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domingo, 24 de octubre de 2010

EL ARCANO DE PRAGA (y 4)


13
Y, de pronto, Franz Kafka
Allí donde la calle acaba, mudándose en amplio foro de vieja ciudad, vi cómo salía de uno de los portales una extraña figura, de aspecto sombrío, por no calificarlo de siniestro. El sujeto surgió como una sombra, vestido todo de negro, traje, abrigo y sombrero, ¡cómo yo mismo! ¿Mi propia sombra? Con suma parsimonia, se acercó hacia donde yo me encontraba y, sin mediar palabra, colocándose unos pasos detrás de mí, comenzó a seguir mis pasos. Su rostro cerúleo medio oculto por el bombín que le cubría la cabeza y el cuello subido del gabán, sus miembros, al menos la proyección que de ellos divisaba sobre el empedrado, apenas se movían, denotando un cierto arrobo, probablemente secuela de un pasado marcado por la timidez, que la actual forma fantasmal no había podido borrar del todo.
Sea como fuere, lo reconocí de inmediato. Franz Kafka —o, para ser más preciso, su espectro— se me apareció en forma rediviva, tal vez no muy diferente de cómo era, cuando fue mortal. Ahora lo sentía más próximo que nunca antes, cuando sólo leía sus textos. Ahí estaba él, alma en pena, alma y pena en estado puro: a mia literaria compaña.
Francamente, le estaba esperando. Quiero decir: no es que hubiese acordado una cita con él. Sólo contaba con encontrármelo en algún momento de mi estancia en Praga, si no de espíritu entero, sí, al menos, en fragmentos, como si dijéramos: aquí un rastro, allí una señal, allá una marca. No por casualidad, hablo de una de las voces que me atraían de Praga, que me trajeron a Praga, que desde aquí me llamaban. Al venir a la ciudad mágica tuve el espíritu de Kafka siempre presente, como una larga memoria de ultratumba. Durante las noches en el hotel, releía sus relatos, que me transportaban casi por encantamiento, como en un rapto, al mundo de los sueños. Bajo esta ensoñación solía dormirme, y aunque no tuve las pesadillas que a él tanto le turbaron, seguro que planearon sobre mi almohada más de una vez.
Con un gesto le invité a que me acompañara el resto del camino real, aunque condicionado por lo imaginario. El duende de letras arcanas guardaba silencio. De este modo, su presencia adquiría un tinte más… ausente, algo fuera de lo común, pero, ya digo, para mí muy real. Dentro de una envolvente esfera callada como aquélla, podía escuchar mis propios pasos; mi acompañante no andaba, levitaba. He aquí uno de los sonidos más bellos que pueden escucharse en Praga, sin desmerecer la notoriedad de la música barroca, y otras melodías, que han nacido de sus entrañas y encandilan salas de concierto y cámaras palaciegas. Pero esa es otra historia, muy larga y afamada. Comoquiera que yo estoy de paso, insisto en ello: uno se siente en Praga como un rey, en el momento en que puede oír su caminar sobre el pavimento, incluso el eco del mismo que bóvedas y muros nos devuelven, dando la impresión de que la ciudad mágica, a nuestros pies, fuese toda nuestra. Esa andanza sí que deja huella. En el alma.
Con la brevedad de un suspiro, nos hallamos en el espacio amplio y generoso de la Gran Plaza de Praga, que mi sombra conocía tan bien, pues en torno al perímetro que nos circundaba pasó gran parte de su existencia mortal. Miro alrededor y observo una grandiosa circunferencia punteada por soberbias casas de piedra, pugnando entre sí en majestuosidad y dignidad. En ambos extremos, dos edificios se encaran sin ánimo de pelea, el Ayuntamiento de la Ciudad Vieja y la iglesia de Týn, construcciones de altas torres góticas y capiteles tan característicos, de afilados remates, que las estilizan y elevan hasta la gloria. Vistas de noche, las tajantes atalayas de pizarra imprimen a la plaza un aspecto sobrecogedor y amable a la vez. El espectro kafkiano me hizo advertir algunos emplazamientos muy queridos por él, y por el temblor del demacrado índice advertí un fondo de melancolía tras el seco ademán de este chico checo.
El dedo de mi guía apuntaba al Palacio Golz-Kinský, lugar que acogía el centro de enseñanza secundaria en alemán, al que Kafka asistió desde el año 1893 hasta en 1901, y que más tarde su padre Hermannn adquirió para instalar el almacén del negocio familiar, hoy transformado en librería y tienda especializada en souvenirs, muchos de ellos, objetos relacionados, justamente, con el escritor de Praga. Él, claro está, desconocía este último extremo tan del presente y tan turístico. Yo, conocedor de su carácter discreto, tampoco quise ponerle al corriente de algunos efectos del porvenir. Pasamos, pues, de largo y seguimos nuestro camino.
Mirando hacia el norte, esquinada con la calle Parizská, puede verse la casa Oppelt, que Kafka habitó durante un breve tiempo y donde, según cuentan, situó las evoluciones narrativas de la Metamorfosis. En el lado opuesto, El Unicornio Dorado, renombrado salón literario de la época que frecuentaba, y al que también acudían, entre otros, Albert Einstein y Max Brod.

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Por la Ciudad Vieja

En el centro de la plaza de la Ciudad Vieja, brota del suelo una pieza que, como un grano en un bello rostro, afea el conjunto y lo perjudica. Atentando gravemente a la gracia plena de «plaza mayor» de Praga, domina la escena el horripilante y tenebroso monumento a Jan Hus, reformador religioso condenado a la hoguera  en el siglo XV por el catolicismo imperante entonces, y que hoy parece vengarse de unos y de otros renaciendo de las cenizas ante nuestros ojos incrédulos junto a un coro de fieles, plantándose, de nuevo, en medio de Europa con gesto retador. ¿Es posible imaginarse, por ejemplo, la Piazza de la Signoria de Florencia con un monolito central representando al fraile Savonarola en el lugar del dios Neptuno reinando en su fuente? En Florencia, no, pero sí en Ferrara.
Otra pieza de cuidado hace bizquear, o mirar para otro lado, a quien goza de la arquitectura de la plaza. Me refiero a la Iglesia de San Nicolás, provocación barroca de lo más desvergonzada, concebida en pleno esplendor del gótico para mayor escarnio, bombonera hortera que, sin embargo, no debe confundirse con la homónima de la plaza de Malá Strana, igualmente barroca, pero mucho más discreta y humilde que la de la Plaza Vieja. A espaldas de semejante fechoría arquitectónica y simbólica, en la esquina de la calle Maislova con la calle U Radnice, está situada la casa natal de Franz Kafka, hoy convertida en casa-museo (Exposice Franze Kafky). Hice un amago de acercarme al local, pero percibí junto a mí un suave lamento proveniente de mi satélite celeste, suave aunque suficiente como para hacer que cambiase la dirección de mi marcha, comprendiendo que no era aquella la ocasión para hacer ciertas visitas.
Salimos de la plaza por el ángulo noroeste. A la derecha, nos daba la hora el colosal reloj astronómico del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja. De repente, fui advertido por mi silueta de compañía de otra construcción notable, la casa El Minuto (U minuty), con ornamentales dibujos sobre los muros que le dan un aspecto elegante y muy respetable. En aquella indicación, no percibí azoramiento en la indicación. Más bien, me pareció captar un contenido orgullo, tal vez porque tras aquellos primorosos muros estampados pasó Kafka parte de su infancia.
La plaza praguense por excelencia quedó a nuestra espalda, cuando enfilamos, ya sin rodeos, la dirección del Castillo. Medio oculta se encuentra la Plaza Pequeña (Malé namestí), modesta plazoleta, comparada con tanto señorío y tanta potestad como la rodea, pero que contiene edificios de gran valor y un coqueto quiosco en el centro. Retomamos, pues, la ruta real por la serpenteante calle Karlova, rebosante de casas góticas y edificios renacentistas, una de las travesías con más sabor de la vieja Praga. Llegados a este punto, es prudente aflojar la marcha para admirar, entre otros inmuebles, la casa que acoge la Serpiente Dorada (según dicen, el café más antiguo de la ciudad) y en uno de sus recodos el soberbio edificio del Pozo Dorado.


