viernes, 18 de mayo de 2012

FILÓSOFOS VIAJEROS


La literatura nació a bordo de una nave y escribió su travesía en un primer diario de viaje: la Odisea. Desde entonces no ha parado, y la constancia de sus andanzas nos ha ido dando el indicio de las inquietudes del alma humana, sea descendiendo a los infiernos con el Dante, aventurándonos por la ruta de Don Quijote, sea persiguiendo la ballena blanca contagiados por el delirio teológico del capitán Ahab.

A veces, tras siglos de correrías, la imaginación literaria se toma un respiro. Reposa su cuerpo cansado sobre una confortable butaca, mas no por ello se detiene ni deja de concebir «historias». Se trata tan sólo de un estacionamiento transitorio en una posada de postas, el tiempo suficiente para hacerse más burgués y poder así inventar la novela moderna, descubrir la ciudadanía y los derechos de autor.

El trayecto literario penetra así en los laberintos del corazón humano, o del cerebro, según domine la tendencia romántica o especulativa en el escritor, recreando, como James Joyce, un nuevo Ulises, en viajes de veinticuatro horas alrededor de sí mismo, o proustianas ensoñaciones En busca del tiempo perdido. Pero esa es otra historia…

La filosofía, como la literatura, invita también a transitar. Su origen se localiza en las colonias de las costas griegas de Jonia, cruce de caminos entre Oriente y Occidente, ciudades de navegantes y comerciantes. Por el mismo tiempo, en el siglo VII a. C., Tales caminaba por Mileto con los sentidos puestos en el cielo por ver de desentrañar los enigmas del cosmos; con perseverancia tan racionalista que podía hacerle trastabillar, como alguna burlona convecina le advirtió, al no percibir un inoportuno socavón u obstáculo en el camino. 

Mientras tanto, Buda, después de quedar deslumbrado por el karma, emprende ruta hacia la India para predicar su doctrina. Lao Tsé, lo hace hacia China. Zaratustra, quien no le queda a la zaga, elige el camino de Persia para dirigir los pasos hacia las montañas de la sabiduría, donde, según la voluntad de poder de Friedrich Nietzsche para poner en su boca palabras divinas, sentenció:

«Y una cosa sé aún: me encuentro ahora ante mi última cumbre y ante aquello que durante más largo tiempo me ha sido ahorrado. ¡Ay, mi más duro camino es el que tengo que subir! ¡Ay, he comenzado mi viaje más solitario!» (F. Nietzsche, Así habló Zaratustra).

La filosofía comporta un itinerario, físico o intelectual, simultáneo casi siempre. En esta ocasión me voy a ocupar en particular de seguir los pasos a unos pocos filósofos, en quienes la ruta del pensamiento ha supuesto un recorrido personal por la esfera terrestre, en los que el sentido de sus ideas se percibe siguiendo la dirección de sus andadas. 

Ciertamente, sabemos desde Aristóteles que toda filosofía incorpora una búsqueda en su quehacer, pues, es, por excelencia, el saber que se busca. Esa persecución de la entraña de la vida nos transporta al conocimiento, que es auténtico des-cubrimiento.

Hay un trasfondo explorador y benignamente colonizador en toda aventura filosófica que le lleva al más allá de lo inmediato y contiguo, manifestándose de múltiples formas y por variados senderos. Sólo con el esfuerzo de la mente pudo proyectarse el Discurso del método, con el que procurarse verdad y certeza en el conocimiento, sin levantarse apenas de la cama, como fue la hazaña de René Descartes, o desplegar la cumplida Fenomenología del Espíritu, sin salir de los muros universitarios, como hizo Georg Wilhelm FriedrichHegel, o esbozar Idea de una historia universal en sentido cosmopolita, al tiempo que redactar tres críticas de la razón que cambiaron el mundo del pensamiento, y no abandonar el gabinete de trabajo, como aconteció con Inmanuel Kant.

Existen, pues, filósofos de cuna, hogareños, de espacio íntimo y ámbito circunscrito. Y también encontramos filósofos de casta errática, vocación excéntrica, errabundos que sólo se sienten a sus anchas en los generosos márgenes de un ámbito expandido. En unos casos, estos designios les vienen más impuestos que deseados, y en otros, dicha circunstancia puede interpretarse a modo de una declaración de principios, e incluso de una genuina declaración de independencia. 

Sea como fuere, de lo que no cabe duda es que sus particulares destinos no se identifican por la denominación de origen sino por la movilidad de dirección y remitente.

No es ocioso referirse aquí y ahora a Walter Benjamin. El escritor berlinés es una viva muestra ambulante de lo que denomino «filósofos erráticos» (como también lo fueron Jean-Jacques Rousseau, Friedrich Nietzsche, José Ortega y Gasset o George Santayana, por citar algunos casos más), es decir, personajes seleccionados por la circunstancia perceptible de haber producido su obra filosófica en un ámbito extendido, por carecer, o no haber sabido, podido o querido apropiarse, de un ámbito estable en su trabajo. Y si de carencias hablamos, no sería demasiado temerario, ni imprudente, aludir a la significativa ausencia en los citados autores de una «obra filosófica» en el sentido estricto en que se le asigna a lo compuesto de la A á la Z, al opus magnum de signo sistemático y cuajado.

El ámbito de los filósofos erráticos, como también lo fueron Erasmo de Rotterdam y Juan Luis Vives, ha sido un ámbito dinámico, un deambular por el orbe, que les hace merecedores del título de «vagamundos», viandantes sin parada fija o de mísera fonda, distintivos de una identidad transeúnte, de protagonistas menesterosos, huérfanos de un vivir reposado. Erráticas biografías, inestables aposentos y tensas estancias sin esperanza de asiento se convocan en una existencia responsable de un carácter y un estilo de escritura, en fondo y en forma, muy acompasados a su ritmo vital.

El ámbito fragmentario, desequilibrado y a veces hostil imprime tal sentido al devenir que lo hace inseparable de sus ideas y palabras, que nos informan de un sentimiento despejado y receptivo, una visión del mundo cosmopolita, una orientación planetaria.



Reproduzco aquí buena parte del capítulo 8 (Parte IV. «El ámbito expandido: erráticos y vagamundos»), del libro del que soy autor, Saber del ámbito. Sobre dominios y esferas en el orbe de la filosofía, Síntesis, Madrid 2001, págs. 189-193. He introducido algunas variaciones para la presente edición.

2 comentarios:

  1. Muy interesante, Fernando. Llevo algún tiempo fascinado por la intersección de viajes y literatura, y me parece magnífico incorporar la filosofía. Viajes, literatura y filosofía. Es casi una descripción de la vida buena.

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  2. Gracias, Arturo, por tu amable comentario. En realidad, en este blog procuro reunir viajes, literatura y filosofía con más o menos fortuna. Y en esa tarea seguimos mientras el cuerpo aguante. Y sí, en efecto, de la «buena vida» se trata.

    Un abrazo

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