martes, 8 de febrero de 2011

BASILEA, CIUDAD DE LAS FUENTES


Corre el mes de junio del año 1580 cuando Michel de Montaigne inicia un viaje por Europa. Desde su castillo, en la comarca del Périgeux, próxima a Burdeos. El itinerario cubre Francia, Alemania, Suiza e Italia, y le ocupa diecisiete meses. Habiendo abandonado las obligaciones públicas hace casi diez años, escribe en la torre-biblioteca ese libro a través del yo y sus circunstancias que conocemos con el nombre de Ensayos. Igual que una araña que teje la tela, en esta obra ejemplar autor y producto se enredan entre sí, sin llegar por ello a enzarzarse, sólo a envolverse en un mismo destino. A esta labor dedica buena parte de su tiempo tan libre.
Pero, ahora ha llegado la hora de tomarse un descanso, de ponerse en movimiento... Montaigne sale de la torre y emprende un largo viaje, antes de la hora del largo viaje. Sube al caballo y enfila el camino, más que nada por el gusto de viajar, por placer, y de paso para tratarse el «mal de piedra», dolencia que le aqueja desde hacía años.  Cabalgando, afirma, las molestias físicas disminuyen. Las impresiones de la marcha y las estancias en ruta han quedado anotadas en un cuaderno de viajero, el Diario del viaje a Italia a través de Suiza y Alemania de Michel de Montaigne, cuya primera etapa la redacta su secretario.
A comienzos de octubre, Montaigne arriba a la ciudad de Basilea (en francés Bâle, pero que en aquellos tiempos denominaban Basle). La bitácora recoge unos breves apuntes acerca de las costumbres de las gentes del lugar, de los colores del cuadro urbano que descubre el ensayista. En uno de ellos leemos lo siguiente:

«Tienen una infinita abundancia de fuentes en toda esta región; no hay pueblo ni encrucijada en donde no las haya, y muy hermosas. Dicen que en Basilea hay, contadas, más de trescientas.»

