Mostrando entradas con la etiqueta A VUELA PLUMA. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta A VUELA PLUMA. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de abril de 2020

CERRADO POR CESE DE ACTIVIDAD

NOTA INFORMATIVA
-------------------------------
A los abonados, seguidores, amigos y visitantes del blog:

Comoquiera que este blog ha dejado de estar activo desde el mes de marzo de 2016, sin nuevas entradas, revisiones ni mantenimiento, se comunica que en breve plazo dejará de estar operativo, quedando, a efectos prácticos, cerrado al público.

Sepan los interesados que buena parte de su contenido está publicado en el libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias.



Quienes deseen seguir este viaje literario, les ruego dirigirse a estos puntos de embarque:

Pasajeros/lectores con destino España, puerta de embarque nº 1.

Para destinos internacionales, puerta de embarque nº 2.


ÍNDICE




Asimismo, pueden seguir las novedades de  próximas publicaciones en mi página web personal y en la Página de Autor en Amazon.


Los viajes de Genovés les agradece sus visitas y la atención prestada durante todos estos años viajando juntos. 


Un saludo y ¡buen viaje!


domingo, 15 de noviembre de 2015

MICHEL DE MONTAIGNE EN CAMINO


«Corría el mes de junio del año 1580 cuando Michel de Montaigne, dejando tras de sí su castillo, en la comarca del Périgeux, próximo a Burdeos, inicia un viaje por Europa. El itinerario cubre Francia, Alemania, Suiza e Italia, y le ocupa diecisiete meses. Habiendo abandonado las obligaciones públicas hacía casi diez años, escribía en la torre-biblioteca ese libro a través del yo y sus circunstancias que conocemos con el nombre de Ensayos. Igual que una araña teje la tela, en esta obra ejemplar, autor y producto se enredan entre sí, sin llegar por ello a enzarzarse, sólo a envolverse en un mismo destino. A esta labor dedica buena parte de su tiempo tan libre.

Pero, había llegado la hora de tomarse un descanso, de ponerse en movimiento… Montaigne sale de la torre y emprende un largo viaje, antes de que llegue la hora del largo viaje. Sube al caballo y enfila el camino, más que nada por el gusto de viajar, por placer, y de paso para tratarse el «mal de piedra», dolencia que le aquejó durante gran parte de su vida. Cabalgando, según afirma, las molestias físicas disminuían. 

Las impresiones de la marcha y las estancias en ruta han quedado anotadas en un cuaderno de viajero, el Diario del viaje a Italia a través de Suiza y Alemania de Michel de Montaigne, cuya primera etapa la redacta su secretario y acaso también, escudero.


A comienzos de octubre, Montaigne arriba a la ciudad de Basilea (en francés Bâle, pero que en aquellos tiempos denominaban Basle). La bitácora recoge unos breves apuntes acerca de las costumbres de las gentes del lugar, de los colores del cuadro urbano que descubre el ensayista. En uno de ellos leemos lo siguiente:

«Tienen una infinita abundancia de fuentes en toda esta región; no hay pueblo ni encrucijada en donde no las haya, y muy hermosas. Dicen que en Basilea hay, contadas, más de trescientas.»

La percepción más poderosa y viva de esta ciudad que ha quedado grabada en mi mente coincide, punto por punto, con la citada estampa. Las fuentes de Basilea. […]

»Ahora bien, lo realmente excitante de estos recorridos por rutas angostas no es tanto admirar lo que uno espera cuanto descubrir lo que irrumpe de modo imprevisto, nos sorprende y conmueve.

Es el caso que en la Via Madama me topé de pronto con la huella de un viejo amigo que se me adelantó unos cuantos siglos en su visita a Ferrara. Una placa a la entrada de una residencia de jesuitas daba fe de que allí en noviembre de 1580 se hospedó durante su visita a la ciudad Monsieur Michel de Montaigne. Penetré en los amplios jardines, donde el silencio presidia el recinto y las rosas perfumaban el ambiente.


A la vuelta de mi viaje por el norte de Italia, volví a leer el diario del filósofo que daba cuenta del suyo, en el que hacía constar el goce que experimentó al contemplar «en los jesuatos [sic], una planta de rosal que da flores todos los meses del año». Acaso hablaba de rosas muy semejantes sobre las que ahora yo me inclinaba, para olerlas mejor.»


