miércoles, 23 de febrero de 2011

LA ELEGANCIA FEMENINA DE ZURICH


A media mañana, llego a la estación de ferrocarril de Zúrich. Pocas horas antes había salido de Lucerna en un tren de cercanías con dirección a Zúrich, porque aquí la larga distancia te saca fuera de sus fronteras. Fue un tranquilo trayecto. No mentían los pasquines pegados sobre el cristal de la ventana del vagón en el que me instalé, calificado de «compartimiento silencioso» («quiet area»). Estaba viajando por Suiza, por una línea férrea, aunque no en un convoy de la Cruz Roja. Esto, sencillamente, es Suiza.
Me desplazo de inmediato al hotel Wellenberg, donde ya tenían dispuesta la habitación reservada días antes. La cámara ocupa una amplia sección del altillo abuhardillado del establecimiento y todo está en orden. Buen presagio: puntualidad, limpieza y eficacia suizas.
El tiempo, sin embargo, sigue siendo muy caluroso. Aunque no puedo culpar a nadie de este hecho (Piove: porco governo), el espléndido ático lo evidencia y aun diría que lo intensifica. Telefoneo a la recepción y le hago notar que ha habido un error: me han instalado en la sauna del hotel, no en una habitación doble, como había solicitado. La recepcionista entiende la ironía y, diligente ella, la acoge con amabilidad. Lo cual no impide que exprese su sorpresa por escuchar que alguien lamente los efectos del «buen tiempo» en este verano generoso en Zúrich, como pocos han podido disfrutar anteriormente los habitantes y visitante de esta ciudad próxima a los Alpes. En resumen, me confirma lo que ya me temía: el hotel no dispone de aire acondicionado.
En Suiza, ya lo sabía…, el frío es cosa a temer, no a invocar. No obstante, apelo a mi condición de oriundo mediterráneo venido del calor e insisto en el tema. Finalmente, la empleada me asegura que el asunto tiene remedio y se arreglará, no faltaría más. Al volver por la noche a la habitación, observo un ventilador liliputiense —de la familia de los que se fijan en el salpicadero de los vehículos, frente al rostro del conductor— presidiendo la mesilla de noche. Me conmuevo. ¿Quién puede decir que no es un pequeño… detalle? Bien intencionado, además. Lo acepté agradecido. ¡Qué remedio!
Sofocado por el calor reinante y aturdido ante la improbable perspectiva de no poder mitigarlo, empiezo a concebir una teoría física y una metafísica del lugar. Barrunto la idea de que los elementos en Suiza tienden hacia lo pequeño y breve, empezando por el territorio mismo y acabando por las piezas que mueven los engranajes de un reloj de leyenda Made in Switzerland. Pienso también en las famosas navajas que, simulando diminutos pulpos, extienden un sinnúmero de tentáculos a diestro y siniestro, que los comercios locales publicitan como la caja de herramientas más pequeña del mundo. La teoría, meramente especulativa, sobre la sustancia suiza no alcanza a los habitantes del lugar. Los ciudadanos helvéticos lucen una alzada respetable, especialmente las mujeres. En ellas fijé más mi atención, no sé porqué será. Será por el calor reinante.
Zúrich es la ciudad más poblada de Suiza. De mediana extensión y población, en lo referente a metros cuadrados y censo, se sale de lo corriente en este país. No estamos, bien lo sabemos, en una aldea alpina ni en un poblado rural, sino, simplemente, ante una ciudad a escala humana, con unos resultados muy equilibrados. Bastante equilibrados están también los dos sectores en que puede dividirse (territorialmente hablando) la ciudad. Ambos ocupan las orillas, occidental y oriental, del río Limago (Limmat, en alemán), recorriéndola de cabo a rabo (el rabo llega hasta el gran lago, el Zúrich-See). Pero, dejemos, por el momento, de lado el lago.
Zúrich no es Lucerna. Aquí mandan la urbe y el ciudadano, no los lagos, ni los ríos, ni las montañas. El río Limago sirve de eje o columna sobre la que se vertebra, armónicamente, la villa, desembocando en otro río, el Aar, que es su morir. Los elegantes edificios que adornan las orillas a ambos lados, atraen mi interés por la riqueza y variedad de estilos que ostentan: renacentista, barroco, flamenco, presumiendo de fachadas con tejados escalonados y gabletes. Un escenario de fantasía. No son construcciones descomunales ni desproporcionadas, cada una conserva su carácter y se mantiene sólidamente en su lugar. Unas asomándose directamente sobre las aguas; otras, separadas entre sí por angostas galerías o por anchas aceras.
Un buen plan de ruta para visitar Zúrich sería éste: situarse en el Münster-Brücke y dividir mentalmente la ciudad en dos secciones, la orilla izquierda y la orilla derecha, a nuestra espalda, queda el lago, ya lo veré, que no va a escaparse. Óptese por iniciar el recorrido desde la orilla que nos venga más a mano. Tampoco, vamos a perdernos en esta ciudad tan racional. La simetría urbanística de Zúrich no es geométrica, sino aritmética, una suma de partes, cada una distinta, cada una, única. Mientras medito sobre qué vía tomar primero, siento el peso de la mirada de dos monumentos, impacientes por ser visitados.
En el lado oriental, la Grossmünster, la Catedral, gótica y compacta. No muy convincente, la verdad. Sus torres elevadas seccionan el templo sin sucesión de continuidad. Rematadas en forma de cúpula, semejan ordenarse, desordenadamente, según un presunto modelo de altillos adicionales. Un edificio muy restaurado y añadiría también que muy… masculino. En uno de los costados, está la puerta de Zwinglio. Aquí predicó el buen hombre el verbo reformador. En el otro costado, emerge la maciza estatua de Carlomagno. Ambos personajes lucen espléndidas espadas y similar afán de poder.

