miércoles, 1 de septiembre de 2010

BERLIN SOBRE BERLIN

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Verano de 1997. Me dispongo a desplazarme por vez primera a Berlín, destino presente en mi agenda de viajes desde hace años, pero permanentemente postergado en la lista de itinerarios prioritarios. Desde los estudios universitarios, y a través de mil lecturas, «Berlín» y «Alemania» han representado dos categorías de fuste, casi comparables a las que ostentan en mi olimpo filosófico particular Atenas y Grecia, sin olvidar Roma e Italia, ni Nueva York y EEUU. Lo alemán ha atraído siempre mi interés en el plano intelectual, artístico y literario, pero, por lo visto, no lo suficiente como para haberme animado a verlo de cerca. Francamente, el alemán no lo hablo ni entiendo. Yo me lo pierdo, lo sé. Tenía, pues, que hacer algo al respecto, a fin de que dicha carencia confesa no adoptase la forma de un resabio prejuicioso ni una emoción paralizante.
Los tiempos, dicen y cantan, cambiando están. Y hacia Berlín me encamino, para así no encamarme demasiado en los sofocantes, y forzosamente sesteros, estíos en los reales sitios sureños de la Europa mediterránea en que resido habitualmente. Busco respirar aires septentrionales y, de paso, ser participe de la transformación que la ciudad alemana lleva a cabo en la actualidad.
Los alemanes ya han derribado el Muro, aunque aún queda algo en pie del pasado. Será por el peso del pasado. Yo tenía ahora, por mi parte, que romper también el hielo y volar hacia Berlín, por fin. Como nunca es tarde para celebrar efemérides de esta naturaleza, vamos allá.

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Con gran presencia y relevancia en la Historia, Berlín y Alemania se asocian en mi mente, respectivamente, como corazón y epidermis, alma y cuerpo, espíritu y tierra, de una nación con tendencia a desbordarse con facilidad, igual que un río agitado por aguas impetuosas. Los pueblos germánicos, comúnmente, han mostrado una cierta inclinación a la demasía y el descomedimiento, a la opción extrema y rotunda: por arriba y por abajo, por el este y el oeste.
Arriba o abajo. O están arriba y por encima de todos (Deustchland über alles), fundando imperios y reinos (Reich), en marcha triunfal, luciendo en la testa cascos coronados por picachos y penachos que apuntan al cielo. O, por el contrario, están hundidos y derrotados, deprimidos, en retroceso, declinando la cerviz, esperando una posterior reparación, una nueva oportunidad.
Este u oeste. Gira el alemán la cabeza hacia el este, justamente hacia donde dirige la diosa Victoria la cuadriga desde la cima de la Puerta de Brandenburgo, con la prevención que siempre presagia la estepa rusa, allá a lo lejos, pasando por Polonia. O bien voltea el germano la mano y señala con el dedo el oeste, hacia donde extiende su brazo la Dorada Else, en la cresta de la columna de la (otra; y van dos) Victoria (Siegessäule), con una corona de laurel en la mano, presta a ser ofrecida a los vecinos, mientras con la otra sostiene la pica aureolada junto a la inefable cruz de hierro —¡qué fe tan maciza la alemana!—, con Francia y Gran Bretaña en el punto de mira.
Allá donde mire, Berlín se descubre unas veces entera y otras, cuarteada. Ayer, capital de un Imperio y hoy [verano 1997], futura capital de la moderna y reunificada Alemania en el seno de la Unión Europea. Berlín, uno o fragmentado, arrastra a lo largo de la Historia un destino de dualidad y de derramamiento. De tal carácter poderoso le viene su poder de atracción, pero también el drama de su existencia. Berlín no sólo ha sabido hacer durante siglos de tripas corazón, resistiendo y manteniendo la compostura tras ser sangrada tantas veces, perdiendo la honra cuando es derrotada, mas el honor, nunca. De voraz apetito, el alemán que lleva dentro el berlinés hace, asimismo, de tripas hamburguesas, albóndigas y salchichas, para comerte mejor.