La percepción más poderosa y viva de esta ciudad que ha quedado grabada en mi mente coincide, punto por punto, con la citada estampa. Las fuentes de Basilea. Como Montaigne, también reparé en esta circunstancia, aunque no puedo confirmar el número de fuentes que realzan la villa con su fluir refrescante, porque no las conté. Sí estoy en condiciones de afirmar que su abundancia es muy cierta, y su atractivo muy notable. Bien es verdad que las ciudades de Suiza no están faltas de fuentes, ni constituyen en Basilea el rasgo más peculiar del entorno. Aun así, todas las que contemplé me parecieron también muy hermosas. Añadiría, incluso, que son las más graciosas y distinguidas que haya visto y… oído jamás en ningún otro sitio.
Esta ciudad suiza fronteriza ha crecido enormemente a lo largo de los tiempos, hasta convertirse en una moderna urbe industrial, en un centro financiero y comercial de primer orden en Europa. Todavía hoy, este canto del viejo continente acoge una gema, rica y libre, que da brillo a un estado del espíritu. La hallamos en el casco antiguo, recoleto y hermoso, apenas descompuesto o dañado por el peregrino moderno, el turista con botas, en aluvión, en manada. En este núcleo apaciguado puede uno pasear y escuchar sus propios pasos, incluso en pleno día, concentrado tan sólo en el fluir del caño y el rumor de la fontana. Fuentes hay en Basilea de todos los tamaños y colores, desde sencillas pilas hasta aparatosos estanques, como la Fasnachtsbrunnen (Fuente de Carnaval), construida por el juguetón escultor y diseñador Jean Tinguely, en la que figuras metálicas giran y brincan al son del agua.
También son dignos de ver y oír los molinos de agua en Basilea, utilizados antaño en la fabricación de papel, y que hogaño siguen volteando en la entraña del barrio más antiguo de la ciudad, alrededor de St. Alban-Tal. En el extremo de la calle, monta guardia St. Alban-Tor, puerta principal erigida en el siglo XIII, junto a lo que queda de las antiguas fortificaciones, que en estos días resguardan a estas callejuelas decorosas del bullicio de la gran ciudad. Sólo unos metros las separan del rugido de las amplias arterias y avenidas que anuncian el discurrir frenético de la Basilea moderna, allí donde ya son necesarios los semáforos, custodios desconocidos en la vieja Basilea protegida por su propia guardia.
Dejas atrás las grandes vías, te adentras en este barrio milagroso y encuentras un oasis de paz donde reinan la fronda y el manantial. Sientes, de repente, recuperar el tiempo pasado y la memoria dormida. En este dominio los artesanos fabricaban el papel que alimentaba las imprentas de Basilea, algunas de las cuales, bajo los auspicios del famoso editor Juan Froben, dieron a la luz obras inmortales. Por ejemplo, muchas de las escritas por Erasmo de Rótterdam, uno de los ilustres residentes de la villa fontanal.
En St. Alban-Grabe y St. Alban-Tal están localizados los museos más sobresalientes de la ciudad: el espléndido Kunstmuseum, el Antikenmuseum, el Museum für Gegenwartskunst (Museo de Arte Contemporáneo), el Basler Papiermühle (el Museo del Papel), el Karikatur & Cartoon Museum (Museo de Caricaturas y Dibujos Animados). St- Alban-Tal, calle primorosa y plena de riquezas, desemboca en el Rin.
El Rin es el gran canal de Basilea, el río que limita fronteras, la francesa al oeste y la alemana al este, dividiendo la villa en dos secciones, Grossebasel  —o Gran Basilea— y Kleinbasel —o pequeña Basilea— comunicados entre sí por escasos puentes, la verdad, y bastante alejados unos de los otros. En este punto del cauce, el Rin es río navegable, con un caudal anchuroso y vertiginoso, poderoso argumento que, sin embargo, no disuade a audaces nadadores a tomar allí las aguas en las calurosas noches de verano (o más que a nadar, a dejarse simplemente arrastrar por la fuerza impetuosa de la corriente). No sólo las aguas profundas y los rápidos del Rin concitan el interés de los basilenses y visitantes. Las orillas del río, lugar más protegido y seguro que la rabiosa cuenca, se convierten en esta época estival en una fiesta, en un centro de reunión ciudadano, de paseo y asueto comunitario, que atrae a propios y a extraños hacia las carpas flotantes en las que grupos musicales amenizan las calurosas veladas del verano basilense.
En un lado del Mittlerebrüche, junto a las terrazas animadas del hotel Merian am Rhein, a través del Oberer Rheinweg, veo concentrarse a los aficionados a los sonidos pop y jazzísticos. En el otro extremo, más al norte, en el Unterer Rheinweg, a los que gustan de sones clásicos o folclóricos. Unos y otros, en el calor de la noche celebran estar en compañía bajo la luz de la luna. Muchos disfrutan de la vida milagrosamente suspendidos en las pendientes resbaladizas de las márgenes del río, que no llegan a ser tribunas ni escalones, y se me antojan, más bien, toboganes que, más tarde o más temprano, arrastran a parte del público amante del malabarismo hasta el río, de cuyo percance yo me río. 

