martes, 30 de marzo de 2010

EL MIRADOR DE ÁMSTERDAM


I. Una ciudad de marinos y comerciantes con vistas
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Amsterdam es una ciudad hecha para navegar. Descubierta por pescadores y construida por comerciantes, con la mirada puesta en ultramar, posee una sustancia marcada por una doble obsesión: la singladura y la expendeduría. He aquí su mascarón de proa.
Amsterdam, la ciudad del agua no se ahoga entre canales y puertos, ni se hunde en la laguna, como le ocurre a su pariente italiana, Venecia. Sucede esto porque jamás pierde de vista el mar, ese mar que, más que rodearlo se eleva sobre las cabezas de sus habitantes. En Amsterdam, el mar, fundiéndose en azul con el cielo, penetra dentro de ella formando una constelación de ensueño, donde los astros son los gabletes de las casas apuntando al firmamento y los surcos marinos, los canales multiplicados por doquier, forman caminos del agua. Son los acuáticos senderos de esta multiforme y peculiar Vía Láctea urbana.
Como en el cosmos, la geografía de Amsterdam es también su geometría. Una afortunada fusión de precisa ingeniería y de caprichosa estética ha logrado casi la perfección en la materialización de ese soberbio semicírculo que contiene el centro de la ciudad. Como un recinto amurallado, envuelto no por torres y empalizadas sino por esa cinta acuática, descubrimos el Singelgracht. Limitados por este canal superior, los demás canales tejen una tela de araña en la que no es posible perderse porque, siguiendo su rastro, siempre acabas en el mar: ese es su destino.
Amsterdam: tierra de mar que no es isla, más que mar. Ciudad de mar, de marineros y vecinos al mismo tiempo, componiendo una tripulación en constante navegación, porque saben que en Amsterdam jamás pisarán tierra firme.
¡Tierra a la vista! Amsterdam. La ciudad del agua del norte construye las viviendas como embarcaciones para así no perder nunca de vista el horizonte azul. ¡Mar a la vista! El agua lo cubre y abarca todo, y así la ciudad hasta puede permitirse el lujo —o capricho— de construir su flamante Estación Central del ferrocarril sobre una isla artificial, haciendo de pantalla justamente entre la villa y la mar.
Amsterdam necesita no perder de vista la línea del horizonte. Veo a sus habitantes asomarse en los ventanales de sus casas y veo a tripulantes de una nave acodándose en la borda de proa, respirando el aire marino e ingiriendo licores con la sed de quien se bebe el océano.
En Amsterdam, cuando luce el sol y no llueve, los lugareños salen de sus viviendas y se sientan en sillas, butacas y bancos delante de la puerta principal. O bien se encaraman vertiginosamente sobre el tejado. O, sencillamente, sin vértigo, se suspenden en el alféizar de las ventanas, las piernas pendiendo hacia el exterior, con la pericia de un marino que sube a la verga del palo mayor de su nave.
En Amsterdam, salir de casa significa, en realidad, bajar a puerto. Entonces, unos y otros, nativos y visitantes, invaden las plazas y callejuelas, entran en bares, tabernas y bodegas en las que la piel interior marrón de madera de roble se hincha y cuartea entre vapores de ginebra y humo de tabaco que todavía conservan el perfume del Caribe.
Ocurre en Amsterdam que sus gentes no pierden ocasión para dejarse ver. Cuando la climatología no invita a salir a la intemperie o cuando simplemente se vuelve a casa, el amsterdamés no se encierra en casa, quiero decir, no deja jamás de estar al descubierto; como en la cubierta de un barco.
En Amsterdam, en casa, la calle entra literalmente en sus estancias. Las viviendas desembocan en las aceras. La calle invade asimismo los cafés, penetrando a través de inmensos ventanales, miradores, escaparates, terrazas, galerías o quioscos, en los que raramente se interpone una cortina, todo lo más un visillo coqueto o un policromado cristal tallado; extraordinariamente veremos aquí una reja o barrotes. El pintor flamenco Vermeer inmortalizó esa imagen: las heroínas melancólicamente fijadas en sus aposentos con la mirada perdida a lo lejos, hacia el ventanal, hacia la luz, mirando de frente, al horizonte, recordando; o de espaldas, intentando olvidar.
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Amsterdam es ciudad de espíritu marino, pero también de alma mercante. De este modo, a cualquier residente le parece lo más natural del mundo mostrarse y mostrar su género, como buenos comerciantes que son. Las tiendas celebran todos los días las jornadas de puertas abiertas al mundo. De manera generosa, se exponen al público a modo de espléndidos bodegones.