Transformando con facilidad la desgracia en burla, el horror en sátira y el infortunio en divertimento, la salobridad de las lágrimas que vierte el alemán se diluyen pronto entre el mar de espuma amarga de la cerveza. Sea como fuere, Berlín no pierde jamás el humor, bronco y bruto como es el suyo, de aristas duras, provocadoras de carcajadas estrepitosas. Y es que, tras centurias viviendo los germánicos bajo un régimen alimenticio tan formidable, no debe uno esperarse en este pueblo demasiado refinamiento en las costumbres. Quede la politesse para el francés, la ópera bufa para el italiano, el esnobismo para el inglés, y déjese el natural, expansivo y orgánico ademán para el alemán.
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Verano de 1997. Berlín se prepara para recuperar la capitalidad de Alemania, prevista para el cambio de milenio. Que se prepare, pues. A mí me espera una ciudad en frenética reconstrucción (de nuevo), con obras por doquier, grúas amenazando las cabezas y zanjas invitando al traspié: una ciudad, en consecuencia, poco turística, a la sazón. ¿Por qué emprender, entonces, el viaje justamente en este momento? Pues justamente por eso mismo. Con menos turistas por las calles (al menos, con eso contaba), deseaba enfrentarme con lo que queda del «viejo» Berlín, según la imaginaria memoria de la ciudad construida por mí, antes de ser remozado —confío en que no remodelado— con vistas a los fastos oficiales que lo elevarán (otra vez) a la cabeza política del Estado alemán.
De Berlín me interesan más sus huellas y cicatrices que su maquillaje y galas. Mis andanzas de aficionado vagamundo están tan llenas de fantasías como las de cualquier otro viajero, aun con más horas de vuelo, camino y posada que yo. De mi persona podría decirse, ciertamente que con mucho menos mérito, lo que Cervantes aplicó a Don Quijote en el instante previo de partir, enfilando la senda con lanza en astillero y adarga antigua, dejando el hogar tras de sí: «Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles.»
De esta guisa bullía mi mente inflamada por los libros, también por el cine, todavía desierta de imágenes berlinesas en directo, de primera mano. Sabía, asimismo, que un Berlín a primera vista, es decir, de estancia fugaz, tampoco puede conformar la sensación completa del Berlín «real». Toda ciudad que visitamos es, sin remisión, una ciudad imaginada, tanto a la ida como a la vuelta del viaje. Entonces, ¿no nos enseñan nada las ciudades que recorremos? Claro que sí, pero sólo aquello que ellas han querido enseñarnos o que nosotros hemos sido capaces de captar con nuestros sentidos y nuestro entendimiento. Entre lo nunca visto y lo que hay que ver para creer existe el territorio de la experiencia viajera, un mundo de percepciones e ideas que, probablemente, no coincidan con la realidad total, pero que nos pertenecen tanto o más como el resto de nuestras vivencias cotidianas personales.

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Berlín, capital del Imperio y del Reich, cuna de museos, universidades y bibliotecas admirables, urbe con paseos y avenidas ideales que hacen las delicias del flâneur, villa de la vida golfa y el cabaret, ciudad del Muro y la división, de rasgos orientales y alma occidental, con un cuerpo social cuya mano derecha no siempre sabe lo que hace la mano izquierda. ¿Cómo será Berlín el año 2000, cuando vuelva a ser capital de Alemania, habida cuenta de que en Berlín la excentricidad le ha reportado más virtud que demérito, y en cuyos momentos políticos en quiebra, más que en los de esplendor y pujanza, ha acontecido en su seno un florecimiento de la cultura y las artes? ¿Cómo le sentará a Berlín en un futuro próximo ser nuevamente el foco y el eje de Alemania, el corazón de Europa? Tengo para mí que el poder y la gloria no le han sentado muy bien a Berlín. Veamos, entonces, los restos de esta ciudad memorable antes de que llegue a ser otra capital más, de nuevo, otra vez.
El genio y la sabiduría en Berlín han brillado, como nunca, en momentos de ruina y mudanza. En las primeras décadas del siglo XIX, bajo los efectos de la derrota de Prusia a manos de Napoleón, Berlín experimenta uno de los periodos de mayor pujanza cultural de su historia. Wilhelm von Humboldt funda la Universidad berlinesa en 1810, y en 1830 se erige el Altes Museum. Mientras tanto, el gran arquitecto Schinkel define el carácter arquitectónico, urbanístico y escultural de la urbe, a la que le imprime con sumo talento la traza neoclásica y monumental que la hará célebre.
