martes, 17 de enero de 2012

EN EL HOTEL METROPOLE (BRUSELAS). 2


«TELEFONISTAS 

 Uno de los periodos más electrizantes que vivió el Metropole coincidió con las negociaciones para la entrada del Reino Unido en el Mercado Común. La masiva llegada de los fun­cionarios británicos puso a prueba la estructura del albergue en un aspecto que muchas veces se olvida, el de las comunica­ciones. La batería de telefonistas del Metropole debía mostrar rapidez en su trabajo, dominio perfecto del inglés y una pa­ciencia ejemplar. Las primeras reuniones del día de un direc­tor de hotel incluían a los ayudantes, con los que discutía los aspectos administrativos, la relación con los empleados, las quejas internas y externas. Por el despacho pasaban los fonta­neros, los carpinteros, los técnicos, la brigada de manteni­miento del hotel, el jefe de la bodega, los valets de chambre, la jefa de las gobernantas, el encargado de las relaciones públi­cas, el jefe de cocina con el menú y los precios. 

Pero con la llegada de la delegación británica las comunicaciones entre el Metropole y las islas pasaron a un primer plano. Necesitarían 150 habitaciones, 70 de ellas para oficinas. Monsieur Goffin debía alojar a los funcionarios, pero lograr al mismo tiempo que su contacto con Londres fuera veloz. Llegaron para unas semanas y algunos de ellos se quedaron dieciocho meses. El jefe de la delegación era el futuro primer ministro, el músico Edward Heath, obligado a pastorear a los empleados de di­versos ministerios, no sólo de Exteriores, sino del Tesoro, del Comercio, de Agricultura, de la Commonwealth. 

Los cuatro telefonistas del hotel se convirtieron de la no­che a la mañana en la clave del arco de las negociaciones. El diario Daily Telegraph recogió sus nombres. "Sin ellos", aña­dió, "esto hubiera sido un caos". De las cinco líneas telefóni­cas que Richard de Ro había conocido, cuando llegó al hotel en 1918 a los catorce años, pasaron a treinta líneas. Richard recibía ahora unas 12.000 llamadas diarias desde el exterior tan sólo para las negociaciones. Richard de Ro era el maestro de la clavija: sin su arte y técnica la OTAN, por ejemplo, hubie­ra tardado un poco más en llegar. Richard, que trató en su tra­bajo con el general Eisenhower, Rockefeller, Henry Ford o con el ex rey Humberto de Italia, entre otros, había hablado ya con todas las capitales del mundo, excepto con Pekín. 



Du­rante aquellos afanosos días los telefonistas recibían todo tipo de llamadas, un turista norteamericano que pedía un autógra­fo del señor Heath, una agobiada secretaria que rogaba por caridad, visto que comunicaba el servicio de habitaciones, que le pidieran para su jefe unos bocadillos y una cerveza, una fe­liz esposa y madre que deseaba comunicar a su marido, fun­cionario de Whitehall, el Ministerio de Exteriores británico, el nacimiento de su hijo. 

Dos virtudes que cabe esperar de los telefonistas de hotel son la paciencia y el tacto. Cuántas horas perdidas a la espera del enlace telefónico con Madrid para enviar la crónica, la en­vidia que te producía el hecho de que los colegas franceses, ingleses o norteamericanos lograran comunicar siempre antes que tú. Me he pasado días enteros de mi vida a la vera de los/las telefonistas. Cuando la visita del papa Juan Pablo II a Estambul pedí una conferencia con Madrid un lunes. Era miércoles y moría el sol sobre el Cuerno de Oro cuando la te­lefonista llamó a mi habitación. "Su conferencia con Madrid, señor". 

