miércoles, 30 de marzo de 2016

HÉROES VIAJEROS


Hay siglos que sobresalen por encima de los demás. Periodos de tiempo, no ajustados rígidamente al segmento centenario, que nos sorprenden por la extraordinaria confluencia que en ellos encontramos de nombres y eventos pertenecientes a los más variados órdenes. El término «siglo» significa, en primer lugar, el espacio que se extiende a lo largo de cien años, una centuria. Pero, por otra parte, y en un sentido más técnico, la palabra suele emplearse para identificar un transcurso de tiempo especialmente señalado, sea por la presencia de un personaje particularmente influyente y poderoso, sea por el advenimiento de un hecho, sea por la eclosión de un acontecimiento notoriamente destacados, hasta el punto de constituirse en auténticos  hitos en el devenir de la historia. Hablamos así de «el siglo de Luis XIV», «el siglo de Augusto» o «el siglo de Oro», por poner sólo tres ejemplos.

El siglo VIII a. C. es otro de ellos, y no otro más, sino uno muy especial. Sobre todo, si tomamos el espacio del mar Mediterráneo como área distinguida de referencia, desde Israel hasta Cádiz, desde Levante hasta los confines del mundo conocido por entonces. A la tarea de recrear la ruta de viajes y mitos trazada por los griegos de aquel periodo, a lo largo y ancho del Mare Nostrum, consagra el muy solvente historiador clásico Robin Lane Fox el libro titulado Héroes viajeros.

La empresa es de todo punto fascinante. Lane Fox explora un territorio físico y mental colmado de vistas y paisajes, de canciones y oráculos, de mitos y leyendas, todo ello cantado y recopilado por poetas de la altura de Homero y Hesíodo. Gracias a la literatura y la imaginación puede uno viajar a aquellos lugares de nombres evocadores y cautivadores (Ítaca, Eubea, Mesina, Rodas), aunque hoy las montañas y las bahías apenas recogen los ecos de las hazañas fantásticas realizadas por aquellos héroes griegos que viajaron de Levante a Poniente haciendo conquistas y negocios, transportando mercancías y llevando, a la vez, de aquí para allá, de Oriente a Occidente, en aventuradas travesías de ida y vuelta, viejos dichos y cánticos, historias y fábulas que se pierden en la noche de los tiempos.



Nos han quedado testimonios muy reveladores de aquellas gestas, enterrados unos muchos metros bajo tierra, y contenidos otros en los poemas épicos, las poesías y las teogonías escritas durante aquellos años de fábula y realidad por poetas supremos, entre los que destacan Homero, como protagonista principal, el cantor de la Ilíada y la Odisea. La arqueología, el descubrimiento, el recuento, la datación y el examen de cerámicas, monedas y huellas arquitectónicas, nos hablan todavía hoy con similar fuerza que los versos de los rapsodas de aquello que pasó durante el siglo VIII a. C. en la vida de Grecia, antes del nacimiento de la filosofía y la ciencia.

El resultado del examen que de todo este rico material ha efectuado el autor del libro no deja de ser prodigioso: «La ruta de sus viajes y sus mitos corre paralela al gran tesoro de los griegos, a saber, los poemas épicos de Homero, y los hace resaltar bajo una luz nueva, pero distinta. Está relacionada con los huidizos orígenes de los propios poemas, pero también tiene que ver directamente con un huidizo sonido homérico, un sonido que, con el paso del tiempo, sus lectores de la Antigüedad no fueron capaces de entender. Todavía puede escucharse en nuestro mundo: siguiendo la ruta trazada por los griegos de la época, al menos entenderemos lo que quería decir Homero.» (pág. 32).

La presente edición es completísima: incluye ocho mapas, 34 ilustraciones, unas en blanco y negro y a todo color otras; un apartado sobre la cronología de Homero; 62 páginas de notas; 54 páginas de bibliografía, y un índice analítico. Dividida en cuatro apartados: El vuelo de Hera; Oriente y Occidente; Mitos viajeros e Historias ad hoc, resulta un verdadero estudio interesantísimo, bastante ameno en tramos, en otros quizá más destinado a profesionales de la Historia.