En la calle también se exhiben las bravas diosas del amor, quienes mantienen la vieja tradición de descubrirse al viandante tras las ventanas bajas de casas inconfundibles iluminadas por farolillos rojos y neón verde. Y no crea el lector que cruzando la acera hemos abandonado el mercado ni el comercio. Porque en el barrio más caliente de Amsterdam el negocio de la carne no se acaba en los mostradores de solomillos y codillos, sino que la mercancía fresca (junto a algún que otro salazón) está en venta en los alrededores de la Oude Kerk y de Oudezijds Voorburgwal.
También puede uno observar (también probar) el género en algunas calles del recoleto barrio de Jordaan, aunque de modo más discreto y disperso. En las vitrinas, como dentro de peceras, culebrean las hijas de Venus, algunas de ellas mujeres colmadas, cuyos rostros y volúmenes evocan las imágenes de otro gran pintor flamenco, Rubens, quien retrataba la carne femenina con la rolliza abundancia con la que otros artistas flamencos desplegaban arenques o coliflores.
El peculiar mercado que ahora recorremos tiene la sede central en el Barrio Rojo. Henos, no cabe duda, ante la más cruda alegoría de Amsterdam. Ahí convergen comercio, ambiente tabernario, ventanales exhibicionistas y miradores para mirones, ginebra y panceta, naturalidad trasgresora y trasgresión de la más natural.
Muy cerca de la lonja lujuriosa, vibra la plaza de Dam, donde acampan al anochecer, entre muchos otros turistas, los actuales tercios españoles venidos en modernos autobuses turísticos. Desde este cuartel general inician la marcha a la zona prohibida los arrojados curiosos, cogidos de la mano, con un ojo puesto en el guía para no perderse, atravesando a toda velocidad (como en un paseo militar) las calles prohibidas, mientras con el ojo que les queda libre otean el espectáculo de luces y pecado, de carne y pescado. De vuelta a España, muchos, al contar sus aventuras turísticas, echándose un farol, exagerando, dirán que ellos también han puesto una pica en Flandes.
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Pero, Amsterdam, tierra de agua, no sólo es un espacio para mirar y dejarse ver. También para beber. Si sus gentes, buenos mercaderes, tienen buena vista para el negocio, padecen al mismo tiempo una sed infinita que no la sacia fácilmente el agua mineral. Por lo que respecta a los hábitos de la bebida, los amsterdameses (los holandeses, en general), aunque de manera más comedida que los otros grandes bebedores septentrionales, los británicos, comparten con éstos el afecto por los líquidos con fuego.
Es sabido que los británicos convierten cualquier salida a la campiña, o sencillamente a las afueras del barrio, en una excursión en la que no puede faltar una buena cesta con emparedados de lechuga y mostaza, o de simple y mondo pepino, empaquetados en un rincón para dejar sitio al surtido botellero. Para ir a un campo de críquet o a las carreras de Ascot, en camiseta o con chistera, o si me apuran, hasta para ir a la oficina, un buen británico no olvidará jamás llevar consigo un termo de café o té. No pocas veces, también una petaca.
Gargantas secas también las hay en Holanda. Cuando en las noches invernales golpea el viento del Norte, sus habitantes no invernan, sino que se internan en las cantinas para calentar el alma. Allí, envueltos por el vapor del alcohol, con una copa en la mano, se abandonan a una lánguida mirada a través de los cristales, o dejan que los observen los que transitan por las calles. Cuando aprieta el calor, extienden su vivienda hasta el mismo portón (en realidad, como vengo diciendo, calle y domicilio en Amsterdam forman una continuación difícil de distinguir) y se sientan frente al mundo empuñando sin recato una botella de vino, unas cervezas o feroces licores que dejan rastro.
Siempre es buen momento para aplacar la sed, no importa la estación. En Amsterdam no es posible ver a un individuo sentado ante una mesa sin la compañía de una botella y un vaso (a veces, el vaso no es necesario). Pero, con todo, debo insistir, frente a sus vecinos isleños del norte, los británicos, la pasión por la bebida no conlleva necesariamente en estas tierras bajas un corolario de ebriedad, arrebato y alboroto. Será probablemente porque una cosa es echar un trago cuando uno tiene sed o para lubricar el gaznate —como les ocurre a los amigos de la charla que forman la tripulación de Amsterdam— y otra bien distinta, beber para llenar de combustible del cuerpo guerrero hasta perder el sentido, como es habitual entre muchos hijos de la Gran Bretaña.