Al final de la calle Karlova se alza la Torre del Puente de la Ciudad Vieja, bajo cuyo arco parte el célebre puente de Carlos IV. Hay que atravesar despacio sus 520 metros de largo, levantando la mirada de cuando en cuando para cruzarla con las que te lanzan las esculturas que lo custodian. No debe uno dejarse intimidar por ello, sin embargo, ni tomarse el recorrido como un via crucis, por más que dichas estatuas ennegrecidas no nos quiten ojo y el tráfago de viandantes que la atraviesan sin descanso hacen penosa la marcha. La experiencia es única. A medida que avanzamos a lo largo del estrecho puente, vemos alejarse la Ciudad Vieja (aún podemos distinguir sus altas y majestuosas torres), mientras Malá Strana, Hradcany y la silueta bruna y poderosa del Castillo nos esperan, animando así nuestros pasos y arrastrándonos imparables hacia nuevos descubrimientos.


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El Castillo

Ya estoy casi en manos del Castillo, que hasta él ha dirigido mis pies. Bajo su poder me hallaré, entre otras compañías, muy pronto. Los espectros de Praga van concentrándose en ese punto de fusión, como atraídos por la fuerza sobrenatural de la piedra negra. Susurrándome al oído cantos de sirena, completa la travesía, cruzo el río que me ignora, desentendiéndose de mi destino. Unas voces me animan a coronar la ascensión, excitando mis deseos de conquistar la cumbre. La sombra silente a mi lado hace una seña para que me detenga, como queriendo advertirme de los peligros que me aguardan allá arriba, en la colina, lugar, yo ya lo sabía, donde penan y pagan los infelices la culpabilidad, cierta o incierta, probada o supuesta.
A continuación, el fantasma se desvaneció, si es posible que un espectro se desvanezca más allá de lo que exige una naturaleza ya de por sí evanescente. Sentí la helada soledad que me envolvía como única compañía. En este espacio de maravillas, el principio de contradicción ha cedido frente a la fuerza de la ilusión y la magia bohemia, no menos poderosa que la de su vecina magia magiar. 


Descompuesto y sin sombra, alcanzo el final del puente Carlos y me adentro en la Ciudad Pequeña o Lado Pequeño (Malá Strana). Domino allí una perspectiva inconmensurable, sobrecogedora: las dos torres desiguales del puente, que en este punto ya es de Malá Strana, sin romper la armonía envolvente, permiten atisbar entre una y otra el campanario y la cúpula de la iglesia de San Nicolás, enclavada a modo de estandarte en el barrio praguense en Malostranské namestí. Lo que esta atmósfera presagia resulta emocionante y cautivador, donde lo romántico y lo barroco incluso resultan sublimes tan próximos conviviendo.
El entorno me subyuga, pero no puedo detenerme para más contemplaciones. Debo acometer el ascenso final por la empinada calle Nerudova que muere a las mismas puertas del Castillo. Me lo tomo, pues, con calma, lo que me permite apreciar, en esta ascensión que me ahoga el pecho, una sucesión, literalmente in crescendo, de edificios nobles, pero no engreídos, la mayoría de dos plantas. La calle toma el nombre del poeta nacional Jan Neruda (del cual tomó el apellido el poeta chileno de nombre Pablo), cuya mansión sigue en pie hacia la mitad de la cuesta, en un edificio denominado «Los dos Soles».
El amplio vestíbulo urbano de entrada al Castillo, la Hradcanské namestí, verdadera plaza fuerte, no puede contener más emotividad. Aquí surgió la ciudad de Praga, aquí se construyeron los asentamientos de los primeros príncipes de la ciudad y aquí se hicieron fuertes. En realidad, el Castillo de Praga más que castillo o fortaleza es una pequeña gran ciudad: el recinto de los reyes y gobernantes que se han sucedido a lo largo del tiempo. El primitivo baluarte fue creciendo a medida que aumentaba el poder y la riqueza de los mandatarios hasta convertirse en una ciudadela. 


Hoy, el llamado «Castillo» compone un gran recinto amurallado, dentro del cual comparten parcela palacios, conventos, torres, iglesias —en el centro y dominante la Catedral de San Vito—, jardines, corredores y callejuelas: entre ellas en un extremo, apartada y recogida para la creación y la ensoñación, el Callejón del Oro. En el número 22, me espera inesperadamente mi fiel acompañante de Praga, en la casita que habitó durante un tiempo, alquilada expresamente por su hermana Ottla para que pudiera escribir con tranquilidad, discretamente, sus fantásticas historias. Inclinando la cabeza, quedó su rostro oculto, viéndose tan sólo la parte superior del bombín. Aquello significaba, esta vez sí, la despedida definitiva. Suavemente, volvió a desvanecerse mi guía encantado. Quedaba ante mí, quedará para siempre, otro gran encantamiento, el de Praga.
Si aquella aparición no fue más que un sueño, seguro que volvería a aparecer pronto, bajo cualquier forma. Al volver al hotel, antes de dormirme volveré a las páginas de alguno de los relatos de Kafka. Así retornará a mí su espíritu, para orientar de nuevo mis pasos por las avenidas y pasajes de esta ciudad-libro que es Praga. Paso hoja tras hoja, pero la ciudad no acaba nunca. Pero esto, lector, ya te lo he dicho o tú ya lo sabías.