Robin Lane Fox, Héroes viajeros. Los griegos y sus mitos. Traducción de Juan Rabasseda-Gascón y Teófilo de Lozoya, Ed. Crítica, 2009


Robin Lane Fox es fellow del New College de Oxford, profesor titular de la Universidad de Oxford y colaborador habitual del Financial Times desde 1970. Entre sus libros destacan Pagans and Christians (1987), La versión no autorizada: verdad y ficción en la Biblia (1992), Alejandro Magno (2007) y su gran éxito El mundo clásico. La epopeya de Grecia y Roma (Crítica, 2007).

domingo, 15 de noviembre de 2015

MICHEL DE MONTAIGNE EN CAMINO


«Corría el mes de junio del año 1580 cuando Michel de Montaigne, dejando tras de sí su castillo, en la comarca del Périgeux, próximo a Burdeos, inicia un viaje por Europa. El itinerario cubre Francia, Alemania, Suiza e Italia, y le ocupa diecisiete meses. Habiendo abandonado las obligaciones públicas hacía casi diez años, escribía en la torre-biblioteca ese libro a través del yo y sus circunstancias que conocemos con el nombre de Ensayos. Igual que una araña teje la tela, en esta obra ejemplar, autor y producto se enredan entre sí, sin llegar por ello a enzarzarse, sólo a envolverse en un mismo destino. A esta labor dedica buena parte de su tiempo tan libre.

Pero, había llegado la hora de tomarse un descanso, de ponerse en movimiento… Montaigne sale de la torre y emprende un largo viaje, antes de que llegue la hora del largo viaje. Sube al caballo y enfila el camino, más que nada por el gusto de viajar, por placer, y de paso para tratarse el «mal de piedra», dolencia que le aquejó durante gran parte de su vida. Cabalgando, según afirma, las molestias físicas disminuían. 

Las impresiones de la marcha y las estancias en ruta han quedado anotadas en un cuaderno de viajero, el Diario del viaje a Italia a través de Suiza y Alemania de Michel de Montaigne, cuya primera etapa la redacta su secretario y acaso también, escudero.

A comienzos de octubre, Montaigne arriba a la ciudad de Basilea (en francés Bâle, pero que en aquellos tiempos denominaban Basle). La bitácora recoge unos breves apuntes acerca de las costumbres de las gentes del lugar, de los colores del cuadro urbano que descubre el ensayista. En uno de ellos leemos lo siguiente:

«Tienen una infinita abundancia de fuentes en toda esta región; no hay pueblo ni encrucijada en donde no las haya, y muy hermosas. Dicen que en Basilea hay, contadas, más de trescientas.»

La percepción más poderosa y viva de esta ciudad que ha quedado grabada en mi mente coincide, punto por punto, con la citada estampa. Las fuentes de Basilea. […]

»Ahora bien, lo realmente excitante de estos recorridos por rutas angostas no es tanto admirar lo que uno espera cuanto descubrir lo que irrumpe de modo imprevisto, nos sorprende y conmueve.

Es el caso que en la Via Madama me topé de pronto con la huella de un viejo amigo que se me adelantó unos cuantos siglos en su visita a Ferrara. Una placa a la entrada de una residencia de jesuitas daba fe de que allí en noviembre de 1580 se hospedó durante su visita a la ciudad Monsieur Michel de Montaigne. Penetré en los amplios jardines, donde el silencio presidia el recinto y las rosas perfumaban el ambiente. 


A la vuelta de mi viaje por el norte de Italia, volví a leer el diario del filósofo que daba cuenta del suyo, en el que hacía constar el goce que experimentó al contemplar «en los jesuatos [sic], una planta de rosal que da flores todos los meses del año». Acaso hablaba de rosas muy semejantes sobre las que ahora yo me inclinaba, para olerlas mejor.»

Fragmentos de mi libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).


viernes, 17 de julio de 2015

LISBOA, EL AZUL DEL AZULEJO


En Lisboa, corazón de Portugal, no hay salida, porque es un vacío perfecto. Por un lado, está el azul de las aguas del río Tajo. Por otro, espejea el azul del azulejo, que fabrican los artesanos del lugar, y donde ve reflejada el lisboeta su mirada blue. En lo alto, dominando el espacio, reina el límpido azul del cielo. Acaso como reflejo a su vez del mismo azulejo, pues, ya vislumbró con agudeza el gran escritor y caminante Henry David Thoreau: «El azulejo carga el cielo en la espalda.»

Lisboa es el sitio ideal para perderse en un vacío perfecto entre azules, pero donde uno corre el riesgo de dejarse, como tributo, un fragmento del alma. Y no tanto por mor de un sueño inmortal cuanto por la aspiración propia de hacerse el vacío

Fragmento de «Lisboa, vacío perfecto entre azules». Capítulo IV de El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).