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lunes, 22 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (y 3)

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He aquí una nación de conquistadores con escasa disposición para la seducción. Acaso pueda encontrarse en este rasgo del carácter histórico una de las razones del déficit urbano de sus villas, en particular, Estocolmo. Agotado el ciclo de las embestidas bárbaras al final de la Edad Media, Suecia recoge velas, regresa a puerto e renueva contactos con los países limítrofes, unas veces por medios comerciales (la Liga Hanséatica) y otras por vías militares (uniones y desuniones escandinavas). Los límites y las distancias quedan marcados. Comienza aquí una larga apuesta por el aislamiento y la neutralidad, a pesar de la seria amenaza que supone la expansión alemana durante la Segunda Guerra Mundial, resuelta mediante una diplomacia de emergencia muy permisividad para con los planes del Tercer Reich. Posteriormente, la recurrente crisis económica finalmente les condujo, no sin grandes reservas, a formar parte de la Unión Europea en 1995.
Junto al aguacero, las nieves y los arenques, el orgullo de Estocolmo, y de Suecia en su conjunto, se funda en el Estado del Bienestar. Hinchan pecho escandinavo al hablar del llamado «modelo sueco» de Estado. No importa que el modelo en cuestión haya provocado graves quebrantos a la economía nacional, que la población retroceda posiciones socialdemócratas al comprobar cómo la mitad de sus ingresos se queda en las oficinas públicas de recaudación o que los gabinetes liberal-conservadores, aupados al poder a partir del año 1991, hayan introducido unas políticas fiscales menos voraces. Da igual: el orgullo no entiende de razones ni de balances económicos. La utopía encuentra aquí su sitio ideal, un no-lugar donde todo es agua, como en la categorización filosófica de Tales de Mileto.
En Estocolmo, la socialdemocracia y el ecologismo se venden de cara al público visitante junto a las postales turísticas, los cascos vikingos y agua embotellada. El día que visité el flamante Ayuntamiento de Estocolmo me vi obligado a unirme a un grupo de turistas para poder recorrer sus salas, pues el acceso sólo era posible por medio de «visitas guiadas»: prohibido el libre acceso y el libre tránsito. Me sumé, pues, a una tropa de compatriotas que estaban a punto de entrar, comandados por una enérgica auriga sueca.
No presté mucha atención a las mecánicas explicaciones que voceaba la guía de turno, hasta que determinados comentarios llamaron mi atención. Tras un resumen de folleto sobre los mosaicos de la Gyllene salen (sala dorada) y sobre el tradicional banquete con el que se agasaja todos los años en este lugar a los galardonados por los Premios Nobel, de pronto la perorata derivó a una suerte de alocución laborista acerca de los milagros obrados por socialdemocracia en el país. Me aproximé a la improvisada profesora de sociales con el fin de no perder palabra. Pero el desplome de un anciano al fondo de la sala, quien perdía el hato, como quien pierde el tren, a la cola de su correspondiente bandada, provocó una estampida de una parte de la nuestra urgida de atender al veterano trotamundos. Pocos brazos bastaron para devolver al accidentado a la posición vertical y a su inagotable trotar, pero muchas piernas aprovecharon la confusión para asaltar el lavabo. Se impuso, pues, un receso en la conferencia, lo que aproveché para hacerme sitio junto a la monitora, abandonada por su camada, y arrancarle algunas respuestas.
— Decía usted que todo ciudadano sueco ha conquistado el nivel de bienestar gracias el «modelo» socialdemócrata, pero ¿son felices los suecos?
— Es usted del «paquete español», ¿verdad? Bien, no se inquiete, aquí las cosas funcionan y la vida es segura.
— ¿Qué me dice del asesinato de Olof Palme?
— ¡Qué fatalidad! Sí, algo inconcebible aquí. No se sabe lo que, realmente, ocurrió. Parece ser que el asesino no era sueco sino, ya sabe…, extraño — Vaciló unos instantes por el término utilizado, tal vez estaba traduciendo mentalmente del sueco al inglés y del inglés al español, pero reaccionó en el acto al ver cómo recuperaba la integridad del rebaño— Ah, ya estamos todos. Síganme, no se pierdan. Vamos a ver los jardines, son una maravilla.
Quedé pensativo, intentando, por mi parte, reconstruir el argumento de mi guía material porque me había perdido la conclusión. Cuando regresé del breve ensimismamiento, el grupo al que había sido incorporado había desaparecido. Estaba ahora rodeado de turistas japoneses, junto a su correspondiente guía, quién repetía el formulario turístico en el idioma apropiado para los presentes. El pelotón nipón me miraba como a un… extraño (¿un posible criminal?), dudando si hacerme una fotografía o llamar al servicio de seguridad. Discretamente, busqué la salida. Todavía no había visitado los maravillosos jardines del consistorio. Pero, estaba próxima la hora (escandinava) de almorzar.

