lunes, 1 de agosto de 2011

VIAJES DESDE OCCIDENTE (2). VALORES Y CIVILIZACIÓN



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El encuentro de culturas, el intercambio, la cooperación, la negociación, el pacto, el contrato, los tratados y el compromiso son todas ellas pautas de conducta muy comunes y familiares en Occidente, en absoluto regaladas o inscritas en un fantasioso código genético-cultural, sino que ha habido que construir con mucho tiempo y gran esfuerzo. La historia misma de Occidente ha constituido una transición desde la barbarie a la civilización (Cfr. Norbert Elias, El proceso de civilización). La preocupación ahora consiste en no retroceder a la barbarie, por influencia interna o externa.
Precisamente porque ha conocido lo peor de la humanidad —el fanatismo, las guerras de religión y civiles, el despotismo, la intolerancia, la explotación, el holocausto—, y porque es consciente de ello, la cultura occidental está capacitada para reconocer el horror y la servidumbre, y enfrentarse a ellos con autoridad y legitimidad. Porque teme su regreso, su amenaza, sus consecuencias prácticas, porque ha aprendido la lección y ha interiorizado el nunca más, por todos estos motivos, Occidente necesita protegerse de la insidia y la regresión, del odio y la reacción, el resentimiento y la involución.
Los valores occidentales han probado a lo largo del tiempo su superioridad económica, ética y política frente a las demás culturas. Este hecho los hace ser exportables y cabalmente universalizables. A este propósito, Samuel P. Huntington hace esta interesante matización: «la civilización occidental es valiosa, no porque sea universal, sino porque es única.» Las culturas del resto del mundo no pueden decir lo mismo, y es el caso fenomenal que en realidad no lo dicen, ni lo piensan siquiera. Todo lo más se ha registrado de ellas expansionismo y conquista, pero no genuino universalismo, que es rasgo propiamente occidental. 


En riqueza, bienestar material, igualdad y justicia, en el pleno desarrollo de la individualidad, en el respeto a los derechos humanos, en  los valores de libertad y dignidad de las personas, en máxima perfección de ordenamiento político, como es la democracia, no hay ningún otro modo de vida que ofrezca mejores alternativas ni mejor balance que el occidental. No hablo de superioridad total, sino de superioridad económica, moral y política.
No dudaré en ver en los saris, con los  que se cubren las mujeres hindúes, una de las muestras de elegancia y belleza en el vestir más exquisitas del mundo; en reconocer que servirse de palillos para comer, como es costumbre pueblos asiáticos, en lugar de cubiertos o de los simples dedos (de las manos) es muestra de más alta civilización; en apreciar en la religiosidad oriental las formas de suma elevación en la espiritualidad; en descubrir en África los mejores sonidos que puedan escucharse en la Tierra; en encontrar en las grabados y estampas japonesas sensaciones incomparables en la experiencia estética; en recibir de los versos y cuentos árabes intensas expresiones de sensualidad, como jamás haya encontrado en otro lugar de la literatura universal.


 De hecho, en las grandes ciudades de América y Europa no es una quimera el ver cómo se obra el milagro del sincretismo cultural y de la civilización universal realizando un simple recorrido por restaurantes, tiendas, puestos callejeros, museos, librerías y espectáculos que contienen y expresan lo mejor y lo más variado del mundo. Y todo ello sin tener que sentirse culpabilizados por vivir en una forma de vida que permite eso y más. Por ejemplo, viajar por el mundo para ver las cosas de cerca



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