domingo, 6 de junio de 2010

EL MOSAICO ROMANO


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Muchos turistas, al volver de un viaje a Roma, cargan en su equipaje, entre otros previsibles souvenirs, piezas en yeso de la Pietá de Miguel Ángel, bustos del Papa en bronce, reproducciones del Coliseo en cerámica, tiras de postales y algún pedrusco saqueado sin afán de lucro en el Foro. Todo junto, amontonado en la maleta, en su apreciable disparidad, conforma una unidad resultante, una reproducción muy fiel, una metáfora del lugar visitado. Idéntica sensación contraerá asimismo el viajero, con o sin «recuerdos» en la mochila, pero con la memoria clara de una amalgama de imágenes, voces y experiencias aún por engarzar.
Contaré a continuación, no lo que traje a mi regreso de Roma, sino lo que contrajo mi espíritu en Roma al respirar el aire de sus animadas calles y recorrer sus inmemoriales calzadas. ¿Qué será, será? Nada parecido a un «síndrome de Stendhal», lo que suele ocurrirle al visitante sensible cuando su retina y su mente se llenan de Florencia y tanta esencia los colapsa, quedando así espiritualmente desbordado. Algo asimismo muy distinto de las percepciones intemporales de agua y piedra que produce la ascensión de Venecia ante nuestra vista, como una Venus en su concha emergiendo de las aguas. Venecia: ese prodigio de espacio estancado en el tiempo: «Ciudad Eterna» secular, en comparación con la, en el fondo, muy terrenal ciudad Roma). Nada, en fin, que nos recuerde tampoco la elegancia y el engreimiento de Milán y sus moradores.
A una ciudad como Roma, supuestamente tan ligada a la espiritualidad y a la reminiscencia, no es fácil, sin embargo, encontrarle el alma que la anima, valga la redundancia. Roma, tejido impresionista, es recordada tal cual es vista: como una impresión construida a partir breves retazos, como una sucesión de trozos y fragmentos de antigüedad, que, diseminados por los suelos o elevándose en erguida altivez, evocando tiempos pasados, es necesario reconstruir con la imaginación, porque su dispersión y despiece impide una visión completa. El producto de Roma es la suma de sus partes.
¿Será ésta una de las razones por las que tienen tanto éxito en los puntos de venta turísticos los mapas reconstruidos de la Roma antigua y los álbumes de imágenes de la ciudad donde se superponen en transparencias la urbe en su apariencia actual y su antecedente glorioso (como es ahora y como era antes), intentando así averiguar cuál de las dos respectivas presencias es la que más se corresponde con la Roma real?
Y es que la Roma de hoy no es una ciudad hecha pedazos (o no sólo), sino una ciudad hecha de pedazos; un mosaico: "Trabajo artístico hecho acoplando sobre una superficie trozos de piedra, vidrio, cerámica, etc., de distintos colores, de modo que forman figuras" (María Moliner). Después de haber visitado Roma, uno también puede pensar que esta definición encaja perfectamente con lo que ella misma es: un mosaico, el mosaico romano.
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Roma constituye el resultado de la abigarrada suma —ciertamente, espectacular— de fragmentos de pasado artístico, de foros remotos, de termas desaguadas, de circos sangrados, de terrazas venteadas, de iglesias diseminadas aquí y allá, por doquier, de templos clásicos requemados y a la intemperie, de columnas y obeliscos orgullosos, de fuentes (muchas fuentes) inagotables que hoy sirven más para intentar aplacar la sed de imágenes de una Nikon que para saciar la sed de un peregrino. Todos estos vestigios sobrevienen ante nuestros ojos como emergiendo de entre las calles enhiestas y callejuelas de villorio, de plazas señoriales y plazoletas de aldea, vías antiguas y vías modernas, por las que impera un tráfico enloquecido y un ir y venir de transeúntes con destino imposible de conocer o siquiera imaginar. En Roma, las marcas y cicatrices de la civilización componen el atrezzo natural de un escenario urbano con funciones de mañana, tarde y noche.