En el lado occidental, marca distancias la Fraumünster, mucho más elegante y discreta que la vecina Gross, femenina, al fin, con su alto tacón de aguja invertido reinando sobre la ciudad. La iglesia estuvo tutelada por abadesas con mandato autónomo hasta la llegada de los líderes de la Reforma, quienes llegaron a ejercer el gobierno efectivo sobre el cantón. En este edificio percibo la encarnación del alma de Zúrich, que desde luego es mujer, refinada y delicada, elástica y estilizada, con un toque de coquetería, unos finos rasgos plasmados por Augusto Giacometti y Marc Chagall en las vidrieras del templo.
¿Por dónde comenzamos el recorrido? Las señoras primero. Tomamos, pues, el lado occidental del Limago y nos llegamos hacia su extremo, allí donde el río Shit toma el relevo y sigue su propio camino. En ese punto, hay que detenerse ante la impresionante presencia del castillo que alberga en la actualidad el Landes-Museum, más que museo de la ciudad, museo nacional. Este espacio singular recoge testimonios y piezas del paisaje y paisanaje suizos desde la era prehistórica hasta la actualidad, con valiosos contenidos (el continente hace que resalten todavía más). Aquí se sitúan los cimientos de Zúrich. Las huellas de los primitivos asentamientos son hoy visibles sobre la colina de Lindenhof. También, los restos de murallas romanos y una amplia terraza con vistas al extremo opuesto del río. Muy cerca crece y se expande la moderna Zúrich.
La zona comercial, aun siendo amplia y variada, tiene un nombre propio: la Bahnhofstrasse, arteria kilométrica que arrancando —¡quién lo diría!— de la estación central, transcurre paralela al río hasta desembocar en los muelles. Las mejores tiendas y las marcas más prestigiosas pugnan en esta milla plateada por encontrar su lugar, permanecer y prosperar. Resulta muy grato pasearse bajo los tilos que dan cobertura y sombra a esta auténtica calle mayor, deteniéndose ante los escaparates, llenándose de la riqueza de la ciudad. Por este singular bulevar, no circulan coches, pero tampoco sea, en propiedad, una calle peatonal. Sendas líneas de tranvías surcan la vía y se abren camino en ambas direcciones, defiendo una franja divisoria central. Ocupan un espacio casi mayor que el dejado a las aceras, de modo que hay que andarse con ojo, porque la circulación de las máquinas sobre los raíles es constante y muy regular. Detrás de cada unidad le sigue la siguiente, pocos segundos después.
Semejante puntualidad es dictada y vigilada por las decenas de tiendas de relojería, de todos los precios y firmas (Rolex, Piaget, Chopard, Bucherer, Rado, Swatch), que marcan las horas de la avenida y de sus viandantes. En este espacio donde el tiempo es el que manda, quien no lleva reloj en la muñeca exterioriza una carencia que con facilidad podría ser tomado como un acto de desobediencia civil, casi, diría también, que antipatriótico. El que adore estos mecanismos de perfección puede encontrarlos en establecimientos bien surtidos, blindados, de todas clases y épocas, en la misma calle. Si esto le parece poco, en el número 31, sin ir más lejos, está la sede del Museum der Zeitmessung. En rigor, más que un museo del reloj, se trata de un magno museo de la medición del tiempo (el horario de visita está también muy bien indicado y su observancia es de lo más rigurosa).
Es aconsejable recorrer este bulevar, tranquilamente, durante las mañanas, cuando las tiendas lucen todo su esplendor. A partir de las cinco de la tarde, al tiempo que clausuran los templos del tempus, una sensación de abandono y evacuación general se adueña del territorio. Todavía faltan unas horas antes del toque de queda, de mosdo que me dirijo a Uraniastrasse, una calle notable perpendicular en su primer tramo a Bahnhofstrasse, en la que destaca la imponente protuberancia del Observatorio. En este momento, sin embargo, mi atención está centrada en la Brasserie Lipp, sucursal en Zúrich del conocido restaurante parisiense situado en Saint-Germain-des-Prés. La cocina del local filial no está muy atrás de la que ha dado fama a la mater nutricia. Decorado en el mismo estilo que el del original, aunque no conserve la huella existencialista y bohemia del aquél, es, no obstante, muy amplio y, por lo común, es fácil encontrar mesa libre.
