sábado, 7 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 1




Me alojé en el hotel Metropole durante mi primer viaje a Bruselas, año 1995. En las posteriores visitas realizadas a la capital belga (y de Europa), opté por otros albergues de la ciudad que, asimismo, merecen ser reseñados; aunque sin comparación con el Metropole. Pero eso será para otra ocasión.

Siguiendo con la crónica de la presente sección destinada a glosar establecimientos hoteleros con historias que contar y en los que he tenido el gusto de haberme hospedado, cedo hoy también la palabra a escritores que han dejado interesantes testimonios sobre los mismos. 

En esta ocasión, el turno es para el viajero y escritor Manuel Leguineche, cuyo relato continuará en próximas entradas de Los viajes de Genovés


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Bruselas. Un decorado de ópera


«Al novelista Joseph Conrad, Bruselas le recordaba un sepulcro blanqueado. No sé, conocí la ciudad años antes de las delicias del Mercado Común, o de la OTAN, de la eurocracia y el euro, y tenía ese aire provinciano, de novela de Simenon, neblinosa y chorreando agua. Desde su habitación del Hotel Palace, Jo­sep Pla observó durante toda la noche a gente que pisaba por el barro. Al escritor ampurdanés Bruselas le parece una ciu­dad dominada "por un punto de tristeza bovina y espesa, pero a mí", añade, "esto me gusta". Le atraen también las brasseries, las cervecerías, que estuvieron de moda en París, "hace treinta años, hasta que desaparecieron poco a poco, no se sabe bien por qué". Pla se queda extasiado viendo a las camareras ru­bias, figuras de Memling y de Rubens, sirviendo "dobles de cerveza dorada y humeante, butifarras y jamones con coles rojas". Hasta ahí lo que era la Bruselas de la juventud de Pla, la ciudad menestral con olor agrio a cerveza. La Bruselas de la eurocracia es otra cultura.

El Hotel Metropole se constituyó por derecho propio en el corazón de los asuntos europeos. Sus dueños han realizado un esfuerzo continuo para adecuarlo a los tiempos. En un lugar así la oficina de negocios, o como rayos se pueda traducir el business centre, es esencial, lo mismo que un personal que hable idiomas. Una vez que estuve allí escuché cómo un mismo con­serje respondía en alemán, inglés, italiano, holandés y español. La bodega del restaurante tiene fama bien ganada, lo mismo que la comida, pero eso en Bruselas es algo ecuménico y, si me permiten el juego de palabras, muy poco económico.

En el Pa­lace, Josep Pla escuchaba el latido de la ciudad, la plaza aburrida. "Los cafés de delante del hotel estaban llenos y sudaban un aire espeso de color calabaza". Era el centro de la ciudad, caotizada después por la especulación inmobiliaria y la necesidad de ha­cer sitio a los funcionarios de altos sueldos, los grupos de pre­sión que llegan para trabajar en la capital belga y europea. Gambrinus, que vivió en tiempo de Carlomagno e inventó el braceado de la cerveza, y el arcángel san Miguel, el de la flamígera espada, son almas tutelares de la ciudad.

En los años en que visitaba a una querida amiga, Patricia, que era de Bruselas, íbamos a escuchar a David Brubeck, el jazzista, y a beber cerveza triple Westmaelle o marca "La muerte súbita" en el Hotel Amigo, situado detrás del ayunta­miento en la Grande Place. En 1552 era una cárcel. Los espa­ñoles que ocupaban Bélgica tradujeron la palabra flamenca vrunte (encarcelamiento) por vrivend (amigo). El hotel, cons­truido en 1905, se quedó con el nombre. Era el único que no aceptaba grupos de viajeros, de viajes organizados. A las fami­lias numerosas se les invitaba a inscribirse con nombres dis­tintos. El rechazo de las masas. Pero si hemos de pensar en un hotel que represente a Bruselas deberemos quedamos con el Metropole. Salió indemne de los bombardeos pero no de los planes de los urbanistas, que han desfibrado, desfigurado la ciudad. Lo que se construye son imitaciones del siglo XVIII. Pero el Metropole se ha salvado, lo mismo que algunos ba­rrios y cervecerías. Estaba predestinado para ser construido por un cervecero y lo fue. 

