viernes, 4 de febrero de 2011

TRES CIUDADES SUIZAS

Verano del año 2000. Emprendo un corto viaje por tres ciudades suizas: Basilea, Lucerna y Zúrich. Llego, pues, a un espacio centroeuropeo que más que nación —o Estado-nación— es un conjunto de cantones, de comunas, una ordenación territorial compuesta de grandes montañas, lagos y valles, envolviendo todo ello a pequeños núcleos urbanos. El continente solapa el contenido. Aun en esta vaguedad y vastedad, percibo aquí uno de los símbolos de Europa que todavía se tienen en pie. Aquí residieron —se refugiaron— Carlomagno y Erasmo, también Voltaire, Wagner y Nietzsche, aquí se guarecieron de la tormenta hombres sin tierra firme, como Thomas Mann o Stefan Zweig. Entre otros muchos. Hoy, Suiza, selecciona la inmigración con escrúpulo y pulso de relojero.
En este pedazo de materia rocosa, pero, a la vez, espiritual e insustancial, tan etérea como lo puedan ser los fondos dinerarios depositados en bancos milagrosos. En esta caja fuerte de fantasía donde buscan acomodo y abrigo fortunas anónimas y ahorros piadosos (porque fuera de este país hace mucho más frío fiscal que dentro de él). En este país de neutralidad inveterada, pero con tradición de exportador de armas y de ejércitos mercenarios distribuidos por doquier, en todos los tiempos. En este protectorado sin metrópolis al que rendir tributo por medio de transferencias bancarias e ingresos en efectivo. En este Estado soberano, resguardado en las oquedades de un queso Emmental, blindado ante las virtuales tempestades que llegan del exterior a fuerza de voluntad, aires de montaña y fondue.
 
En este regazo de paz, sólo alterado por la repentina irrupción del cuco saliendo de la tripa de un reloj musical que da las horas. En este corazón de Europa que da calabazas a la Unión Europea. En esta patria concentrada, que no rehúsa participar en el concierto de la naciones, pero que al no ser nación —ni pretenderlo, en un continente, ay, ávido de nacionalismos— tampoco aspira a un sillón en la ONU.

En este cruce de caminos, en fin, con forma de cruz blanca sobre fondo rojo creo ver un rastro de Europa que deseo seguir.
Más que nada, por ver, si entre tanto ahorro y fondo de reservas, algo ha quedado de nuestro viejo continente. Esta huella persigo, y no en los sótanos de los grandes bancos, sino en la superficie urbana, allí donde pueda respirar aire puro. Me interesan, por encima de todo, las ciudades que conforman Suiza, las cuales quizá me confirmen cómo es posible la unidad en la diversidad.
Este viaje por tres ciudades suizas, parte de Basilea/Basel, esa encrucijada de fronteras que, formando un triángulo mágico, queda circundado por Francia, Alemania y la misma Suiza, otro triángulo geográfico no menos asombroso. Por este carácter simbólico —y estratégico— tomé Basilea como base. Quiero decir, como punto de partida del itinerario helvético, en una elección que, según podremos comprobar, no fue equivocada. La excursión continúa en Lucerna/Luzern, corazón de un corazón, sueño de una ficción de verano, custodiada por Wilden Mann, un «hombre salvaje» mitológico con pinta de Lucifer, aunque no lo es. Finalmente, cerraba el triangulo del periplo en Zúrich/Zürich, capital del reino y reino del capital, aunque, en rigor, no sea ninguna de las dos cosas.
En este ser que no es, en este prodigio ontológico conocido con el nombre de Suiza, buscaba yo el pasado, el presente y el futuro de Europa.

Continuará...

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