viernes, 16 de septiembre de 2011

EL VIAJE DE ARTEMIDORO




Luciano Cánfora, El viaje de Artemidoro. Vida y aventuras de un gran explorador de la antigüedad, traducción de Alejandro Pradera, La Esfera de los Libros, 2011, 352 páginas


Aunque la trama de este asunto pueda evocar aventuras novelescas, libros de viajes e indagaciones detectivescas, debe advertirse que nos hallamos ante un riguroso y meticuloso trabajo de investigación, de interés preferente para estudiosos y lectores familiarizados con la historiografía, la geografía y las lenguas clásicas.

Luciano Canfora,  (Bari, 1942), filólogo clásico e historiador italiano, es profesor en la Universidad de Bari y colaborador habitual del Corriere della Sera. Entre sus numerosos libros, traducidos a varios idiomas, cabe destacar: Storia della letteratura greca, Noi e gli antichi, Il papiro di Dongo, Explorar la libertad: el mito que ha fracasado, Ma come fa ad essere un papiro di Artemidoro (en colaboración con Luciano Bossina), Il papiro di Artemidoro, La storia falsa, y los recientes La biblioteca desaparecida, La natura del potere y La prima marcia su Roma.

A las dificultades y carencias propias de los trabajos y los días del historiador (del paleontólogo, del lingüista, del arqueólogo) en la tarea de exploración y pesquisa de datos, se unen, más veces de las deseadas, obstáculos extraordinarios, características de un informe policial o de un acta notarial. De la obra de muchos autores del pasado tenemos noticia por vía indirecta, por referencias de otros autores que los citan o a ellos remiten la fuente de determinada noticia, y cuyos textos sí son conocidos. Sucede asimismo que quienes se valen de dichas fuentes, no siempre lo atestiguan convenientemente, o lo confiesan. Para mayor escarnio, tampoco faltan casos de documentos plagiados y aun de textos falsarios, tenidos por originales, cuando son, por el contrario, meras falsificaciones.

Circunstancias de esta naturaleza convergen en el extraño caso de la opera magna y del «papiro» de Artemidoro de Éfeso, «aquel notable efesio entre el final del siglo II y el siglo I a.C.» (pág. 22). De ambos aspectos trata el ensayo El viaje de Artemidoro, firmado por el prolífico investigador italiano Luciano Canfora, recogidos, respectivamente, en la secciones «Artemidoro, el geógrafo y sus viajes» y «El viaje de Simonidis: la investigación».

 Se le reconoce a Artemidoro la autoría de cerca de once volúmenes dedicados a describir las tierras bañadas por el «mar interior», el Mediterráneo. Sin embargo, no ha quedado muestra material de opus tan notable. Ha sido por medio, principalmente, de Estrabón y Marciano, que sabemos de sus andanzas y exploraciones: la salida de su Grecia natal, la estancia en Roma y el regreso a tierra de Oriente. Artemidoro de Éfeso: «Un hombre que, como hemos visto, tuvo que ver directamente con el poder romano, y que también, viajando, “descubrió Occidente”, pero que sigue siendo, para la cultura y la realidad ciudadana y sagrada a la que pertenece, esencialmente un hombre del Oriente griego.» (pág. 165).

Por si fuera poco este aspecto enigmático de la obra de Artemidoro, cabe añadirle un nuevo elemento, todavía más sorprendente. Hace un par de décadas fue encontrado un manojo de viejos papiros que sirvieron a finales del siglo I para confeccionar una máscara funeraria. En ellos, entre otros temas, se da noticia de la primitiva Iberia, por medio de descripciones geográficas e incluso de un mapa de la península. Pronto la reliquia bibliográfica fue atribuida a Artemidoro de Éfeso, pasando a ser denominada «el pápiro de Artemidoro». Pues bien, más recientemente aún han surgido serias dudas sobre dicha atribución. La sospecha recae sobre Constantinos Simonidis, conocido falsificador griego de documentos históricos que vivió en el siglo XIX.

La historiografía, el arte y la ciencia de la reconstrucción del pasado, suele ser comparada a menudo con los oficios del recopilador, del apicultor, del coleccionista, cuando no del médico forense. No es infrecuente tampoco que los estudios históricos adopten la traza de una investigación detectivesca y hasta de una intervención fedataria. Ocurre que quienes, ejerciendo su profesión, rastrean pistas, acumulan piezas y fragmentos, archivan y documentan información dormida en la noche de los tiempos, necesitan certificar que todo el material que localizan y descubren tiene, por decirlo así, la necesaria denominación de origen que permita darla a conocer, legítimamente, a la comunidad científica, y, posteriormente, al gran público.

Ensayo denso y muy interesante no sólo para los investigadores de la Antigüedad, sino para aquellos que buscan en los viajes clásicos un trasfondo mitológico o histórico.


Reseña publicada por Ariodante en


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