martes, 18 de enero de 2011

PARIS, ENCORE! (2)

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París está dividido, administrativamente hablando, en distritos ordenados numéricamente, según una clasificación que pocos reconocen y a casi todos confunde, sobre todo al visitante. Sin embargo, los barrios tradicionales de la villa se reconocen por sí mismos. Todos tienen una personalidad urbana propia: Île de la Cité, Trocadero, Saint-Germain-des-Prés, L´Opera, Montparnasse, le Marais, Montmartre, el Barrio Latino...
Situarse en cada una de estas áreas parisienses significa visitar ciudades distintas, aunque estén fundidas en idéntico crisol. Poseer un vestigio común les proporciona un aire de familia inconfundible. Son las caras de París. Las distancias entre los barrios parisinos (dejamos a un lado el banlieue) son, en ocasiones, muy considerables. No importa; y no estoy pensando ahora en el veloz y muy eficiente gran metropolitano de la villa. Esta ciudad, más que en distritos o en barrios, la distingo por paseos. Así son las ciudades acogedoras (y las ágiles botas): hechas para caminar. Con nuestros pasos bombeamos sus fluidas arterias y, de paso, avivamos nuestro corazón.
El verdadero soberano de París es el flâneur. Su descubridor, el paseante. Ánimo y en marcha. Hay guías y revistas muy útiles sobre París donde hallar sitios y direcciones de interés. Le informan a uno acerca de datos que desconocía, ahorrándole así algunas caminatas. No obstante, los restaurantes donde mejor he comido, las tiendas que más me han seducido y los parajes, rincones, callejuelas, pasajes, de los que guardo mejor recuerdo han sido aquellos que han venido a mí, súbitamente, en vez de ir yo a ellos, premeditadamente. Se deja uno guiar por el instinto o la inercia, por sus propios pies, y acaba comprendiendo que en el viaje las piernas son más importantes (y sabias) que la cabeza. En ruta, fíate, pues, de tus piernas, porque sobre esta materia saben más de lo que uno piensa o cree.
No sé cómo ni por qué, pero esté donde esté, ocupado en lo que me retenga o me contenga, cuando estoy en París, principalmente al atardecer, mis pasos me trasladan inevitablemente a las orillas del Sena. En particular, al brazo que rodea Île de la Cité, desde el Pont Neuf  hasta le Quai de l´Archevêché, quedando a un lado St. Michel, y, al otro, la Place de l´Hôtel de la Ville y la Place du Châtelet, entre la orilla izquierda y la orilla derecha de la ciudad. En este espacio milagroso no me veo en el centro del mundo, poque bien sé que está más al oeste, al otro lado del océano Atlántico. Pero esto no es relevante ahora. Ahora, París es lo que cuenta.
En esta época del año —París en primavera —, los árboles que circundan los muelles del Sena no han echado aún las hojas. Sus ramas despojadas parecen encenderse en un fuego gris plateado que los hace elevarse y levitar, con la ayuda de las brumas que emergen de las aguas del río. Estas imágenes no cambian y permanecen en mi mente, lejos o cerca de París. Tanto cuando las percibo como cuando las evoco en la memoria, sé que París aún existe. Sé que París persiste.