Fragmentos de mi libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).

jueves, 21 de agosto de 2014

LA MALETA DE JULIO CAMBA



«No hace aún mucho tiempo, yo era uno de esos escritores absurdos que se dirigen a los objetos inanimados en largos discursos llenos de literatura. El discurso típico de este género es el de la maleta. El escritor se encara con una maleta muy mala y le dice lo siguiente:

  —Vieja maleta, vieja maleta viajera: hace mucho tiempo que estás inmóvil en el rincón más sombrío de la casa. ¿Es que ya no quieres ir por el mundo?
  La maleta no responde.

  —Sin embargo —añade el escritor—, tú tienes un alma inquieta y errabunda. Nunca has permanecido mucho tiempo en una misma ciudad, mi vieja maleta, porque un deseo insaciable de aventuras te llevaba siempre de un lado al otro. Tú no eres una maleta sedentaria. Tú no eres tampoco una de esas maletas banales —aquí el autor adquiere un tonillo irónico— en donde los estudiantes de Derecho meten unos calcetines de fantasía, un traje muy bien doblado, alguna ropa interior, unas bolas de naftalina y un paquete de cartas de la novia. Ni eres tampoco una maleta comercial —con un vago anticatalanismo— en la que un viajante de Tarrasa o de Sabadell embute las muestras de sus paños abominables. No. Tú eres una maleta literaria. —(El autor se acuerda de sus tiempos de bohemia.)— Tú no has contenido nunca trajes a la moda ni brillantes corbatas, y los sitios mejores de que disponías han sido ocupados siempre por las obras maestras del género humano. Tú eres casi sabia, mi vieja maldita.


  La vieja maleta permanece muda, en una noble actitud de modestia.

  —Pero eres muy vieja, muy vieja. Has envejecido un poco en todas partes, como tu amo, del que no te has separado nunca, ya no tienes ilusiones. Alguna vez —(¡Oh! Permitámosle, al autor un pequeño rasgo de coquetería retrospectiva)—, alguna vez tú también has contenido cartas de amor. Acababas entonces de salir de la tienda: eras fuerte y elegante; tu piel y tu metal brillaban al sol. En aquella época, mi vieja maleta, nosotros no sabíamos nada de la vida y podíamos creer en la felicidad. ¿No te acuerdas de unos calcetines de seda que tu dueño compró en uno de los días más utópicos de su existencia? ¡Ay!, yo creo que en tu alma de maleta —esta frase me parece demasiado cruda— aún no se ha extinguido la fragancia de cierta rosa juvenil, y lo creo porque en la mía todavía subsiste melancólicamente.

  En este momento, y como una contradicción, la maleta exhala un fuerte olor a cuero. El autor podría increparla en unos términos como éstos: —¡Qué! ¿Hueles a cuero, mi vieja maleta? ¿Tan desgraciada eres que ya no queda en ti ni un rastro de la fragante juventud pasada?— Pero el autor prevé que por este camino iría de tontería en tontería; así es que se hace el desentendido y concluye de un golletazo.

  —Eres muy vieja, muy vieja, mi vieja maleta. Ya no tienes energía ni ideales. Con tu piel manchada y tus correas rotas, ya no puedes intentar nuevas aventuras. Además, eres una maleta escéptica. Reposa ahí en tu rincón, llena de viejos calcetines zurcidos, y mientras las otras maletas juveniles recorren el mundo en busca del ideal, tú puedes recordar las aventuras pasadas y los antiguos viajes que ya no reproduciremos nunca ni tú ni yo. No, vieja maleta, vieja maleta viajera…

  ¡Si la maleta hablase!»

Fragmento de la crónica «Filosofía sobre la maleta», incluida en el libro de Julio Camba, Londres (1916)



viernes, 19 de octubre de 2012

VIAJES, GIRAS Y PRESENTACIONES



Últimamente, viajo más por trabajo que por placer. ¿Es esto también viajar? ¿Pueden combinarse ambas esferas? Pues, ustedes me dirán…

Ahora me encuentro en plena «gira» de promoción de mi libro Marco Aurelio. Una vida contenida, editada por Evohé. Y, próximamente, sale al mercado Hollywood revelado. Diez cineastas brillando en la penumbra, el primer volumen de una serie de libros sobre cine norteamericano, editada por Ártica,  que tengo el gusto y el honor de coordinar junto a cuatro ilustres colegas. Será éste el cuarto libro que publico este año (sin contar otras colaboraciones en trabajos colectivos). Los anteriores, todavía no mencionados, son La indignación a escena y Cine, espectáculo y 11-S.