Transcurrida la Gran Guerra, ya en el siglo XX, no ganada por Alemania, les faltó tiempo a pintores, escritores y artistas de todo el mundo para buscar refugio e inspiración en Berlín, sea a la sombra de los edificios derruidos del centro de la villa o en medio de los húmedos patios de las casas en las barriadas de Kreuzberg y NeuKölln. La excitación que provoca la vida bohemia y la escasez, socavadas todavía más por la rampante inflación de los precios durante los «locos años veinte», alimentó la imaginación de aquellos creadores en busca de lo bello y lo sublime.
El resultado fue, sin duda, una producción artística de primer nivel, que registró con fidelidad tortuosa aquella época enloquecida, aquel agregado explosivo de industrialización y proletarización creciente, enriquecimiento rápido, estabilización política lenta, depauperación imparable, crisis política e inestabilidad monetaria. Eros y Thanatos convergían en un escenario muy agitado en el que ya habían tomado posiciones el espíritu de lo faústico y el aliento de lo mefistofélico.
Las vanguardias artísticas y las formas estéticas del expresionismo cinematográfico reflejaron con precisión el universo de luces y sombras reinante. Los claroscuros y la pesadilla brumosa de El gabinete del doctor Caligari, dirigida por Robert Wiene en 1919, la sinfonía de grises y horrores del Nosferatu de F.W. Murnau de 1922 y el sórdido futurismo de la Metrópolis de Fritz Lang, estrenada el año 1926, son perfectos ejemplos cinematográficos de este movimiento artístico y del tiempo que lo acogió. Mientras los artistas imaginaban, las fuerzas pardas comenzaban a tramar sus delirios tendentes a convertir la fecundidad y la magnificencia en miseria, destrucción y barbarie.

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Berlín sobrevivía entonces bajo un clima brumoso. Si el aire de las calles estaba ya suficientemente cargado, los berlineses y visitantes buscaban en los sótanos de los inmuebles de la ciudad un espacio todavía más irrespirable, rebosante de humo de cigarrillos, de vapores de alcohol, de irrealidad y farsa, de espectáculo y risa fácil. En el año 1919, Berlín contaba con cincuenta teatros, tres óperas, trescientos sesenta y tres salas de cine, quinientos cincuenta cafés, alrededor de trescientos bares y cerca de un centenar de cabarets. La pasión berlinesa por el disfraz, la máscara, el transformismo, la mojiganga y la francachela carnavalesca, necesitaban mucho espacio para mostrarse, para hacerse ver.
Josef von Sternberg rueda en 1929 El ángel azul con Marlene Dietrich. En el film no sólo reproduce el ambiente y el estado de ánimo de aquellos años temblorosos, sino que crea, al mismo tiempo, un mito iconográfico. El cabaret cumplía así el papel de síntoma de una decadencia y expresión de un miedo escénico profundo que iban oprimiendo el corazón del berlinés. El actor Joel Grey caricaturizó con sumo acierto ese rostro de rabioso colorete en las mejillas y mueca de la risa sardónica en los labios que quedaba reflejado en los espejos deformadores —reflejo, a su vez, de la sociedad de la época—y que sirvieron de prólogo del film Cabaret (1972. Bob Fosse), otro notable icono del género musical.
En este mes de julio, Berlín vibra un año más con la Love Parade, una exhibición desenvuelta y desvergonzada de travestidos, locazas y simples amantes de la jarana. Daba gloria ver a los participantes de la marcha desfilar en carrozas con gran desparpajo y desenfreno. Todavía hoy, en Berlín no hay penas ni preocupaciones que no puedan disimularse con un embozo o un toque arrebolado en las mejillas. Y es que, ¿qué otra cosa sino un grandísimo maquillaje de la ciudad, una millonaria operación cosmética para actuar ante el mundo como capital de la Alemania reunificada, es lo que está escenificándose desde hace meses en Berlín? Los berlineses se disfrazan en las calles, y al Reichstag lo cubren con una gran sábana blanca ideada por el artista Christo, mientras avanza la remodelación del parlamento alemán, magnificando todavía más su contorno fantasmagórico.