Ese gran puzzle que en se resume la ciudad del Tiber no resulta siempre fácil de reconocer, tanto antes como después de componerlo y comprobar el resultado. Roma es muchas ciudades en una. Roma, más aun que la gema de Europa o el broche de Occidente, es una miscelánea de perlas desgranadas y derramadas al azar, una joya que no puede ser contemplada como un collar sino como un cielo estrellado en recuerdo de su constelación. Ambas cosas, construcciones históricas solidificadas y núcleo urbano vivaracho, parecen pugnar por no encontrarse, por no querer reconocerse, por vivir juntos pero en tiempos distintos.
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Roma, más que una, es única. Algo que aspira a no reducirse a la categoría de sucesión de estampas, de fotogramas, de imágenes, reunidas bajo un mismo término. ¿Qué es Roma, al fin? ¿Qué queda de Roma?
Roma es lo que queda de sí misma. Tras crear un imperio, como no ha habido otro en el mundo, hoy brilla en el firmamento de la marca registrada y la firma comercial bajo la forma de un emporio.
Quedan, sí, sus restos monumentales, alzándose como hongos en un prado, formando un conglomerado desconcertado junto a las calles y plazas adyacentes que les sirven de marco —antiguamente— áureo. En este agregado multiforme no sabemos a veces muy bien qué es lo que destaca, lo que es pasado y lo que es presente; a menudo, todo nos antoja igual de vetusto.
Se dice que en Roma no pasa el tiempo y probablemente por ello se la conoce por el nombre de Ciudad Eterna. Yo más bien diría que Roma no tiene un tiempo sino muchos tiempos.
Ciudad tan ecléctica, casi nada destaca en ella como propio. Roma no es una, es universal. Antes me refería al alma para identificar esa propiedad. Ahora podría convocar a la esencia, una sustancia cementosa que armara los fragmentos conservados. En Roma, ciudad de new fashion, urbe donde bulle la gran factoría del nuevo diseño, las Termas de Caracalla podrían pasar muy bien por una construcción de rompedor urbanismo posmoderno; la Villa Borghese se nos revela, en algunos de sus parajes, casi tan antigua, por deteriorada, como el mismo Coliseo; el estilo mussoliniano de la EUR o de la Estación Termini resultan hoy escenarios galácticos, casi de ciencia ficción, salidos de algún episodio de la serie Star Trek; y en el antañón corazón del Trastevere corretea y circula la sangre más joven de Roma.
Como representante de un reino que no es de este mundo, en un ángulo de la secular ciudad de Roma está erigida la Ciudad del Vaticano, la Santa Sede de la Iglesia de Pedro. Un Estado dentro de otro Estado. Imperium in imperio. Petrus junto a piedra. Como no podía ser de otro modo, el Vaticano es y no es Roma, sino un espacio santificado adherido a ella y que rivaliza con otros recintos augustos.
Pedazo de cielo incrustado en el paisaje urbano y mental romano, conforma un complejo tan de fantasía, que su vinculación con la urbe necesita bastante más que el testimonio del nombre de la arteria que las comunica: Via de la Conciliazione. Es cosa de milagro tanto su respectivo vivir como su convivir.
Vaticano y Roma semejan dos universos separados por algo más que el río Tiber: la ciudad de Dios y la ciudad humana, demasiado humana. Pero, una y otra, por separado, resultarían inconcebibles. Roma no es una ni trina, es un territorio unificado con un efecto que desconcierta, como todo lo sublime.
En Roma, tras la caída del Imperio romano, advertimos, en efecto, una sensación de acabamiento de lo clásico, donde sólo ha quedado en pie un decorado de peplum, unos muros cuarteados y una nobleza histórica venida a menos, bajo amenaza de ruina, como expresiva muestra de esa derrota ante sus modernos habitantes. He aquí un fenómeno, por lo demás, no exclusivo de Roma, sino del mundo clásico perdido. Ocurre lo mismo en Atenas, en las islas del Egeo, en las antaño costas de la Jonia, en Alejandría.
Ante la ciudad del Tiber, contemplando tantas iglesias romanas construidas a partir de placas de mármol arrancadas del Coliseo romano y de tantos otros monumentos romanos, Stendhal experimenta otra especie de síndrome ante el peso de la belleza, tal y como leemos en sus Paseos por Roma:

