ciudad de la resistencia perpetua, le debía una nueva visita. Deseaba comprobar de paso, y por mí mismo, qué había quedado de París.
Las expectativas fueron confirmándose nada más descender del avión. El taxi penetraba lentamente en la ciudad en dirección al hotel Lutetia, donde había reservado habitación. El chófer, queriendo justificar acaso la lenta carrera (y el raudo movimiento del taxímetro), me dio novedades cuando enfilábamos el boulevard Raspail:
Nous avons deux manifestations aujourd´hui à Paris, monsieur.

No era una bonne nouvelle: dos manifestaciones amenazaban con cercar París. ¡Y yo en medio! Au dessus de la mêlée? Por de pronto, nuestro paso no estaba franco, sino muy cerrado al tráfico. La uniformada y expeditiva CRS había prohibido el paso a los vehículos en las inmediaciones del recorrido de las marchas. Uno de los accesos clausurados era el que debía conducirme al hotel. Allí acabó la carrera del taxi y comenzó la mía, bulevar arriba y la moral abajo, acarreando las maletas varios kilómetros bajo un cielo que amenazaba aguacero. París: ¡la ciudad de la luz!
Amenizando mi larga marcha, consignas y gritos reivindicativos de profesores en lucha, clamaban contra la falta de recursos en la enseñanza pública, contra la política educativa del Gobierno de turno. Tono festivo y clamoroso (no glamoroso), eslóganes jocosos que exigían la dimisión del ministro del ramo. Agitación y revuelta en París, ¡como en los viejos tiempos! Una pancarta en especial, y en español, llamó mi atención: «¡Basta ya!». Españoles en París. Paris, encore!
Continuará...