Cuando París era una fiesta, muchos vividores y gentes con ganas de vivir se mudaron a la capital de Francia; por entonces, del mundo. Hoy, Berlín es otra fiesta: ¿por qué privarnos de ella ahora mismo, antes de que desembarquen en la ciudad miles de políticos y funcionarios, haciéndola más intrigante y más aburrida? ¿Por qué perder la ocasión para contemplar todavía en pie las ruinas de una ciudad abierta en canal, visibles todavía las tripas y las vísceras, antes de ser reconstituida? Al hacerme estas preguntas, guardaba en la retina las impresionantes fotografías que tomó Frank Capa en 1945 del Berlín derruido tras la segunda gran guerra. La terrible y sobrecogedora frescura de las instantáneas tomadas, la realidad berlinesa en carne viva, reventada, sólo pudo captarla en los precisos momentos posteriores al hundimiento, antes de que los cascotes fueran recogidos con celeridad y presteza, para comenzar una nueva etapa mirando al futuro. ¿Por qué no intentar, por mi cuenta, en este momento, recoger algunas impresiones de lo que queda hoy de Berlín?

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Berlín es una ciudad con una gran fuerza vital, rasgo que probablemente le viene del aire innovador y renovador que le proporciona su constante determinación a volver a empezar desde cero cuando es necesario, pasando con gran coraje de la gloria a la infamia, de la abundancia a la carestía, de estar en la vanguardia del mundo a depender para sobrevivir de la cartilla de racionamiento. En la metrópolis berlinesa de nuestros días, cerca del 27 por ciento de la población tiene menos de veinticinco años. Para una ciudad que celebró su 750 aniversario en 1987, para un país, como Alemania, de media de edad muy elevada, el dato resulta bastante revelador. Pero, miremos más hacia atrás.
Los orígenes de Berlín se remontan al año 1200, ya desde sus inicios comprobamos que el cuerpo y el alma de la ciudad han estado marcados por el signo de la dualidad. El mismo nombre, Berlín, procede presuntamente de raíces eslavas, de la palabra bar (que algunos han querido relacionar con el término alemán bär —que quiere decir «oso», el símbolo de la ciudad, aunque significa, en rigor, «bosque de pinos»—, y de la voz rolina, esto es, «tierra arable».
Ber-lín. Voz melódica, seductora, evocadora, aunque denote una apreciable ronquera. Lo mismo que se ha dicho del nombre de la actriz y cantante berlinesa Marlene Dietrich, podría aplicarse a la palabra «Berlín»: comienza con una caricia para terminar en un latigazo. He aquí, tal vez, el misterio de Berlín.
Según Franz Hessel en sus Paseos por Berlín, el significado del término sería «barrera»: «Y esta barrera o presa de agua —explica Hessel— unía, en los tiempos de los antiguos eslavos occidentales, la ribera derecha e izquierda del Spree». No sólo el nombre del burgo remite al sentido de dualidad. El cimiento tradicional, geográfico e histórico sobre el que se asienta convoca a su vez el número par. La ciudad de Berlín nació del primitivo encuentro de dos poblados —Berlín y Cölln—situados en los márgenes del río Spree, al incorporarse como una única municipio en la Hansa. En 1961, un ignominioso Muro volvió a dividir la ciudad en dos segmentos.
La vida de Berlín ha estado marcada por el signo de un pas â deux —o tal vez una folie à deux entre la noción de materialidad y la de idealidad. ¿Siendo de raíz tan material, de dónde le viene a Alemania esa tendencia a la espiritualidad, que incluso le lleva hasta la apoteosis de afirmarse en el idealismo absoluto? Probablemente, de la pesada digestión que el régimen alimenticio germánico impone a sus habitantes. Y es que no les falta razón a aquellos antropólogos que sostienen que en la evolución humana, más que otro rasgo diferencial, fue la cocina, en realidad, lo que hizo al hombre.

El humanismo renacentista, por ejemplo, nació de espíritus alojados en cuerpos ligeros y excelsos, como los de Erasmo de Rotterdam o Luis Vives. Frente a estos espíritus livianos y viajeros, por las mismas fechas, vibraba la corpulencia catequística de Martin Lutero, quien mascullaba rezos con el mismo fervor con el que masticaba embutidos de su Sajonia natal. Como bien señaló Stefan Zweig en el magnífico contraste que hace de ambos personajes en la biografía dedicada al sabio de Rotterdam, más allá de desavenencias teológicas, «sus diferencias eran orgánicas».
