jueves, 2 de febrero de 2012

EN EL HOTEL AMERICAN DE ÁMSTERDAM



«A partir de 1933, Klaus Mann, el hijo mayor de Thomas Mann, ha creado en Amsterdam Die Sammlung, una revista de la emigración. El hotel American, que es hoy un monumento art déco, se convierte en su puerto de atraque. Pasa en él más de cinco meses al año. En Das Wendepunkt, evoca a todos aquellos con quienes, en la terraza del hotel, bebía oude genever, y con quienes “saboreaba apetitosos taquitos de queso holandés o un arenque fresco”: Spender, Isherwood y Wystan Auden, que, al casarse con Erika Mann, su hermana, su cómplice, su paredros, acaba de ofrecerle la nacionalidad inglesa.

Observa que a la mayoría de ellos los han matado, o se han suicidado: Ernst Taller en Nueva York en 1939; Joseph Roth, matándose «poco a poco a fuerza de beber, en medio de sus colegas y admiradores; Odon von Horwath, “guillotinado en París por un pacífico árbol” un día de temporal en 1938, en los Campos Elíseos, poco después de haberle dicho: “No les tengo mucho miedo a los nazis [...], tengo miedo a la calle. Las calles pueden hacerte daño, las calles pueden destruirte. Las calles me dan miedo”. 

Y Kurt Tucholsky, quien puso fin a sus días en 1933, en Suecia, “no sin antes haber expresado su desesperación de otras formas”... y René Crevel, a quien Klaus Mann amó, y que se reunía con él en Ámsterdam, sólo "o en compañía de una elegante suramericana que se permitía por esa época". "La llama de su mirada amplia, abierta, violenta, no conocía ni compromiso, ni compasión". Crevel se suicidó en 1935. Klaus Mann en 1949.»

Natalie de Saint Phalle, Hoteles literarios. Viajes alrededor de la Tierra, Alfaguara, Madrid, 1994, pág. 34.



Leyendo la crónica de Saint Phalle a propósito de crónicas literarias relacionadas con el hotel American en Ámsterdam (Holanda), da la impresión de que a este albergue le acompaña un halo de fatalidad y de muerte. Me he hospedado dos veces en el American, los años 1992 y 2005. Y he salido vivo de la experiencia, aunque de milagro. En verdad, no es el lugar apropiado para ponerse uno enfermo y que los servicios del hotel te atiendan como es debido. No entraré en más detalles, porque uno es un tanto hipocondríaco y aprensivo, y, sobre todo, porque es éste un blog de viajes y no sobre temas de salud.

El edificio art decó que acoge al American es imponente, magnífico. Al menos en el aspecto exterior. El interior, las habitaciones y el servicio... dejan bastante que desear.






Capítulo aparte es el American Café, en la planta baja del hotel. Un espacio evocador, hermosamente decorado y, en este caso sí, con un personal que te atiende de modo muy competente. 






En la sección 4 de la entrada de Los viajes de Genovés dedicada a Ámsterdam, escribo sobre los buenos momentos que he pasado en el American Café. Allí remito al lector.

Te recomiendo, viajero, no perderte una visita a este bar sin par. No dejes de probar el strudel de manzana que sirve la casa. En cuanto a hospedarse en el hotel, pues, francamente, hay otros mejores en Ámsterdam, de los que hablaré más adelante en este sitio.



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