lunes, 15 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (2)


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Estocolmo nació del cruce de las aguas de un lago y de un mar. Pero también de la confluencia de tradiciones, culturas y sensibilidades que, como no puede extrañar, ha dejado huella en la faz de la ciudad y en su crecimiento metropolitano. Un convivencia, no bien avenida, aunque callada, de construcciones civiles —el Ayuntamiento, el Palacio Real y la gran profusión de museos, desde el Nacional al Moderno, diseñado por el arquitecto español Rafael Moneo— y de edificaciones religiosas — el templo de aguja metálica Riddarholmskyrkan, sepulcro de reyes y personajes principales de la ciudad; la Tyska kyrkan, emparedada entre las estrechas callejuelas de la ciudad vieja, pero cuya torre verdosa se divisa desde todos los ángulos de la urbe— que no pueden disimular el desencuentro.
Arquitectura civil y religiosa comparten la misma ansiedad por asegurar el más perfecto acoplamiento posible, pero jamás entre sí, sino con el espacio exterior. En cuanto a edificación y urbanismo, los hábitos seglares y seculares en Estocolmo convergen de manera poco protestante: en la vivienda y en la villa, las almas nativas tienden al exterior, más que al interior. Percibo aquí la expresión de una ancestral ensoñación, de una permanente tenacidad (que no cerrazón) de vivir hacia fuera, derivadas de la frustración de no poder vivir, por motivos primariamente climatológicos, al aire libre tanto como se quisiera. La llamada de la estepa.
Cimentación del pasado y urbanización del futuro: he aquí el dilema de Estocolmo. A pesar de representar una de las fisonomías más desarrolladas y avanzadas de la civilización moderna, paradigma del Estado de bienestar, de servicios públicos y seguridad ciudadana, algo bulle en la entraña de la sociedad sueca que la retrotrae hacia el pasado. Sobre esa nostalgia de leyenda y ese apetito de ancestros, sostiene su identidad y su mismidad, fuentes de la inclinación al aislamiento internacional y la vocación de neutralidad que la caracteriza. Ahí me parece encontrar la expresión de la energía sueca y el sentido de su orgullo, señales que tanto ha marcado el norte de la larga historia de conquistas e inmediata retirada sobre sí misma. Y no hablo sólo de la historia militar.
Vivir hacia fuera, sí. Pero no demasiado lejos de la tundra. Esto es el colmo, lo sé. Pero yo sólo pasaba por aquí. La Garbo, nacida en el barrio de Söderlman, dejó atrás un día la ciudad natal para nunca más volver. Y Greta sólo hay una.
Estocolmo expresa el emblema sincero de una ufana identidad sueca basada en la coexistencia pacífica, por defecto y por descontado, con el medio ambiente y el mundo exterior. La red ciudadana de islotes agrupa lo disparejo y la red de la marina mercante y la flota de pesca, el aparejo. ¿Puede concebirse mayor armonía? El orgullo de Estocolmo ha sido amasado a base de materia prima de primera y con mucha paciencia, a costa de siglos de trabajar conjuntamente el cuerpo y el espíritu. La mantequilla y el arenque han ayudado en gran medida a moldear los cuerpos robustos que lucen sus pobladores. Pero ha sido el panteísmo, unido en un sincrético abrazo al luteranismo, lo que acabó por fortalecer la propia conciencia, nutrida por tal fervor por lo natural, que condujo a un profundo sentimiento de culpa, por haber cometido el sacrilegio de arrebatar terreno a la Naturaleza.
¿Qué es Estocolmo? Un conglomerado de ínsulas con muchas ínfulas. Insisto, ¿qué es Estocolmo? Aires de autosuficiencia y pathos de agua.
Las afecciones del alma aquí generadas adquieren la forma de recogimiento interior, autosuficiencia y autoayuda, de sobriedad y espíritu de ahorro, todo ello sazonado y marinado con un hervor de ecologismo amable, de vivir a su aire, cuando tal vez, y en el fondo, no oculten otra cosa que ensimismamiento y ecolatría, una fusión nada ligera de naturaleza y ascetismo.
La tradición vikinga —muy pagana de sí misma— pesa bastante en el sentimiento de los suecos, tal vez aún más que la culpabilidad de raigambre luterana. Y aunque en el año 1000, con el rey Olof Skötkomung, principia el periodo cristiano, la cultura autóctona no ha perdido jamás la atracción por lo pretérito. Las tradiciones populares que se conservan en la actualidad todavía convocan mitos, encantamientos y embrujos, mezclados con salmos penitenciales y salmones ahumados. Los suecos conmemoran la Pascua disfrazando a las niñas, y menos niñas, de bruja, quienes en sus juegos, simulan oficios hechiceros, con escoba incluida. Fecha sangrada en el calendario nacional es el 30 de abril, comienzo de la primavera, que en Suecia se torna inquietante Noche de Walpurgis. El fin de semana que sigue al 24 de junio celebran la fiesta del Midsommar, o solsticio de verano. No importa que la fecha coincida con la celebración de San Juan Bautista, la tradición nacional celebra rituales nocturnos a la luz de la luna con ceremoniosos bailes alrededor de mástiles engalanados e incrustados en tierra. El 13 de diciembre, en fin, tiene lugar la Luciadagen, la velada de la luz, al margen de que Sicilia haya extendido al mundo cristiano la festividad de Santa Lucía. Lo importante para los nativos es que acontece el solsticio de invierno, la noche más larga del año, y la liturgia se sirve en estos parajes en forma de comida y bebida a raudales, bailando las muchachas de trenzas doradas con tocados en la cabeza adornados por velas y candelas, cantando todos paganas alabanzas a la luz solar, tan añorada y huidiza en este rincón del mundo.