Los acentos y los timbres de las voces que escucho a alrededor mío recuerdan que estamos cerca del territorio alemán. Pero no en él. Confirma el hecho la escasez de puestos expendedores de salchichas, imposible de no reparar en ellos por la vista o el olfato. También la moderada ingesta de cerveza que saciaba a los concurrentes, así como el menú que pendía de las terrazas de los restaurantes, rico en pescados y vinos. Y es que aquí estamos, en efecto, a un paso de Alemania, pero también de Francia. ¿Corrientes compensatorias entre culturas? No sé, porque para corrientes ya tiene uno bastante en este punto con el curso del río, con los rápidos del Rin. El caso es que Basilea es Basilea, y eso no es que sea bastante, ni resulta redundante decirlo. Se trata de una constatación profunda. Tan profunda como el Rin.
A unos centenares de metros de este lugar, estamos ya en territorio francés o alemán, a elegir. Muchos habitantes de la villa, atraídos por los precios más bajos de las mercancías en ambos países vecinos, ante la presión de la calidad de vida suiza, realizan las compras al otro lado de la frontera. La ida casi siempre merece la pena, ahorran y aprovechan el traslado, pero nunca olvidan el camino de vuelta.
El aeropuerto de Basilea (Euro-Airport, que comparte su titularidad con Mulhouse y Friburgo) está situado en territorio francés, en el término de Brisgau, a 8 kilómetros al norte de la ciudad. Aeródromo de reducidas dimensiones, sus vías de salida, a diferencia de la mayoría de aeropuertos, no conducen a distintas zonas de la ciudad que lo acoge, sino a los diferentes países —Francia, Alemania o Suiza— que lo rodean. Todo esto en muy pocos metros cuadrados. Basilea cruce de caminos, tan nutrida de fronteras, de ninguna manera evoca una ciudad fronteriza o limítrofe, a esas áreas impersonales y de trasiego marginal, espacios de perfil transitorio, fugitivo o precario.
Una vez en Basilea, lo que más recuerda Basilea es a Basilea. No hay confusión alguna. He aquí una peculiaridad que no sólo poseen los lugares selectos, sino que, en propiedad, tienen todos aquellos que han encontrado su lugar. Por algo son lugares únicos, incomparables.
A Basilea acude un día Erasmo de Rótterdam en busca de paz y neutralidad. Aquí fija su residencia, huyendo de las controversias reformadoras y las querellas universitarias. En ese momento, en este lugar, sienta un precedente, una seña de identidad que consolida una tradición de largo futuro. Elige esta plaza para escribir y editar gran parte de su obra, en un noble gesto que honra a la ciudad. Semejante fidelidad llegó hasta el punto de exhalar su último aliento en este nicho de Europa. Si alcanzar la paz perpetua es el morir, la larga sombra de la muerte de Erasmo marca el sendero más neutral que imaginarse pueda, aquel que todo lo neutraliza e iguala, pues no hace distingos ni defiende banderías.
Erasmo resiste los reclamos de emperadores y reyes de la época, las bravuconadas y desafíos de Martin Lutero. Ignora, mientras puede, los mediocres pulsos con los que los académicos le desafían. En Basilea, en este Innisfree suizo, busca paz nuestro hombre tranquilo. Pero, su salud débil y quebradiza no resiste el llamado último, fechado en 1536. Aquí descansan los restos de un cuerpo frágil, necesitado en vida de sólidas pellizas de cuello de armiño para entrar en calor. El cuerpo endeble, como una caña que piensa, acogió un espíritu de gigante, un cuerpo que recorre gran parte de la Europa geográfica levantando la Europa espiritual. Este cuerpo diplomático, de doctrina, hace su última parada en Basilea. Un epitafio en la Münster, la antigua catedral, nos lo recuerda. Vale la pena visitar el templo, y su amplio entorno con vistas, aunque sólo sea para rendir homenaje al gran humanista que hizo mucho por hacer de esta ciudad la ciudad del humanismo.
Detengámonos en esta localización por un momento. Seguimos en la orilla izquierda del río. La Catedral de Basilea no es Basílica, pero sí construcción monumental y muy notable, por mérito artístico y relevancia histórica. De estilo románico, salta a la vista que es un edificio majestuoso y elevado, de un color también muy subido, por la arenisca roja con la que fue construida. Este rasgo cromático le otorga un carácter poco común, especialmente para quienes estamos acostumbrados al románico hispano, de grises ascéticos. No obstante, la fachada, de elevadas torres góticas, me evoca la basílica de Santiago de Compostela, comparación que a más de un historiador del arte alarmará, por poco ortodoxa y poco católica…
En mi defensa argüiré que sobre cuestiones de evocación y espiritualidad mejor es dejar el alma libre. No por casualidad anduvo Erasmo de Rótterdam y de Basilea instruyendo tolerancia e indulgencia por estos pagos, permaneciendo muy viva su enseñanza. La Münsterplatz situada enfrente, extendida a un lado del templo, constituye un plácida y mansa explanada bordeada por edificios austeros pero elegantes. La serenidad que aquí se respira contrasta con la Pfalz, terraza y mirador frente al Rin, de espaldas a la Catedral, frecuentada por un público que por alguna extraña razón anteponen la popa al frontal. Tampoco faltan miembros de tribus urbanas que escogen tan venerable lugar para inconfesables rituales.
Tomando Münsterberg, llegamos a la Freiestrasse, calle principal de largo trazado, peatonal en su mayor parte, donde se yerguen valiosos palacios e imprescindibles comercios, cafés y restaurantes que hacen muy grato el paseo hasta conquistar la Marktplatz. Centro indiscutible de la villa, es un bullicioso mercado de flores, frutas y verduras por las mañanas, plaza aplacada por las tardes y lugar muy solitario por las noches. 

