lunes, 18 de octubre de 2010

EL ARCANO DE PRAGA (3)

Foto: Jan Reich
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Praga en blanco y negro
Tras una necesaria parada y fonda, pongámonos en marcha de nuevo, pensando tan sólo en el propio sendero y sus mojones. Para iniciar la andadura sobre Praga hay que estar iniciado en el ejercicio de la soledad y en la simpatía hacia las sombras. La ciudad que yo idealizo y que me embruja es la Praga deshabitada, abandonada a sí misma, vacía de viandantes, fijada en su sustancia arcana y estática, y desgraciadamente cada vez más difícil de alcanzar, dominada y capturada como está por el turismo de masas o por las masas en sí.
Praga debe verse como la captó Jan Reich en sus instantáneas de la ciudad real, imágenes recogidas del vacío y el hielo, silenciadas por la nieve y el pétreo eco de la quietud, cinceladas por una mirada que expulsa lo superfluo y deja sitio a lo incógnito. Iluminadas tenuemente por farolas, muchas de estas instantáneas muestran callejuelas ignotas, sin salida, plazas desoladas, caminos sin fin: fotografías descarnadas, en blanco y negro.

Foto: Jan Reich
  Recorrer Praga provechosamente exige no temer al frío ni al escalofrío, ni al cielo con el sol velado por las nubes, ni a las bajas temperaturas, que allí, ciudad altiva, es lo más bajo que existe. La Praga invernal, e incluso primaveral, pinta de blanco el empedrado de las calles, los tejados de las casas y el pretil de los puentes, despeja el ambiente de público nativo, que se recoge en sus viviendas. O en las cervecerías y tabernas (pivnice). Allí se oculta tras colosales jarras de cerveza y charla de cualquier asunto divino o humano, de todo menos del tiempo que hace en el exterior. La Praga bajo cero desalienta a turistas de asociación, procesión y autobús. Bajo estas cualidades, Praga tizna de negro el cielo y queda invadida de sombras, espacio y tiempo idóneos para convocar a los espectros de la ciudad y emprender una efectiva incursión en su misterio.
Mi estancia en la Praga de cruda primavera tuvo como aliada la climatología, pero, aun así, no pudo alcanzar plenamente su objetivo, cual era para mí lograr el pleno vaciado interior, sin el cual no es posible la fusión en la sustancia que nutre su existencia. Desde tiempo atrás, este plan constituía el asiento de mis sueños, de mi Praga soñada. Con todo, debo decir que me beneficié de dichosas caminatas y mi espíritu se enriqueció de una sosegada contemplación de la ciudad, que en algunas ocasiones debieron ser raudos vistazos debido a diversas interferencias y obstáculos que se cruzaron en el camino entre ella y yo.
Callejeé mucho por Praga y retengo de la ciudad múltiples retratos e imborrables recorridos. Recuerdo, especialmente, dos paseos de ensueño. Mi predilecto entre los itinerarios cortos, pero no menos excelentes, es el que recorre la calle Parizská. También está, claro, el paseo por excelencia, esto es, el llamado «Camino Real».

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La calle Parizská


La calle Parizská comienza en la plaza de la Ciudad Vieja y desemboca en el río Moldava, donde le aguarda el puente Cechúv, que con sus estilizadas columnas doradas, coronadas por ángeles del paraíso saludándonos graciosamente, dan acceso al parque Letná, en la orilla izquierda. Parizská más que calle es arteria, la «avenida de París», un auténtico bulevar de aire francés y acento checo. En Praga estas simbiosis son más extraordinarias que insólitas, siendo su (materialmente) sólida, a la vez que (espiritualmente) liviana, arquitectura capaz de conjuntar los estilos más variados.
Hay una Praga medieval coexistiendo armoniosamente con restos románicos junto a macizos góticos, y, sobre ellos, mampuestos barrocos incorporados de la manera más expeditiva. Este último colofón no es posible disociarlo en la arena bohemia del largo periodo de dominación de los Habsburgo, con sus secuelas políticas, religiosas y artísticas, época histórica que a partir de la batalla de la Montaña Blanca que confirmó su poder y expansión en la urbe, para humillación imborrable en la conciencia checa y en la cara urbana de Praga. 
Hay rincones y espacios de Praga que, sin salir de ella, te transportan a otros parajes más o menos lejanos: en unos casos, pareces encontrarte en una ciudad holandesa, ante fachadas alineadas muy características, coronadas por gabletes multicolores; en otros, diría uno estar en una Venecia  trasladada al corazón de Europa, de suspiro perpetuo por el mar, cuando repara, sin ir más lejos, en isla de Kampa, bajo el puente de Carlos, una despejada plazoleta que evoca las famosas explanadas venecianas, conocidas precisamente con el nombre de campos; en otros lugares, parece que estás en Bruselas o en París o en Viena…