Gran parte de las diferencias de carácter entre los individuos proceden, en verdad, del régimen alimenticio que practican. Sabemos que las creencias religiosas de Erasmo no diferían en el fondo de las de Lutero. Sentían similar abominación por los excesos personales y teologales del papa de Roma y pareja esperanza de reforma en la Iglesia. Pero, el sentido de sus respectivas espiritualidades, tan orgánicamente diferentes, no era ajeno a las prácticas alimenticias y vitales de cada uno de ellos. Erasmo practicaba una dieta ligera muy conveniente para un cuerpo como el suyo, menudo y quebradizo, lo cual facilitó la consumación de una obra moderada y mesurada, plena de humanismo y templanza. Las «dietas» de Lutero tenían distinto signo. Comenzaban con un plato principal de pecho de buey y terminaban, inevitablemente, en broncas disputas de sobremesa. La ferviente religiosidad de Lutero, de pesada digestión, acababa siendo proclamada, pues, bien a golpe de puño sobre las mesas de las tabernas, bien en la Dieta de Worms, en la que el emperador Carlos V le dio un enérgico ultimátum, para que se sometiera y cesara en el belicoso enfrentamiento que mantenía con las autoridades terrenales. El ultimátum sonaba a extremaunción.
Sin embargo, el poderoso Lutero, quien todavía daría guerra, acabó imponiéndose en Alemania, y no tanto el débil Erasmo. Desde entonces, los destinos de la nación alemana se han decidido en las cervecerías tanto como en las cancillerías. Desde la Reforma protestante hasta la facinerosa asonada de Hitler del año 1923 que pretendía derribar la República de Weimar —el llamado «putsch» de la Cervecería de Munich—, la institución de la Männerbund germánica resulta decisiva en la historia del país. Bajo la llamada de la Männerbund, los alemanes se reúnen en fraternales veladas alrededor de una larga mesa con el fin de comer y, sobre todo, de beber. La congregación allí materializada, alimentada con albóndigas de hígado de cerdo, bañado por litros de cerveza y acompañada por cánticos que aúnan el ardor nacionalista con el de estómago y el etílico, acaba tan reconfortada que, en lugar de saciar el apetito, abandona el figón con ganas de comerse el mundo. ¡Qué distinto modelo de festín el representado por el simposium griego o banquete, o el ágape renacentista en la Florencia medicea, o la refinada soirée en un salón ilustrado de París!

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Las costumbres hoy en Berlín difieren en buena medida de este canon germánico tradicional, para acercarse a estilos más comedidos. Le ocurre lo mismo que a las demás ciudades cosmopolitas: su modelo de vida apunta más al orbe que a la nación particular a la que remiten. Nueva York es la menos americana de las ciudades de USA. Londres, la menos inglesa de Inglaterra (el gentleman británico fetén, de hecho, detesta la ciudad del Támesis). París, la menos gala de las villas francesas. Bruselas, lo mismo, ciudad donde el residente de la capital es belga, pero belga de donde venga: la mayoría, de fuera del país. Y así sucesivamente. La excepción tal vez la encontremos en Madrid, la más española de las ciudades de España. Pero esa es otra historia…
Berlín tampoco es excepción a la muestra expuesta. Berlín es, diría yo, ciudad más hermosa, libre y habitable como cosmópolis que como metrópolis.
En Berlín, el paisaje y el paisanaje difieren mucho del resto de Alemania. En la ciudad han tomado medidas, y los hábitos alimenticios hoy no declaran la guerra a las dietas mediterráneas, ni aun a las vegetarianas (será, ay, por la influencia y la sana fibra de los partidos políticos «verdes»). Esta circunstancia permite contabilizar en las calles y avenidas berlinesas más restaurantes de cocina francesa, italiana, hindú, turca y aun judía (pocos restaurantes chinos pude ver; en Berlín, la cina non è vicina) que de comida «típicamente alemana». Busque el visitante, al azar, en el menú de los cafés y restaurantes especialidades de salchichas con sauerkraut, y encontrará, más que eso, un amplio surtido de platos guarnecidos de verduras, de ensaladas frescas u queso. El resultado inmediato de tal tendencia culinaria salta a la vista. Basta contemplar a la estilizada y soberbia fräulein berlinesa, manteniendo el tipo sobre zapatos de aguja con ligereza de gacela para comprobar, por su talle y complexión, hasta qué punto están alejadas de las recetas de la gastronomía nacional. Basta verlas, pero ello no es suficiente.