En estos tiempos de crisis, y aunque no resulte muy modesto decirlo, la cosa tiene su mérito, ¿no creen? Ahora bien, basta echar un vistazo al pasado para comprobar que los tiempos difíciles, sobrados de reveses, conflictos y transformaciones, han dado, precisamente, mucho que pensar (muchas razones para pensar) al intelecto humano, de modo que se las ha tenido que ingeniar para esforzarse más que nunca y así seguir adelante, explicarse qué está pasando y seguir avanzando. Pero, ésa es otra historia... ¿O acaso no?

Como vivo un tiempo de presentaciones (de mis libros), les ofrezco el siguiente apunte en este cuaderno de bitácora



ECO PRESENTA (IMAGINARIAMENTE) A DIDEROT

UMBERTO ECO: Señor Diderot, ¿cómo he de presentarle ante el público? ¿Como novelista, dramaturgo, promotor cultural, moralista, o como editor?

DENIS DIDEROT: Como todo a la vez, si lo prefiere. O como filósofo solamente. Por lo que sé, sólo después de mi muerte adquirió esta palabra una connotación académica y especializada. En el siglo XVIII era una palabra muy general. Piense en mi amigo Voltaire. ¿Cómo lo definiría usted? ¿Poeta, dramaturgo, lexicógrafo, moralista? Fue un filósofo, un curioso de la verdad, un «razonadicto».

Cf. D.N. Furbank, Denis Diderot. Biografía crítica.




viernes, 20 de abril de 2012

PASEO POR EL TRASTÉVERE (ROMA)


El nombre «Trastévere» proviene del latín, de dos voces antañonas «trans» y «Tiberis». Como resultado tenemos: «lo que está más allá del Tíber». El Tevere, río que segmenta Roma, aunque no la divide por dos, acoge el rumor de los años transcurridos y aquí sedimentados. Tevere suena, en efecto, a Tiberio y a la Roma imperial. Aunque yo el eco de su voz lo siento más como una llamada, una invocación a regresar a este punto que atrae como una fuerza magnética. Te veré en Roma…

El barrio del Trastévere desciende de un rancio linaje que se remonta a la antigua Roma, siendo su más fiel sucesor. Este espacio de la memoria merece ser reconocido, por derecho propio, como el principal heredero de la Roma más profunda. 

Paseo por estas callejuelas y plazas de remoto basamento y me siento transportar, no más allá del Tíber, sino más allá de tiempo y el espacio. En el Trastévere percibo el pasado de Roma, unido al presente por una maroma, por un largo y fuerte cabo que lo fija a tierra firme, a puerto, impidiendo que se pierda en la noche oscura. 

Aquí está el estómago de Roma. El gran mercado central de la villa que expone sin reparo las vísceras y las interioridades de unos hombres siempre arrojados y unas mujeres permanentemente desembarazadas. El Trastévere es la teta que alimenta el cuerpo y el espíritu de una ciudad insaciable e inagotable. ¡Mama Roma!

Paseo por el Trastévere y juzgo impreciso el término «pasear» para expresar las sensaciones que experimento. Cuando penetro y recorro sin prisas este lugar me siento, sencillamente, «trasteverar».

















martes, 20 de marzo de 2012

MONUMENTAL «LINCOLN MEMORIAL» EN WASHINGTON D.C.



En la primavera de 2005, aprovechando una estancia en Nueva York, hice una escapada a Washington D.C. Alrededor de dos horas de tren desde la Gran Manzana hasta la capital de los Estados Unidos de América. Sabía que no podría ver mucho en aquella visita relámpago a la gran ciudad del Estado de Virginia, allí donde la distancia más corta entre dos puntos de interés la definen, en efecto, líneas rectas con forma de largas e inacabables avenidas. Empezaba a hacer el calor húmedo propio de este lugar en las proximidades del verano, de manera que tampoco era cuestión de querer abarcarlo todo, bajo un sol que no sé por qué diantres lo llaman de justicia, en unos pocos días y acabar muriendo en el intento.