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No todo son bares, tabernas y burdeles en Amsterdam. Además de estos húmedos espacios puede disfrutarse, más elegantemente, también de los cafés, algunos realmente sublimes. Podemos optar entre el selecto Grand Café L' Opera, en Rembrantplein, o el tropical del Hotel Krasnapolsky, en la plaza Dam, o el discreto del Hotel de L' Europe, con buenos cócteles y mejores vistas sobre el Amstel, o decantarse por los más modernos, como el amplio Café de Jaren. Pero, de entre todos, mi preferido es el Café American, en Leidseplein.
El café del American Hotel es una auténtica institución digna de conocer, un espacio envolvente donde pasar la tarde saboreando un té y una incomparable tarta de manzana con helado y nata, leyendo, escribiendo, o simplemente mirando a través de sus ventanales, arropado por su centelleante ambientación art decó. En la atmósfera de este establecimiento, donde no supondría un pena ser confinado a perpetuidad, flotan espíritus que evocan imágenes de pasados gloriosos, muchos todavía presentes, algunos, pendiendo sobre nuestras cabezas con la misma elegancia que sus alambicadas lámparas, las cuales destilan una luz anaranjada que invita a la ensoñación. Hace muchos años, en los buenos tiempos, Mata Hari celebró aquí sus fiestas de esponsales, y grandes escritores y artistas convertían este espacio en su cuartel general. Hoy todavía, el eco del pasado mundano y el influjo literario que tanto han estampado estas paredes magníficas y estas cristaleras catedralicias aún no se han disipado.
En mi último viaje a Amsterdam, volví a pasar momentos plenos en el American. Y vi fantasmas también. Sentado frente a la mesa de lectura de prensa, me pareció advertir la presencia de Samuel Beckett, o de su espectro, sentado en un ángulo extremo de la sala, junto a la ventana. Allí fumaba el buen hombre, leía periódicos, sorbía té de una taza y en ocasiones giraba la cabeza hacia su izquierda para mirar hacia el exterior, desde donde sin duda también le verían a él. Mientras tanto, yo, sentado en el otro extremo del café, presenciaba deslumbrado aquella escena. De tanto en tanto, me volvía hacia el caballero de enjuta figura al objeto de comprobar que todavía permanecía allí, que todo continuaba igual que antes, como siempre.

II. La vieja ciudad más moderna de Europa
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El encanto de Amsterdam —su milagro— tiene que ver con una combinación de modernidad y pasado que no deja jamás de impresionar. Amsterdam es, sin duda, una de las ciudades más modernas de Europa, al menos desde el siglo XVII. Los jóvenes encuentran aquí un verdadero paraíso. La invaden habitualmente, notoriamente, y echan aquí el ancla. En el Amsterdam antiguo, en los anillos de los canales, la población es mayoritariamente joven, dato que la observación atestigua y las estadísticas certifican (según éstas, la mitad de los habitantes de la ciudad tiene menos de cincuenta años). Estudiantes, intelectuales y artistas han conquistado el paraje, se alojan plácidamente en casas transparentes (ya saben, donde ven y se dejan ver), atestan las terrazas de los bares, y pedalean frenéticamente en sus bicicletas por las calles adoquinadas, dominándolo todo con su trotar, y ellos lo saben, porque hasta el tráfico callejero está diseñado para su despliegue, con preferencia reconocida sobre vehículos y personas.
Otros jóvenes más decididos y rompedores, sobre todo en los años ochenta del siglo XX, se limitan a okupar apetitosas viviendas que están diciendo «¡cómeme!», decoran profusamente sus fachadas con colores chillones y provocadores. Hoy día, sin embargo, estas manifestaciones y exhibiciones ya no provocan a nadie. Incluso los tranvías metropolitanos lucen pinturas de guerra y anuncios publicitarios de estética vibrante, más imaginativas y enloquecidas que los pretendidamente subversivos graffitis de los squatters.
Finalmente, hay quienes tampoco quieren perderse una habitación en la localidad sin tener que recurrir a un hotel, o al alquiler o a la okupación de residencias, y así han ideado otra posibilidad de hospedarse, de la más rancia tradición marinera. Se trata de habitar el mar sin dejar la ciudad, o sea, vivir en una casa flotante, en una barcaza anclada en los canales. Miles de amsterdameses reciben en un buzón, que es una boya, su correspondencia, quiero creer que seca. A lo largo, principalmente de Prinsengracht, cientos de barcas bordean el surco de agua, esbozando una secuencia tan natural como lo es contemplar sucursales del puerto de Amsterdam en pleno centro de la ciudad.