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Los habitantes de Estocolmo (¿holmienses?) tienen motivos para sentirse orgullosos de su ciudad. La cuidan y adornan con primor muy escandinavo, lo cual no sabría decir con exactitud qué pueda significar, pero que se asemeja mucho a un comportamiento general poco inclinado a la pasión y muy propenso, en cambio, a la fría eficiencia. Estocolmo da toda la apariencia de ser una ciudad asistida y mantenida, algo así como una concubina o una querida, pero de la que es difícil enamorarse.
Como urbe moderna y desarrollada posee todo lo necesario para garantizar el bienestar de sus habitantes; por ejemplo, una magnífica red de comunicaciones. Los trenes de cercanías unen la ciudad con los suburbios de la metrópolis con una precisión de reloj suizo. El cuerpo de tranvías, aunque más pintoresco que práctico, surca la ciudad de punta a punta. Bienestar de bienestares, a Estocolmo no le falta una flota de autobuses, que, conformando toda una armada, vence (al orgullo extranjero) pero no convence. Debido a la peculiar estructura de la ciudad, partida por múltiples calles peatonales y puentes, con escasas arterias de circunvalación interior, el transporte público provoca endémicos colapsos de tráfico, resulta lento y no acerca casi nunca al pasajero a los lugares deseados. Asimismo, pequeños barcos de vapor y ferrys comunica entre sí la larga lista de islas que forman el archipiélago de Estocolmo. Y, finalmente, el Metropolitano (Tunnelbana o T-bana), con sólo tres líneas, pero más de cien estaciones, es la joya de la corona sueca de los transportes. Amén de la frecuencia de convoyes, conserva en muchas de las estaciones verdaderos museos subterráneos, decorados con gran inspiración por artistas de atrevida modernidad (especialmente impactante es la estación de Kungsträdgården, así como decenas de estaciones más, en particular, las pertenecientes a la denominada «línea azul»).
En la actualidad, Estocolmo es el centro de estudios universitarios y politécnicos más importante de Suecia, superando en oferta y servicios a la ciudad de Uppsala, histórico foco universitario de atracción global, la cual aún conserva ambiente estudiantil y se mantiene como ámbito cultural de primera categoría. Por lo demás, el número de museos la ciudad llega a ser abrumador, distribuyéndose por todos los contornos del piélago ciudadano, y, en algunos casos, como ocurre con las islas de Skeppsholmen o Djurgården, casi constituyen su principal razón de ser.
Nos hallamos en una sociedad sólidamente avanzada en tecnología y servicios. El teléfono móvil se ha convertido para la ciudadanía en un apéndice sobre el pabellón auditivo natural al que se aferran como si en ello les fuera la vida. Sobre el cielo de Estocolmo ya no reina Odin ni Thor, ni siquiera el dios de Lutero, sino las ondas teledirigidas por la compañía Ericsson, en abierta competencia con la vecina finlandesa Nokia. Gran parte de la población sobrevive, material y anímicamente, gracias al celular. He visto a muchos acercarse el aparato a la mejilla con la misma ternura de quien intima con un ser amado. Porque aquí la telefonía móvil aquí es un juego de niños, puede verse a muchos muchachos correr y brincar sobre patines en la explanada de Sergels Torg con suma habilidad, manteniendo el equilibrio y las conversaciones telefónicas con similar donaire.
Las tarjetas de crédito son utilizadas en Estocolmo para comprar el periódico o un billete del tren de cercanías o un refresco, además de mediar en transacciones más sólidas. No hay comercio que no atienda con la mayor naturalidad esta forma de pago. Es más que probable que hasta los mendigos acepten limosnas a cuenta de Visa o Mastercard. De hecho, intenté verificar este hecho haciendo un pequeño donativo al primer menesteroso con el que me topase, pero no, por más que me esforcé en la empresa, no encontré ningún pobrete mendicante en la calle a quien asistir. ¿Casualidad o necesidad? Un tipo meridional y mediterráneo, como yo, no debe olvidar que en estas sociedades del norte de Europa la asistencia social corre, no siempre en última instancia, a cargo del Estado. Por lo que respecta a la extensión informática, sólo decir que, después de EEUU, Suecia, y el resto de los países escandinavos, está a la cabeza de usuarios de ordenadores y de navegantes de Internet por número de habitantes. En Suecia, ay, la navegación siempre es de primera.
Sin embargo, este desarrollismo ha acontecido tan aceleradamente que las costuras del tejido social sueco se resienten del esfuerzo producido. La industrialización creció frenéticamente en Suecia desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial, y esta circunstancia, en un país de fuerte pasado campesino y de usanzas rústicas, no queda inmune (en la actualidad, ni siquiera un 5% de la población se dedica a las tareas agrícolas). Incluso la estructura urbana y la vida ciudadana de Estocolmo acusan el hecho.