Hábitos alimenticios, aunque también gusto por la tertulia y la conversación en cafés y en la misma vía pública, paseos por los bulevares de la ciudad, horarios comerciales de 24 horas, vida al aire libre y sano sentido del humor, confieren a Berlín un notorio carácter cosmopolita, que adquiere incluso un leve aire mediterráneo de lebeche, especialmente en estos días de caluroso y luminoso verano, donde los habitantes y visitantes abarrotan las terrazas de las cafeterías de Ku´damm, y se refocilan tumbados en el césped o refrescándose los pies en las fuentes del Tiergarten.
Me cuentan que uno de los rituales nocturnos de la juerga berlinesa consiste en completar la jornada, a la hora en que el resto de parroquianos comienzan una nueva, regalándose un típico desayuno berlinés a base de rollmpos (arenques enrollados), embutidos y ensalada de patatas, acompañado de una copita de champaña: todo un auténtico Sektfrühstüsck berlinés. Por lo visto, nobleza obliga, y aquí vuelve uno a las raíces (y a las andadas) a la menor oportunidad. Aquí y también allá, no nos vayamos a engañar.

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No hay un Berlín, sino varios. Al menos, dos. Un Berlín monumental y majestuoso, el Berlín de los mil museos y monumentos, de largas calles y anchas avenidas, el Berlín histórico y grandioso. Y otro Berlín recoleto e intimista, casi bohemio, cobijado en los patios traseros de las casas de Kreuzberg, al sur de la ciudad, o de Hackesche Höfe, al norte de MitteSavignyplatz (núcleo antiguo de Berlín), el Berlín de los cafés literarios y los pequeños restaurantes de , con mesas de mantel a cuadros y vela en el centro. 

Una tarde veraniega durante mi estancia en la ciudad, sentado ante una mesa del frondoso jardín de la cafetería Opernpalais en Unter den Linden sobre la que reposaba una espumosa y refrescante Berliner Weisse, meditaba yo en torno a esta dualidad y sobre otros desdoblamientos berlineses. Pensaba yo en la tradicional división de Berlín.
Tal vez influido por la maciza presencia de la Universidad von Humboldt que se alzaba frente a mí en la avenida berlinesa por excelencia, allí mismo, bajo los tilos, la idea de la bisección permanente de la ciudad no me parecía un casual tipismo sino una intuición que ocultaba alguna razón profunda, todavía inaccesible a mi entendimiento. Sentí, entonces, en el oído interno de mi memoria el eco lejano de una lección de filosofía de la historia impartida por Hegel, reverberando con fuerza en aquel entorno de sabiduría. Permanecí atento por ver de recoger al detalle el argumento del sabio de la dialéctica y, en su caso, de poder desentrañar aquel enigma urbano, demasiado urbano, sobre escisiones, dualidades y conciencias desgarradas por el peso de lo real.
Quizá fuese la palabra de Hegel la que consumaba la revelación, o quizá el efecto tonificante de la cerveza alemana sobre mi ánimo, el caso es que empecé a barruntar, con bastante claridad, que lo que más pesa sobre Berlín es su propio ser. Peso de la historia, aquí significa «Historia», y «pesada carga», carga del pasado, que en Berlín se concreta en un fulminante combinado de gloria y destrucción, construcción y reconstrucción, marca y demarcación, sueño y pesadilla. Berlín sobre Berlín
Mis ensoñaciones de paseante berlinés me llevan ahora a la espléndida y elegante Friedrichstrasse, hoy refugio dorado de lujosas tiendas, galerías comerciales y hoteles de cinco estrellas. Seguí en dirección al Gendarmenmarkt, extraordinaria plaza donde se alza el Konzerthaus, diseñado en 1821 por el omnipresente Schinkel, y custodiado al frente por el monumento a Schiller. A ambos lados de la plaza, enfrentadas y encaradas, pueden admirarse las dos catedrales gemelas, dos, la francesa y la alemana, la Französischer Dom y la Deustcher Dom, que aportan al lugar un aire de armonía y de belleza muy inspirador.