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Las costumbres de los ciudadanos suecos son, por lo general, austeras. En Estocolmo advertí una notoria despreocupación por la indumentaria ni por la gastronomía (no estamos en Italia ni en Francia o España). Los escaparates de tiendas de moda no ofrecían un muestrario muy atractivo, y en ellos hay que fijarse en las marcas extranjeras para encontrar un refinado diseño de vestuario. Tampoco hay memorables templos de restauración. Aquí se impone el prêt-à-porter y la comida rápida. El autoservicio es el modelo nacional de restaurang, con un menú poco variado, escrito con tiza en una pizarra. Los cubiertos y las servilletas (de papel) tiene el cliente que ir a buscarlos en el mostrador. Allí se sirve uno mismo las ensaladas, retorna a la mesa (si ha logrado hacerse un sitio) y espera que le traigan lo ordenado, salmón o arenques, muy ricos, eso sí.
El vino (de importación) resulta bastante caro, y la cerveza nacional es no tan estimable como la producida en Alemania o los Países Bajos. Ante esta perspectiva, los habitantes de Estocolmo beben agua en las comidas, siempre el agua, que toman de grandes jarras sobre las mesas para que el cliente se sirva a discreción. Me refiero a agua corriente, agua del grifo, quiero decir, de cuya potabilidad, calidad y buen sabor los nativos están muy orgullosos. El agua de la laguna de Estocolmo es tan pura que puede beberse de un trago. El camarero te mira muy sorprendido si solicitas agua mineral embotellada, haciéndote observar —tal vez dolidos en su amor propio— que el agua aquí es muy buena. Ah, el orgullo de Estocolmo.
 Para orgullos, culinarios y patrióticos, y como contrapunto a la oriunda sobriedad, ahí está el smörgârbord, ágape nacional sueco. A fin de probarlo para poder contarlo, me hice el honor de reservar mesa en el Grands Veranda, el espectacular restaurante del Gran Hotel con vistas al puerto y al Palacio Real. El célebre plato, en realidad, consiste en muchos platos, en una especie de gran buffet, compendio de las delicias gastronómicas suecas, desde los arenques marinados, el salmón ahumado, y toda clase de pescados cocidos al vapor u horneados, hasta las carnes preparadas con adobo y primor, albóndigas, roastbeef, asados, tajadas de alce y reno, tabla de quesos y postres variados. Finalmente, el aguardiente (el snaps), tan poderoso que o acaba con el comensal noqueado en el suelo o le deja plenamente satisfecho. Todo un banquete vikingo.
Probablemente, el modelo buffet del smörgârbord represente el epítome de la cocina y la restauración en Suecia. En el abigarrado smörgârbord, que en su magnitud y variedad hace pasar por mezquino al bodegón holandés, hay materia prima de calidad, pero ningún protocolo: un variado festín está a disposición del comensal, según el orden que más le apetezca, aunque, entre plato y plato, pase más tiempo de pie que sentado. Si uno quiere variedad de menús, cocina elaborada y recrearse en la mesa, que acuda a algún restaurante francés de la ciudad. Eso sí, lo pagará.

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 Suecia ha proporcionado al pensamiento universal dos notables personajes, ambos del siglo XVIII: Emmmanuel Swedenborg y Carl von Linné. Swedenborg fue un singular filósofo que manejaba con similar habilidad tanto conceptos y argumentaciones como fantasías y delirios espiritistas. Y suma fluidez le salió un importante trabajo en ocho volúmenes, la Arcana Caelestia. La magna obra obtuvo celebridad más que nada por la luminosa e ilustrada réplica que le propinó en su día Emmanuel Kant. En un opúsculo de apenas cien páginas, Los sueños de un visionario, Kant desarmó la imaginería del amigo de los espíritus y fantasmas con gran capacidad de convicción y fina ironía, ofreciendo, al mismo tiempo, un riguroso curso de racionalidad en el que opone las trazas y las artes intelectuales de un iluminado a las de un ilustrado. Linné, por su parte, fue un genial botanista que innovó las ciencias naturales, impartió clases en Uppsala y fundó un jardín botánico, catalogando vegetales y plantas de todas clases. Ambos genios dejaron una profunda huella en el imaginario y la conciencia de los suecos. Fueron, y son aún, motivo de orgullo para los suecos.
Acaso Estocolmo sea una ciudad difícil de enamorar porque sus moradores tampoco no la aman con delirio. Lo que de verdad adoran es la naturaleza espiritualizada y el herbolario, o sea, la fabulación, la ensoñación y la leyenda convenientemente coleccionadas y registrada en la memoria colectiva. Con este horizonte en perspectiva, el sueco sólo precisa de dos posesiones para no pensar demasiado en la muerte: un barco ligero, con el que surcar las aguas y escapar de la ciudad a la menor ocasión, y una pequeña casa de campo (la stuga), segunda residencia (primera en importancia), construida de madera y pintada de colores vivos, donde poder refugiarse para pescar y cazar, y también para meditar sobre el sentido de la existencia, mientras asan las piezas cobradas al calor del hogar.
Cuando estos desplazamientos no son posible siempre les quedarán a los habitantes de Estocolmo los muchos parques de la ciudad, y el Parque por excelencia, Djurgården, en plena naturaleza y rodeado de fieras. Si quieren encontrar más fundamentos sobre su esencia e identidad tienen muy a mano dos museos muy venerados (no por casualidad erigidos en esa misma isla) el Nordiska museet y el Vasamuseet, ya referidos en esta crónica. En el primero, pueden reencontrarse con los antepasados y las viejas costumbres de toda la vida. En el segundo, hallarán la huella húmeda de un esplendoroso pasado, extraída, primera, de los árboles y luego, de las aguas, hasta convertirse en lo que es hoy, una concha marina orlada de perlas, cada una de ellas convertida en isla como por arte de magia. Todo es agua, origen y fin de todas las cosas.
Y llegamos al fin de nuestro viaje. Para despedirme de Estocolmo, doy un largo paseos por los muelles de la ciudad, por unos embarcaderos sobre los que cientos de gaviotas surcan los cielos encapotados y de espléndidos atardeceres. No percibí aquí perfume salado alguno, pero en ellos los lugareños absorben muchas de sus esencias. Recorriendo la escollera pasé gratos momentos, y allí reparé en barcas, levando anclas, alejándose del atracadero.
Creí comprender, entonces, el alma que empapa a esta ciudad. Entendí que ser sueco comporta un motivo de orgullo. Especialmente en Estocolmo, buque insignia de Suecia, donde el orgullo emana de un manantial para acabar perdiéndose en el mar.
Agosto de 1998

lunes, 15 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (2)


