martes, 4 de enero de 2011

GO WEST!: CUATRO VAN AL OESTE




Gregorio Doval, Breve historia de la Conquista del Oeste; Breve Historia del Salvaje Oeste; Pistoleros y Forajidos; Breve Historia de los Cowboys y Breve Historia de los Indios Norteamericanos, Nowtilus, Madrid, 2009.

Gregorio Doval (Madrid, 1957). Licenciado en Ciencias de la Información (Periodismo). Desde hace más de veinticinco años compagina las facetas profesionales de guionista, creador y director de programas de televisión, y de editor y director editorial, con la de escritor profesional.
Autor prolífico, ha publicado más de cincuenta de libros de divulgación sobre los más variados temas: biografías (Reagan, Juan Carlos I, Juan Pablo II...); tratados y manuales (Historia del Cine, Historia del Automovilismo Mundial...); enciclopedias (¿Qué saber en nuestro tiempo?); diccionarios especializados (aforismos, etimología, historia, informática, economía y finanzas...) y libros prácticos (Enciclopedia del vídeo, Enciclopedia de la cocina...), así como  diversos anecdotarios históricos y filológicos.
Entre sus obras, cabe destacar las siguientes: Nuevo diccionario de historia (Temas de Hoy, 1995), Refranero temático español (Círculo de Lectores, 1999), Palabras con historia (Ediciones del Prado, 2002), Anecdotario Universal de Cabecera (E. del Prado, 2003), El libro de los hechos insólitos (Alianza Editorial, 2004), Diccionario de expresiones extranjeras (Alianza Editorial, 2004), Los últimos años del franquismo (Síntesis, 2007) y Crónica política de la Transición (Síntesis, 2007).


Escritor, por lo que puede comprobarse, todo terreno, Doval no retrocede ante ningún reto editorial. En esta ocasión, Doval acomete una nueva aventura divulgadora, que no es otra que compendiar en cuatro pequeños volúmenes —en breve, pues— la «antigua» historia de Estados Unidos de América. Para esta joven nación, la historia del país nace a principios del siglo XVII, en el momento en que los Peregrinos venidos de Gran Bretaña en el célebre Mayflower arriban a las costas de Massachussets fundando en el lugar la primera colonia de la América de los horizontes lejanos. Y hacia allí, justamente, hacia las verdes praderas, hacia el Oeste, iniciaron muy pronto la marcha millones de emigrantes llegados de todos los confines del planeta, anhelando libertad, un pedazo de tierra, derecho a la propiedad y trabajo con el que ganarse la vida. La gesta protagonizada por tantas familias que, en carreta, a caballo y a pie, atravesaron miles de millas en circunstancias penosas y peligrosas, desde el Atlántico al Pacífico, para fraguarse una nueva vida en el Nuevo Mundo, ha pasado a la Historia con el nombre de la «conquista del Oeste».
La hazaña colonizadora sigue fascinándonos todavía en nuestros días, tanto por lo que tuvo de heroico y arriesgado, y aun de épico, como, sobre todo, por la rapidez en que tuvo lugar. En comparación con el resto de civilizaciones del mundo, las cuales tuvieron que recorrer miles de años para poder constituirse como tales —sin lograrlo hoy plenamente algunas de ellas, todo sea dicho—, los Estados Unidos de América tuvieron que ponerse las botas, empuñar el látigo (sin olvidar el rifle) y arrear los bueyes con el objetivo de establecerse en algún lugar del Big Country. De paso, debían reinventar prácticamente la sociedad y el Estado desde los nuevos principios y valores que sustentan el American way of live. Es esto lo que se ha dado en llamar el «Destino Manifiesto» de la nación norteamericana.
La historia de Norteamérica es historia de colonos y exploradores, de granjas y ranchos, de bandidos y predicadores, de indios y vaqueros. Tras la Guerra de Secesión, ganó la Unión, produciéndose como consecuencia una tremenda transformación en la incipiente sociedad norteamericana. Acabado oficialmente el conflicto bélico, miles de veteranos de ambos bandos en liza, pero, sobre todo, de sudistas, quedaron sin empleo ni paga, sin oficio ni beneficio, muchos con el sentimiento de derrota todavía sin asumir y presentando, en consecuencia, poca disposición a adaptarse al nuevo orden social, político, económico y jurídico marcado por el Norte triunfante. Muchos de esos hombres sin destino, pero con el amplio Oeste como paisaje de nuevas oportunidades, se dejaron llevar por la fiebre del oro, por el tráfico de pieles o por la caza del búfalo. Otros se hicieron cowboys.
Corta vida, en realidad, la del cowboy, pero generadora de uno de los más célebres iconos del Oeste y de América entera. Desde 1866 hasta 1886, alrededor de 40.000 cowboys condujeron cerca de 10 millones de reses, desde Texas hasta el nudo ferroviario de Kansas, para, una vez subidas a los vagones, ser transportadas a las ciudades del Este. A finales de dicho periodo, la red ferroviaria se había extendido por todo el territorio nacional, lo que hacía innecesario seguir cubriendo largas rutas arreando el ganado. No mucho más tarde, aparecen los vagones frigoríficos en los trenes y Chicago pierde el monopolio en la industria del matadero de animales. Por otra parte, el alambre de espino cerca los ranchos agrícolas y el libre tránsito de cabezas de ganado y de hombres a caballo, va limitando poco a poco el paso franco y, por tanto, las perspectivas de trabajo del cowboy. A estos hombres rudos y violentos, pero leales y disciplinados, se les acabó su tiempo.
Según señala el autor de la serie, «el Viejo Oeste también tiene otra tradición de violencia y sangre, representada con igualdad de méritos por los cowboys, los pistoleros, los asesinos a sueldo, los cazarrecompensas y los sheriffs.» (pág. 340). En el volumen dedicado a esta emocionante historia, mezclada con la leyenda, de rufianes de gatillo fácil, conocemos curiosos detalles de las hazañas de Pat Garret y Billy el Niño, de Wild Bill Hicock y Buffalo Bill, de los hermanos Dalton, de Wyart Earp y Doc Holliday, así como episodios de duelos, tiroteos, atracos al banco y asaltos a la diligencia y al ferrocarril.
Algunos de estos héroes del revolver y el poker llegaron a vivir muchos años, unos, como Buffalo Bill, dedicándose al espectáculo círquense, otros, como Wyart Earp, haciendo de asesor de películas del Oeste en Hollywood. Sin embargo, el recorrido de las estrellas refulgentes es fugaz. Pronto, acaba el mundo de la aventura en la pradera, y con él el mundo de los cowboys y el de los bandidos. También, el de los indios norteamericanos.
La civilización pide paso, y ni Billy el Niño, John Chisum, el anónimo jinete de la pradera, ni Caballo Loco o Nube Roja tienen cabida en él. El volumen dedicado a las tribus indias es, con mucho, el menos convincente de la serie, sin duda, por su sesgo narrativo e interpretativo demasiado proclive al mito del «buen salvaje» y a la leyenda negra del hombre blanco. Y es que hoy, como es sabido, la historia oficial impuesta por la corrección política exige que sean invertidos los papeles tradicionales. En nuestros días, los vaqueros han pasado a ser los «malos» y los indios, los «buenos».

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