lunes, 22 de noviembre de 2010

EL ORGULLO DE ESTOCOLMO (y 3)

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He aquí una nación de conquistadores con escasa disposición para la seducción. Acaso pueda encontrarse en este rasgo del carácter histórico una de las razones del déficit urbano de sus villas, en particular, Estocolmo. Agotado el ciclo de las embestidas bárbaras al final de la Edad Media, Suecia recoge velas, regresa a puerto e renueva contactos con los países limítrofes, unas veces por medios comerciales (la Liga Hanséatica) y otras por vías militares (uniones y desuniones escandinavas). Los límites y las distancias quedan marcados. Comienza aquí una larga apuesta por el aislamiento y la neutralidad, a pesar de la seria amenaza que supone la expansión alemana durante la Segunda Guerra Mundial, resuelta mediante una diplomacia de emergencia muy permisividad para con los planes del Tercer Reich. Posteriormente, la recurrente crisis económica finalmente les condujo, no sin grandes reservas, a formar parte de la Unión Europea en 1995.
Junto al aguacero, las nieves y los arenques, el orgullo de Estocolmo, y de Suecia en su conjunto, se funda en el Estado del Bienestar. Hinchan pecho escandinavo al hablar del llamado «modelo sueco» de Estado. No importa que el modelo en cuestión haya provocado graves quebrantos a la economía nacional, que la población retroceda posiciones socialdemócratas al comprobar cómo la mitad de sus ingresos se queda en las oficinas públicas de recaudación o que los gabinetes liberal-conservadores, aupados al poder a partir del año 1991, hayan introducido unas políticas fiscales menos voraces. Da igual: el orgullo no entiende de razones ni de balances económicos. La utopía encuentra aquí su sitio ideal, un no-lugar donde todo es agua, como en la categorización filosófica de Tales de Mileto.
En Estocolmo, la socialdemocracia y el ecologismo se venden de cara al público visitante junto a las postales turísticas, los cascos vikingos y agua embotellada. El día que visité el flamante Ayuntamiento de Estocolmo me vi obligado a unirme a un grupo de turistas para poder recorrer sus salas, pues el acceso sólo era posible por medio de «visitas guiadas»: prohibido el libre acceso y el libre tránsito. Me sumé, pues, a una tropa de compatriotas que estaban a punto de entrar, comandados por una enérgica auriga sueca.
No presté mucha atención a las mecánicas explicaciones que voceaba la guía de turno, hasta que determinados comentarios llamaron mi atención. Tras un resumen de folleto sobre los mosaicos de la Gyllene salen (sala dorada) y sobre el tradicional banquete con el que se agasaja todos los años en este lugar a los galardonados por los Premios Nobel, de pronto la perorata derivó a una suerte de alocución laborista acerca de los milagros obrados por socialdemocracia en el país. Me aproximé a la improvisada profesora de sociales con el fin de no perder palabra. Pero el desplome de un anciano al fondo de la sala, quien perdía el hato, como quien pierde el tren, a la cola de su correspondiente bandada, provocó una estampida de una parte de la nuestra urgida de atender al veterano trotamundos. Pocos brazos bastaron para devolver al accidentado a la posición vertical y a su inagotable trotar, pero muchas piernas aprovecharon la confusión para asaltar el lavabo. Se impuso, pues, un receso en la conferencia, lo que aproveché para hacerme sitio junto a la monitora, abandonada por su camada, y arrancarle algunas respuestas.
— Decía usted que todo ciudadano sueco ha conquistado el nivel de bienestar gracias el «modelo» socialdemócrata, pero ¿son felices los suecos?
— Es usted del «paquete español», ¿verdad? Bien, no se inquiete, aquí las cosas funcionan y la vida es segura.
— ¿Qué me dice del asesinato de Olof Palme?
— ¡Qué fatalidad! Sí, algo inconcebible aquí. No se sabe lo que, realmente, ocurrió. Parece ser que el asesino no era sueco sino, ya sabe…, extraño — Vaciló unos instantes por el término utilizado, tal vez estaba traduciendo mentalmente del sueco al inglés y del inglés al español, pero reaccionó en el acto al ver cómo recuperaba la integridad del rebaño— Ah, ya estamos todos. Síganme, no se pierdan. Vamos a ver los jardines, son una maravilla.
Quedé pensativo, intentando, por mi parte, reconstruir el argumento de mi guía material porque me había perdido la conclusión. Cuando regresé del breve ensimismamiento, el grupo al que había sido incorporado había desaparecido. Estaba ahora rodeado de turistas japoneses, junto a su correspondiente guía, quién repetía el formulario turístico en el idioma apropiado para los presentes. El pelotón nipón me miraba como a un… extraño (¿un posible criminal?), dudando si hacerme una fotografía o llamar al servicio de seguridad. Discretamente, busqué la salida. Todavía no había visitado los maravillosos jardines del consistorio. Pero, estaba próxima la hora (escandinava) de almorzar.

