viernes, 6 de mayo de 2011

MUNICH, ¡QUÉ BÁVARO! (1)


1
El centro de Múnich está definido por un anillo, que es el señor de las rondas, el Ring. Una circunvalación custodiada por sendas puertas que uno acomete con la esperanza de que lleguen a convertirse en bocas de la verdad, hablándonos de lo que acoge en su interior: sea el portón de Isartor, al sudeste, o el de Karlstor, en el lado opuesto. ¿Por dónde comenzar la andada muniquesa? Tal vez lo mejor sea comenzar por el principio.
El origen de la ciudad de Múnich se encuentra próximo a la Isartorplatz, como ésta lo está del río Isar. A través de la Zweibrückenstrasse accedemos al Ludwigsbrücke, el puente de una antigua discordia que dio lugar a Múnich. En 1158, Enrique el León decide sustituir el puente, entonces propiedad del obispo de Friburgo, por uno de su entera propiedad. La pasarela de la Iglesia pasó, entonces, a ser Salztrasse, o ruta de la sal, un cambio que le reportó fama, fortuna y futuro. Estos sucesos extraordinarios sucedieron bajo la mirada atenta de los monjes (münchen) benedictinos que allí residían desde antaño. Ellos dieron el beneplácito, el nombre y el bautismo urbano a Múnich, lo que supuso, a la vez, una fáctica confirmación. Los buenos frailes bautizaron la villa con cerveza bendita.
Los monjes bávaros ya sabían por entonces amoldarse bastante bien a las circunstancias. Demostraron similar maestría al producir la brava cerveza local, sabroso brebaje que con el transcurrir de los años constituirá una de las enseñas de la villa y jarra. Un siglo antes, en la actual Freising, los monjes benedictinos del monasterio de Weihenstephan habían recibido la autorización arzobispal para hacer cerveza. Poco después, entraba en funcionamiento la primera fábrica del mundo de este líquido espumoso que alimenta el alma bávara e inflama las cabezas categóricas y los estómagos rotundos de sus habitantes.
Esta región cuenta con el mayor número de cervecerías del mundo, y los muniqueses, los muy bávaros, presumen de ser los mayores consumidores de cerveza que existen y han existido jamás. Todo esto se lo toman como algo natural, con un saludable orgullo que no se les sube a la cabeza. Es más, toman como un halago recibir semejante cumplimiento. Y no es que sean modestos. Son, simplemente, buenos bebedores.
Los benefactores monjes no sólo dieron nombre a la ciudad. Además le proporcionaron alegría líquida por los siglos de los siglos, así como sus propias denominaciones que han otorgado desde entonces categoría de origen a gran número de marcas de cerveza: Paulaner, Franziskaner, Augustiner, etcétera.
Las cervecerías de Múnich proporcionan diversión y dan chispa a sus hombres y mujeres, pues aquí, unos y otras, beben y viven con igual holgura. A la menor ocasión, los muniqueses montan centros de reunión, sea en terrazas al aire libre, sea en antros y salones de grandes proporciones, y algunos hasta de varios pisos (como la Hofbraühaus), donde ofician el festival de la cerveza. Allí celebran, en efecto, fiestas diarias y festividades extraordinarias, como la Octoberfest, la gran fiesta bávara que santifican cada año en septiembre, no en octubre, como el rótulo podría dar a entender la leyenda. No deberíamos denominar banquetes a estas celebraciones, ya que de coloquio o de simposio, al estilo griego clásico, tienen poco. Los festejos cerveceros bávaros constituyen francas francachelas, bulliciosas congregaciones de oficiantes postrados ante largas mesas comunitarias de madera, los rostros encendidos, levantando al cielo con gran devoción tremendos cálices de líquido milagroso, entonando sin descanso épicos himnos a la alegría.
Hay cervezas de todas las clases, fuertes y menos fuertes, amargas y menos amargas, recias y menos recias. Algunas llegan a hacerse muy corpóreas y nutritivas, merced al prodigio del sacramento de la pagana cena, renovada a diario. Se las conoce como pan líquido. Esta clase de cerveza fuerte (starkbier) empezaron a producirla en el siglo XVII los monjes de Paulaner con el fin de hacer más llevadera la Cuaresma. Bendecido el fruto del paraíso por las autoridades eclesiásticas, todavía celebran hoy sus descendientes el Festival de la Cerveza Fuerte, durante las tres semanas que preceden a la Pascua. El resultado, con todo, no debe llamar a error. A la divina poción la llaman pan líquido, pero no se bebe sola, a secas, diríamos: el pan tierno, sólido, de trigo, de horno, el de verdad, las rosquillas saladas (pretsels), las salchichas de todos los colores y sabores, las coles, los codillos de cerdo y tantos otros frutos de la tierra regada con el sudor del trabajo, surten y decoran primorosamente, y por muy poco tiempo, las mesas colmadas de sabrosos relieves como elevadas mesetas donde reina el dios Baco.
Generan tanto ardor (estomacal y anímico) las cervecerías de Múnich que en algunas ocasiones enervan tanto los espíritus, que los clientes dan un puñetazo sobre la mesa, y hasta un putsch. En 1923, Adolf Hitler, hastiado de tanta República de Weimar y de tanta debilidad impropia de un ario, como demostraban los alemanes de entonces, al mando de sus huestes, toma posesión de la taberna Bürgerbraükeller. En tan singular parlamento, quita la palabra a los diletantes políticos que allí platicaban a gusto y proclama un nuevo gobierno nacional, con sede en Munich. Su discurso inflamado incendió pronto toda Alemania y, poco después, el orbe entero.
Con anterioridad, el guía del nazismo ya había ensayado sus dotes de orador frenético y espumajoso al fundar un partido regeneracionista en la «catedral de la cerveza», la Hofbraühaus, en 1920. Espacio también ideal para organizar broncos mítines, sobre las cabezas de los concurrentes volaban más las sillas y las jarras de cerveza que las ideas. La asonada no llegó a triunfar, finalmente. Al menos, todavía. Hitler, Ludendorff, Göering, Streicher y otros dirigentes nazis fueron detenidos y alojados en la prisión de Landsberg. Allí, el Führer,  elevado sobre la colina de la patria, sintiendo fuerte inspiración, dicta las palabras del Mein Kampf a su secretario. Y las palabras de odio se hicieron hechos odiosos…
Desde ese instante, en Alemania y Baviera, las cosas han cambiado una barbaridad. Pero, todavía hoy, al pasar ante una cervecería muniquesa, es difícil reprimir un leve espasmo en el estómago. Y no, precisamente, por tener hambre o sed de cochinillo y cerveza.
Continuará...