Toda esta juventud activa que aquí habita hace posible que Amsterdam sea reconocida como ciudad de vanguardia en Europa, en cuanto a movimientos artísticos, musicales, literarios o alternativos se refiere, un escaparate donde las últimas tendencias deben anunciarse y visitar, si quieren darse a conocer. Es el precio de la fama, de llevar con optimismo el título de ciudad de la tolerancia y de la libertad.
Las galerías de arte más post-post del mundo eligen los bajos de edificios para instalarse, junto a innumerables tiendas de anticuarios. Al lado, muchos antros, en los que el consumo de marihuana está permitido por la ley, encienden las luces al anochecer y las apagan al amanecer, al contrario que hace cualquier mercería, establecimientos todos libres de sospecha, como las especializadas tiendas de preservativos y de cepillos de dientes, de todas las clases y colores. Amsterdam: ciudad del libre comercio.
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Amsterdam: diseño moderno, pero sin romper lo antiguo. Es un motivo de orgullo para la ciudad llegar a ser tan moderna y, al mismo tiempo, conservar primorosamente el centro histórico, su belleza, su armonía, la riqueza de su legado histórico y urbanístico, por lo general poco degradado (sólo en algunas zonas marginales). He aquí también la señal inequívoca de que nos encontramos en un escenario dominado por mentes claras y espíritus abiertos, con la mirada dispuesta hacia fuera más que hacia dentro, que no renuncian al presente ni a la innovación, que no han perdido el gusto de saborear una cerveza en vetustas e inmemoriales tabernas como Papeneiland, en Prinsengracht, Hoppe, en Spui, Van Puffelen, también en Prinsengracht, o en el encantador café 't Smalle, en Egelantiersdwarstraat, ni tampoco encargar un menú tradicional en el Haesje Claes, en Spuistraat, donde no sabes si es más suculenta la bandeja de viandas que te sirven o la decoración del local que parece salida de un figón pintado por el maestro Bruegel.
Lo viejo y lo nuevo, siempre. Amsterdam es uno de los espacios de Europa que ofrece más conciertos de rock bronco y de música de últimas tendencias. Pero, con todo, el acontecimiento musical del año, al que no renuncia nadie que se precie de ser persona sensible, es el concierto de música clásica que organiza el hotel Pulitzer en el Prinsengracht, sobre barcazas varadas frente a la fachada del elegante albergue. Los lugareños gozan del espectáculo con parsimonia, llegan al recinto andando o en barca, descorchan una botella de vino y se dejan mecer por las caricias de acorde de violín o un aria. Cuando empieza a anochecer el último viernes del mes de agosto, los espectadores son observados por la torre de la Wester Kerk que durante unas horas verá ceder el protagonismo acústico de su carillón por las notas musicales de Schubert, Mozart o Donizetti.
El arte antiguo y el moderno conviven asimismo en Amsterdam en edificios hermanos a pocos metros de distancia: el Rijks Museum y el Stedelijk Museum, por ejemplo. Desde Leidseplein —una de las plazas más animadas y alegres de la ciudad, con movimiento y vitalidad como la de Dam, pero sin el carácter desfasado, de acampada, bullicioso, de ésta —iniciamos ahora un paseo que nos aleja de los límites del casco antiguo y nos transporta a espacios que también prometen momentos gozosos.
A pocos minutos de esta plaza se encuentran los museos citados, arte primitivo y pintura flamenca, en el primero, y movimientos de vanguardia y exposiciones actuales, en el segundo. Uno frente al otro, y en medio el Museo Van Gogh. Si tras la triple visita, todavía tenemos apetito artístico, tomamos Van-Baerle Straat y Constantijn-huygens Straat en dirección a Vondel-Park (el Central Park de Amsterdam) hasta dar con el Film-Museum, un soberbio palacete, con bar-terraza, que contiene todo lo necesario para ser feliz: cerveza, películas y vistas. En el extremo opuesto del parque, en Anna Vondelstraat, hallamos el singular hotel de Filosoof, singular hospedería que dispone de habitaciones decoradas con motivos de filósofos célebres.
Amsterdam: lo joven y lo viejo. En una ciudad como ésta, con una presencia e influencia tan poderosa de lo joven (se advierte este fenómeno igualmente en el resto de las ciudades grandes y medianas de Holanda), la preocupación y atención por los ancianos están aseguradas con tanto esmero como discreción. En Amsterdam es una institución el Begijnhof, auténtico poblado autónomo dentro de la villa, formado por casas que acogen a personas mayores en un ambiente monacal, no necesariamente beato. Inmediatamente detrás de sus fachadas vibra la plaza de Spui, gobernada por la estatuilla del golfillo en su núcleo, uno de los puntos de reunión, tertulia y copas más concurridos y animados de la ciudad. Pero, en el recinto de Begijnhof reina el silencio y la paz.