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Aunque lucha por resistir, París, en verdad, ya no es lo que era. Sin haber sufrido grandes transformaciones o renovaciones en las últimas décadas —como sí ha ocurrido, verbigracia, en Berlín—, París camina en busca del tiempo perdido, pero acaso su tiempo ya ha pasado, el tiempo de la bohemia, del esplendor y la grandiosidad. No deduzcamos de ello el ocaso de una ciudad, sino tan sólo una transición, aunque resulte muy dolorosa para la estimación nativa y la vanagloria nacional.
La ciudad que ha sido la primera urbe del orbe no se resigna al papel de villa, aunque viva y siga viviendo. Quien ha sido rey no se conforma fácilmente al rol de villano. Quienes han guillotinado a su propia reina, erigiendo en su lugar a Marianne —ciudadana agitadora a pecho abierto y a grito pelado— en emblema nacional republicano, tienen por fuerza que sufrir una crisis de identidad.
Napoleón llevó a Francia de la Revolución al Imperio, sin dejar de renunciar —al menos, en principio— a los objetivos de la Ilustración. Dos siglos más tarde, un presidente socialista de la República, con mucha voluntad de poder, y no menos carisma y caudillismo que De Gaulle, François Mitterrand, llega a constituirse en un novísimo faraón de corte posmoderna. A su manera, pretende actualizar la idea de lo que significa la grandiosidad, más allá de la grandeur perdida y siempre añorada. A continuación —rolando, rolando—, vendrán otros altos dignatarios con el mandato cívico de continuar la gesta. Mas, no será lo mismo. Porque en Francia, ciertamente, la grandeza imperial tampoco es lo que era.
Hoy la nostalgia ha asumido la dura tarea de hacer renacer la majestuosidad perdida a base de toneladas de megalomanía. Hogaño, los poetas no cantan al cementerio marino sino al cemento edificante. El encanto de París consistirá, a partir de ahora, en que no cambie demasiado ni venda el alma a los modernísimos constructores y promotores. En la villa per excellence, el todo le puede a la parte. Por tanto, arquitectónicamente hablando, competir aquí en alturas y larguras tiene escasas posibilidades de prosperar. París no es Nueva York.
Ahí está la Torre Eiffel, símbolo y tótem de la ciudad, para recordar a los parisienses hasta dónde se puede llegar... Sin embargo, a su sombra han crecido vanidosas aspiraciones. La Torre Montparnasse es un caso… De 209 metros sobre el suelo, el gigante de la rive gauche terminó de construirse en 1974, plantando cara al baluarte de Trocadero, en el otro extremo de la cité. Hiriendo de muerte, como una estocada fatal, a todo un barrio, encabezó una carrera de obstáculos arquitectónicos que ha sembrado París de extrañas especies, creciendo como setas, algunas, francamente, bastante venenosas.
Si es esto expresión del tiempo posmoderno, patrocinado en La Sorbona y los cafés de Saint-Michelle, digo yo que se le ha hecho a París un flaco favor, tanto en lo que toca al panorama urbanístico como al filosófico y cultural, en general. El amplio complejo alrededor del Arco de la Défense, otra expresión fastuosa de las llamadas «grandes obras», tiene al menos la virtud de haber sido erigido a las afueras de la ville, a distancia del Arco del Triunfo. Está en París, pero es como si no fuera París. Una especie de EuroDisney que en vez de centro de atracciones se extiende en una amplia explanada como centro de negocios, cual si fuese otra ciudad. De igual forma que ocurre con los dominios europeos de Mickey Mouse, defender hoy París exige inyectar flujo monetario a las arterias de París, a fin de que su corazón no cese de palpitar.
Ahí están, pues, los vellocinos de oro de la era deconstruccionista. Sí, pero a distancia, como quien no quiere la cosa, pero, ay, la necesita. Al norte de París florece, a su vez, el complejo futurista de la Villette, una magna combinación de parque de atracciones y metrópolis de las ciencias, que sirve de un solaz entretenimiento para todos los públicos. Bien está también, allá a lo lejos, completando la ciudad, pero sin perturbarla.
Otro proyecto más cuestionable, desde el punto de vista de las grandes edificaciones, es la nueva Biblioteca Nacional de Francia. Levantada a orillas del Sena, cerca de la estación de Austerlitz, alberga la ambición de ampliar el centro que acoja la rica colección de libros, grabados y publicaciones que hasta ahora estaba concentrada en la sede de la Rue de Richelieu. No he tenido oportunidad de consultar sus fondos editoriales ni de comprobar la presumible utilidad de los servicios que ofrece. La visita que hice al complejo se limitó a recorrer la explanada central y las instalaciones de la planta baja. La publicitada particularidad —y supuesta originalidad— de sus cuatro torres de acero y cristal en forma de libros abiertos, cubriendo los ángulos de un imaginario rectángulo enciclopédico, dejó en mi mente una impresión de decepción.
Los edificios que componen el complejo son francamente vulgares, debilitados por tanto minimalismo que se queda en tan poco. Los ventanales transparentes permiten contemplar un conjunto desordenado de presuntos anaqueles, unos al descubierto, otros cegados por pantallas o estores de color crema. Como biblioteca personal, podría estar bien, al gusto privativo de uno, al gusto de cada cual. Pero en su calidad de institución pública (¡nacional!) debería ajustarse a un criterio más popular y admitido, en lugar de alardear de producto colosal con la apariencia de ente menesteroso, todo ello muy costoso para el contribuyente. El perímetro del centro bibliotecario de París resulta a todas luces excesivo. La distancia entre las torres, sobrada, lo que aumenta la sensación de abandono y parquedad del entorno, de desolación. Los interiores son, por su parte, sombríos y fríos; los pasillos, luctuosos; los muros y las pasarelas revestidos de un metal grisáceo, tan lóbrego, que aquel que se aventura a atravesarlos revive con facilidad las sensaciones del atribulado personaje del Castillo de Kafka.
 La televisión, los vídeos, los CD-Rom y, sobre todo, internet permiten en la actualidad acceder con rapidez y comodidad a los fondos y archivos de las bibliotecas. ¿Para qué, entonces, tanto relieve, tanta grandiosidad, tanto gasto en la era digital, y, para mayor abundamiento, tan cerca del centre ville?
El conocimiento de una ciudad, su lectura, sus recorridos y paseos, la percepción de las edificaciones que la visten, precisan, ciertamente, de la cercanía, del contacto físico, de la estancia. El resto, es simulación de realidad, imposible de sustituir o suplantar. Las apariencias engañan, ¡vaya que sí! 
Antes de trasladarme a París contemplé la Biblioteca Nacional de Francia en fotos de periódicos y revistas: ¡qué interesante parecía en las publicaciones que la reproducían! Luego, que desilusión. Un caso contrario ocurre con la Pirámide de acceso al Museo del Louvre diseñada por el arquitecto I.M. Pei.
Cuando tuve noticia de la construcción del artefacto arquitectónico en el patio de Napoleón, frente al pabellón del Reloj, no pude evitar un gesto de espanto, de consternación. No podía creerme de qué insolente manera le había colocado un grano cristalino con punta de acero a las narices de este palacio renacentista que ha padecido toda clase de vicisitudes durante su turbulenta existencia, al menos hasta convertirse en museo nacional/internacional, y ha variado su faz con añadidos circunstanciales no siempre muy inspirados. Pero, fue situarme físicamente ante el apéndice y se obró el milagro.
Si París vale una misa, váyase usted a ese portento que es Notre Dame, más hermosa y seductora en su extremo posterior, es decir, vista de nalgas, aunque semeje un insecto, o su esqueleto, que de frente. Pero, con seguridad, París bien vale una visita, tan sólo sea para comprobar la maravilla del «nuevo Louvre». Para admirar cómo el talento, la ciencia y el arte se han reunido en ese combinado milagroso de pasado y futuro, funcionalidad y exquisitez, clasicismo y modernidad, que es la Pirámide del Louvre. ¿Qué puedo añadir que reemplace su contemplación? Nada más.Hay que verlo para creerlo, pero verlo en el mismo París. La belleza en la arquitectura no se reconoce a distancia.
Continuará...

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