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Estocolmo nació del cruce de las aguas de un lago y de un mar. Pero también de la confluencia de tradiciones, culturas y sensibilidades que, como no puede extrañar, ha dejado huella en la faz de la ciudad y en su crecimiento metropolitano. Un convivencia, no bien avenida, aunque callada, de construcciones civiles —el Ayuntamiento, el Palacio Real y la gran profusión de museos, desde el Nacional al Moderno, diseñado por el arquitecto español Rafael Moneo— y de edificaciones religiosas — el templo de aguja metálica Riddarholmskyrkan, sepulcro de reyes y personajes principales de la ciudad; la Tyska kyrkan, emparedada entre las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, pero cuya torre verdosa se divisa desde todos los ángulos de la urbe— que no pueden disimular el desencuentro.
Arquitectura civil y religiosa comparten la misma ansiedad por asegurar el más perfecto acoplamiento posible, pero jamás entre sí, sino con el espacio exterior. En cuanto a edificación y urbanismo, los hábitos seglares y seculares en Estocolmo convergen de manera poco protestante: en la vivienda y en la villa, las almas nativas tienden al exterior, más que al interior. Percibo aquí la expresión de una ancestral ensoñación, de una permanente tenacidad (que no cerrazón) de vivir hacia fuera, derivadas de la frustración de no poder vivir, por motivos primariamente climatológicos, al aire libre tanto como se quisiera. La llamada de la estepa.
Cimentación del pasado y urbanización del futuro: he aquí el dilema de Estocolmo. A pesar de representar una de las fisonomías más desarrolladas y avanzadas de la civilización moderna, paradigma del Estado de bienestar, de servicios públicos y seguridad ciudadana, algo bulle en la entraña de la sociedad sueca que la retrotrae hacia el pasado. Sobre esa nostalgia de leyenda y ese apetito de ancestros, sostiene su identidad y su mismidad, fuentes de la inclinación al aislamiento internacional y la vocación de neutralidad que la caracteriza. Ahí me parece encontrar la expresión de la energía sueca y el sentido de su orgullo, señales que tanto ha marcado el norte de la larga historia de conquistas e inmediata retirada sobre sí misma. Y no hablo sólo de la historia militar.
Vivir hacia fuera, sí. Pero no demasiado lejos de la tundra. Esto es el colmo, lo sé. Pero yo sólo pasaba por aquí. La Garbo, nacida en el barrio de Söderlman, dejó atrás un día la ciudad natal para nunca más volver. Y Greta sólo hay una.
Estocolmo expresa el emblema sincero de una ufana identidad sueca basada en la coexistencia pacífica, por defecto y por descontado, con el medio ambiente y el mundo exterior. La red ciudadana de islotes agrupa lo disparejo y la red de la marina mercante y la flota de pesca, el aparejo. ¿Puede concebirse mayor armonía? El orgullo de Estocolmo ha sido amasado a base de materia prima de primera y con mucha paciencia, a costa de siglos de trabajar conjuntamente el cuerpo y el espíritu. La mantequilla y el arenque han ayudado en gran medida a moldear los cuerpos robustos que lucen sus pobladores. Pero ha sido el panteísmo, unido en un sincrético abrazo al luteranismo, lo que acabó por fortalecer la propia conciencia, nutrida por tal fervor por lo natural, que condujo a un profundo sentimiento de culpa, por haber cometido el sacrilegio de arrebatar terreno a la Naturaleza.
¿Qué es Estocolmo? Un conglomerado de ínsulas con muchas ínfulas. Insisto, ¿qué es Estocolmo? Aires de autosuficiencia y pathos de agua.
Las afecciones del alma aquí generadas adquieren la forma de recogimiento interior, autosuficiencia y autoayuda, de sobriedad y espíritu de ahorro, todo ello sazonado y marinado con un hervor de ecologismo amable, de vivir a su aire, cuando tal vez, y en el fondo, no oculten otra cosa que ensimismamiento y ecolatría, una fusión nada ligera de naturaleza y ascetismo.
La tradición vikinga —muy pagana de sí misma— pesa bastante en el sentimiento de los suecos, tal vez aún más que la culpabilidad de raigambre luterana. Y aunque en el año 1000, con el rey Olof Skötkomung, principia el periodo cristiano, la cultura autóctona no ha perdido jamás la atracción por lo pretérito. Las tradiciones populares que se conservan en la actualidad todavía convocan mitos, encantamientos y embrujos, mezclados con salmos penitenciales y salmones ahumados. Los suecos conmemoran la Pascua disfrazando a las niñas, y menos niñas, de bruja, quienes en sus juegos, simulan oficios hechiceros, con escoba incluida. Fecha sangrada en el calendario nacional es el 30 de abril, comienzo de la primavera, que en Suecia se torna inquietante Noche de Walpurgis. El fin de semana que sigue al 24 de junio celebran la fiesta del Midsommar, o solsticio de verano. No importa que la fecha coincida con la celebración de San Juan Bautista, la tradición nacional celebra rituales nocturnos a la luz de la luna con ceremoniosos bailes alrededor de mástiles engalanados e incrustados en tierra. El 13 de diciembre, en fin, tiene lugar la Luciadagen, la velada de la luz, al margen de que Sicilia haya extendido al mundo cristiano la festividad de Santa Lucía. Lo importante para los nativos es que acontece el solsticio de invierno, la noche más larga del año, y la liturgia se sirve en estos parajes en forma de comida y bebida a raudales, bailando las muchachas de trenzas doradas con tocados en la cabeza adornados por velas y candelas, cantando todos paganas alabanzas a la luz solar, tan añorada y huidiza en este rincón del mundo.