Por lo demás, en el barrio de Jordaan, donde surgió, y todavía persiste, el movimiento de los provos, grupos de jóvenes obviamente provocadores, activistas, radicales e inconformistas antisistema, a pocos metros de las guaridas de estos muchachos, se levantan las hofies, es decir, hospicios de asistencia a ancianos necesitados o solitarios, establecimientos que desde el siglo XVII se extendieron no sólo por Jordaan, sino por todo Amsterdam y Holanda entera.
Lo viejo y lo joven, antigüedad y modernidad, pasado y presente, todo tiene aquí su momento y lugar. Y es que hay una larga tradición de tolerancia que cimienta esta realidad, y eso se nota. Roma no se hizo en dos días. Amsterdam tampoco.

III. La ciudad y sus descendientes en América
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Amsterdam y Nueva York tienen un singular parentesco, más allá de su propio origen histórico. Hoy a la antiguamente denominada Nueva Amsterdam no le queda mucho del legado holandés, sólo algunos vestigios nominales, como el barrio de Harlem (que rememora la ciudad holandesa de Haarlem, patria chica de Franz Hals) o el complejo portuario Pier 17, y a sus fundadores se les recuerdan más como nombre de marca de cigarrillos que como héroes nacionales:
— Déme un paquete de Peter Stuyvesant, por favor. Sí, con filtro.
Sin embargo, las dos urbes, por encima de sus inmensas diferencias arquitectónicas y costumbristas, han sido erigido a partir de un mismo atributo: convertirse en lugares de acogida de extranjeros, en cuyo suelo nuevo dejarán de serlo. Judíos huyendo de España y hugonotes escapando de Francia, hasta católicos como René Descartes, vieron en Amsterdam un espacio de libertad que pronto llegó a convertirse en un símbolo que atrajo a gentes con ánimo pionero e innovador, convirtiendo el inicial villorrio cenagoso del rió Amstel en una de las ciudades más activas y florecientes del mundo, ya desde 1600.
La tolerancia es una sana costumbre, fruto de espíritus refinados y educados en la amplitud de miras, de aquellos que han hecho de ella su sustancia y su modo de vida, más que efecto de esforzados y voluntariosos empeños de última hora.
Amsterdam y Nueva York son ciudades cosmopolitas, y esta cualidad no se inventa ni improvisa, ni se alcanza con espíritu olímpico, estilo Barcelona ´92. Nueva York y Amsterdam significan el triunfo de ser ciudadano. Recorriendo sus calles, hayas nacido o no en ellas, residas o no regularmente en ellas, aunque seas un fugaz visitante, experimentas en sus entrañas una misma sensación, el orgullo de ser ciudadano. No el orgullo de ser de aquí, como se puede entender en otros villorrios, sino la libre sensación de estar aquí, de que la ciudad está a tus pies, a tu servicio, de que te acoge, que no resulta hostil, ni te preguntará por tu origen, sino que te hará un espacio para respirar el aire, si esa es tu voluntad y muestras la cívica decisión de dejar respirar a los demás a su vez.

IV. Una ciudad para mirar mientras paseas por sus calles

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Amsterdam es una ciudad hecha para navegar, pero de igual manera está diseñada para pasear, andando o en bicicleta. Ciudad en la que apenas ruedan coches, porque no está hecha para que la dominen ni arrollen, en la que los taxis no son numerosos, apenas los ves y no puedes pararlos sobre la marcha (sólo puede solicitarse su servicio por teléfono o en las paradas donde estacionan), en la que los autobuses de turistas no invaden las calles, simplemente porque no se les permite entrar en ellas debido a su estrechez, y, por tanto, limitan su espacio a determinadas planicies que cuando las conoces puedes evitarlas prudentemente.
Las calles de una ciudad se recorren con más gozo cuanto mayor es la belleza de sus edificios, calles, plazas y recodos. Amsterdam tiene una inagotable colección de belleza arquitectónica, mima de tal forma sus comercios, sus escaparates imaginativos y sorprendentes muestrarios, y permite conocer tanto de sus viviendas y de su vida mientras uno camina, que apenas deja tiempo para ensimismarse en el errático deambular.
Para recogerse siempre encontremos a mano una taberna, un bar o un café donde sentarse y meditar sobre la vida frente a una cerveza o una ginebra, y donde se encontrará a buenos colegas junto a vasos y copas llameantes. Porque en Amsterdam, sus habitantes siempre tienen mucha sed, la sed insaciable de los marinos y de los paseantes.
Agosto de 1992

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