Sea como fuere, en los siglos XIX y XX, la ciudad bohemia conoce todavía más cambios, y un nuevo estilo artístico se incorpora a su escenografía, el modernismo, con unos resultados, para mi gusto, bastante satisfactorios. En este periodo, se construye la hermosa calle o avenida Parizská, largo paseo que atraviesa el barrio judío (Josefov), extendiéndose en torno a su eje central exquisitas travesías y calles, todas ellas muy elegantes, muy diferentes, pero, al mismo tiempo, muy compenetradas entre sí. La actual configuración del barrio data de mediados del siglo XIX. En 1850, las autoridades municipales deciden incorporarlo a la ciudad, abandonando así su viejo estatus de «Ciudad Hebraica» y dejando atrás su pasado de gueto. En 1893, como efecto de la «ley de saneamiento», comienza la renovación integral del barrio, demoliéndose las centenares de casuchas y chamizos que componían su entorno miserable, abandonado a la decrepitud, y construyendo en su lugar modernas edificaciones en las que no fueron escatimados medios ni imaginación creadora.
Tan sólo quedó de la reestructuración general las sinagogas más emblemáticas, el ayuntamiento y el cementerio. La transformación del territorio, sin duda, alteró profundamente su antigua personalidad de callejuelas pintorescas, tabernas de cochambre, barracones inmundos, carreras de prostitutas de desesperación y tipejos de medio pelo, a la que hay que añadir el estigma del antisemitismo reinante en el antiguo gueto que conoció continuos escarnios, discriminación y ultrajes.
Desde que comenzaron las obras de demolición algunos nostálgicos alzaron la voz y se rasgaron las vestiduras ante la amputación, considerada infame, que se estaba perpetrando en aquel sagrado recinto. El moho y la roña, el desamparo y la molicie son, qué duda cabe, más románticos que un boulevard moderno y unos confortables apartamentos. Después de todo, nos hallamos en una ciudad muy bohemia… Era cuestión de elegir, entre un viejo encanto de estrago y otro moderno y más higiénico. Creo que ha ganado el barrio, y, con él, Praga entera.

Parizská y sus calles adyacentes forman uno de los entornos más elegantes y distinguidos que he visto jamás. Cuidada disposición de manzanas, distribución de espacios armoniosa y una serie de edificios cada cual más gallardo, luciendo fachadas ricamente decoradas por esculturas intuitivas (desde la que representa a san Jorge y el dragón hasta la graciosa mansión cercana al ayuntamiento en cuyas almenas hacen guardia permanente tres mosqueteros…), mosaicos y estucos coloristas y muy agradables para la contemplación.
Espacio, pues, ideal para pasear y callejear, para recrearse ante atractivas tiendas con imaginativos escaparates, para reponer fuerzas y calentar el cuerpo expuesto a la intemperie con proteínas y ricos tónicos que te ofrecen los selectos cafés y restaurantes de la zona. En uno de ellos, el café Colonial, una mañana gélida, gris y plomiza pude salvarme de la congelación, al ser arropado por sus paredes y reconfortado por unos líquidos de resurrección. Fue la mañana que visité el reducto de la antigua Ciudad Hebraica y su cementerio.

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En el cementerio judío
En este espacio, puede experimentarse una sensación muy común en toda Praga, pero aquí de forma especialmente acusada. Me refiero a la impresión de que el tiempo se ha detenido, que el pasado retorna o que tal vez nunca nos abandonó. El entorno moderno, de atmósfera recoleta, que nos rodea, no sólo no atenúa el embrujo de la vivencia atemporal, sino incluso lo acentúa todavía más. He aquí otra muestra del éxito logrado por un urbanismo bien aplicado y un amor a la ciudad que no muy frecuente.

La antigua Ciudad Hebraica compone un área sembrada de templos sagrados y de construcciones civiles que se me antoja una necrópolis mágica solidificada en piedra, un paraje a situar entre la arqueología y la pedrería ornamental, sin olvidar en ningún momento que nos hallamos bajo jurisdicción judía.
Es este un lugar donde el tiempo se ha fijado a fuerza de adoquín, pedernal y argamasa, manera muy efectiva de ejercer la voluntad de la memoria. Destacan varios templos en este círculo mágico: la sinagoga Pinkas, la sinagoga Klausen y la sinagoga Alta. Aunque la más célebre es la sinagoga Staronová, construida en el siglo XIII y considerada la más antigua de Europa. Desde su construcción fue denominada Sinagoga Nueva,  denominación que no perdió a pesar del transcurrir del tiempo y aun estando acompañada de nuevos templos, conservándola en la denominación actual, muy integradora: Sinagoga Vieja-Nueva. En esta atmósfera, como digo, nada es viejo o nuevo, es intemporal.
El Ayuntamiento judío posee una altiva torre de madera y un pináculo verde adornado con un reloj muy ostentoso. Pero, debo insistir en ello, en este ambiente no hay nunca una hora definitiva. El tiempo se relativiza y desvía su rumbo con más sentido de misterio que de capricho o de mera convención. Por esta razón tuvieron a bien montar otro reloj en una de las cornisas inferiores con caracteres hebraicos. Dado que la lectura de la lengua hebrea se hace de derecha a izquierda, las agujas giran, lógicamente, al revés que su vecino de la torre, y los del resto de la ciudad.