Abril 1998

lunes, 18 de octubre de 2010

EL ARCANO DE PRAGA (3)

Foto: Jan Reich
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Praga en blanco y negro
Tras una necesaria parada y fonda, pongámonos en marcha de nuevo, pensando tan sólo en el propio sendero y sus mojones. Para iniciar la andadura sobre Praga hay que estar iniciado en el ejercicio de la soledad y en la simpatía hacia las sombras. La ciudad que yo idealizo y que me embruja es la Praga deshabitada, abandonada a sí misma, vacía de viandantes, fijada en su sustancia arcana y estática, y desgraciadamente cada vez más difícil de alcanzar, dominada y capturada como está por el turismo de masas o por las masas en sí.
Praga debe verse como la captó Jan Reich en sus instantáneas de la ciudad real, imágenes recogidas del vacío y el hielo, silenciadas por la nieve y el pétreo eco de la quietud, cinceladas por una mirada que expulsa lo superfluo y deja sitio a lo incógnito. Iluminadas tenuemente por farolas, muchas de estas instantáneas muestran callejuelas ignotas, sin salida, plazas desoladas, caminos sin fin: fotografías descarnadas, en blanco y negro.

Foto: Jan Reich
  Recorrer Praga provechosamente exige no temer al frío ni al escalofrío, ni al cielo con el sol velado por las nubes, ni a las bajas temperaturas, que allí, ciudad altiva, es lo más bajo que existe. La Praga invernal, e incluso primaveral, pinta de blanco el empedrado de las calles, los tejados de las casas y el pretil de los puentes, despeja el ambiente de público nativo, que se recoge en sus viviendas. O en las cervecerías y tabernas (pivnice). Allí se oculta tras colosales jarras de cerveza y charla de cualquier asunto divino o humano, de todo menos del tiempo que hace en el exterior. La Praga bajo cero desalienta a turistas de asociación, procesión y autobús. Bajo estas cualidades, Praga tizna de negro el cielo y queda invadida de sombras, espacio y tiempo idóneos para convocar a los espectros de la ciudad y emprender una efectiva incursión en su misterio.
Mi estancia en la Praga de cruda primavera tuvo como aliada la climatología, pero, aun así, no pudo alcanzar plenamente su objetivo, cual era para mí lograr el pleno vaciado interior, sin el cual no es posible la fusión en la sustancia que nutre su existencia. Desde tiempo atrás, este plan constituía el asiento de mis sueños, de mi Praga soñada. Con todo, debo decir que me beneficié de dichosas caminatas y mi espíritu se enriqueció de una sosegada contemplación de la ciudad, que en algunas ocasiones debieron ser raudos vistazos debido a diversas interferencias y obstáculos que se cruzaron en el camino entre ella y yo.
Callejeé mucho por Praga y retengo de la ciudad múltiples retratos e imborrables recorridos. Recuerdo, especialmente, dos paseos de ensueño. Mi predilecto entre los itinerarios cortos, pero no menos excelentes, es el que recorre la calle Parizská. También está, claro, el paseo por excelencia, esto es, el llamado «Camino Real».

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La calle Parizská


La calle Parizská comienza en la plaza de la Ciudad Vieja y desemboca en el río Moldava, donde le aguarda el puente Cechúv, que con sus estilizadas columnas doradas, coronadas por ángeles del paraíso saludándonos graciosamente, dan acceso al parque Letná, en la orilla izquierda. Parizská más que calle es arteria, la «avenida de París», un auténtico bulevar de aire francés y acento checo. En Praga estas simbiosis son más extraordinarias que insólitas, siendo su (materialmente) sólida, a la vez que (espiritualmente) liviana, arquitectura capaz de conjuntar los estilos más variados.
Hay una Praga medieval coexistiendo armoniosamente con restos románicos junto a macizos góticos, y, sobre ellos, mampuestos barrocos incorporados de la manera más expeditiva. Este último colofón no es posible disociarlo en la arena bohemia del largo periodo de dominación de los Habsburgo, con sus secuelas políticas, religiosas y artísticas, época histórica que a partir de la batalla de la Montaña Blanca que confirmó su poder y expansión en la urbe, para humillación imborrable en la conciencia checa y en la cara urbana de Praga. 
Hay rincones y espacios de Praga que, sin salir de ella, te transportan a otros parajes más o menos lejanos: en unos casos, pareces encontrarte en una ciudad holandesa, ante fachadas alineadas muy características, coronadas por gabletes multicolores; en otros, diría uno estar en una Venecia  trasladada al corazón de Europa, de suspiro perpetuo por el mar, cuando repara, sin ir más lejos, en isla de Kampa, bajo el puente de Carlos, una despejada plazoleta que evoca las famosas explanadas venecianas, conocidas precisamente con el nombre de campos; en otros lugares, parece que estás en Bruselas o en París o en Viena…

Sea como fuere, en los siglos XIX y XX, la ciudad bohemia conoce todavía más cambios, y un nuevo estilo artístico se incorpora a su escenografía, el modernismo, con unos resultados, para mi gusto, bastante satisfactorios. En este periodo, se construye la hermosa calle o avenida Parizská, largo paseo que atraviesa el barrio judío (Josefov), extendiéndose en torno a su eje central exquisitas travesías y calles, todas ellas muy elegantes, muy diferentes, pero, al mismo tiempo, muy compenetradas entre sí. La actual configuración del barrio data de mediados del siglo XIX. En 1850, las autoridades municipales deciden incorporarlo a la ciudad, abandonando así su viejo estatus de «Ciudad Hebraica» y dejando atrás su pasado de gueto. En 1893, como efecto de la «ley de saneamiento», comienza la renovación integral del barrio, demoliéndose las centenares de casuchas y chamizos que componían su entorno miserable, abandonado a la decrepitud, y construyendo en su lugar modernas edificaciones en las que no fueron escatimados medios ni imaginación creadora.
Tan sólo quedó de la reestructuración general las sinagogas más emblemáticas, el ayuntamiento y el cementerio. La transformación del territorio, sin duda, alteró profundamente su antigua personalidad de callejuelas pintorescas, tabernas de cochambre, barracones inmundos, carreras de prostitutas de desesperación y tipejos de medio pelo, a la que hay que añadir el estigma del antisemitismo reinante en el antiguo gueto que conoció continuos escarnios, discriminación y ultrajes.
Desde que comenzaron las obras de demolición algunos nostálgicos alzaron la voz y se rasgaron las vestiduras ante la amputación, considerada infame, que se estaba perpetrando en aquel sagrado recinto. El moho y la roña, el desamparo y la molicie son, qué duda cabe, más románticos que un boulevard moderno y unos confortables apartamentos. Después de todo, nos hallamos en una ciudad muy bohemia… Era cuestión de elegir, entre un viejo encanto de estrago y otro moderno y más higiénico. Creo que ha ganado el barrio, y, con él, Praga entera.

Parizská y sus calles adyacentes forman uno de los entornos más elegantes y distinguidos que he visto jamás. Cuidada disposición de manzanas, distribución de espacios armoniosa y una serie de edificios cada cual más gallardo, luciendo fachadas ricamente decoradas por esculturas intuitivas (desde la que representa a san Jorge y el dragón hasta la graciosa mansión cercana al ayuntamiento en cuyas almenas hacen guardia permanente tres mosqueteros…), mosaicos y estucos coloristas y muy agradables para la contemplación.
Espacio, pues, ideal para pasear y callejear, para recrearse ante atractivas tiendas con imaginativos escaparates, para reponer fuerzas y calentar el cuerpo expuesto a la intemperie con proteínas y ricos tónicos que te ofrecen los selectos cafés y restaurantes de la zona. En uno de ellos, el café Colonial, una mañana gélida, gris y plomiza pude salvarme de la congelación, al ser arropado por sus paredes y reconfortado por unos líquidos de resurrección. Fue la mañana que visité el reducto de la antigua Ciudad Hebraica y su cementerio.