4 comentarios:

  1. ¡Hola! Estuvimos a puntito de entrar en la autopista a Munich desde Salzburgo porque no había quien se aclarase con las señalizaciones... al final descubrimos que Aldstat, o algo así, significa "centro ciudad" y conseguimos dar la vuelta a tiempo.... hemos visitado parte de Alemania (Füsen, el Mosela, el Rin entre Coblenza y Maguncia, Heidelberg, la Selva Negra...) y coincido con mucho de lo que publicas. No solo son grandes consumidores de cerveza, sino que lo hacen a cualuqier hora del día y de la noche y acompañado siempre de algo de comida. No paran ni de comer ni de beber. Y son grandes consumidores de ¡¡¡HELADOS!!!, y también, pese a lo raro que pueda parecer, grandes y buenos productores y consumidores de vino.... El Riesling alemán de St.Goar es uno de los mejores vinos que he probado nunca.
    Munich puede ser un próximo destino. Retomaré entonces esta lectura.
    Gracias. AlmaLeonor

    ResponderEliminar
  2. Bienvenida, AlmaLeonor, a Los Viajes de Genovés. Y gracias a ti por tu comentario.

    Además del gusto por la cerveza, hay otros elementos en Munich dignos de destacar. Hablaré de ellos en la continuación de esta crónica, dividida en tres partes. La que ahora ofrezco es la primera de ellas. ¡Atención, entonces, a esta señalización! No vayas a pasar de largo aquí también...

    Tomo nota de la referencia del vino que citas.

    Saludos viajeros.

    ResponderEliminar
  3. ¡Qué tres días más cerveceros me tiré en Munich en Mayo pasado!
    Creo que de la ingente cantidad de cerveza que libé en esta ciudad he pagado una penitencia de ejercicio extra. Pero valió la pena. Una ciudad divertidísima donde las haya, o al menos nosotros lo pasamos genial-
    Un abrazote.

    ResponderEliminar
  4. El ejercicio físico, amigo Anro, se hace en la misma visita a la ciudad combinado con la ingesta de cerveza. Pues, ciudad tan hermosa obliga a "patearla" de cabo a rabo, y así, pasito a pasito, vamos quemando energías.

    Pero, en fin, también a ti te digo que en Munich no todo es cerveza. También hay otras cosas allí de sabor amargo. Lo veremos pronto.

    Saludos y buenos viajes

    ResponderEliminar