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Los habitantes de Estocolmo (¿holmienses?) tienen motivos para sentirse orgullosos de su ciudad. La cuidan y adornan con primor muy escandinavo, lo cual no sabría decir con exactitud qué pueda significar, pero que se asemeja mucho a un comportamiento general poco inclinado a la pasión y muy propenso, en cambio, a la fría eficiencia. Estocolmo da toda la apariencia de ser una ciudad asistida y mantenida, algo así como una concubina o una querida, pero de la que es difícil enamorarse.
Como urbe moderna y desarrollada posee todo lo necesario para garantizar el bienestar de sus habitantes; por ejemplo, una magnífica red de comunicaciones. Los trenes de cercanías unen la ciudad con los suburbios de la metrópolis con una precisión de reloj suizo. El cuerpo de tranvías, aunque más pintoresco que práctico, surca la ciudad de punta a punta. Bienestar de bienestares, a Estocolmo no le falta una flota de autobuses, que, conformando toda una armada, vence (al orgullo extranjero) pero no convence. Debido a la peculiar estructura de la ciudad, partida por múltiples calles peatonales y puentes, con escasas arterias de circunvalación interior, el transporte público provoca endémicos colapsos de tráfico, resulta lento y no acerca casi nunca al pasajero a los lugares deseados. Asimismo, pequeños barcos de vapor y ferrys comunica entre sí la larga lista de islas que forman el archipiélago de Estocolmo. Y, finalmente, el Metropolitano (Tunnelbana o T-bana), con sólo tres líneas, pero más de cien estaciones, es la joya de la corona sueca de los transportes. Amén de la frecuencia de convoyes, conserva en muchas de las estaciones verdaderos museos subterráneos, decorados con gran inspiración por artistas de atrevida modernidad (especialmente impactante es la estación de Kungsträdgården, así como decenas de estaciones más, en particular, las pertenecientes a la denominada «línea azul»).
En la actualidad, Estocolmo es el centro de estudios universitarios y politécnicos más importante de Suecia, superando en oferta y servicios a la ciudad de Uppsala, histórico foco universitario de atracción global, la cual aún conserva ambiente estudiantil y se mantiene como ámbito cultural de primera categoría. Por lo demás, el número de museos la ciudad llega a ser abrumador, distribuyéndose por todos los contornos del piélago ciudadano, y, en algunos casos, como ocurre con las islas de Skeppsholmen o Djurgården, casi constituyen su principal razón de ser.
Nos hallamos en una sociedad sólidamente avanzada en tecnología y servicios. El teléfono móvil se ha convertido para la ciudadanía en un apéndice sobre el pabellón auditivo natural al que se aferran como si en ello les fuera la vida. Sobre el cielo de Estocolmo ya no reina Odin ni Thor, ni siquiera el dios de Lutero, sino las ondas teledirigidas por la compañía Ericsson, en abierta competencia con la vecina finlandesa Nokia. Gran parte de la población sobrevive, material y anímicamente, gracias al celular. He visto a muchos acercarse el aparato a la mejilla con la misma ternura de quien intima con un ser amado. Porque aquí la telefonía móvil aquí es un juego de niños, puede verse a muchos muchachos correr y brincar sobre patines en la explanada de Sergels Torg con suma habilidad, manteniendo el equilibrio y las conversaciones telefónicas con similar donaire.
Las tarjetas de crédito son utilizadas en Estocolmo para comprar el periódico o un billete del tren de cercanías o un refresco, además de mediar en transacciones más sólidas. No hay comercio que no atienda con la mayor naturalidad esta forma de pago. Es más que probable que hasta los mendigos acepten limosnas a cuenta de Visa o Mastercard. De hecho, intenté verificar este hecho haciendo un pequeño donativo al primer menesteroso con el que me topase, pero no, por más que me esforcé en la empresa, no encontré ningún pobrete mendicante en la calle a quien asistir. ¿Casualidad o necesidad? Un tipo meridional y mediterráneo, como yo, no debe olvidar que en estas sociedades del norte de Europa la asistencia social corre, no siempre en última instancia, a cargo del Estado. Por lo que respecta a la extensión informática, sólo decir que, después de EEUU, Suecia, y el resto de los países escandinavos, está a la cabeza de usuarios de ordenadores y de navegantes de Internet por número de habitantes. En Suecia, ay, la navegación siempre es de primera.
Sin embargo, este desarrollismo ha acontecido tan aceleradamente que las costuras del tejido social sueco se resienten del esfuerzo producido. La industrialización creció frenéticamente en Suecia desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, y esta circunstancia, en un país de fuerte pasado campesino y de usanzas rústicas, no queda inmune (en la actualidad, ni siquiera un 5% de la población se dedica a las tareas agrícolas). Incluso la estructura urbana y la vida ciudadana de Estocolmo acusan el hecho.