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En el cementerio judío
En este espacio, puede experimentarse una sensación muy común en toda Praga, pero aquí de forma especialmente acusada. Me refiero a la impresión de que el tiempo se ha detenido, que el pasado retorna o que tal vez nunca nos abandonó. El entorno moderno, de atmósfera recoleta, que nos rodea, no sólo no atenúa el embrujo de la vivencia atemporal, sino incluso lo acentúa todavía más. He aquí otra muestra del éxito logrado por un urbanismo bien aplicado y un amor a la ciudad que no muy frecuente.

La antigua Ciudad Hebraica compone un área sembrada de templos sagrados y de construcciones civiles que se me antoja una necrópolis mágica solidificada en piedra, un paraje a situar entre la arqueología y la pedrería ornamental, sin olvidar en ningún momento que nos hallamos bajo jurisdicción judía.
Es este un lugar donde el tiempo se ha fijado a fuerza de adoquín, pedernal y argamasa, manera muy efectiva de ejercer la voluntad de la memoria. Destacan varios templos en este círculo mágico: la sinagoga Pinkas, la sinagoga Klausen y la sinagoga Alta. Aunque la más célebre es la sinagoga Staronová, construida en el siglo XIII y considerada la más antigua de Europa. Desde su construcción fue denominada Sinagoga Nueva,  denominación que no perdió a pesar del transcurrir del tiempo y aun estando acompañada de nuevos templos, conservándola en la denominación actual, muy integradora: Sinagoga Vieja-Nueva. En esta atmósfera, como digo, nada es viejo o nuevo, es intemporal.
El Ayuntamiento judío posee una altiva torre de madera y un pináculo verde adornado con un reloj muy ostentoso. Pero, debo insistir en ello, en este ambiente no hay nunca una hora definitiva. El tiempo se relativiza y desvía su rumbo con más sentido de misterio que de capricho o de mera convención. Por esta razón tuvieron a bien montar otro reloj en una de las cornisas inferiores con caracteres hebraicos. Dado que la lectura de la lengua hebrea se hace de derecha a izquierda, las agujas giran, lógicamente, al revés que su vecino de la torre, y los del resto de la ciudad.

  
El cementerio judío es un recinto sobrecogedor, tapiado y protegido del exterior para que nada se nos escape, cercado por y para la memoria, con vocación de fijación. Un remanso de paz, en suma, de la paz perpetua... En un perímetro muy reducido comparten tierra sagrada alrededor de 12.000 lápidas de piedra secular, incrustadas o inclinadas unas sobre otras, solapadas a veces, torcidas las más, recostadas, ladeadas, todas conforman un escenario estremecedor, que no podría calificar de macabro, pero sí de sobrenatural, un epíteto que referido a un camposanto no le confiere un valor añadido ni el reconocimiento de una misteriosa singularidad. No obstante, aquí, misterio y tapados, aquí, haylos.
Era una mañana muy fría de abril cuando visité el cementerio judío. El cielo cubierto de nubes, de un color gris acerado, hacía sentir el techo del mundo muy cerca de nuestras cabezas. Las ráfagas de viento del norte que nos golpeaban anunciaban una inminente nevada. Los auténticos anunciadores de lo que allí pudiera acontecer, legítimos vigilantes del recinto, tenían forma de cuervo, y rondaban sobre nosotros, silentes figurantes que atenazados por la temperatura exterior extrema y la emoción que iba por dentro, todos igualmente gélidos, desfilábamos en aquella rocosa explanada.
Los graznidos de los grajos llevaban la voz cantante en aquel mar de túmulos rodeados por una triste arboleda. De pronto, comenzó a nevar. Copos de nieve, espumosos y ligeros, descendían con levedad y sin prisa sobre los presentes y los ausentes. Todo a nuestro alrededor quedó paralizado. Los brazos y piernas, miembros inmovilizados, no me respondían, como habiendo desertado de mi persona o desafiado a mi voluntad. ¿Sería esto efecto del hechizo del momento, del miedo escénico o preludio de una nueva hipotermia?

12
El Camino Real

Cuando recobré el sentido de la realidad, o parte de él, había cambiado de escenario. Acodado en la barra de una taberna presentía la compañía de público, pero no oía sus voces,  ni entendía, claro, sus checas palabras. Sólo notaba dentro de mí cómo bajaba hacía el estómago un líquido innombrable, pero que percibía como una llamarada que poco a poco me hacía revivir. Me percaté entonces que había logrado dejar atrás del cementerio judío y volvía de entre los muertos. Abandoné el húmedo local de la resurrección y retomé la calle Parizká, en dirección a la Plaza de la Ciudad Vieja. Seguía pareciéndome una avenida tan hermosa como la había sentido antes. O quizás todavía más.
El Camino Real debe recorrerlo todo visitante de la ciudad, no por obligación o reclamo turístico, sino para emular a pie plebeyo el recorrido que realizaban los monarcas checos en su coronación, desde la residencia real hasta la catedral, en Hradcany, para sentir la plenitud majestuosa de lo principesco en un entorno digno de reyes. Por lo demás, un extraño impulso me orientaba en esa dirección, con la presunción de que el trayecto me depararía alguna sorpresa, algún encuentro afortunado, una suerte de guía espiritual, de cicerone competente, y que con su imprecisa, pero reconocible, presencia reconocería tal si fuese una perspectiva en escorzo.
Comoquiera que me hospedaba en el hotel Pariz, contiguo a la Casa Municipal, monumental edifico modernista donde estaba emplazado antiguamente el palacio real, juzgué mi albergue un punto de partido más que apropiado para iniciar la real travesía. El hecho de que la explanada aneja sea conocida hoy como Plaza de la República (Republicky namestí) no lo percibí como un serio obstáculo ni una incongruencia que restara magnificencia a la marcha. Tras resolver cómodamente esta curiosidad paradójica sentado ante una mesa del elegante Café Nouveau, auxiliado por una taza de te y un jablkový strudel, me situé bajo la Torre de la Pólvora, próxima a la Casa Municipal y una de las antiguas puertas de la ciudad que siguen todavía en pie, y emprendí la marcha.
El primer tramo del Camino Real trascurre por la calle Celetná, segmento rectilíneo que ofrece inmediatamente a la vista la sorprendente casa cubista conocida como Virgen Negra, y prosigue bordeada de caserones suntuosos hasta converger en la Plaza de la Ciudad Vieja, joya urbanística de Praga y una de las plazas más bellas del mundo.