Las tardes las dedico a transitar por la orilla oriental de Zúrich. Decido tomar como punto de partida la Nierderdorfstrasse, larga corredera peatonal que se extiende longitudinalmente, y en paralelo, al Limmat. En esta calle, y en las colindantes, como en toda el área en general, respiro una atmósfera distinta a la que impregna la opuesta costera del río. Nos hallamos ahora en el casco viejo de la ciudad, en la ciudad antigua. Atravesando calles estrechas, pequeñas plazas y callejuelas empinadas acaba uno descubriendo recogidas glorietas y pequeños patios, casi todos con fuentes, aunque, ay, no como las de Basilea. Los edificios son antiguos, muchos de madera. En las plantas bajas han encontrado su lugar ideal pequeños restaurantes, tiendas de artesanía y antigüedades, talleres, librerías. En la recoleta y plácida Zärhingerplaz me topo con la Predigerkirche, convento de dominicos coronado por una esbelta torre-campario en forma de aguja que recuerda bastante a la hermana mayor Fraumünster. Uno de sus flancos acoge la Zentralbibliothek, biblioteca cantonal y universitaria, de las más importantes de Suiza.
Esta perspectiva tan ilustrada me da ánimos para acometer la subida a la colina coronada por la Universidad de Zúrich, un campus universitario formado por sólidos y discretos edificios rodeados de parques y jardines. Como debe ser. Al norte, reparo en el Instituto Politécnico Federal de Zúrich, y al sur, en un palacete muy discreto y elegante, casi escondido entre edificios mayores, distingo el Thomas Mann-Archiv der ETH, que en su día albergó a poetas de la talla de Wieland y Goethe. Desde los miradores emplazados en este bastión de las ciencias y las letras admiro más que oteo las magníficas panorámicas del entorno urbano. Y fijando todavía más la vista hacia lo lejos, completando así el cuadro cultural para dar cabida a las artes, localizo la Kunsthaus, el museo de bellas artes más importante de Zúrich, y tal vez de toda Suiza. Puede visitarse hasta las nueve de la noche, norma horaria de visitas sorprendente por estas latitudes. El edificio exterior no sobresale especialmente, si bien su interior contiene unos tesoros propios de un museo de valor universal, en cantidad y calidad, y, por supuesto, representa una gran oportunidad para ver en profundidad la obra pictórica y escultórica de Alberto Giacometti.
Elegir un discreto y refinado restaurante para cenar es fácil en este lindero del río. Los hay en abundancia. En particular, los situados bajo los soportales de algunos regios edificios, ofrecen calma, frescor en estas noches de verano y excelente comida, en su mayor parte de inspiración francesa. Satisfecho el estómago y animado el espíritu con algún buen vino local (y caro), ha llegado  el momento de acercarme, finalmente, hasta el lago. Desde el Quai-Brücke consigue uno unas magníficas vistas. ¡Y qué decir, en español, de las vistas de Bellevueplatz que no se haya dicho ya en francés y alemán! Los muelles ocupan casi tanto espacio como el lago mismo. El paisaje, no obstante, lo juzgo bello, a pesar de la presencia de una fauna de veraneantes que toman los últimos rayos de sol del día y aúllan a la luna. Antes, pues, de que despierte la jauría de hombres-lobo que parece cobijar en ellos,  considero prudente alcanzar la zona de la Opernhaus, recuperar el lado superior del Utoquai, volver hasta la Catedral, y allí asomarme, una vez más, como despedida, al Münster-Brücke.
En las terrazas de las cafeterías, la gente bebe cerveza o agua tónica, moderadamente, aunque con tanta alegría que, a la vista de los movimientos y semblantes de los bebedores, no sabremos quién consume qué. Se charla animadamente y sin alzar la voz. Con facilidad puedes escuchar a los cuartetos musicales callejeros que interpretan, también suavemente, piezas barrocas. Grupos de paseantes se detienen alrededor del conjunto armónico en respetuoso silencio, disfrutan de la velada y algunos hasta depositan algunas monedas en el canastillo que vanguardia del pelotón musical. Y es que debe saberse que el que interpreta música en Zúrich en la calle tiene más de rapsoda o profesor de violín que de titiritero o estridente comparsa.
En los muelles de Zúrich, que a esta villa cantonal no pueden tildarse de tabernarios ni playeros, parejas cogidas del brazo se visten de noche libre para salir a cenar y a pasearse bajo el cielo protector de la neutral suiza. Mientras tanto, muy cerca de aquí, admiro, ahora iluminada, pero siempre esbelta, la torre y la aguja de la Fraumünster, recordándome la naturaleza femenina de esta ciudad tan elegante y discreta. No, señora, no la he olvidado.

Verano 2000

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