«Si los Papas no hubieran vuelto de Avignon, si la Roma de los curas no hubiera sido construida a expensas de la Roma antigua, tendríamos muchos más monumentos de los romanos; pero la religión cristiana no hubiera hecho una alianza tan íntima con lo bello; hoy no veríamos ni San Pedro, ni tantas iglesias magníficas por todo el mundo: San Pablo de Londres, Santa Genoveva, etc. Nosotros mismos, hijos de cristianos, seríamos menos sensibles a lo bello

Roma, ciudad de conquistas, convertida en símbolo (el peor destino para una ciudad) de plaza conquistada y abierta en canal al saqueo. Una y otra vez. Pero, ciudad eterna al fin, recomponiéndose siempre tras los sucesivos descuartizamientos sufridos. Mas la decadencia en Roma resulta tan hermoso. Como en el verso de Goethe en Fausto, siente uno ganas de cantar a propósito del tiempo en Roma: «Si un día le digo al fugaz instante:/ «detente, eres tan bello»,/ puedes entonces cargarme de cadenas,/ entonces consentiré gustoso en morir».
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Roma: espacio de plenitud ausente, donde no nos encontramos porque no sabemos dónde estamos. Roma: tiempo de alterado fluir, en el que no es posible apreciar una continuidad entre el pasado antiguo y el presente sin asegurar, como si el tiempo se hubiese detenido en algún momento de la historia, aunque no sepamos exactamente cuándo.
Perdiéndonos por las calles del Trastevere, todavía podemos husmear aromas de cruda realidad, ver carnes despojadas, oír voces desgarradas; contemplar, en fin, estampas de popular colorido en calles animadas por un gentío bullicioso y desinhibido, y aun reparar en tiendas y talleres artesanos donde, sorprendentemente, todavía se trabaja. De sus hornos y pastelerías he visto salir enormes bandejas conteniendo los deliciosos dolces que más tarde se servirán en las terrazas de la Via Veneto y de la Piazza de la Republica. También he visto expuesto en la vía buen pescado, y muy fresco. Aquí todo es natural. Si queremos tomar el aire, basta salir al balcón; al gran balcón del Trastevere. Surcando calles estrechas y remontando cuestas costosas alcanzamos el montículo del Gianicolo, donde es posible dominar la gran ciudad que se extiende a nuestros pies. Aquí uno se siente un auténtico emperador.
En Roma, ciudad presta, aunque sedimentada pacientemente sobre sustratos milenarios, sólo tienen verdadera prisa los vehículos motorizados: los taxis —blancos, amarillos y descoloridos—, los autobuses —urbanos y turísticos— atravesando la ciudad como machetes, los turismos, y sobre todo y por encima de todo, las motocicletas. Y es que en la Roma contemporánea reina un Triunvirato motorizado muy sonoro: Fiat, Alfa-Romeo y Ducati (hace unas decenas de años, la Vespa).
Los romanos de hoy, de todas las edades y condiciones, conceden un fervoroso culto pagano a los automóviles y, especialmente, a las motocicletas. Un culto más apasionado que el que dispensaban sus antepasados remotos a Júpiter, a Rómulo y Remo o a la diosa Vesta. En nuestros días, las motocicletas, revoloteando como avispas, adoptan el rango de modernas cuadrigas del asfalto (del empedrado o del adoquinado) de las calles, atravesándolas con la fiereza y con el poderío de quien se sabe protagonista, como en un circo o en un estadio, de la calzada, dando vueltas y más vueltas, muchas veces sobre un mismo recorrido, con la dudosa esperanza de ser admirados.
Muchos italianos de Milán, de Florencia y de ambos sexos llaman la atención por la elegancia en el vestir y por un atractivo natural que saltan a la vista. Pero los romanos al volante (sobre todos ellos; ellas suelen marchar de paquete), hace que nos volvamos a su paso por el ruido, como si, después de todo, prefiriesen ser oídos a ser vistos. Por este motivo, tal vez unos y unas hablan en público (seguro que también en privado) a voz en cuello.
Ay, los romanos y su pasión por hablar sin parar, y sin bajarse del vehículo. Hablan a voces, de tenor, barítono y soprano, de viva voz, muy próximos o por medio del telefonino. Este fenómeno del motorola es tan omnipresente en Roma como el de la motocicleta, y juntos formarían el símbolo acústico del presente. Quo vadis? ¿Adónde van todas esas motos sin cesar? ¿Con quién hablan? ¿De qué asuntos hablarán tan apresurados y actuantes todos esos incontinentes parlanchines, a cualquier hora del día y de la noche, entre la vorágine del tráfico enloquecido o en los rincones recoletos de los parques y jardines? Los romanos al teléfono: Pronto! Los romanos en motocicleta: Dai muoviti! Via, via! ¿Qué más queda de Roma?