Continuará...


lunes, 11 de octubre de 2010

EL ARCANO DE PRAGA (2)

5
Tycho Brahe en la corte de Rodolfo II


No muy lejos del Palacio Martinic está la  casa donde residió el célebre astrónomo Tycho Brahe. Junto a la numerosa corte de nigromantes, brujos, alquimistas y otros portentos de las negras artes al servicio del ingenioso rey Rodolfo II, iluminó el cielo, la imaginación y la historia de Praga, componiendo una de las páginas más prodigiosas de esta ciudad de fábula y fenómeno que es Praga.
Rodolfo II se ha convertido por derecho propio en un personaje esencial a la hora de amasar la sustancia praguense. No sólo por ser el monarca de los Habsburgo que eligió Praga como sede de la Corte imperial. Tampoco por ejercer de magnífico rey protector de las ciencias y las artes, de príncipe renacentista, precursor de los monarcas ilustrados, quien imprimió un impulso incomparable a la cultura y la imagen de la ciudad en el mundo entero. Rodolfo II personifica, nada más y nada menos, que al mayor animador de la historia mágica de Praga.
La política le aburría soberanamente, mas sentía una irrefrenable inclinación por todo lo relativo a las prácticas rayanas con lo extraordinario. Esta simpatía por lo insondable no le impedía disfrutar, sin embargo, de los juegos de pelota en los jardines reales que bordeaban su palacio, ni atender tampoco a la jardinería, ni fundar una casa de fieras, particular zoológico en el que animales, algunos de ellos salvajes, campaban a sus anchas entre los reales vergeles de palacio.
El rey renacentista Rodolfo, sin ser por ello un golfo, disfrutaba como un chiquillo con las evoluciones de los juguetes mecánicos y los artefactos de relojería, minuto a minuto, segundo a segundo. No era el único en la época ni en el lugar. El gusto por la artesanía automotriz venía de antiguo y anidó con cariño entre los praguenses. El celebérrimo reloj astronómico del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja, construido en el siglo XV, late durante siglos como el corazón de la ciudad. Todavía provoca hoy la misma admiración entre el público que el día de su estreno, convocando, emplazando sin remisión, a multitudes en el momento en que las campanadas del reloj marcan las horas y la procesión de apóstoles, y demás personajes del primoroso teatrillo, escenifican, con repetición y automatismo precisos, su circular marcha triunfal.
La verdadera afición de Rodolfo II consistía, sin embargo, en el coleccionismo, tanto de personas como de objetos. Tycho Brahe, una de sus más piezas más valiosas, proporcionó al emperador y a la historia de la ciencia notables conocimientos, aderezando cálculos matemáticos con ejercicios esotéricos y llevando la predicción científica a los terrenos de lo cabalístico. De esta manera, profetizó que la muerte del soberano estaría relacionada con la de uno de sus leones más queridos. No sé hasta que punto influyó en el monarca semejante anunciación o presagio, pero, según cuentan, su defunción fue precedida en escasos días por la del rey de la selva, por entonces, tan sólo de los jardines soberanos.
¿Historia real o imaginaria? ¿Vidas paralelas o cuentos para lelos? Quién sabe… En Praga, como en el Oeste fabuloso según John Ford, cuando los hechos se enfrentan a la leyenda, la leyenda prevalece sobre los hechos. Es así que el editor del «Shinbone Star», en el no menos mágico filme El hombre que mató a Liberty Balance, cuando conoce la verdadera historia de lo acaecido en el poblado años atrás por boca de su protagonista el senador Ransom Stoddard (James Stewart), decide no imprimirla en su diario, dejando de este modo que la leyenda siga su curso.

6
De Kepler a Arcimboldo
A la muerte de Brahe en 1601, le sucede como astrónomo imperial el también célebre Johannes Kepler, quien, en Praga y bajo la protección de Rodolfo II, realizó trabajos fundamentales para las ciencias de la naturaleza. No obstante, la vida de Kepler estuvo marcada por el sello de la fatalidad más trágica: su madre murió en la cárcel acusada de vida licenciosa, su primera mujer murió demente, y, en fin, la segunda esposa, promesa de paz y estabilidad, le dio siete hijos…, hasta que la Muerte se los quitó uno tras otro, viéndolos morir sucesivamente, sin que su sabiduría escrutadora del mecanismo de los cielos pudiera remediar tal sucesión de calamidades. Alentado por el rey mago de Bohemia, se inicia en los terrenos de la astrología, aunque sin abandonar los propios de la astronomía que le han dado auténtica reputación.
Confecciona para Rodolfo en 1627 un esmerado horóscopo (conocido como las Tablas Rudolfinas), artefacto que llenó de satisfacción al gran señor, al tiempo que fortaleció la bolsa del vasallo investigador. Si entendemos la astrología como el saber que descifra las conexiones entre los astros y los hombres, cabría decir que el cielo no fue muy propicio con Kepler, a quien de poco le sirvió su trato con los movimientos y las disposiciones estelares.
Junto a figuras tan eminentes, Rodolfo II se rodeó, asimismo, de individuos en extremo extravagantes, por no decir de incontestables embusteros y farsantes, quienes le engatusaban con investigaciones de feria y apariencias de liebre que salen de la chistera. Para realizar los oficios hechiceros, algunos de estos sujetos habitaron el colorista Callejón del Oro, en uno de los extremos del Castillo de Praga, compuesto por una hilera de casitas de fantasía, en las que uno esperaría ver entrar o salir en cualquier momento a gnomos atareados o a los mismísimos Hansel y Grettel.

Rodolfo II también recolectó artistas, alguno de los cuales componía cuadros como quien prepara una menestra. Tal es el caso del pintoresco Arcimboldo, retratista italiano instalado en la corte de Praga, experto en la realización de frutales y alegóricas imágenes, todas ellas de lo más abigarrado y hortícola que pueda concebirse. Una de sus obras más famosas es, precisamente, el retrato de Rodolfo, convertido a la sazón en un mamarracho hortofrutícola y carnavalesco. Una Carmen Miranda a orillas del Moldava, para decirlo gráficamente. Semejante macedonia pictórica complació, no obstante, al monarca, lo cual nos da nuevas pistas sobre su grado de sensibilidad estética y nobleza de corazón.