Tan sugerente era la escena que a la sombra del gran dramaturgo alemán, bajo una fina lluvia, y con los costados cubiertos por ambos edificios sagrados, sinteticé la idea, pudiendo ver confirmada ante mis ojos la tesis de esa unidad de contrarios que es Berlín. En medio de explanada tan majestuosa, entre Escila y Caribdis, percibo de pronto en aquellos dos templos hermanos, el francés y el alemán, el espectro de Caín y Abel condenados a contemplarse cara a cara, hasta que, sin poder soportarlo más, tienen que hacer frente a la situación en las trincheras. Alemania y Francia, a veces hacen las paces. Todavía recuerdo la entrañable imagen de Mitterand y Kohl cogidos de la mano, como amartelada pareja, fotografiados hace unos años frente al monumento conmemorativo de las víctimas de las guerras europeas. Este amor no es eterno.
El lastre de la Historia suele llevar al desastre. En el año 1648, la población de Berlín, diezmada por la Guerra de los Treinta Años (1616-1648), no superaba los seis mil habitantes. Fue entonces cuando Federico Guillermo promulga el Edicto de Potsdam, a resultas del cual los hugonotes franceses son invitados a instalarse en tierra germánica. En poco tiempo, casi veinte mil personas de esta procedencia repueblan Berlín y Brandenburgo, fundan colegios y Academias que muy pronto producen beneficio y provecho a la ciudad, tanto en crecimiento físico como intelectual (en esta misma línea favorecedora de la hospitalidad de Berlín, en 1671 se autorizó a los judíos el retorno a la ciudad de la que fueron expulsados en el año 1510). Sea como fuere, a finales de siglo XVII, uno de cada tres habitantes de la villa era francés. Asimismo, el siglo XVIII estuvo marcado en Alemania por la huella de la Ilustración francesa en la lengua, las costumbres, los modales, el pensamiento y las artes, fundamentalmente bajo los auspicios de su principal mentor, Federico II el Grande.
El siglo XIX inicia los pasos con unos hechos que invierten este proceso y conducen el futuro de Alemania hacia un destino muy distinto. En el año 1806, las tropas prusianas son derrotadas por el ejército de Napoleón en Jena, quien mantiene la ocupación militar durante años. De esta capitulación nacen nuevos sentimientos en pro de una satisfacción postrera que sepa a gloria y victoria. A mediados del siglo, el rey Guillermo I es elevado al rango de Káiser de toda Alemania y Bismarck, nombrado canciller. Este periodo se conoce como los «años fundacionales». Al mismo tiempo, Berlín adquiere el título de capital imperial. Los sentimientos nacionalistas comienzan a alborotarse en las cabezas germanas con unas consecuencias que todos conocemos. Vuelve a torcerse el fuste de la humanidad…, de la cual la Historia se ocupa con detalle. A ella remito al lector para mayor información, que yo vuelvo a mis andanzas berlinesas.
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La andanza en cuestión me lleva a retomar el hilo conductor de la crónica por ver de orientarme, de una vez por todas, en el laberinto mental que es esta ciudad. Así la entiende también Walter Benjamín, según leemos en su Crónica de Berlín, donde pondera los parentescos de su ciudad natal justamente con París. Mas dejemos el asunto ahí. Digo yo que Berlín manifiesta la dualidad como una marca registrada, como una caracterización que produce perplejidad. Será por su esencia misma o por las incidencias del transcurrir del tiempo, pero no deja de llamar la atención que, desde los orígenes hasta el presente inmediato, la realidad berlinesa tiende a la duplicidad.