Había que acercarse a lo fundamental. Y lo fundamental para mí, lo que tantas veces había soñado con realizar, era, en primer lugar, rendir homenaje al presidente Abraham Lincoln en el monumental Lincoln Memorial situado en uno de los extremos del National Mall. Me expreso como si se tratase de una peregrinación. Así es, en efecto. Este espacio tiene algo de sagrado. ¿Algo? Bueno, bastante, bastante…




 Además de la grandiosidad del lugar y la majestuosidad de la efigie central, admiré sobrecogido la inmensa placa fijada a una las paredes que reproduce la Gettysburg Address, declaración en la que Lincoln proclamó la igualdad de todos los seres humanos, no importa dónde hayan nacido, la raza a la que pertenezcan o la religión que profesen. Mientras leía el célebre discurso tallado en la piedra, dos niñas de color se aproximaron a la base de la inscripción. He aquí recogido este momento feliz.


Recorría este lugar sereno, propicio para la meditación, y me conmovía pensar el contraste que producía contemplar la estatua imponente en memoria de un hombre grande, pero a la vez sencillo y aun rústico. Cuando abandoné el templo, recordé de pronto una sabrosa anécdota sobre Lincoln que leí hace mucho tiempo.
El Presidente de los Estados Unidos de América recibe al embajador de Inglaterra en sus aposentos mientras acaba de vestirse:
El embajador de Inglaterra: Los caballeros ingleses nunca lustran sus botas.
Abraham Lincoln: (quien, en efecto, estaba lustrando su calzado, levanta la cabeza y pregunta): ¿Las botas de quién lustran ustedes?




miércoles, 7 de marzo de 2012

VISITA A LA CASA DE SPINOZA EN LA HAYA



En junio del año 2006, aprovechando una breve estancia en Ámsterdam, me acerqué a la vecina ciudad de La Haya, con el objetivo expreso de visitar la casa donde murió el filósofo Baruch de Spinoza. Un pensador al que tengo por el filósofo por excelencia, creador del sistema filosófico más sabio y mejor construido (more geometrico) de la historia de las ideas. El pensador por elegancia sería, también a mi juicio, José Ortega y Gasset. 

Uno es previsor y suele preparar los viajes a conciencia, aunque, por lo que diré a continuación, no lo suficiente. Debes saber, amigo lector y viajero, que la vivienda en la actualidad es un domicilio privado. Abierto al público sólo algunos días al mes y previa cita con el propietario. Yo, ay, por entonces, no lo sabía. 

Me planto ante la casa. La dirección es la correcta: Paviljoensgracht 72-74. Sendas placas fijadas en la pared dan fe de mi hallazgo. Llamo a la puerta. Desde una de las ventanas del primer piso aparece un sujeto que me dedica unas palabras que suenan a neerlandés. Yo le indico, en algo parecido al inglés, mi intención de visitar la buhardilla donde residió mi filósofo de cabecera desde 1671 hasta 1677. Será sólo un minuto y no deseo molestar. Me indica que aquella es una residencia privada. Replico con el filosófico argumento de que me he desplazado expresamente desde España hasta Holanda con el ferviente deseo de rendir homenaje al divino Spinoza. Nada que hacer. Cita previa y a ponerse en cola. 

Uno que es un convencido defensor de la propiedad privada, y además respetuoso para con la intimidad de las personas, no insiste más y se recoge en el estoicismo para consolarse. Tuve tiempo y serenidad suficientes para tomar (y ser inmortalizado en) estas fotografías, que ahora te presento a ti, amigo lector y viajero.














viernes, 23 de diciembre de 2011

VIAJEROS DE LA NAVIDAD



Los viajes de Genovés les desea 
Feliz Navidad y un Próspero Año Nuevo
















Norman Rockwell


Andrea Mantegna, Adoración de los Magos (1464)




Benozzo Gozzoli, El cortejo de los reyes magos (1459-61)



viernes, 16 de diciembre de 2011

VIAJEROS DE IDA Y VUELTA




A menudo, para no perder el norte del entendimiento, y comprender así el hondo significado del viaje, basta con no perder de vista la dirección de los movimientos de masas desplazadas, exiliadas, emigradas, en busca de refugio o hasta de vacaciones, para comprender por dónde soplan en cada momento los vientos de la civilización, el bienestar y la calidad de vida

Los bárbaros del norte han ido al encuentro (también al choque; más tarde, en plan de turismo) de las riberas del Mare Nostrum, y no al contrario. En ningún caso es imaginable que los fenicios, los antiguos griegos y romanos anhelasen conquistar poblados de Laponia o más allá de las Highlands del Norte, e instalarse allí tan campantes y tan frescos... Ni Julio Cesar ni el emperador Adriano llegaron tan lejos, aunque acaso lamentase haberse pasado de la raya en sus conquistas; o mejor, de la linde, del paralelo. 