7
De orilla a orilla

Praga está construida de piedra y cal, escribe el comerciante árabe-judío Ibrahim ibn Jakub en su libro de viajes. De piedras preciosas y de cal y canto, añadiría yo, agregando a la riqueza arquitectónica y urbana praguense, su no menor atractivo operístico. También dice de ella Jakub que «es la más rica de las ciudades para el comercio». El valor de los mercados en la constitución urbana es un hecho incuestionable que nadie sensato pone en duda. Hablar, entonces, de la Praga pedregosa y mercantil no supone ninguna exageración. Unos sencillos datos bastarán para justificar lo que digo, resumidos en un hecho palmario, y acaso lo único no extraordinario de esta ciudad: las plazas y explanadas más importantes y emblemáticas de Praga tuvieron su origen en mercados que animaron la vida de la ciudad. No hay Praga sin plaza.
La Praga originaria emerge a orillas del río Moldava, en el punto en que sus orillas se ensanchan, sirviendo de lindes para el primer asentamiento conocido en la zona, en el siglo VII. Lugar de paso de las rutas comerciales a través del río, justo ahí surge un primer mercado, núcleo vital de la futura Praga-Hradcany. A partir de ahí, la expansión del villorrio alcanza la otra margen, en el siglo XI. La ciudad románica y la gótica, cara a cara. Aflora, como una diosa de entre las aguas, la magnífica Plaza de la Ciudad Vieja, originariamente mercado central de la villa, y hoy centro urbano de la ciudad.
Rey principal en la crónica arquitectónica de Praga fue Carlos IV. Fundador en 1348 de la Universidad Carolina, ordenó iniciar los trabajos para la creación de la Ciudad Nueva, al sur de la Ciudad Vieja. El nuevo espacio praguense fue conformándose según las necesidades comerciales de cada momento, cada vez más amplias, a medida que crecía la ciudad en influencia y poderío. Aparecen así los tres zocos claves de la Ciudad Nueva: el mercado Ganadero (plaza de Carlos - Karlovo namestí), el mercado Equino (plaza de Wenceslao - Vaclaske namestí) y el mercado de Cereales (plaza del Pesador de Heno - Senovazne namestí).
Praga, cruce de caminos de Europa, invitaba y atraía a mercaderes de los lugares más lejanos, llegando a lograr gran auge durante algún tiempo, para decaer poco después, sin explicación notoria. Una incógnita más. Las piedras de Praga se engastan como los zafiros y los diamantes en una joya. Unas veces son expuestas a luz del día; otras, ocultadas en un cajón. Así es Praga. Cómo se integran en un mismo suelo, en unas mismas calles, refinamiento, revoltijo y vocinglería, presencia y ocultamiento, es otro enigma que añadir a la visión mágica de Praga.

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Paseos y pasajes en un horizonte de elevación

Praga es una ciudad ideal para pasear por sus calzadas adoquinadas, para perderse por sus pasajes, protegerse bajo sus arcadas y elevar la vista al cielo para ver cómo se alza a su vez toda su majestuosidad bajo nuestros pies. En la ciudad del río Moldava, uno experimenta la levedad del ser y la ingravidez de la sustancia arcana que la anima. Los edificios soberbios parecen aquí suspendidos por alguna fuerza sobrenatural que los hace crecer más allá de los tejados. Hay espacios urbanos que reconocemos, que nos asombran y nos seducen más y mejor, cuando son contemplados a vista de pájaro, como ocurre con Manhattan. Otros no, y Praga es uno de esos casos. Lector, hay que vivir Praga a pie de calle, con los pies sobre la piedra donde se edifica la cantera de los sueños. Las brumas y la niebla pertinaz en esta ciudad color sepia colaboran en esa maravilla de levitación de altos vuelos de la que hablo, y no por hablar.
Una panorámica general de Praga ofrece un paisaje urbano donde manda el tono gris, haciendo de telón de fondo de sus incontables torres, pináculos, campanarios y fortines, apuntando todos hacia el firmamento. Sin ser ciudad de rascacielos, se me antoja columbrar en Praga un horizonte de cimas, donde resalta el apogeo y donde jamás aprecio llaneza. Y es que en este espacio prodigioso, más que alturas hay elevación.

Para algunas sensibilidades, esta ascensión a los cielos, semejante coronamiento de grises, tamaño bosque petrificado ante nuestros ojos, tal perspectiva de vértigo como ofrece Praga, pueden resultar dañinos para el ánimo, corriendo un severo riesgo de sucumbir a la melancolía y al abatimiento. Aquí triunfa la ley de la levedad, y eso resulta insoportable para las almas frágiles. Tal vez en la sustancial refutación de la ley gravitatoria de la que hace gala esta atmósfera singular esté la explicación de la enigmática fascinación que los praguenses han demostrado tener por la defenestración como expediente expeditivo de ejecución sumaria y para arreglar cuentas entre facciones opuestas.
La sangrienta Guerra de los Treinta Años tuvo su inicio en estos lares, y el conocido lanzamiento de gobernadores católicos desde una de las ventanas del Palacio Real en el año 1618 por parte de belicosos protestantes suele interpretarse como uno de los desencadenantes de aquella calamidad que asoló Europa y dejó tras de sí una profunda huella de intolerancia religiosa y destrucción. Probablemente, los checos continúen asociando las alturas con caídas estrepitosas de graves consecuencias. Pero quizás se oculte también ahí una inconfesable e irrefrenable pulsión de arrojar objetos desde los balcones para poner a prueba la mismísima ley de la gravedad…
Por mi parte, todas estas sensaciones de ascensión y altitud las valoro como un apogeo de los sentidos: la conquista de un lugar en la cima del mundo. Torreones, almenas, iglesias… y allá, a lo lejos, siempre vigilante, el Castillo de Praga, guardia y vigía de la ciudad, ojo de Dios o vértice del Diablo, al que ningún sujeto ni objeto escapa a su dominio y control. Comprendo que esta presencia omnipresente pueda también desasosegar e incluso atemorizar a los espíritus melindrosos: su visión espectacular, flotando entre vaho y bruma, su negritud espectral, impone un coraje y un temple no apto para todos los humanos, tal vez por sugerir algo no humano…
Bien, dicho esto, vuelvo a decir que Praga es una ciudad para paseantes sin prisas y sin melindres, sin fláccida afectación, el escenario del perfecto flâneur. Mas, alto, antes de continuar, una advertencia: «porque una ciudad —escribe Angelo Maria Ripellino en su minuciosa, a veces un tanto farragosa, pero imprescindible Praga mágica—, aunque se asuma como escenario de una flânerie enamorada, es algo condenadamente complicado y huidizo.»


La climatología severa de Praga, con inviernos rigurosos, que se alargan casi todo el año, no invita precisamente al callejeo. Sea como sea, pasear y callejear es algo imprescindible para conocer algo del misterio de la capital moldaviana. Ahora bien: nueva paradoja. Tan famosas y tan consustanciales a las calles y plazas de Praga son sus pasajes (pruchody), auténticos pasadizos, galerías, corredores, túneles subterráneos, que se introducen en las interioridades de las viviendas, por zaguanes y pasillos, tejiendo un laberinto que trepana el corazón de la ciudad vieja y permite ir de una punta a otra sin pisar la calle, sin salir al aire libre: travesías de la interioridad praguense.
Todo esto ofrece un efecto muy chocante, interpretable como un atropello a la intimidad doméstica en esta ciudad de galerías sin demasiadas alegrías. Ciertamente, no puede decirse que tanta vía franca sea algo muy común, si entendemos por común, «usual», pero sí lo es cuando nos familiarizamos con la disposición comunitaria de la estructura y la sustancia de Praga. Aquí es corriente, por ejemplo, compartir mesa en una taberna o restaurante con desconocidos. Absolutos extraños se sientan sin reparo en las sillas que han quedado libre en la mesa que uno ocupa, o bien el propio dueño o empleado del local los acompaña para hacerte compañía, sin protocolos, sin presentaciones, sin formalismos. Los espectros aparecen de pronto, se colocan junto a ti y eso es todo. Esto es Praga.
Leyendo los relatos de los escritores praguenses reconocemos en seguida tal particularidad en esos espacios interiores de domicilios o pensiones que se nos describen con minuciosidad, en los que todos los cuartos están comunicados entre sí, donde las paredes no sólo oyen a su través sino que se transforman en puertas correderas que unen habitaciones, pero no por ello sentimientos, donde la intimidad, en suma, se encuentra siempre amenazada, y la necesidad de guardar silencio y de salvaguardar el secreto es, por encima de todo, garantía de supervivencia y aval de inocencia.
Finalmente, por lo que respecta a los paseos al aire libre, debe saberse que Praga resulta más real de noche y en la oscuridad que a plena luz del día, porque está hecha de nubes, niebla y manto gris marengo, que es su techo natural. En Praga, no es posible la felicidad con sol y sin nubes. En Praga, no sabría decir, con franqueza, si la gente piensa mucho en la felicidad.