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Las costumbres de los ciudadanos suecos son, por lo general, austeras. En Estocolmo advertí una notoria despreocupación por la indumentaria ni por la gastronomía (no estamos en Italia ni en Francia o España). Los escaparates de tiendas de moda no ofrecían un muestrario muy atractivo, y en ellos hay que fijarse en las marcas extranjeras para encontrar un refinado diseño de vestuario. Tampoco hay memorables templos de restauración. Aquí se impone el prêt-à-porter y la comida rápida. El autoservicio es el modelo nacional de restaurang, con un menú poco variado, escrito con tiza en una pizarra. Los cubiertos y las servilletas (de papel) tiene el cliente que ir a buscarlos en el mostrador. Allí se sirve uno mismo las ensaladas, retorna a la mesa (si ha logrado hacerse un sitio) y espera que le traigan lo ordenado, salmón o arenques, muy ricos, eso sí.
El vino (de importación) resulta bastante caro, y la cerveza nacional es no tan estimable como la producida en Alemania o los Países Bajos. Ante esta perspectiva, los habitantes de Estocolmo beben agua en las comidas, siempre el agua, que toman de grandes jarras sobre las mesas para que el cliente se sirva a discreción. Me refiero a agua corriente, agua del grifo, quiero decir, de cuya potabilidad, calidad y buen sabor los nativos están muy orgullosos. El agua de la laguna de Estocolmo es tan pura que puede beberse de un trago. El camarero te mira muy sorprendido si solicitas agua mineral embotellada, haciéndote observar —tal vez dolidos en su amor propio— que el agua aquí es muy buena. Ah, el orgullo de Estocolmo.
 Para orgullos, culinarios y patrióticos, y como contrapunto a la oriunda sobriedad, ahí está el smörgârbord, ágape nacional sueco. A fin de probarlo para poder contarlo, me hice el honor de reservar mesa en el Grands Veranda, el espectacular restaurante del Gran Hotel con vistas al puerto y al Palacio Real. El célebre plato, en realidad, consiste en muchos platos, en una especie de gran buffet, compendio de las delicias gastronómicas suecas, desde los arenques marinados, el salmón ahumado, y toda clase de pescados cocidos al vapor u horneados, hasta las carnes preparadas con adobo y primor, albóndigas, roastbeef, asados, tajadas de alce y reno, tabla de quesos y postres variados. Finalmente, el aguardiente (el snaps), tan poderoso que o acaba con el comensal noqueado en el suelo o le deja plenamente satisfecho. Todo un banquete vikingo.
Probablemente, el modelo buffet del smörgârbord represente el epítome de la cocina y la restauración en Suecia. En el abigarrado smörgârbord, que en su magnitud y variedad hace pasar por mezquino al bodegón holandés, hay materia prima de calidad, pero ningún protocolo: un variado festín está a disposición del comensal, según el orden que más le apetezca, aunque, entre plato y plato, pase más tiempo de pie que sentado. Si uno quiere variedad de menús, cocina elaborada y recrearse en la mesa, que acuda a algún restaurante francés de la ciudad. Eso sí, lo pagará.