  
El cementerio judío es un recinto sobrecogedor, tapiado y protegido del exterior para que nada se nos escape, cercado por y para la memoria, con vocación de fijación. Un remanso de paz, en suma, de la paz perpetua... En un perímetro muy reducido comparten tierra sagrada alrededor de 12.000 lápidas de piedra secular, incrustadas o inclinadas unas sobre otras, solapadas a veces, torcidas las más, recostadas, ladeadas, todas conforman un escenario estremecedor, que no podría calificar de macabro, pero sí de sobrenatural, un epíteto que referido a un camposanto no le confiere un valor añadido ni el reconocimiento de una misteriosa singularidad. No obstante, aquí, misterio y tapados, aquí, haylos.
Era una mañana muy fría de abril cuando visité el cementerio judío. El cielo cubierto de nubes, de un color gris acerado, hacía sentir el techo del mundo muy cerca de nuestras cabezas. Las ráfagas de viento del norte que nos golpeaban anunciaban una inminente nevada. Los auténticos anunciadores de lo que allí pudiera acontecer, legítimos vigilantes del recinto, tenían forma de cuervo, y rondaban sobre nosotros, silentes figurantes que atenazados por la temperatura exterior extrema y la emoción que iba por dentro, todos igualmente gélidos, desfilábamos en aquella rocosa explanada.
Los graznidos de los grajos llevaban la voz cantante en aquel mar de túmulos rodeados por una triste arboleda. De pronto, comenzó a nevar. Copos de nieve, espumosos y ligeros, descendían con levedad y sin prisa sobre los presentes y los ausentes. Todo a nuestro alrededor quedó paralizado. Los brazos y piernas, miembros inmovilizados, no me respondían, como habiendo desertado de mi persona o desafiado a mi voluntad. ¿Sería esto efecto del hechizo del momento, del miedo escénico o preludio de una nueva hipotermia?

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El Camino Real

Cuando recobré el sentido de la realidad, o parte de él, había cambiado de escenario. Acodado en la barra de una taberna presentía la compañía de público, pero no oía sus voces,  ni entendía, claro, sus checas palabras. Sólo notaba dentro de mí cómo bajaba hacía el estómago un líquido innombrable, pero que percibía como una llamarada que poco a poco me hacía revivir. Me percaté entonces que había logrado dejar atrás del cementerio judío y volvía de entre los muertos. Abandoné el húmedo local de la resurrección y retomé la calle Parizká, en dirección a la Plaza de la Ciudad Vieja. Seguía pareciéndome una avenida tan hermosa como la había sentido antes. O quizás todavía más.
El Camino Real debe recorrerlo todo visitante de la ciudad, no por obligación o reclamo turístico, sino para emular a pie plebeyo el recorrido que realizaban los monarcas checos en su coronación, desde la residencia real hasta la catedral, en Hradcany, para sentir la plenitud majestuosa de lo principesco en un entorno digno de reyes. Por lo demás, un extraño impulso me orientaba en esa dirección, con la presunción de que el trayecto me depararía alguna sorpresa, algún encuentro afortunado, una suerte de guía espiritual, de cicerone competente, y que con su imprecisa, pero reconocible, presencia reconocería tal si fuese una perspectiva en escorzo.
Comoquiera que me hospedaba en el hotel Pariz, contiguo a la Casa Municipal, monumental edifico modernista donde estaba emplazado antiguamente el palacio real, juzgué mi albergue un punto de partido más que apropiado para iniciar la real travesía. El hecho de que la explanada aneja sea conocida hoy como Plaza de la República (Republicky namestí) no lo percibí como un serio obstáculo ni una incongruencia que restara magnificencia a la marcha. Tras resolver cómodamente esta curiosidad paradójica sentado ante una mesa del elegante Café Nouveau, auxiliado por una taza de te y un jablkový strudel, me situé bajo la Torre de la Pólvora, próxima a la Casa Municipal y una de las antiguas puertas de la ciudad que siguen todavía en pie, y emprendí la marcha.
El primer tramo del Camino Real trascurre por la calle Celetná, segmento rectilíneo que ofrece inmediatamente a la vista la sorprendente casa cubista conocida como Virgen Negra, y prosigue bordeada de caserones suntuosos hasta converger en la Plaza de la Ciudad Vieja, joya urbanística de Praga y una de las plazas más bellas del mundo.

Continuará...


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