Continuará...

domingo, 3 de octubre de 2010

EL ARCANO DE PRAGA (1)


1
¿Será Praga un sueño?
Hasta el mismo instante de empezar a escribir esta crónica de mi primer viaje a Praga no fui plenamente consciente del carácter cifrado, huidizo y evanescente de esta ciudad. Hasta ese punto es mágica. Cuando me desplazo a ciudades con propósito de descubrirlas— penetrando en su alma y trayéndome algún pedazo de su esencia, como recuerdo de un viajero que huye del souvenir y se ve impelido hacia lo singular y único— siento que unas veces he conseguido el preciado tesoro que enriquece mi propia mente. En otras ocasiones, por el contrario, creo que todo ha sido un esfuerzo infecundo. Que vuelvo a casa con la maleta mental vacía.
Siempre que ocurre lo primero, me siento impaciente por comenzar a escribir las impresiones del viaje. Y me pongo a la labor como si de la composición de la reseña de un libro comprensible se tratara. No es una exageración o una forzada comparación lo que digo. Creo que podemos hablar sin afectación de ciudades-libro: las hay del género trágico, histórico, cómico, musical, costumbrista, thriller, esperpéntico… A elegir. Alguna existe también señalada por el signo del misterio. ¿Es esto lo que sucede con Praga?
Cuando acontece la segunda circunstancia descrita, esto es, cuando me encuentro perdido tras recorrer una ciudad, no me desanimo. En esos casos, me embarga una urgente necesidad de volver a la ciudad perdida, escurridiza, que se me ha ido de las manos, sin poder retenerla, para así revivirla, eternamente, en mi mente. Mientras llega el instante del retorno a la ciudad de la reserva, vuelvo a pensar en ella. Si alguien, con deseo de computar mis ciudades visitadas, me preguntase: «¿Has estado en Praga», contestaría que sí. Si me preguntaran: «¿Conoces Praga?», respondería con franqueza que no lo sé.
Descubrí que Praga es una ciudad inalcanzable e incognoscible cuando al iniciar este cuaderno de viaje, con el propósito de verter en sus páginas la sustancia de Praga, me encontré ante un vacío profundo; me hallé en blanco, sin tener, en principio, nada que referir o contar. Siempre hallaba, al final de mi escapada, una nada insistente. ¿Angustia ante la página en blanco? No, nunca he tenido esa sensación al sentarme a escribir. Sí he sentido, no obstante, en otras ocasiones esta vacilación que ahora me paraliza; por ejemplo, a la hora de componer Lisboa: vacío perfecto entre azules. Aunque, finalmente, encontré la salida del meandro portugués, lo mismo el Tajo desemboca en el Atlántico. ¿Acontecerá en este momento similar fenómeno, que no me atrevo a calificar de inspiración, a propósito de Praga?
¿Resultará, después de todo, que no he estado «físicamente» en Praga? No es eso, no es eso. Sé que he estado en Praga. ¿Habrá sido Praga un sueño? Tal vez. Mas sospecho que, en este punto, voy acercándome a la clave del asunto. Misterio, enigma, sueño…
Recordada desde lejos, al regresar del viaje, Praga se me antoja una realidad inexistente, realmente. Reproducir su alma en el papel representa un propósito muy comprometido. Porque Praga es una ciudad sin alma. Si la tuvo, le ha sido robada. Si la tiene, y no alcanzo a alcanzarla, es porque la robo a otros. Por esta razón, por esta sinrazón, no puedo volcarla aquí y ahora en palabras. Ahora lo sé. Praga la presiento como un ser mitológico que vampiriza y atrapa las almas de los habitantes y visitantes desprevenidos, incluso de los más avisados. Sobrevive en los siglos, más allá del tiempo, porque nutre su organismo hechicero de los sueños robados a quien se atreve a penetrar en sus entrañas y su arcano.
Praga es, más que nada, una ciudad de espíritus que sobrevuelan sobre los tejados y torres, espíritus disfrazados, anhelando encarnarse, deambulando en las callejuelas y  esquinas secretas, desapareciendo, finalmente, entre los corredores interiores y exteriores de la urbe que de la niebla surge. Maraña sin vía de escape, Praga resulta tan laberíntica como las circunvoluciones cerebrales. Procuras fijar una imagen clara de ella y tan sólo consigues que un velo neblinoso caiga sobre tus hombros y tu esperanza. Si te descuidas, la ciudad maraña te atrapa en su red y te devora.
Afirmar que Praga es una ciudad de misterios no descubre nada en realidad. Lo confieso. Pero quizás sea la única manera de aproximarse a ella. Tengo que renunciar a descubrirla, quitarme de la cabeza toda esperanza de conocerla. Y conformarme con rendirle mi admiración por su perseverancia en el ser, que en su caso es nada menos que nada. Ahora voy comprendiéndolo mejor. Ahora mismo, cuando comienzo a recordar…


2
Primeros pasos, primeros casos

Llegué a Praga a finales de un frío mes de marzo. El invierno estacional no parecía dispuesto a verse influido por el mecánico devenir de las fechas del calendario, que ya anunciaban la primavera. Decidí, en consecuencia, iniciar mi estancia en ella tomando medidas determinativas. Para empezar, adquirí en una sombrerería del centro un borsalino negro de ala ancha con el que protegerme de lo que podía caer desde las alturas, y con el que saludar, de paso, a ese portento de ciudad que iba descubriendo ante mis ojos. Todavía no a mi intelecto estupefacto.
Conquistar una belleza o atravesar un enigma exige un precio a pagar. De modo análogo a cuando uno viola el sello sagrado que protege la pirámide faraónica, y cae sobre el infractor la maldición ancestral por haber interrumpido el sueño del soberano, el ingreso en el arcano praguense supone una intrusión, casi una profanación. La voluntad de revelarlo comporta, por su parte, el riesgo de perder la memoria transgresora, la llave que abre los portones de la ciudad. De ahí, probablemente, mi velo inicial. No obstante, debo seguir recordando…
Como en esos momentos en los que sobreponiéndonos a nuestras carencias y nuestra finitud aspiramos al conocimiento del misterio de lo real y nos abandonamos a la fuerza y la tentación del pacto fáustico, que nos consagra ante el camino de la sabiduría, como en esos momentos, digo, debemos estar bien dispuestos a vender nuestra alma al dueño mefistofélico de la sustancia arcana de Praga, señor protector de los sueños y de la fantasía en esta ciudad de filigrana y encaje. 


