domingo, 15 de noviembre de 2015

MICHEL DE MONTAIGNE EN CAMINO


«Corría el mes de junio del año 1580 cuando Michel de Montaigne, dejando tras de sí su castillo, en la comarca del Périgeux, próximo a Burdeos, inicia un viaje por Europa. El itinerario cubre Francia, Alemania, Suiza e Italia, y le ocupa diecisiete meses. Habiendo abandonado las obligaciones públicas hacía casi diez años, escribía en la torre-biblioteca ese libro a través del yo y sus circunstancias que conocemos con el nombre de Ensayos. Igual que una araña teje la tela, en esta obra ejemplar, autor y producto se enredan entre sí, sin llegar por ello a enzarzarse, sólo a envolverse en un mismo destino. A esta labor dedica buena parte de su tiempo tan libre.

Pero, había llegado la hora de tomarse un descanso, de ponerse en movimiento… Montaigne sale de la torre y emprende un largo viaje, antes de que llegue la hora del largo viaje. Sube al caballo y enfila el camino, más que nada por el gusto de viajar, por placer, y de paso para tratarse el «mal de piedra», dolencia que le aquejó durante gran parte de su vida. Cabalgando, según afirma, las molestias físicas disminuían. 

Las impresiones de la marcha y las estancias en ruta han quedado anotadas en un cuaderno de viajero, el Diario del viaje a Italia a través de Suiza y Alemania de Michel de Montaigne, cuya primera etapa la redacta su secretario y acaso también, escudero.


A comienzos de octubre, Montaigne arriba a la ciudad de Basilea (en francés Bâle, pero que en aquellos tiempos denominaban Basle). La bitácora recoge unos breves apuntes acerca de las costumbres de las gentes del lugar, de los colores del cuadro urbano que descubre el ensayista. En uno de ellos leemos lo siguiente:

«Tienen una infinita abundancia de fuentes en toda esta región; no hay pueblo ni encrucijada en donde no las haya, y muy hermosas. Dicen que en Basilea hay, contadas, más de trescientas.»

La percepción más poderosa y viva de esta ciudad que ha quedado grabada en mi mente coincide, punto por punto, con la citada estampa. Las fuentes de Basilea. […]

»Ahora bien, lo realmente excitante de estos recorridos por rutas angostas no es tanto admirar lo que uno espera cuanto descubrir lo que irrumpe de modo imprevisto, nos sorprende y conmueve.

Es el caso que en la Via Madama me topé de pronto con la huella de un viejo amigo que se me adelantó unos cuantos siglos en su visita a Ferrara. Una placa a la entrada de una residencia de jesuitas daba fe de que allí en noviembre de 1580 se hospedó durante su visita a la ciudad Monsieur Michel de Montaigne. Penetré en los amplios jardines, donde el silencio presidia el recinto y las rosas perfumaban el ambiente.


A la vuelta de mi viaje por el norte de Italia, volví a leer el diario del filósofo que daba cuenta del suyo, en el que hacía constar el goce que experimentó al contemplar «en los jesuatos [sic], una planta de rosal que da flores todos los meses del año». Acaso hablaba de rosas muy semejantes sobre las que ahora yo me inclinaba, para olerlas mejor.»


Fragmentos de mi libro El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).

viernes, 17 de julio de 2015

LISBOA, EL AZUL DEL AZULEJO


En Lisboa, corazón de Portugal, no hay salida, porque es un vacío perfecto. Por un lado, está el azul de las aguas del río Tajo. Por otro, espejea el azul del azulejo, que fabrican los artesanos del lugar, y donde ve reflejada el lisboeta su mirada blue. En lo alto, dominando el espacio, reina el límpido azul del cielo. Acaso como reflejo a su vez del mismo azulejo, ya vislumbró con agudeza el gran escritor y caminante Henry David Thoreau: «El azulejo carga el cielo en la espalda.»

Lisboa es el sitio ideal para perderse en un vacío perfecto entre azules, pero donde uno corre el riesgo de dejarse, como tributo, un fragmento del alma. Y no tanto por mor de un sueño inmortal cuanto por la aspiración propia de hacerse el vacío…

Fragmento de «Lisboa, vacío perfecto entre azules». Capítulo IV de El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).

lunes, 6 de julio de 2015

NUEVA YORK, UNA CIUDAD VIVIENDO AL LÍMITE


«Hay, cierto es, fervor y agresividad, desvelo y ansiedad, en una ciudad que no duerme, ni se agota, que no cede a las presiones y agresiones de todo orden. La vitalidad y la energía que evidencia le vienen de sus propias premuras y sus mismos apremios. La violencia no debería medirse en Nueva York sólo por el número de agresiones y altercados contra las personas y bienes allí contabilizados (en EEUU, y el resto del mundo, hay ciudades mucho más inseguras), puesto que deviene de su misma esencia.

Violencia hay en hacer levantar un rascacielos junto a una delicada casita estilo tudor, y milagroso que puedan convivir como buenos vecinos. Es la violencia de construir una catedral de un gótico pétreo y florido rodeada por torres de acero y cristal, las cuales no hacen las veces de almenas ni campanarios, aunque diríase que sí la protegen, cuando en cualquier otra ciudad podrían fácilmente devorarla. No deja de ser una forma de violencia el demoler el bello palacio que acogía el primitivo (y no por ello menos modernista) hotel Waldorf Astoria, para edificar en el solar que deja nada menos que el Empire State Building. He aquí una feraz violencia urbanística insertada en una agresividad urbana. Tal vez por este motivo estén tan habituados los neoyorquinos a vivir en plena tensión, al límite, en plena reconstrucción.»



Fragmento de «Nueva York, ‘on my mind’». Capítulo I de El alma de las ciudades. Relatos de viajes y estancias (Amazon-Kindle, 2015).