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 Suecia ha proporcionado al pensamiento universal dos notables personajes, ambos del siglo XVIII: Emmmanuel Swedenborg y Carl von Linné. Swedenborg fue un singular filósofo que manejaba con similar habilidad tanto conceptos y argumentaciones como fantasías y delirios espiritistas. Y suma fluidez le salió un importante trabajo en ocho volúmenes, la Arcana Caelestia. La magna obra obtuvo celebridad más que nada por la luminosa e ilustrada réplica que le propinó en su día Emmanuel Kant. En un opúsculo de apenas cien páginas, Los sueños de un visionario, Kant desarmó la imaginería del amigo de los espíritus y fantasmas con gran capacidad de convicción y fina ironía, ofreciendo, al mismo tiempo, un riguroso curso de racionalidad en el que opone las trazas y las artes intelectuales de un iluminado a las de un ilustrado. Linné, por su parte, fue un genial botanista que innovó las ciencias naturales, impartió clases en Uppsala y fundó un jardín botánico, catalogando vegetales y plantas de todas clases. Ambos genios dejaron una profunda huella en el imaginario y la conciencia de los suecos. Fueron, y son aún, motivo de orgullo para los suecos.
Acaso Estocolmo sea una ciudad difícil de enamorar porque sus moradores tampoco no la aman con delirio. Lo que de verdad adoran es la naturaleza espiritualizada y el herbolario, o sea, la fabulación, la ensoñación y la leyenda convenientemente coleccionadas y registrada en la memoria colectiva. Con este horizonte en perspectiva, el sueco sólo precisa de dos posesiones para no pensar demasiado en la muerte: un barco ligero, con el que surcar las aguas y escapar de la ciudad a la menor ocasión, y una pequeña casa de campo (la stuga), segunda residencia (primera en importancia), construida de madera y pintada de colores vivos, donde poder refugiarse para pescar y cazar, y también para meditar sobre el sentido de la existencia, mientras asan las piezas cobradas al calor del hogar.
Cuando estos desplazamientos no son posible siempre les quedarán a los habitantes de Estocolmo los muchos parques de la ciudad, y el Parque por excelencia, Djurgården, en plena naturaleza y rodeado de fieras. Si quieren encontrar más fundamentos sobre su esencia e identidad tienen muy a mano dos museos muy venerados (no por casualidad erigidos en esa misma isla) el Nordiska museet y el Vasamuseet, ya referidos en esta crónica. En el primero, pueden reencontrarse con los antepasados y las viejas costumbres de toda la vida. En el segundo, hallarán la huella húmeda de un esplendoroso pasado, extraída, primera, de los árboles y luego, de las aguas, hasta convertirse en lo que es hoy, una concha marina orlada de perlas, cada una de ellas convertida en isla como por arte de magia. Todo es agua, origen y fin de todas las cosas.
Y llegamos al fin de nuestro viaje. Para despedirme de Estocolmo, doy un largo paseos por los muelles de la ciudad, por unos embarcaderos sobre los que cientos de gaviotas surcan los cielos encapotados y de espléndidos atardeceres. No percibí aquí perfume salado alguno, pero en ellos los lugareños absorben muchas de sus esencias. Recorriendo la escollera pasé gratos momentos, y allí reparé en barcas, levando anclas, alejándose del atracadero.
Creí comprender, entonces, el alma que empapa a esta ciudad. Entendí que ser sueco comporta un motivo de orgullo. Especialmente en Estocolmo, buque insignia de Suecia, donde el orgullo emana de un manantial para acabar perdiéndose en el mar.
Agosto de 1998

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