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La arquitectura en Estocolmo merece una consideración especial. La urbe sueca luce un rico inventario de edificios que compiten entre sí en majestuosidad y señorío, hasta el punto de considerársela una de las ciudades punteras en la iniciativa y dinamismo en la ciencia y el arte de la construcción. Desde hace décadas, hasta aquí se acostan los más celebrados arquitectos, urbanistas y artistas provenientes de todos los lugares del planeta. Durante este año 1998[i], la ciudad es la protagonista del proyecto Archipiélago, en el que participan «creadores vanguardistas» del globo con el propósito de, tomando como referencia el espacio y el mobiliario urbano ya existente, revestirlo y retocarlo de mil formas con resultados, todo sea dicho, de diferente calado y discutible buen gusto. Y es que cuando los creadores se ponen en plan vanguardista y encuentran puerto franco donde hacer y deshacer a voluntad, ríanse ustedes de las incursiones vikingas.
Los célebres arquitectos Nicodemus Tessin (el Viejo y el Joven) y Simon y Jean de la Vallée construyen en el siglo XVII los edificios más emblemáticos de la ciudad, el Riddarhuset, el Stockolms stadsmuseum (Sodra stadshuset) e inician los primeros trabajos en el actual Palacio Real (Kungliga Slottet). Pero, es en el ocaso del siglo XIX cuando comienza la expansión urbanística de Estocolmo, periodo en el que sobresalen las edificaciones de Isak Gustaf Clason, especialmente la Bünsowka huset, el Östermalms saluhall o el Nordiska museet.
A comienzos del siglo XX, sobresale la obra de Ferdinand Boberg, responsable del Rosenbad, la Thielska Galleriet, la Nordiska Kompaniet/NK, construcción restaurada con posterioridad y que hoy alberga uno de los grandes almacenes más populares de la ciudad. Proyecta, asimismo, el singular edificio de Correos (Centralposthuset). No podemos olvidar, en suma, el poderoso Ayuntamiento, levantado el año 1923 por Ragnar Östberg. La lista de artistas eminentes que han cincelado la urbe con esmero tiene sin duda más nombres propios, pero lo enumerado resulta suficiente para comprender la riqueza de ingredientes arquitectónicos con la que cuenta.
Me interesa, en cambio, valorar el resultado del conjunto urbano, que se me antoja brillante, aunque demasiado híbrido, ecléctico en demasía, y algo desabrido. Como en todas las grandes ciudades, en Estocolmo confluyen variados estilos artísticos que el devenir de los acontecimientos históricos, las modas imperantes y las exigencias políticas dictan, según las circunstancias, los gustos y los caprichos dominantes. El milagro urbano y ciudadano de una metrópolis, su aura, su misterioso encanto, está en armonizar y reunir los ingredientes en un sujeto con vida y civitas propias, y una personalidad inconfundible.
Este hecho poco común, sumamente prodigioso, lo percibo en Nueva York, en París, en Amsterdam, en Praga. Pero no consigo captarlo, por ejemplo, en Roma, Madrid o… Estocolmo, ciudades magníficas todas ellas, que te acogen con gran cordialidad y calor. Esto último resulta muy de agradecer en ciudades del septentrión como Estocolmo. Sea como sea, con abrigo o mostrando el ombligo, el entorno podrá complacerte, pero no seducirte. Porque una ciudad no es un mero centro de acogida, ni un asunto de beneficencia o generosidad ciudadano. El encanto de una ciudad reside en hechizo que trasmite y la emoción que es capaz de producir en aquel que cruza sus puertas y se adentra en su interior. Los hombres no siempre besan la mano que les da de comer, pero se inclinan indefectiblemente ante el ser que les enamora.
La ordenación urbanística de Estocolmo, nominal más que real, resulta desconcertante, y sus edificaciones forman un complejo de lo más dispar. Ricas y con ornamentación exuberante en muchos casos, las casas, caserones y casonas de Estocolmo adolecen de una argamasa espiritual que refuerce sus nobles materiales. En Gamla Stan, la influencia holandesa y germánica domina con potestad el ambiente, y el resultado es atractivo, aunque con un aire de préstamo. En los distritos que lo circundan es donde percibo con más claridad el efecto del descarnado y desordenado crecimiento, el desganado impulso, impreso en esta parte de la ciudad, que delata una apostura de «nuevo rico». Las grandes avenidas de Östermalm proclaman, por su parte, una extrema inspiración mediterránea, lejana sólo en el espacio, hasta el punto de hacer recordar al paseante los bulevares parisinos o el mismo barrio de Salamanca en Madrid. 





El distrito de Norrmalm queda como prueba más notoria del embrollo de esta ciudad, laberinto más que simple «rompecabezas». En algunos rincones de este recinto se ha querido remedar un Nueva York escandinavo con resultados muy poco convincentes. La demolición aquí perpetrada a partir los años cincuenta en su centro con el objeto de construir la horrenda explanada de Sergels Torg —rematada en sentido literal por una fuente con columna de cristal que atraviesa su improbable corazón— parece hoy algo irreparable. En el subsuelo de esta estepa urbanícola, basta como la estopa, anida una sórdida cueva de galerías, comercios y lugares comunes que atrae poderosamente a las hordas post-urbanas de cresta violeta y garfios en la jeta. 



