lunes, 11 de julio de 2011

CIUDADES A LA DESCUBIERTA


 La verdad de algunas ciudades se encuentra no tanto en lo que muestran cuanto en lo que ocultan. No constato aquí un portento o un hecho extraordinario, sino más bien un hecho fáctico bastante regular y simple. Una circunstancia, en fin, que no puede considerarse patrimonio nacional ni atributo de un presunto «carácter nacional».
Descubrimos esta peripecia en el acto de viajar, al entrar en contacto con las ciudades. También en el trato con las personas que en ellas habitan. Hay urbes que diríanse transparentes , que abren  —simbólicamente o no— sus puertas y ventanas en señal de bienvenida al forastero, que se dicen acogedoras porque resulta muy cómodo y sencillo compenetrar con ellas. Viven de cara al exterior; un proceder éste que suele traducirse en una forma de ser y vivir que comporta cierta desvergüenza, y a veces no pocas dosis de vulgaridad, la verdad sea dicha. 

City Eyes is a project from 2008 by DUS Architects

Cuando remembramos ciudades de este tenor, pensamos, en primer lugar, en Italia, y en su cumbre o sitial mayor, Roma. También en Nápoles. En el resto de Europa, no dejo de pensar en Ámsterdam. En España, destacan Madrid, Sevilla y Valencia. En EEUU, claro, no hay nada comparable a Nueva York, en luminiscencia y en fuerza gravitatoria, en transparencia y penetrabilidad.


Y hay, por otra parte, ciudades opacas, veladas. Tras visitar ciudades como Múnich, Viena, Milán, Londres, Praga o Zúrich, sin olvidar Palermo, uno, tras explorarlos y observarlos, no sabe muy bien cómo tomarlas... Percibe que algo, o mejor mucho, se le ha escapado de lo allí visto y oído, que una parte de la realidad le ha sido hurtada del entendimiento. Como si la ciudad jugase escondite con el visitante. Como si le mostrara facetas de su fisonomía y personalidad sólo con el fin de despistar; lo que implica una maniobra de distracción más que de seducción. Como si se engalanara y maquillara para aparentar ser otra cosa, distinta de lo que es (lo que significa sentirse observada, sin que ello le disguste, aunque tampoco le complazca). ¡Vaya usted a saber…! ¡Vaya uno a una ciudad, para volver desconociendo casi todo de ella!
He aquí una característica de lugares —también de individuos— reservados y desconfiados, reservados y recelosos, pero también (o precisamente por ello) arrogantes e imperiosos, poseídos de sí mismos, porque temen ser conquistados por otros. En general, todas las ciudades de este género guardan algún secreto poderoso, un arcano, una vergüenza, un sueño o un tesoro, que no exhiben, que protegen, que mantienen velado. Pero, sobre todo, tienen siempre mucho pasado detrás. Un pesado pasado.
Las ciudades «fortificadas», como son éstas de la que hablo, fueron fuertes algún día, si bien en el momento presente carecen de una puerta principal de acceso. Son ciudades circulares, a las que hay que rodear muchas veces para buscar un sitio preciso por el que colarse. Hay que sitiarlas y tomarlas a toque de corneta o de trompeta, como dicen que aconteció en Jericó. Saber conquistarlas, seducirlas con música, igual que uno descubre el secreto del encantador de serpientes. En su interior abundan los pasajes, las callejas, los recovecos, los tragaderos y los callejones sin salida; de ellos sólo salimos cuando alguna garganta profunda nos susurra una confidencia o una revelación que nos oriente o comunica una dirección hacia la que orientarse y salvar el tipo.


Para continuar el viaje...


Pasajeros/lectores con destino España, diríjanse a la puerta de embarque nº 1.

Para destinos internacionales, puerta de embarque nº 2.


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