Citaré unos pocos ejemplos más de esta circunstancia extraordinaria. Tiene Berlín una Ópera Alemana (Deustsche Oper Berlin) y además la Ópera Estatal Alemana (Deustche Staatsoper) —amén de la Komische Oper más informal e innovadora—. Hay un jardín zoológico (Zoologischer Garten), más un parque zoológico (Tiergarten), aunque éste último es en realidad un gran bosque y lugar de esparcimiento desde hace décadas y no superficie para caza de fieras como antaño. Mantiene en forma dos Orquestas Sinfónicas (la Philharmonie y la Kammermusiksaal der Philarmonie), dos planetarios, dos observatorios espaciales, dos edificios de ayuntamiento —el Ayuntamiento Rojo (Rotes Rathaus, actual consistorio) y el Schöneberg Rathaus—. Está el Antiguo Museo (Altes Museum) y la Antigua Galería Nacional (Alte Nationalgalerie); una «colección» de esculturas y una «galería» de esculturas. Cuento un museo de la ciudad (Berlin-Museum) y otro museo de la «historia local» (Heitmatsmuseum Mitte). Visito dos Bibliotecas Nacionales (Staatsbibliothek), una de ellas ubicada en Unter den Linden y otra en Postdamerstrasse. En fin, en Berlín, hasta los cafés se duplican, para confusión de visitantes y de taxistas, a quienes uno debe dar mil explicaciones tras darle la dirección a seguir, como ocurre con el/los café/cafés Möhring, Dressler o Einstein, en versión este y en versión oeste. Cuando los folletos turísticos afirman que Berlín es una metrópolis que ofrece mucha variedad, aseguro que, en este punto, no mienten en absoluto.
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En Berlín todo es posible. Es un espacio, un círculo, con dos centros distintos separados entre sí por varios kilómetros. No confundir con el distrito Centro, que es el gran barrio de Mitte. Como en casi todas las ciudades europeas, en Berlín, no carece de centro urbano, punto de referencia y kilómetro cero de la visita a la villa. Dicho centro suele albergar, asimismo, una iglesia o catedral, la cual indica a vecinos y visitantes que desde allí parten todos los caminos y hacia allí retornan.
Pues bien, Berlín no es, ya digo, una completa excepción a esta pauta, aunque tampoco se ajuste exactamente al modelo descrito. Sucede que Berlín posee no uno, sino dos centros: uno en el oeste, en la Breitscheidplatz, donde se localizan ¡dos iglesias! Está la Kaiser-Wilhelm-Gedächtniskirche, esa ruina imperial con el «diente careado» o torre mellada y, a su costado, la iglesia nueva, con su fantasía mural de colores azulados producidos por miles de vidrios fabricados en Chartres. El otro núcleo de la villa se localiza en la legendaria Alexanderplatz, al este, la cual posee su propio templo, emblema y meca de las telecomunicaciones de la ciudad, la torre de la televisión (Fernsehturm), descomunal atalaya de muy mal gusto, que los berlineses denominan con sarcasmo el «teleespárrago» y que recuerda, a lo bruto, el madrileño «Pirulí».
Dos centros, pues, separados en la distancia, pero unidos por similar ambiente, bullicioso, más bochinchero que trepidante, lugar de asamblea de patinadores sin rumbo ni recto juicio, de turistas mochileros, de parientes cercanos de la banda de John Silver o de Charles Manson, también de sencillos transeúntes indecisos, dudando entre tumbarse en el suelo y adaptarse al medio o quedarse de piedra, a modo de estatua, contemplando la flora y la fauna del lugar, con riesgo de ser municipalizado y pasar a convertirse en nuevo mobiliario urbano de la villa.
Berlín, grande en su micromundo, es alma de mercadillo, de regateo, de improvisación, de caos urbano y de mezcla dispar. De su aislamiento y su excentricidad, tanto en lo geopolítico como en lo cultural, han brotado inspiración y mucha libertad creativa. No puedo adivinar la fortuna de esta ciudad desnortada y un tanto trágica, aunque siempre bromista, ante el próximo infortunio a padecer. Por ejemplo, cuando sus partes sean unidas de nuevo en un «Uno» capitalino. Ya la paridad monetaria del marco después de la reunificación dejó en situación muy precaria a la nación. Ahora se avecina otra paridad inquietante. Pero, ¡qué sé yo de economía, de Historia y de otras ciencias! Yo sólo cuento lo que he visto y lo que preveo.
Sólo diré una cosa más y termino: que Berlín es una ciudad que toca la memoria más que el corazón. Impresiona y seduce, pero no enamora. He aquí mi impresión. Berlín necesita aligerarse de gravedad y de poder —ya ha soportado demasiadas cargas — para quererla. Me gustaría verla con energía propia, pero sin ejercer fuerza sobre nadie, y menos aún, sobre sí misma. Me gustaría verla divisando la libertad sin nubes. Y el cielo azul sobre Berlín. Y no Berlín sobre Berlín.
Verano 1997

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