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Su gastronomía. Sabrosa y rotunda, invariablemente unida a las variadas pastas italianas, pero también coronada por las producciones propias (tal que Cinecittà), que como todo en esta ciudad única se une irremediablemente a la servidumbre de lo simbólico. Una ciudad hecha de pedazos y de restos debe adorar, también en la mesa, el despojo. Y así es. Si quiere conocer el alma romana no hay que dirigirse a la razón, a la vista o al corazón: debe dirigirse al estómago.
Ciudad de estómagos y de intestinos, surcando galerías y catacumbas, las ruinas romanas siguen manteniendo la villa en pie. Ciudad que ríe, grita, galopa en motocicleta y que se alimenta de tripas, pancetas, bazos, mollejas y demás casquería, conforma en su conjunto una bacanal, un banquete de típica cocina del Lacio (trippa a la trasteverina, milza in unido o budelle).
En Roma, como puede verse, se aprovecha todo. Nunca, en ningún lugar como en Roma, ha podido crearse a partir de despojos, reliquias, piedras, cenizas y restos tanta cultura y tanta historia. Para resultar este portento ha hecho falta tiempo, habilidad y paciencia, tierra y fuego. Como se han hecho siempre los mosaicos.
Abril 1995

2 comentarios:

  1. Me ha fascinado esta percepción tuya de Roma, ese ojo agudo de visitante que sabe mirar y sabe pensar sobre lo visto, que intuye a través de los poros y de todos los sentidos. Yo veo una Roma un poco diferente de la tuya, pero igualmente fragmentaria, una ciudad de contrastes y profundamente pagana pese a las muchas iglesias. Hay un "saber estar" de los romanos más humildes en medio de la magnificencia, que me admira. Es como si no fuera con ellos, o como si fuera tan profundamente con ellos que no merece la pena prestarle ninguna atención. Intuyo que los romanos actuales siguen reflejando a los de la antigüedad: una mezcla de nobles y plebeyos que, sin embargo, no se funden ni se confunden nunca. Te felicito por este post, inteligente y bello. Y te incluyo en mi blogroll, que no quiero perderme nada de lo que cuentes.
    Saludos cordiales.

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  2. Gracias por tu amable e inteligente comentario. Se nota que Roma no te resulta extraña. Como verás, esta crónica de viaje fue escrita en 1995, a partir de uno de mis primeros viajes a esta ciudad que tanto amo (junto a Nueva York y París). En esa corta estancia mi mirada fue "impresionista", actitud que adopto siempre en mis primeros contactos con una ciudad: antes que cualquier otra cosa, captar su alma. Años después pasé una breve temporada en Roma, "viviendo" la ciudad. En esa estancia me acerqué más a sus gentes ("Gente romana"). Eso da para otro texto que tal vez escriba pronto. Ya tengo el título.
    Un cordial saludo.

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