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La arquitectura en Estocolmo merece una consideración especial. La urbe sueca luce un rico inventario de edificios que compiten entre sí en majestuosidad y señorío, hasta el punto de considerársela una de las ciudades punteras en la iniciativa y dinamismo en la ciencia y el arte de la construcción. Desde hace décadas, hasta aquí se acostan los más celebrados arquitectos, urbanistas y artistas provenientes de todos los lugares del planeta. Durante este año 1998[i], la ciudad es la protagonista del proyecto Archipiélago, en el que participan «creadores vanguardistas» del globo con el propósito de, tomando como referencia el espacio y el mobiliario urbano ya existente, revestirlo y retocarlo de mil formas con resultados, todo sea dicho, de diferente calado y discutible buen gusto. Y es que cuando los creadores se ponen en plan vanguardista y encuentran puerto franco donde hacer y deshacer a voluntad, ríanse ustedes de las incursiones vikingas.
Los célebres arquitectos Nicodemus Tessin (el Viejo y el Joven) y Simon y Jean de la Vallée construyen en el siglo XVII los edificios más emblemáticos de la ciudad, el Riddarhuset, el Stockolms stadsmuseum (Sodra stadshuset) e inician los primeros trabajos en el actual Palacio Real (Kungliga Slottet). Pero, es en el ocaso del siglo XIX cuando comienza la expansión urbanística de Estocolmo, periodo en el que sobresalen las edificaciones de Isak Gustaf Clason, especialmente la Bünsowka huset, el Östermalms saluhall o el Nordiska museet.
A comienzos del siglo XX, sobresale la obra de Ferdinand Boberg, responsable del Rosenbad, la Thielska Galleriet, la Nordiska Kompaniet/NK, construcción restaurada con posterioridad y que hoy alberga uno de los grandes almacenes más populares de la ciudad. Proyecta, asimismo, el singular edificio de Correos (Centralposthuset). No podemos olvidar, en suma, el poderoso Ayuntamiento, levantado el año 1923 por Ragnar Östberg. La lista de artistas eminentes que han cincelado la urbe con esmero tiene sin duda más nombres propios, pero lo enumerado resulta suficiente para comprender la riqueza de ingredientes arquitectónicos con la que cuenta.
Me interesa, en cambio, valorar el resultado del conjunto urbano, que se me antoja brillante, aunque demasiado híbrido, ecléctico en demasía, y algo desabrido. Como en todas las grandes ciudades, en Estocolmo confluyen variados estilos artísticos que el devenir de los acontecimientos históricos, las modas imperantes y las exigencias políticas dictan, según las circunstancias, los gustos y los caprichos dominantes. El milagro urbano y ciudadano de una metrópolis, su aura, su misterioso encanto, está en armonizar y reunir los ingredientes en un sujeto con vida y civitas propias, y una personalidad inconfundible.
Este hecho poco común, sumamente prodigioso, lo percibo en Nueva York, en París, en Amsterdam, en Praga. Pero no consigo captarlo, por ejemplo, en Roma, Madrid o… Estocolmo, ciudades magníficas todas ellas, que te acogen con gran cordialidad y calor. Esto último resulta muy de agradecer en ciudades del septentrión como Estocolmo. Sea como sea, con abrigo o mostrando el ombligo, el entorno podrá complacerte, pero no seducirte. Porque una ciudad no es un mero centro de acogida, ni un asunto de beneficencia o generosidad ciudadano. El encanto de una ciudad reside en hechizo que trasmite y la emoción que es capaz de producir en aquel que cruza sus puertas y se adentra en su interior. Los hombres no siempre besan la mano que les da de comer, pero se inclinan indefectiblemente ante el ser que les enamora.
La ordenación urbanística de Estocolmo, nominal más que real, resulta desconcertante, y sus edificaciones forman un complejo de lo más dispar. Ricas y con ornamentación exuberante en muchos casos, las casas, caserones y casonas de Estocolmo adolecen de una argamasa espiritual que refuerce sus nobles materiales. En Gamla Stan, la influencia holandesa y germánica domina con potestad el ambiente, y el resultado es atractivo, aunque con un aire de préstamo. En los distritos que lo circundan es donde percibo con más claridad el efecto del descarnado y desordenado crecimiento, el desganado impulso, impreso en esta parte de la ciudad, que delata una apostura de «nuevo rico». Las grandes avenidas de Östermalm proclaman, por su parte, una extrema inspiración mediterránea, lejana sólo en el espacio, hasta el punto de hacer recordar al paseante los bulevares parisinos o el mismo barrio de Salamanca en Madrid. 