Al norte de este circo sobre varias pistas, monta guardia la denominada Hötorgscity, que es la manera de dar nombre a un pelotón de cinco edificaciones en fila, como fichas de dominó, construidas con acero, aluminio, vidrio y muy poca imaginación. Pretendiendo emular el Rockefeller Center neoyorquino, el complejo se extiende como una plaga hasta el pintoresco mercado de las flores y la fruta, forzado a convivir con semejantes volúmenes, situado frenta al Konserhuset, sala de conciertos de fachada estilo neoclásico y un llamativo color azul ultramar que quita el hipo. La ubicación de este relevante edificio en la zona fue desde el momento de su construcción muy cuestionado y criticado. Pero ahí está, si no te gustan los conciertos sinfónicos o no tienes que ir a recoger un Premio Nobel —aquí se celebra la pomposa ceremonia de la entrega de galardones todos los meses de diciembre—, siempre puedes quedarte en el exterior, a su sombra, y comprarte una canastilla de fresas salvajes. La plaza Hötorget (Mercado de la Fruta) acaba muriendo en la selecta Kungsgatan, acuchillada por los dos rascacielos gemelos Kungstornet, construidos según el más genuino estilo Manhattan de principios de siglo, y de los que es imposible lograr una perspectiva visual completa desde ningún punto de la larga arteria.
La seguridad, la comodidad y la ornamentación no son elementos suficientes para hacer de una ciudad un objeto de deseo y una unidad orgánica que transmita vitalidad y armonía al residente o al visitante. Esa es la vocación de las auténticas ciudades que lo son porque lo quieren ser y son capaces de hacerlo. No hay mayor invitación a la catástrofe urbanística y cívica que la simple imitación. Por ello, edificar una «nueva» Nueva York en el norte de Europa, materialmente hablando, no se sostiene.
Me viene ahora a la mente la confesión pública del músico Lou Reed expresada en su breve aparición en Blue in the face (1995), película dirigida por Wayne Wang y Paul Auster y que representa todo un homenaje a la ciudad de Nueva York. Manifiesta allí lo siguiente:
Tengo miedo en mi propio apartamento. Tengo miedo veinticuatro horas al día. Pero no necesariamente en Nueva York. En realidad me siento bastante cómodo en Nueva York. Me da miedo… por ejemplo, Suecia. Ya saben. Es como un vacío. Todos están borrachos. Todo funciona. Te paras en un semáforo y si no apagas el motor, la gente se te acerca y te habla de ello. Vas al botiquín, lo abres y te encuentras un cartelito que dice: «En caso de suicidio, llamar a…» Enciendes la televisión y ves una operación de oído. Esas cosas me asustan. ¿Nueva York? No.
Pues eso es lo que quería decir yo también. Véanlo por ustedes mismos.


Continuará...


[i] Ruego al lector que, en todo momento, repare en el momento en que fue escrita la crónica: verano de 1998.

lunes, 8 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (1)