Como quiera que sea, en la plaza del mercado domina el espacio el admirable Ayuntamiento (Rathaus), monumental edificio del gótico tardío de fachada colorada, mostrando lustrosos ventanales y luciendo frescos de gran calidad y frescura. Acoge, igualmente, un valioso reloj del siglo XVI, sin cuco pero con mucha gracia. El conjunto resulta, majestuoso, impresionante. El patio interior, del mismo color intenso que el de la fachada, está custodiado en un lado por una estatua de quien dice ser (no él mismo, que no habla, sino la tradición y la historia) el fundador de la ciudad, Munatius Plancus su nombre. La frescura de los murales, con gráciles personajes, delata recientes restauraciones.
Durante los días que permanezco en Basilea, busco sin descanso algún rastro de la estancia en la ciudad del joven Friedrich Nietzsche, más prolongada que la mía, pero también más frustrante e ingrata, según su propio testimonio. Fue una estadía prácticamente circunscrita a las clases en la Universidad y a discusiones (académicas/personales) con los colegas, quienes siempre le miraron con displicencia y desconfianza, inconfesable envidia y de reojo, como miran siempre los resentidos. Tal vez porque abandonó pronto este lugar, no dejó aquí muchas huellas. Aun así, y acaso a su pesar, el recuerdo del pensador perdura en la ciudad. Vi carteles anunciando la inmediata inauguración de una exposición titulada, justamente, Nietzsche in Basel, rememoraba el periodo 1869-1879 de la vida del filósofo (su episodio en Basilea), auspiciada ¡por la Universidad! y la Öffentliche Bibliotek.
El cartel oficial reproduce el perfil de Nietzsche y de un basilisco con el escudo de la ciudad en el lomo, ambos mirándose fijamente, como retándose. El animal parece tener la intención de atizar con el pico al filósofo, quien se mantiene firme, aunque no petrificado. He aquí un duelo de miradas entre dos monstruos que no se podían ni ver, condenados un breve tiempo a encontrarse, aunque no tengan por ello que entenderse.
La Alte Universitat, centro de la zozobra del filósofo, está ubicada en el primer tramo de la Rheinsprung, callejuela estrecha que aloja importantes construcciones. Arranca en las inmediaciones del Mittlere Brücke y llega hasta la Catedral. Su lado posterior lleva directamente al río con un discreto patio con arcadas, y es en la actualidad escenario de exposiciones de fotografía, artes plásticas y de actos culturales diversos.
A pesar de estos duelos, uno de los mayores consuelos y satisfacciones de Nietzsche durante sus años en Basilea los encuentra en las asiduas visitas que hace a Richard Wagner, en la villa que el músico poseía en Tribschen muy cerca de Lucerna, residencia veraniega del maestro desde el año 1866 hasta 1872. El maduro músico vio en el joven profesor a un prometedor y aventajado talento, presumible teorizador de sus doctrinas musicales y estéticas. En mutua correspondencia, el joven profesor, aún romántico y todavía en proceso de transformarse en filósofo ermitaño, estaba tan fascinado con la música del maestro —encarnación de Dionisos— como cautivado por Cósima, mujer de Wagner —Ariadna a la vista miope de los ojos enfermos de Friedrich—.
Francamente, yo me encontraba muy a gusto en Basilea, pero el periplo suizo tenía que continuar. Aunque no pretendía emular las excursiones de Nietzsche, ni había ningún Wagner que me recibiera en Lucerna, el caso es que me dispuse a iniciar la segunda etapa de mi viaje por Suiza.

Continuará…

2 comentarios:

  1. Estupenda crónica, Fernando. Me encanta que tomes como punto de partida los Ensayos de Montaigne. Qué obra tan inmensa De vez en cuando la cojo y leo (y subrayo profusamente) algunas páginas. Una maravilla.

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  2. Gracias, Arturo, por tu amable comentario. Además, no sabes lo que me alegra tu referencia a Montaigne. Bueno, en realidad, sí lo sabrás. Como lector de los Ensayos, entiendes perfectamente el significado de la alegría.

    Los Ensayos constituyen uno de mis libros de cabecera. Para mayor abundamiento en el tema, Montaigne es pieza central de mi tesis doctoral. Pero, esa es otra historia...

    Así pues, a Montaigne lo tengo siempre presente: «No hago nada sin alegría.» (Ensayos, II, X). A propósito de la crónica sobre Basilea, el homenaje lo quise hacer explícito.

    Ya digo, una gozada conocer a otro miembro del club montaniano.

    Saludos.

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