A la Alemania nazi, la España franquista, los regímenes comunistas, las dictaduras, la Cuba castrista, los países diezmados por las guerras tribales, el hambre y la pobreza, no acude uno anhelando libertad y prosperidad. De estos sitios se sale y huye. A semejantes paraísos perdidos por la ideología autoritaria y/o totalitaria no va uno por las buenas, sino, por ejemplo, actuando en funciones de escritor «comprometido», audaz corresponsal de prensa, aventurero, misionero o simple voluntario sin fronteras. Más que nada, para dejarse ver. A menos que se trate de un sospechoso huésped habitual a la sombra (y sueldo) del poder vigente.

Las sociedades libres, occidentales y liberales, a tenor de lo que sostiene el multiculturalismo y el pensamiento único, serían lugares depravados y corrompidos, decadentes. Pero ocurre que de tales sociedades uno sale, principalmente, por motivos de negocios, ocio, turismo o por el mismo gusto de viajar; generalmente, para volver, más pronto o más tarde, dependiendo del motivo de la partida. Principalmente, porque en semejantes sitios está permitido entrar y salir, y, además, porque uno hace lo que particularmente apetece y puede. No es habitual que los habitantes de las sociedades libres y prosperas dejan atrás sus hogares y modos de vida por motivos de miseria, persecución o falta de libertad, buscando, es un decir, vivir mejor, por ejemplo, en Cuba, Corea del Norte, Yemen o Ruanda. ¿Hace falta insistir sobre este punto?








Ciertamente, el teniente británico T. E. Lawrence sintió fascinación por los árabes y su causa, sintiéndose muy identificado por el paisaje y el paisanaje del desierto de Arabia, las costumbres de sus moradores, las vistosas vestimentas… Mas finalmente, Lawrence acabó retornando a la verde Inglaterra. Quién sabe las razones últimas que movieron las piernas y la cabeza de este hombre contradictorio de alma angustiada. Acaso, después de todo, sintiese añoranza —sorprendente, sin duda, pero añoranza al cabo— por el clima británico, la cerveza caliente y el pastel de riñones. El caso es que volvió para morir en su tierra natal. Y no tras cabalgar a lomos de un camello, sino de una motocicleta.

Es cosa sabid que la escritora Isak Dinesen —seudónimo de Karen Blixen— tenía una granja en África. Según propia confesión, durante los años que estuvo en el continente negro, fue inmensamente feliz. Aun con ello y con todo, retornó un día también a su Dinamarca natal. 

Durante los años sesenta y setenta, miles de jóvenes europeos, abandonando familias y estudios, insatisfechos de la vida fácil y burguesa, se liaron la manta a la cabeza y, mirando hacia atrás con ira y hacia delante con utopía, emprendieron la larga marcha a Katmandú. Tras una breve estancia en tierra exótica, la mayor parte volvió, pocos años después, más delgados y pálidos que antes de la partida, a casa, a las bostezantes y aburridas ciudades de Birminghan, Hamburgo o Pontevedra, digamos. Cumplieron así el expediente y la hoja de ruta marcada por aquellos tiempos inconformistas, escribiendo un capítulo más en el inmemorial ciclo, ritual y sagrado, del eterno retorno. 

¿Y qué decir de Jean-Jacques Rousseau? Elevó a categoría filosófica el mito del buen salvaje, escribió un vigoroso discurso contra las ciencias y las artes, contra los vicios de los europeos moralmente arruinados por el lujo y la disolución de las costumbres, contra la fama y la notoriedad pública. Por todo ello adquirió pocas rentas —extremo éste que siempre lamentó de veras—, aunque sí gran celebridad. También se quejó mucho de esta circunstancia, aunque, vive Dios, que no la desaprovechó. Viajó por Europa, sin salir de Europa, mientras reprendía y sermoneaba a los ociosos privilegiados en cuyas mansiones era acogido, y su disgusto se tornaba cólera contra el anfitrión en el momento en que era despedido o, al menos, reprendido por haragán, gruñón e ingrato. A pesar de todo, siempre le quedaba la campiña francesa para dar paseos y consagrarse a la ensoñación solitaria.