Cuando en el verano de 1998 el avión que me trasladaba a Estocolmo tomó tierra, llovía a mares sobre la ciudad. El aterrizaje en el aeropuerto de Arlanda adquiría de esta manera la apariencia de un amerizaje, augurio del espacio de extraordinaria naturaleza acuática que me aguardaba. Empecé a concebir mi anclaje en Estocolmo como un fenómeno acuático, un efecto de inmersión en una ciudad sumergida. Mas, de repente, surgió de la espuma azulada la ciudad, sólo un momento, el justo para permitir así el descenso desde las nubes de algodón gris turbio, siempre con ganas de descargar un aguacero, y poder tomar tierra. «Tomar tierra»: una expresión común que en este caso se me antoja harto singular, por no decir, sencillamente, retórica o exagerada.
En un lugar de Escandinavia en maceración recalaba ese marinero de agua dulce que soy yo mismo. Allí justamente iniciaba una travesía por Estocolmo y alrededores, bastante breve para mi desdicha, aunque bien dispuesta a desentrañar algunas interioridades de la complexión de la urbe del norte, superior en latitud geográfica y, al tiempo, abisal en profundidad de amarre.
En el autobús que me trasladaba del aeródromo a la ciudad, de la que dista más de 45 km., me esforzaba por fijar yo mismo la mirada en el horizonte urbano, del que, de momento, sólo obtenía los tenues perfiles de una periferia sólo intuida, los márgenes de una autopista flotante, una línea brumosa de bosques sin fin. La visión resultante estaba tan nublada como mi mirador, la ventanilla del autocar, calada y velada por oblongos goterones que imprimían en ella una textura de visillo. ¿Es esto Estocolmo?
Comencé a meditar en torno al ser, el estar y el viajar, y sobre la manera de sentirse humano atrapado bajo un cielo de plomo y una lluvia impenitente. Había leído en algún lugar que la angustia escandinava suele aliviarse con fiero aguardiente, y cuando la desesperación llega ser insufrible, por sumergimiento bajo las aguas, también. Dos maneras de ahogar las penas, si bien se mira, aunque de distinto calado y corolario.
La zozobra existencial y la vida anegada hacen germinar en esta altiplanicie de la conciencia unas categorías de teodicea que derivan casi inevitablemente en un sentimiento afondado. Un desánimo que no logra aliviar del todo la prosperidad económica ni una recia ración de luteranismo. El nivel de renta de las personas físicas y la firmeza en la fe cristiana son en estas latitudes directamente proporcionales a la disposición al suicidio. Quizá a las gentes que aquí sobreviven (que viven con un permanente sobretodo como segunda piel) no les quede otro remedio que desarrollar pacientemente el orgullo de ser y el saber mantenerse en su lugar. En esto pensaba y esto creía, yo, al otro lado del cristal empañado por la humedad, ante Suecia, sin verla. Aunque, tal vez, estaba adelantando conclusiones.
Probablemente, y de manera muy temprana —una hora sobre superficie, es un decir, escandinava—, estaba siendo penetrado por la esencia nativa, y si no la melancolía, sí cierta cogitación sombría me sobrevino. Librarse de ella resultaba tan ilusorio como escapar del atasco de entrada a la ciudad en el que me encontraba atrapado. Aquella lentitud originada por un tráfico que no rodaba me concedía tiempo de sobra para ligar una cogitación con una abstracción, sin ninguna prisa para sacar conclusiones definitivas. Estas semillas del pensar, junto a la lluvia, proporcionan el humus adecuado para producir, más tarde o más temprano, un fruto metafísico.
Me vi, pues, inducido, con precisión matemática de teorema, a evocar la fatídica experiencia que René Descartes padeció en estas tierras marinadas, y cuyo rastro en Estocolmo constituía, bien es verdad que de manera no apremiante ni prioritaria, uno de los objetos de mi viaje a Estocolmo. No eran necesariamente razones de complicidad racionalista las que me arrimaban en aquel momento al filósofo, sino consideraciones adventicias, de simpatía hacia su persona. Sentí recrear en mí el estado de ánimo que le embargaba cuando en el verano de 1649 llegó a Estocolmo requerido por la inquieta, estudiosa, católica y muy madrugadora reina Cristina. De cinco a seis de la mañana, la gentil monarca mandaba ser aleccionada en los más sublimes conocimientos del cosmos y el alma humana, cuando sus ocupaciones de soberana le dejaban un rato libre para el trato con las letras y las ciencias. A lo lejos, en Holanda, Descartes había dejado, además de viejos amigos, hábitos muy queridos. El mayor de todos ellos consistía en dedicar las mañanas a la meditación filosófica, a una meditación larga y tendida sobre la cama. En tan confortable lugar, Descartes (Casanova de la ciencia y la filosofía) había descubierto el ámbito idóneo en sacar provecho de  su talento, y lograr, de paso, éxito y fama. Todo ello sin urgencias, sin estar sujeto a incorporaciones ni levantamientos tempraneros, que ningún móvil civil o militar debía osar turbar.
Al gran matemático (y filósofo del método), para su desgracia, no le salieron bien las cuentas esta vez. Debido al brusco trastorno de costumbres y clima, y acaso también al cambio de aguas, el caso es que Descartes no pudo soportar los villanos madrugones en los suecos amaneceres de témpano, por muy reales motivos que los impulsaran. Una fatal pulmonía le asaltó cuando no había transcurrido medio año de su estancia en estos parajes, a consecuencia de la cual murió el 11 de febrero de 1650, en la cama. Cruel e irónico desenlace, o quizá todo fuese cosa del destino. En el lecho había incubado, después de todo, en circunstancias y coordenadas espaciales muy acogedoras y cálidas, potentes pensamientos. Durante mi permanencia en Estocolmo, visité la iglesia de Adolfo Federico, situada en la amplia avenida Sveavägen, donde fue inicialmente enterrado el infortunado pensador. Hoy queda en ella el recuerdo de este efímero tránsito por la ciudad en forma de negro epitafio esculpido por el escultor sueco Sergel. Sus restos fueron posteriormente trasladados a Francia y hoy guardan reposo en la iglesia parisina de St-Germain-des-Prés.
En cuanto a mí, partía del litoral mediterráneo en un habitual estío incandescente. No era reclamado por ninguna reina ni por la justicia siquiera. No era atraído por el canto cautivador de las sirenas —esto no es Copenhague—, sino que estaba fondeando en la ciudad de Estocolmo, chapoteando (no es broma) en pleno Festival del Agua. Pausadamente, empecé a distinguir la silueta de la estación término, bajo una tormenta de mil demonios que no cesaba. No había nada que temer, sin embargo. Todo estaba en orden. Simplemente, la ciudad me estaba dando la bienvenida y yo me encontraba en su elemento. Esto es Estocolmo.


Hay en el planeta una enormidad de ciudades marítimas. En algunas, el mar o la laguna se erigen en personajes principales del entorno, como es el caso de Amsterdam y Venecia, ciudades con las que, en muchos sentidos, Estocolmo guarda una afinidad visual muy estrecha. Mas, para mi criterio, la capital sueca merece el galardón de ser reconocida como la ciudad del agua, por antonomasia. Como tal fue concebida y de esta manera surgió de sus líquidos y ancestrales cimientos, emergiendo materialmente de los lagos. Fenómeno muy natural y muy físico, el área donde crecía la villa brotó al iniciarse el deshielo del casquete polar, y la zona entera inició su elevación y alumbramiento entre las brumas del mar Báltico (cuarenta centímetros cada siglo, según cálculos, supongo, que cuidadosamente medidos). Semejante demostración geológica de poderío todavía continúa, lo cual sugiere un acontecimiento materialmente ultraterreno, sazonado con una pizca de magia al baño maría. Esta conjunción milagrosa otorga a la ciudad un halo de espiritualidad y de desvelo ontológico fuera de lo corriente, no sé si fuera de lo normal.
 La emergencia de Estocolmo y su incorporación, sin prisas ni gravedades, a la vida terrestre evocan un despertar acuático, a modo de nacimiento de una Venus nórdica que con su concha forma urbe y bahía, la perla y la pulpa. Rodeada de agua por todas partes, Estocolmo revela una naturaleza anfibia, mitad elemento sólido y mitad líquido. Más que un islote, compone un soberbio archipiélago (el skärgård), resultado del capricho de la naturaleza (o de un incógnito sacrificio ritual) que seccionó su cuerpo naciente en más de veinticuatro mil fragmentos, islas lanzadas al mar como piezas de un mosaico donde domina el color verde de la vegetación sobre un fondo azul marino.
Es costumbre corriente designar a Estocolmo como ciudad-rompecabezas, intentando con ello realzar lo portentoso y abigarrado de su estructura, la diversidad de las piezas que la forman. Por lo que a mí respecta, la expresión, muy acertada, debe tomarse en un sentido literal. El hecho de que el espacio urbano de Estocolmo se concentre, a fin de cuentas, en catorce islas —notable reducción con respecto a las veinticuatro mil consignadas — no facilitó mis movimientos ni orientar mis recorridos de visitante permanentemente extraviado. Los mapas de la ciudad que me agencié se me caían de las manos, no por pesados sino por indiscernibles y prolijos para un desnortado como yo. Su visión me sugería, sin remedio, el juego de la oca o las estampas de Dónde está Wally.
Todavía ahora, mientras escribo esta crónica de viaje, me siento desorientado y un tanto perdido intentando abrirme paso en el recuerdo, ese ente hermano de la imaginación; en mi caso, hermano gemelo monocigótico. Heme aquí, en Estocolmo, en un laberinto de calles, puentes, ínsulas y lagos, sin saber con exactitud dónde estoy. Esta ciudad tan ecléctica y heterogénea, cuya estructura no facilita la tarea del viandante, se conoce perdiéndose en ella. Y digo esto en su sentido menos retórico y más literal, con conocimiento de causa, por propia experiencia.
Si no he perdido el rumbo por completo, y la memoria no me falla más de lo normal, en el verano de 1998, Estocolmo ostentaba la capitalidad cultural de Europa, celebraba el Festival del Agua (festejo creado en 1990 con el fin de celebrar la llegada del verano) y se hallaba tan fresca, bajo un auténtico diluvio.