 También este hotel tiene para Bercoff las hechuras de un decorado de ópera con sus grandes espejos, sus arcadas con pilastras de mármol de Namibia, sus vitrales, sus bronces pompeyanos, sus monumentales chimeneas, sus fuentes y sus paneles ornamentales. Un escenario ideal para un cliente agradecido y famoso, Giacomo Puccini, que se sentía en el Metropole como en su casa. Fue el más importante composi­tor de ópera desde Verdi. Sus historias de amor son trágicas. La tempestuosa relación de Puccini con su esposa estalló en 1908 tras el suicidio de una sirvienta a la que Elvira, la esposa del autor de La Boheme, Madame Butterfly, Manon Lescaut o Turandot, acusó de haberse ido al catre con Giacomo. Cuando se restableció la buena fama de la suicida sus parientes lleva­ron a los Puccini a los tribunales. La publicidad que levantó el caso afectó de forma muy seria el ánimo y la capacidad de tra­bajo del compositor. Puccini murió en Bruselas



El Metropole era el hotel de los tenores como Enrico Caruso y de las primas donnas. A Bruselas venían a cantar los profesionales del bel canto, pero sobre todo los hombres de negocios. Monsieur Goffin, que allá por los años sesenta fue el director general, solía decir: "Vienen pocos turistas. ¿Qué pintan los turistas en Bruselas?". En 1957, un distinguido cliente se acercó al des­pacho de Goffin para saludarle. Se había inscrito en el hotel como profesor Walter Hallstein. Era un político alemán, uno de los padres de la Comunidad Económica Europea. Esa visi­ta hizo la fortuna del Metropole. 


"Caí en la cuenta de que iban a hacer de Bruselas", recor­dó monsieur Goffin, "la capital de la CEE [Comunidad Eco­nómica Europea], de cuya comisión el señor Hallstein sería el primer presidente. Empecé a ver el hotel lleno de delegacio­nes que venían y se iban, de secretarias atareadas, de familias de los funcionarios, de diplomáticos ... ". Hallstein les abrió a los representantes de los seis primeros países que formaban el embrión de la CEE -Italia, Francia, Gran Bretaña, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y Alemania- las puertas del Metro­pole de par en par. 
 Después llegaron los hombres de negocios interesados en saber de qué iba la organización paneuropea.

Los primeros en aparecer fueron los cerveceros para fundar, a la sombra del hotel, la Asociación de Cerveceros del Mercado Común. El Metropole fue al principio su centro de operacio­nes. Bruselas se convirtió en ciudad de congresos. El Metro­pole se poblaba de delegados y congresistas y monsieur Gof­fin hubo de poner el cartel de "No hay habitaciones". "House fuil", que dicen en Estados Unidos. La capitalidad del MCE atrajo a congresistas de Estados Unidos, enviados de la indus­tria, de la banca, de los negocios agrícolas, deseosos estos últi­mos de conocer el rumbo de la política agraria europea. A partir de 1962 desembarcaron los nipones. 

Desde entonces no han dejado de viajar a Bruselas. El se­ñor Goffin se vio obligado a 
contratar camareros japoneses.

Continuará...

Albert Eisntein, entre otros colegas, en el Metropole, 1927


2 comentarios:

  1. He pasado muchas veces por la puerta de este hotel. Desde ahora lo veré con otros ojos.

    Un abrazo.

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  2. Y aunque no te hospedas en el hotel, Arturo, no dejes de entrar en el hall, visitar los salones y tomar una copa el bar. Es uno de los más fastuosos que he visto jamás. En un próximo post sobre el Metropole de Bruselas nos detendremos en ese hermoso lugar.

    Saludos y buenos viajes

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