Otro acalorado del mito del buen salvaje, Paul Gauguin, dejó atrás, en París, familia y amigos, la corrompida Europa aburguesada, para buscar el edén en Tahití, donde, en efecto, encuentra ociosidad y grandes placeres del cuerpo y del alma, pero también enfermedades, hambre, miseria y muchos disgustos. No es un emigrante: no envía dinero a casa, lo pide insistentemente. Occidente es para morirse de asco, pero en los mares del Sur intenta hacer de todo, sin éxito; incluso suicidarse, sin compasión, con arsénico. Finalmente, cuando planeaba volver a Europa, la morfina le asegura el pasaje al largo viaje. 

Igualmente podríamos referir aquí otros casos, otras aventuras, como la del capitán James Cook y el resultado de su particular convivencia con los nativos de las islas Hawai, tan particular que acabaron con él. Pero, dejémoslo aquí, para no volver sobre el mismo tema...  De momento.



Reproduzco en la presente entrada algunos fragmentos de mi artículo Multiculturalismo, universalismo y reciprocidad publicado en la revista El Catoblepas, número 35, 2005, pág. 7





jueves, 17 de noviembre de 2011

EN EL HOTEL ALGONQUIN DE NUEVA YORK



«Entre 1907 y 1946, Frank Case, que amaba a los escritores, los acogió en su hotel concediendo y prorrogando créditos a quienes le agradaban. La iniciativa de "la Mesa Redonda del Algonquin" se debe a él. Desde 1920, y durante veinte años, unas treinta personas se reunieron a comer en la Pergola Room (convertida en la Oak Room) y después en la Rose Room, para intercambiar opiniones y convicciones literarias. Los miembros fundadores, todos ellos críticos, periodistas y editores, influyeron en el estilo de la literatura americana contemporánea: Aleck Woollcott, Heywood Bron, Frankn Asams, John Pter Tooley, Robert Benchley, George Kaufmann, Marc Connely, Robert Sherwood, Harold Ross y Dorothy Parker.







Pronto establecieron lazos con el mundo del cine, con la presencia, entre otros, de Preston Sturges, muerto en el hotel en 1959, de Herman Mankiewicz o de Harpo Marx. Todos tenían en común fuertes personalidades (humor, acidez, malignidad, fobias, hipocondría, frustraciones), y se mostraban especialmente tolerantes con este conjunto de patologías. Cabría hablar de una terapia de grupo oficiosa. Edmund Wilson, alcoholizado entre dos hospitalizaciones por depresión, reinaba en un sillón del vestíbulo, pidiendo un martini doble, y manteniendo, a pesar de todo, brillantes y muy coherentes conversaciones hasta el momento en que notaba que era hora de irse. Harold Ross, el legendario editor del The New Yorker, reconoció haber creado virtualmente la revista en el hotel, y por eso en cada habitación hay un ejemplar. 


El “Gonk” es una institución. Una institución que albergó durante mucho tiempo a un huésped convertido a su vez en verdadera institución: un gato llamado Hamlet, que recorría día y noche el hotel, durmiendo preferentemente en los almacenes del quiosco. Se convirtió en protagonista de un libro de Val Schaffner: El gato algonquino

Nathalie de Saint Phalle, Hoteles literarios


Cuando voy a Nueva York, menos veces de las que desearía, me hospedo en el hotel Algonquin (59 West, 44th Street). Me gustan los «hoteles literarios». Frente a los hoteles «con encanto», yo prefiero los hoteles con historia, en los que el paso del tiempo, y de personajes relevantes de la literatura y el pensamiento, el cine y el espectáculo, han dejado huella. No creo materialmente en los fantasmas, ni les temo. Pero adoro las historias de fantasmas y los espacios fantasmagóricos. Reconozco que he sentido la presencia de algunos de esos espectros durante mis estancias en algunos hoteles (cafés y bares) del mundo.



La última vez que estuve en el hotel Algonquin (año 2005), aprecié algo de deterioro en sus instalaciones y las habitaciones algo pequeñas (tuvieron que enseñarme varias antes de decidirme por una: ¡no podía pagarme una suite!). Representa un gran placer desayunar todas las mañanas en el mítico Oak Room, leer los periódicos en el vestíbulo. Tomarse un cocktail en el bar del hotel, antes de asistir a un buen musical (los teatros de Broadway y el Radio City Music Hall están a dos pasos del Algonquin). Oler el perfume del barniz que despiden sus maderas nobles.



Como se ha mencionado, Harpo Marx frecuentó mucho el Algonquin. Pero esa es historia para otro día…



Continuará...