3
Cuenta la tradición que el núcleo que dio origen a Estocolmo fue fundado por Birger Jarl sobre la isla de Standen, en realidad tres islotes, el mayor, actualmente denominado Gamla Stan, y otros dos pequeños agregados, Helgeansholmen al norte y Diddarholmen al oeste. Un espacio estratégico y una fortificación natural, formada, como una fiel infantería, por miles de isletas, con una patente función de protección, tanto climatológica como militar. En este punto converge el lago Malaren (Mälar) con el mar Báltico a través de la ensenada de Saltsjön, la cual sirvió tradicionalmente de pórtico de comunicación con la Suecia central. Quedaba así defendida la zona ante potenciales penetraciones hostiles en dirección a Uppsala y Sigtuna, centros urbanos de gran importancia política y religiosa. Nos hallamos en Stadsholmen (la ciudad sobre la isla), en el presente, el corazón de Estocolmo, la ciudad vieja y desmembrada que se asemeja a accidente geográfico.
Sobre este material y este destino marcados en las escamas ha crecido la urbe, la cual prácticamente no acaba de constituirse hasta finales del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando se amplían los distritos que conforman lo que hoy conocemos como los puntos cardinales de Estocolmo. En el centro del cuerpo marino, el ombligo de la ciudad, Gamla Stan, lo rodean sus restantes miembros, unidos por un galimatías de puentes que semejan tentáculos. Hacia occidente, Kungsholmen, es el foco administrativo de la ciudad, vigilado por el magnífico ayuntamiento de ladrillo rojo, rematado por la majestuosa torre coronada por tres áureas coronas. En el lado septentrional, Norrmalm, barrio comercial y de negocios que se extiende hasta las zonas universitarias de la villa. Al este, Östermalm, zona residencial y recoleta formada por calles y avenidas geométricamente dispuestas que confluyen como agujas de una estrella en la glorieta circular de Karlaplan. Y, finalmente, al sur, Södermalm, distrito elevado sobre un conjunto de colinas, es el barrio más poblado de la ciudad, habitado en su mayor parte por emigrantes, mayoritariamente de origen finlandés, turco y pakistaní, y donde las líneas del metropolitano de Estocolmo se multiplican significativamente en un complejo tejido radial.


Pero es en la isla de Djurgården, al este de Gamla Stan (entre ellas el islote de Skeppsholmen), donde que hay que hallar el alma de Estocolmo: su «naturaleza» en plena naturaleza. Allí encontramos, a mi juicio, los símbolos de Estocolmo, por excelencia. Para empezar, el Museo Vasa, buque insignia de la ciudad, templo donde se celebra el culto a la navegación de un pueblo ebrio de mar, impresionante dique seco en el que yacen los restos del naufragio más famoso de la historia (en dura competencia con el Titanic), el barco real, Vasa. Orgullo de la corona y del pueblo sueco, el navío se hundió en las aguas de la bahía el año 1628 a pocos minutos de su botadura. Rescatado en aceptable estado de conservación (estaba como nuevo) hace cerca de cincuenta años, ha sido reconstruido con gran aplicación y esmero de proa a popa. Todo sea por recuperar, con la osamenta de la nave como pretexto, la autoestima nacional que se fue a pique aquel aciago día de su estreno.



El otro sumo símbolo de Estocolmo se reparte en otros dos museos, uno cerrado: el Museo Nórdico, en realidad, una galería etnológica de los linajes que han poblado Suecia a lo largo de los tiempos; el otro, a la intemperie, el parque de Skansen, el parque zoológico y museo al aire libre más grande del mundo, reproducción de norte a sur de la historia y de la idiosincrasia sueca, de sus bosque y floresta, de sus viviendas, granjas, y sus especies animales. En el apego por las tradiciones más remotas y entrañables, la ciudad de Estocolmo se siente plenamente colmada.
Continuará...