El distrito de Norrmalm queda como prueba más notoria del embrollo de esta ciudad, laberinto más que simple «rompecabezas». En algunos rincones de este recinto se ha querido remedar un Nueva York escandinavo con resultados muy poco convincentes. La demolición aquí perpetrada a partir los años cincuenta en su centro con el objeto de construir la horrenda explanada de Sergels Torg —rematada en sentido literal por una fuente con columna de cristal que atraviesa su improbable corazón— parece hoy algo irreparable. En el subsuelo de esta estepa urbanícola, basta como la estopa, anida una sórdida cueva de galerías, comercios y lugares comunes que atrae poderosamente a las hordas post-urbanas de cresta violeta y garfios en la jeta. 



Al norte de este circo sobre varias pistas, monta guardia la denominada Hötorgscity, que es la manera de dar nombre a un pelotón de cinco edificaciones en fila, como fichas de dominó, construidas con acero, aluminio, vidrio y muy poca imaginación. Pretendiendo emular el Rockefeller Center neoyorquino, el complejo se extiende como una plaga hasta el pintoresco mercado de las flores y la fruta, forzado a convivir con semejantes volúmenes, situado frenta al Konserhuset, sala de conciertos de fachada estilo neoclásico y un llamativo color azul ultramar que quita el hipo. La ubicación de este relevante edificio en la zona fue desde el momento de su construcción muy cuestionado y criticado. Pero ahí está, si no te gustan los conciertos sinfónicos o no tienes que ir a recoger un Premio Nobel —aquí se celebra la pomposa ceremonia de la entrega de galardones todos los meses de diciembre—, siempre puedes quedarte en el exterior, a su sombra, y comprarte una canastilla de fresas salvajes. La plaza Hötorget (Mercado de la Fruta) acaba muriendo en la selecta Kungsgatan, acuchillada por los dos rascacielos gemelos Kungstornet, construidos según el más genuino estilo Manhattan de principios de siglo, y de los que es imposible lograr una perspectiva visual completa desde ningún punto de la larga arteria.
La seguridad, la comodidad y la ornamentación no son elementos suficientes para hacer de una ciudad un objeto de deseo y una unidad orgánica que transmita vitalidad y armonía al residente o al visitante. Esa es la vocación de las auténticas ciudades que lo son porque lo quieren ser y son capaces de hacerlo. No hay mayor invitación a la catástrofe urbanística y cívica que la simple imitación. Por ello, edificar una «nueva» Nueva York en el norte de Europa, materialmente hablando, no se sostiene.
Me viene ahora a la mente la confesión pública del músico Lou Reed expresada en su breve aparición en Blue in the face (1995), película dirigida por Wayne Wang y Paul Auster y que representa todo un homenaje a la ciudad de Nueva York. Manifiesta allí lo siguiente:
Tengo miedo en mi propio apartamento. Tengo miedo veinticuatro horas al día. Pero no necesariamente en Nueva York. En realidad me siento bastante cómodo en Nueva York. Me da miedo… por ejemplo, Suecia. Ya saben. Es como un vacío. Todos están borrachos. Todo funciona. Te paras en un semáforo y si no apagas el motor, la gente se te acerca y te habla de ello. Vas al botiquín, lo abres y te encuentras un cartelito que dice: «En caso de suicidio, llamar a…» Enciendes la televisión y ves una operación de oído. Esas cosas me asustan. ¿Nueva York? No.
Pues eso es lo que quería decir yo también. Véanlo por ustedes mismos.


Continuará...


[i] Ruego al lector que, en todo momento, repare en el momento en que fue escrita la crónica: verano de 1998.

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