lunes, 20 de junio de 2011

EL «NO LUGAR»


René Magritte, L' introuvable, 1964

Diríase que el español de nuestro tiempo, siguiendo en parte el patrón de conducta del hombre contemporáneo común, prefiere —en vez de ubicarse— descolocarse o estar ilocalizado, más que nada para dimitir de sí mismo. Prefiere el anonimato a la identificación, el perfil a la personalidad, llegando a persuadirse de que los nombres propios son tan inútiles como las fórmulas protocolarias. Actúa, en fin, como si nada alrededor pasara o le afectara, como si habitara en un «no lugar» (Marc Augé).
Maneras corrientes de sortear la propia circunstancia o destino son el evadirse y el abandonarse en grupos anónimos que viajan y navegan sin rumbo fijo. Como el turista o el internauta compulsivo. El tsunami que arrasa las islas de coral en los Mares del Sur no altera las vacaciones del más arrojado turista, porque él se encuentra en un «no lugar». La opinión pública se construye con mensajes cortos y titulares de informativos televisivos que literalmente vuelan sobre nuestras cabezas, vía satélite o vía wifi. La necesidad de comunicación queda colmada con un chat a través del Messenger [hoy diríamos Facebook o Twitter], sin papeles y bajo seudónimo. En plena «sociedad de la comunicación», uno se siente poderoso ante la pantalla del ordenador persuadido de abrazarlo todo, porque, según cree, «todo está en Internet». O sea, en cualquier sitio y en ninguno al mismo tiempo.
«A partir de ahora, el hombre tiene lugar sin que el lugar pueda pretender ejercer sobre él la más mínima influencia». Esto escribe Alain Finkielkraut en La humanidad perdida. Ensayo sobre el siglo XX. Para el filósofo francés, compañero de generación de Bernard Henry-Levi y André Glucksmann, a la hora de hacer balance del siglo pasado, dos iconos cobran especial relevancia significativa, hasta el punto de convertirse en retratos de una era fluctuante; justamente, el turista y el cibernauta.
Lamentablemente, la era de la globalización y la tecnificación de las sociedades no ha consagrado la plasmación de un hombre más libre y más universalista, sino, todo lo más, la de un ser «angélico —afirma Finkielkraut—, ajeno como los ángeles a las penalidades de la vida en la Tierra y al orden de la encarnación, dotado como ellos del don de la ubicuidad y del de la ingravidez».
El no-pensamiento vigente en nuestros días patrocina un mundo sin fronteras, pero no por estar persuadido de las bondades del libre tránsito de personas y bienes, sino porque así cree construir, literalmente hablando, la utopía. En este punto convergen, curiosamente, los nacionalistas y los a-nacionales. El nacionalista anhela vivir en un paraíso perdido, en una patria que, realmente, no existe. El a-nacional es capaz de vivir donde sea y le da igual vivir en un «no lugar», en una ciudad sin nombre, en régimen de propiedad o alquiler, en un edificio en restauración, en un centro comercial, en el hotel de una cadena internacional, en un aeropuerto, o en una nación bajo la piqueta.
Mas, avive el seso y despierte, el ente angélico y quien esté en el limbo. Nadie vive en lugar de otros ni en un «no lugar». Quien crea tal cosa, tan sólo transita, sin rumbo ni destino. No hay verdadera travesía ni viaje sin un Ítaca.

René Magritte, Infinite-Gratitude, 1963


El presente artículo fue publicado en el suplemento IDEAS del diario Libertad Digital, con el título «Vivir en un “no lugar”», el día 25 de enero de 2005. Ofrezco aquí una versión corregida y reducida del mismo.


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