En el número 40 de la Plaza de Carlos (Karlovo namestí) se alza la llamada Casa Fausto, habitada en el siglo XVI por el alquimista de origen inglés Edward Kelley y, más tarde, en el siglo XVIII por Fernando Mladota de Solopyshy. A causa de los experimentos químicos tramados entre aquellas paredes secretas, la misteriosa vivienda ha sido asociada a la leyenda del clásico personaje goetheano. La imaginación popular, que por su cuenta incorporó a sus sótanos toda clase de espantosos sucesos, añadió más leña al fuego que aviva el crisol de los prodigios. Quien sienta la atracción de exhumar reservas almacenadas en ese espacio más allá del tiempo, ya sabe la dirección. Por lo que a mí respecta, debo admitir que dudé  un buen rato ante el impulso de penetrar o no en lo inextricable, recién llegada como estaba a la ciudad mágica. Vacilé y vacilé. Aunque, sobre este asunto, nada más diré. Prefiero no principiar esta crónica revelando secretos.
Hoy como ayer, sigo persiguiendo el rastro de Praga. Desde donde ahora miro, recuerdo y conjeturo, desde donde en este momento escribo, con la vista cegada por la blanca luz mediterránea, siento dificultad para abrirme paso entre las grises brumas bohemias. No desisto, sin embargo. ¡Praga, manifiéstate!
3
En busca de la piedra filosofal
 Aunque cueste creerlo, Praga misma no está exenta completamente de las categorías de espacio y tiempo. Siendo como es, quintaesencia de la materia y el espíritu fabuloso, penetrando en su sustancia arcana, puede llegar a vislumbrarse una historia tras de sí, un pasado que no determina tanto su destino como en otras ciudades (Berlín, por ejemplo), pero que sí ha dejado huellas profundas. No anhelo saberlo todo sobre Praga. Sólo aspiro a no extraviarme completamente en este laberinto. Busco mi hilo de Ariadna para encontrar la salida en esta isla misteriosa del corazón de Europa.
Según relatan los anales históricos, la primera referencia escrita de Praga la debemos al comerciante Ibrahim Ibn Jakub, quien anotó mientras corría el año 965: «La ciudad Frága [sic] está construida de piedras y cal, y es la más rica de las ciudades para el comercio.» Confieso no barruntar la relevancia que puede haber tenido la cal en el devenir de Praga, pero no se me escapa la importancia de la piedra ni del comercio que tanto han incidido en ella. 
En Praga, la piedra cobra un significado especial. Desde las fachadas de los edificios hasta las adoquinadas calles, la piedra es aquí omnipresente. Si Praga desafía las leyes de la física —donde términos como «sustancia», «espacio», «tiempo», «materia» o «gravedad» han de pronunciarse en voz baja— no es por la ignorancia o la arrogancia de sus habitantes, que no tienen los pies sobre la tierra, sino por propia voluntad y carácter. 

La campana que da las horas y marca el ritmo del decurso de la ciudad se ha quedado materialmente de piedra al advertir la responsabilidad que le ha tocado cumplir. Un ejemplo de lo que digo, bello símbolo de la alquimia que transforma la duración en pedernal, puede contemplarse en el famoso edificio conocido como «La casa de la campana de piedra», en pleno centro de la villa —¡vaya villa!—, en la Plaza de la Ciudad Vieja. 
4
Aparece el Golem

Aunque me creas, lector, poco moderno por lo que voy a decir, digo que las fuerzas de la naturaleza circulan por las venas de este conjunto milagroso más por acción de la magia que de la ciencia. Praga, tan particular, está asociada a la idea de lo arcano y taumatúrgico, lo cual le aporta un aire arcaico que, no obstante, no lo malogra, sino, todo lo contrario, le otorga su genuino sentido. No un sentido pleno, que arruinaría la vigencia de su misterio originario, pero sí el suficiente como para dejar efecto sobre el tejido urbano.
Veo a Praga tendida sobre la mesa de experimentos, transformada en un gran laboratorio vivo, y no ha habido época en la que los oficiantes de lo hermético, nunca reñido aquí con lo místico, no hurgaran en su interior con el fin de desentrañar intimidades, encontrar hallazgos, descifrar incógnitas.
Resultado de estos ejercicios espirituales, combinados con una manufactura material de primer orden, es haber creado una ciudad de leyenda, origen de célebres fábulas, como la del Golem del rabino Löw, y de búsquedas frenéticas en pos de la piedra filosofal. Fuertes emociones palpitan tras este impulso: la pasión por lo inextricable y la atracción por el poder de lo sobrenatural. De creyentes y paganos, forasteros y autóctonos, de todos es conocido el relato del Golem, criatura terrorífica popularizada por la novela de Gustav Meyrink y, posteriormente, por el cinematógrafo.
De apariencia bestial, formado de arcilla, materia bruta adánica, el autómata Golem se pone en movimiento al introducirle en la boca una tablecilla de piedra (el schem), con el nombre «impronunciable de Dios». Repentinamente, el tipo enloquece, y sólo se apacigua cuando le es retirado el schem, quedando entonces estático, cual juguete sin pilas. A fin de evitar accesos incontrolados, el creador del bruto arcilloso, Rabbi Löw, logra, finalmente, reducirlo y lo confina en el interior de la sinagoga Staronová. ¿Para siempre? Nadie puede asegurarlo, pues de leyenda hablamos. Sea el Golem mismo, algún sosias suyo, sea lo que sea, cualquiera puede ver hoy la sombra de semejante muñeco diabólico arrastrando su corpachón por algún oscuro callejón de Praga.
No debemos, empero, tomarnos a broma estos cuentos y fábulas. Lejos de ser meros chismes, significan mucho para la historia de la ciudad. No exagero si afirmo que representan, en realidad, su memoria más fiel. No hay habitante, ni casa o mansión de Praga, que no puedan contar alguna versión de estas fantasmagorías.
La crónica, la literatura y el imaginario de la ciudad están repletos de narraciones de este género. Calles, como Celetná, son un rico vivero de historias atroces, sórdidos episodios y encantamientos variados. Acércate allí, lector, viajero, cuando vayas a Praga. Yo mismo he oído hablar durante mi estancia en la villa de las maravillas de una antigua leyenda relacionada con el palacio Martinic, según la cual todas las noches aparece en sus estancias el fantasma de un negro y fiero perro, que, cual cancerbero de guardia, orienta a quien allí se aventura a entrar en la próxima iglesia del Loreto, para una vez allí esfumarse hasta una nueva aparición. La del misterioso perro, digo.
Abril de 1998

Continuará...