Hemos tenido que camelar a las telefonistas, regalar­les ramos de flores, tratadas como reinas (en general se lo me­recen) para que nuestros papeles pudieran llegar a tiempo a la redacción. Es una relación tan intensa que durante la revolu­ción contra el sah de Irán uno de nuestros compañeros, italia­no y enviado especial de una revista terminó por casarse con la telefonista del hotel. Era una joven muy hermosa y nuestro colega se sentía solo. De las habitaciones de los hoteles llega­ba la cacofonía de voces dictando. "Teherán, de nuestro en­viado especial. El ayatolá Jomeini, jota de jamón, o de Oviedo, m de mamón, e de España, i de idiota, n de nariz, i de Italia ... " El final de la crónica transmitida en tan proteicas condiciones provocaba en nosotros un efecto catártico. Te enamorabas de la telefonista, te dabas al vino y la cerveza (siempre que no im­perara la ley seca, claro está). Puedes cambiar de religión, pe­ro no de hotel, de taberna, y el vino y la cerveza siguen siendo los mismos. 

 
En el Metropole, el hotel de los cerveceros Vielemans, se vivieron meses de tensión: el esquema económico del mun­do dependía en cierta medida de la entrada o no de Gran Bre­taña en el Mercado Común. Europa era demasiado grande para, estar unida pero demasiado pequeña para seguir dividi­da. Ese era su doble destino. Los belgas, que tienen el apetito de los alemanes, la seriedad de los ingleses y el espíritu de los franceses, se debaten hoy en una crisis de identidad que tiene que ver con el acentuado cisma entre valones y flamencos y los escándalos de pedofilia, de corruptelas, entre otros sínto­mas. Los belgas trabajaron duro para que la GB entrara en el Mercado Común, pero las conversaciones se interrumpieron con el portazo francés. "El Metropole", escribe Fischauer, "parecía el cuartel general de un ejército en retirada. Pero Edward Heath se negaba, animoso, a reconocer la derrota. 
Para enero todo el circo británico había desaparecido del Me­tropole. Lo hizo con nostalgia y agradecimiento". "Espero que vuelvan", dijo con humor Richard de Ro, el jefe de los te­lefonistas, "y espero también que elijan otro sitio". 
En sus orígenes, el hotel fue un banco que los "Wiele­mans ampliaron poco a poco hasta convertido en un granítico edificio que en 1930, cuando monsieur Goffin trabajaba co­mo chef de reception, era ya el tercer establecimiento de Bruse­las después del Astoria y el Palace. Al llegar la guerra, los ejér­citos nazis requisaron y ocuparon el Metropole. Esta película ya la habíamos visto. El obeso y exhibicionista mariscal Goe­ring hizo que durante sus estancias cerraran el Metropole a la clientela civil. La liberación llegó el 3 de septiembre de 1944, domingo. Entraban las tropas inglesas. Esa misma tarde Gof­fin hablaba con el último oficial nazi que abandonaba el hotel. "Me voy", se despidió, "los ingleses estarán aquí dentro de un cuarto de hora". Calculó bien. Tardaron veinte minutos. Los primeros en entrar fueron los periodistas británicos, que acompañaban a las columnas motorizadas. En el libro de fir­mas aparece la última de un jerarca nazi y después el saludo al Metropole de un corresponsal británico. 

El rey Leopoldo de los belgas se había negado a unirse al gobierno en el exilio en Londres. Se declaró "prisionero de los alemanes" en su palacio de Laeken. Después se instaló en el sur de Francia con su esposa morganática (dícese de la boda de una persona de estirpe real con otra de rango inferior). En 1950 volvió a su país. No era nada popular, al contrario. Se esperaban manifestaciones y quién sabe si la agitación popu­lar. Pero desde el punto de vista oficial había que dade la bienvenida. El Metropole, con monsieur Goffin a la cabeza, fue el encargado de organizar la recepción, que incluyó truite au bleu y jambon en croute. Después, el ex rey visitó con fre­cuencia el hotel. 
El Metropole era, como el resto, un hotel de tránsito, uno de esos hoteles que se parecen a los aeropuertos. Mientras que en Viena, París o Londres el tiempo de ocupación de un cuarto era de cuatro, cinco o seis días, en Bruselas era de día y medio. Un visita de médico. Llegar, negociar, comprar o vender ya casita otra vez.» 

Continuará... 

Manuel Leguineche, Hotel Nirvana. La vuelta a Europa por los hoteles míticos y sus historias.


En la próxima entrada, y última, dedicada al Metropole de Bruselas, nos detendremos en el café del hotel. Un establecimiento de encantamientos al que ya dediqué un espacio en la crónica Bruselas, sola e isola.


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